Juana Molina

Vocación de vanguardia

 

De estrella televisiva a cantautora experimental. Mucho más valorada en el extranjero que en Argentina, donde se la miró con desconfianza durante mucho tiempo, retrato de una artista que parece no tener prejuicios ni parámetros.

 

 

Por Valentina Cardozo | Periodista

 

Hace 25 años Juana Molina torció su destino. Llevaba tres temporadas de un enorme éxito de TV al frente de Juana y sus hermanas, un ciclo de humor conformado por distintos sketchs que se incorporaron definitivamente en el imaginario colectivo argentino. Basta mencionar algunos personajes: “la coreana del supermercado” que daba clases de español y hablaba de San Martín; “Marcela”, una modelo tonta pero querible o “Gladys”, la cosmiatra que dudaba al hablar e inventaba palabras para armar un castellano muy particular. Aún se recuerdan y se imitan en el habla cotidiana, incluso cuando desaparecieron de los medios en 1993.

En aquella época, cuando la televisión por cable era todavía una novedad, los programas de aire tenían una repercusión distinta, un peso específico más grande. En una breve pero intensa carrera Juana acumuló dos Premios Martín Fierro, la llamaban “la nueva Niní Marshall”, le auguraban un futuro estelar.

Renunciar así, con tanta libertad, abandonando una popularidad ascendente para hacer música sonaba entonces como un capricho imperdonable. Enseguida, la decisión fue adjudicada a ciertos privilegios familiares porque ella era hija del cantante de tango Horacio Molina y de la actriz Chunchuna Villafañe.

La propia protagonista lo explicó de un modo muy distinto. Embarazada de su única hija, con reposo obligado, se acercó otra vez a la guitarra y terminó de convencerse: su camino era la música. Aunque de chica se pasaba horas imitando publicidades con sus primos, la actuación era solamente un trabajo, nunca fue su verdadera vocación. No le costó decir que no. Tampoco le costó negarse durante 20 años para recrear esos personajes míticos. Una empresa de telefonía celular la convenció en 2013 de volver por un rato. Nunca trascendieron las cifras pero nadie duda sobre lo suculentas que debieron ser para obtener una respuesta afirmativa.

Tras esa aparición, donde se sintió a gusto, la volvieron a tentar con el regreso a la TV.

–Me sedujo mucho la idea. Tuve 1000 reuniones, fui y vine, y después vi toda la otra parte: me iba a absorber por completo. ¡Si para hacer los avisos estuvimos un mes pensando! Y dije que no– contó en una entrevista posterior a los spots.

 

Busco mi destino

 

 Pero volvamos a la década del 90. Al portazo a los canales y a la grabación de un disco debut de nombre premonitorio. Rara (1996) fue recibido con desconcierto. Lo produjo un gurú como Gustavo Santaolalla y solo cuenta con dos instrumentos, guitarra y teclados. Para entrar en la categoría pop sonaba muy despojado; para ingresar en el rubro folk tenía demasiado uso de teclados. Las canciones no sonaban en las radios, en los pocos shows el público le pedía insistentemente que hiciera el personaje de la coreana, en las notas periodísticas le preguntaban por la salida de la tele.

En ese contexto tortuoso, se mudó con su familia a Los Ángeles. ¿La razón? Algunos amigos le habían contado que su disco rotaba en el circuito de radios alternativas. En 2000 sacó Segundo, un álbum que arranca con recitados del Martín Fierro, muta hacia la electrónica minimalista y se permite un track de ocho minutos con tarareos y ruidos de bichos. Los estribillos del primer disco brillaban por su ausencia. Parecía haber perdido el rumbo.

–La gente me decía “¿estás segura?” “¿Y si lo mezclás de otra manera?” Tenían miedo por mí. Me vaticinaban un infortunio, me miraban con lástima.

Pero el disco le gustó a quien le tenía que gustar. David Byrne, exlíder de Talking Heads y uno de los más influyentes referentes de la world music, lo escuchó y quedó encantado. La invitó a una gira como telonera. Con Tres cosas (2004) se consolidó a nivel internacional y las reseñas comenzaron a ser muy favorables. El diario The New York Times lo eligió entre las 10 mejores obras del año. Un sello especializado le ofreció un contrato y la promocionó en los lugares correctos para que su carrera despegara definitivamente.

Desde esa época mantiene la decisión de no colocar más de tres integrantes en el escenario.

–No soy capaz de dirigir a tanta gente, me sobrepasaría– explicaba.

También de esa etapa es el abandono definitivo de los estribillos y el alejamiento de las canciones convencionales. Progresivamente se fue acercando a un perfil más experimental, con orquestaciones electrónicas y loops recurrentes (capas y capas de sonido que suenan en modo reiterado como un mantra).

Siguieron Son (2006), Un día (2008) y Wed 21 (2013), cambiantes entre sí pero con el mismo ADN que la caracteriza. Es decir, canciones poco ortodoxas que no se ajustan al mercado discográfico ni a los parámetros radiales, ni siquiera toman en cuenta las expectativas del público. La crítica especializada la adora. “No solo firmó uno de los mejores títulos del año, sino que se consagró como la estrella de la vanguardia sonora de su país en el mundo”, aseguró el diario español El País sobre aquel último álbum.

Paralelamente, con la carrera afianzada, Juana volvió a Argentina. Se estableció en una casa quinta de Pacheco que funciona como base de operaciones. La descubrió una nueva generación de oyentes que ni sabía de su pasado como actriz. Tras las reseñas elogiosas en el extranjero, los medios locales revalorizaron su discografía y le colocaron la etiqueta de artista de culto. Ella parece sentirse cómoda y cuando declara, sorprende.

–No escucho casi nada de música... Soy una amante del silencio.

Las actuaciones en el país son menos frecuentes que las que realiza fuera. De hecho, sus discos primero se editan en Europa o Estados Unidos y algunas semanas o meses más tarde aparecen en estas tierras. Pero no es un producto for export. En realidad no es un producto sino una artista poco complaciente que no persigue el hit ni sigue modas sino que está más atenta a satisfacer sus inclinaciones particulares.

No deja de ser curioso el espacio de vanguardia que ha conseguido a una edad poco frecuente. Quizás porque se inició tarde. Su lanzamiento ocurrió cuando la mayoría de los músicos transita un periodo de madurez. Hoy tiene 56 años y describe con cierta desazón el inevitable choque generacional.

–Yo cuando entro a un grupo de jóvenes, que todos me ven como una vieja de mierda, no entiendo por qué de golpe siento un rechazo...Después me acuerdo de cuando yo era joven y venía una mina o un tipo grande y era medio “salí de acá”. Es terrible porque yo soy tan joven como vieja. Pero en general hay un rechazo a la vejez natural, porque una cosa es “respetar al mayor” y otra sentir que es un copado. Y en este mundo de la música, que es cada vez más joven, es un poco difícil ser grande.