Por Valentina Cardozo

Miss Bolivia | Pequeña gigante

 

Nació en La Paternal, vivió parte de su adolescencia en Estados Unidos y fue acompañante terapéutica durante la tragedia de Cromañón. Perfil de una artista que reivindica la pista de baile y es portavoz de una nueva generación de mujeres arriba del escenario.

 

Valentina Cardozo | Periodista 

 

Cuando recién empezaba a dar pequeños shows bajo el seudónimo de Miss Bolivia, a María Paz Ferreira la despidieron del Canal de la Ciudad en el que trabaja como productora porque “no encajaba con el perfil”. Un poco antes se había separado de su novia de entonces. Sin empleo ni casa ni pareja, se mudó a una panadería abandonada en La Boca con el dato que le pasaron unas amigas.

—Me instalé en una cocinita que había ahí, con un colchón en el piso. Fue mi búnker durante un año y medio en el que viví con lo poquito que me dejaba la música. Ahí resigné el confort para siempre. Me curtí. Aprendí de veras a vivir con muy poco— recordó en una entrevista.

Corría el año 2007 y era bastante difícil imaginar este presente como figura destacada de la música argentina, siempre en progresivo ascenso. Sus videos alcanzan millones de reproducciones en YouTube; sus composiciones forman parte de manifestaciones feministas que reclaman aborto legal, seguro y gratuito. La convocan a programas de televisión para que cante, cuente y opine. Hasta pudo comprarse una casa, gracias a “Tomate el palo”, un hit que es parte del repertorio en canchas de fútbol, tarareado por chicos y jubilados. Se casó con un científico que trabaja en Conicet y que pronto se convertirá en rabino. La pareja ya inició los trámites para adoptar.

Paz nació en Buenos Aires en 1976, hija de riocuartenses que se habían mudado a la capital. La madre era secretaria de una multinacional petrolera; el padre vendía lotes, terrenos y estancias a comisión. Mientras el matrimonio duró, la familia pasaba las vacaciones en Río Cuarto. Después del divorcio, todo cambió.

O casi. Porque la niña siguió siendo alumna ejemplar. Incluso en la adolescencia, con toda la rebeldía a cuestas, mantuvo un impecable desempeño escolar. Tanto como para acceder a una beca y terminar los dos últimos años del secundario en Fort Ann, un pueblito de 1.500 habitantes dentro del estado de Nueva York, habitado en su enorme mayoría por blancos anglosajones. Allí, dice, se sintió minoría. “Las distintas éramos una chica negra y yo”.

Terminado el colegio, Paz se quedó un tiempo más en Estados Unidos. Conoció el hip hop, la marihuana y a muchos hippies que vivían en casas rodantes y seguían la misma banda que ella: Grateful Dead. Durante un año asistió a todos los shows mientras conseguía trabajos temporales o elaboraba comida casera para vender.

 

Cromañón y después 

El regreso a la Argentina se produjo en el apogeo menemista. Sin muchas opciones laborales, vendía milanesas de soja que repartía a domicilio en bicicleta. Se inscribió en Psicología de la Universidad de Buenos Aires y egresó con medalla de honor y un título como Licenciada con especialización en políticas comunitarias y preventivas.

—El diploma se lo terminó comiendo mi gato. Como sale tan caro hacerlo de nuevo, decidí dejarlo así—contó hace un tiempo, en la misma línea desprendida que tenía cuando se mudó a La Boca.

Comenzó a trabajar en Buenos Aires Presente, el servicio de contención psicológica del Gobierno de la Ciudad. Estaba de guardia la noche del 30 de diciembre de 2004 cuando se produjo el incendio de Cromañón que dejó 130 muertos durante un recital de Callejeros. En el cementerio de Chacarita le tocaba recibir a padres que iban a reconocer los cuerpos de sus hijos en bolsas cerradas hasta el pecho. Nunca jamás escuchó a nadie gritar así. Un padre comenzó a aspirar pegamento ahí mismo, otro salió corriendo a la calle para que lo atropellara un auto. Cada ocho personas que atendía, necesitaba esconderse en un mausoleo para llorar, llorar y llorar. El estrés postraumático después de aquella noche resultaba inevitable. Pidió licencia.

—Pasaron todos estos años y a veces todavía escucho esos gritos.

Cuando ya no pudo seguir de licencia, pidió traslado a otra área y llegó a un canal de televisión en el que aprendió a producir con escasos recursos, experiencia que le sería de utilidad en su primera etapa artística. De aquel empleo la echaron. Fue en ese momento en el que Paz Ferreira empezó a convertirse en Miss Bolivia, una criatura que mantiene la curiosidad y el desempeño académico pero que también es capaz de gritar una frase memorable detrás de otra.

Quizás las letras plagadas de juegos de palabras, citas del lunfardo, oda al baile, libertades sexuales y aventuras nocturnas al borde de la cornisa generan una falsa impresión. Quizás su licuadora estética (hip hop mezclado con cumbia; algunas cuotas de reggae, pop y punk como ingredientes ocasionales) la coloque erróneamente en una etiqueta de entretenimiento pasajero. Nada más alejado de sus intenciones. La nena que aspiraba a ser abanderada y la universitaria estudiosa siguen presentes.

La artista de 43 años y 1,53 metros de estatura aprovecha cada espacio con un micrófono disponible para romper con la monotonía y lanzar mensajes disruptivos, como en 2017, cuando la invitaron a almorzar con Mirtha Legrand.    

—Estos zapatos me los compré en Once. Este chupín es de Mora Mía, Natalia, una amiga. Esta remera es de feria americana. Esta campera la compré, también, en un negocio de Once. Estos anillos son del Barrio Chino y salen 50 pesos. Me pintó y me peinó mi amiga personal Mechi Moréteau. Y, a la gilada, ni cabida- dijo con frescura.

No fue el único momento destacado de aquella mesa. Contó también que durante mucho tiempo tuvo novias pero que en ese momento estaba enamorada y casada con un hombre. Legrand, sorprendida, la felicitó por “confesar su homosexualidad”. Rápida de reflejos, Miss Bolivia habló del deseo nómade y cambiante.

—Nunca fui prejuiciosa. Nunca tuve un totalitarismo o absolutismo del tipo “solo me gustan las mujeres”-le contestó.  

A esas intervenciones mediáticas las define como “ir a tirar bombas”, plantear otras realidades y otras miradas mediante un discurso sólido y argumentado pero nada elitista. Las repercusiones continúan hasta hoy, cuando la siguen llamando para charlar en TV. Mientras eso ocurre, el videoclip de “Paren de matarnos”, una canción surgida al calor de las demandas de Ni Una Menos y protagonizada por actrices reconocidas, aumenta su exposición. La premisa que la guía es la misma que tenía cuando dormía en el colchón de la panadería abandonada: coherencia entre lo dicho y lo hecho. O en sus propias palabras:

—Que el audio pegue con el video y que la acción pegue con el discurso.