Por Aleja Paez

La marginalidad en el prime time de la TV abierta

En julio se estrenó la precuela de uno de los mayores éxitos en la historia de la TV Pública. Dedicada al mundo carcelario, El Marginal camina sobre la delgada línea entre el reflejo de la realidad y la estigmatización social.

 

Por Aleja Páez | Periodista,

profesora universitaria e investigadora

 

Siempre será una buena noticia que se produzcan contenidos de alta calidad técnica y artística en el ámbito de los medios públicos. La novedad se vuelve aún mejor cuando estos productos rompen las fronteras, conquistan reconocimientos internacionales e incluso se convierten en formatos de exportación. Ese es el caso de la serie salida de la cantera de Underground, productora liderada por Sebastián Ortega y Pablo Culell, que regresó a la pantalla de Canal 7 con una segunda parte de ocho capítulos tras los buenos resultados de su debut en 2016.

En ambas temporadas de El Marginal, bajo la pluma de Adrián Caetano, se recrean historias al interior de una prisión ficticia llamada San Onofre para la que se usó como locación el predio en el que funcionaba la cárcel de Caseros, en el barrio porteño de Parque Patricios. La estética y la narrativa de esta serie resultan la evolución lógica de Tumberos (América TV, 2002), otro producto de la triada Ortega-Culell-Caetano, aquella vez en compañía de Marcelo Tinelli y con el sello de Ideas del Sur.

Lo novedoso de esta producción es el montaje de factura cinematográfica, al mejor estilo de las superproducciones de la TV internacional en el circuito actual. Los planos abiertos, las tomas aéreas con el uso de drones, las persecuciones a toda velocidad, las balas y las explosiones toman el guión, para el que colaboraron mediante entrevistas algunos reclusos y exdetenidos reales. La fórmula de un libreto dinámico y en clave de humor se completa con una nómina de intérpretes conocidos y algunas revelaciones, entre los que se destacan Gerardo Romano (director de San Onofre), Claudio Rissi (Mario, líder de la banda de los Borges) y, especialmente, el uruguayo Nicolás Furtado (Juan Pablo “Diosito” Borges). Los demás condimentos de este éxito, que en el estreno de julio rompió el récord histórico de la TV Pública con picos de más de 11 puntos de rating, vienen del lado de la exhibición de una violencia extrema, muchos litros de sangre y algo de porno soft semejante al de HBO.

Como reconocieron desde Underground, fueron los buenos números de El Marginal 1 los que motivaron a los directivos del canal estatal a dar continuidad al proyecto, inicialmente ideado como unitario. Así, se convirtió en uno de los pocos contenidos que logró saltearse la mentada grieta entre la gestión kirchnerista y, ahora, macrista en los medios públicos, pues aunque se estrenó en 2016, había sido financiada bajo el gobierno de Cristina Fernández.

En esa línea, en una entrevista radial con María O’Donnell, Culell señaló que la nueva gestión evaluó el desempeño del producto “y decidió seguir invirtiendo en una nueva temporada en coproducción”, teniendo en cuenta el rating pero también los galardones recibidos. Entre ellos se destacan los premios a Mejor Serie Inédita del Mundo en el Festival Series Manía (Francia) y a Programa del Año y Mejor Ficción Unitario en los Premios Tato, en 2016; y en 2017 el Martín Fierro a Mejor Miniserie. Por otro lado, tras el reconocimiento en Europa, la primera temporada comenzó a emitirse por la señal francesa Plus, a través de Netflix global y se prevé el próximo estreno de una versión adaptada para México por Telemundo bajo el nombre de El Recluso.

Sin embargo, no todo lo que arrojó fueron buenos niveles de audiencia, premios y una serie casi incontable de memes en redes sociales de internet. En el lado B de esta historia, hubo quienes cuestionaron cierta tendencia a la espectacularización de la marginalidad y el mundo carcelario en particular.

 

La delgada línea entre la realidad y la estigmatización

Aunque como bien dice Culell, “el morbo que produce el género carcelario siempre funciona”, y “el público quiere algo más heavy”, en referencia a las escenas de violencia explícita, lo cierto es que no caer en el chiché de los estereotipos representa un desafío para los realizadores audiovisuales.

En medio de las crónicas y posteos de redes favorables, también se hicieron sentir las voces de comunicadores que provienen de clases populares y conocen de primera mano la vida carcelaria. Uno de ellos es el director de cine César González, que estuvo preso entre los 16 y los 21 años. Para él, que incluso hizo un cameo en la primera temporada, “ninguna ficción es inocente. Si me aclararan que esta serie es un producto de humor bizarro no tendría ningún problema. El problema surge cuando la presentan como una serie seria que ‘muestra la realidad’ y mucha gente creerá que así de ridículos y caricaturescos son los presos”. La otra voz disidente es la de la periodista Dalma Villalba, que desde el portal Mundo Villa dijo “lamentar desde el alma que se dé espacio, financiamiento y publicidad a este tipo de producciones que reavivan el morbo y lo peor de nuestra sociedad”.

Si bien nadie se los consultó hasta ahora, sería interesante contar con el contrapunto a estas críticas por parte de los realizadores. Sin embargo, sin ánimo de hacer las veces de abogada del diablo, para quien escribe estas líneas existen razones sustanciales para entender este abordaje ciertamente distorsionado del crimen del bajo mundo que se vio en El Marginal.

Los cuestionamientos de González y Villalba están atados a su realidad como personas que emergieron personal y profesionalmente a pesar de las adversidades estructurales del sector social en el que crecieron. En esos términos, sus demandas resultan razonables. De todas formas, tampoco es una obligación legal para la industria televisiva el representar la realidad fielmente. De hecho se trata de un medio que sustenta sus bases especialmente en contenidos ficcionales.

Sí podríamos lanzar cierta expresión de deseo acerca de las obligaciones morales para aquellos que hacen contenidos con financiamiento estatal. Pero el quid de la cuestión es que  la TV más exitosa es la que banaliza, la que resume y en ese camino desfigura, la que estereotipa y hace estallar el minuto a minuto del rating. De esa parte, ya no podemos responsabilizar sólo a los realizadores. Ahí también los que legitiman o no son los públicos.