Relatos de provincia

Córdoba | Un viejo faro en el corazón del Interior

La universidad pública y el estallido industrial de mediados del siglo 20, entre otros imanes como el turismo, atrajeron legiones de argentinos a ese corazón mediterráneo. La música del cuarteto, el humor y otros rasgos cotidianos la identifican claramente.

 

Por Julián Capria | Ilustraciones: Bibi González 

 

Tan lejos de la vastedad del Atlántico como de las cumbres de los Andes, la provincia de Córdoba es, además del centro geográfico nacional, algo así como un mediterráneo corazón argentino.

Tal vez por eso es que comparte modos diversos de ser del país, empezando por su vasto repertorio de paisajes. Tiene sus propias montañas, chicas y grandes con cóndores incluidos; su propia porción de pampa húmeda; su versión de capital populosa y alguna vez faro industrial del país; y hasta su propio mar interior, el Mar de Ansenuza o laguna Mar Chiquita, la única costa argentina en la que es posible asistir a una puesta de sol sobre un infinito de agua salada. 

Hay tantas puertas para entrar a la provincia de Córdoba: geográficas, históricas, sociales, turísticas y culturales. Es la fecunda productora agrícola del este y del sur, la que fue el centro de la gran expansión industrial de mediados del siglo 20; la del humor, la del cuarteto, la de los festivales del verano. 

Mientras tanto, su vieja condición de paso en los tiempos coloniales, pero sobre todo su imán para atraer legiones de argentinos, convirtió a su capital en un destino común, en la gran metrópolis del Interior en la que se mezclaron tonadas, ritmos, sabores y sangres. 

Es la que reunió en su universidad pública, la más antigua del país, a miles y miles de estudiantes venidos desde diversas partes de la provincianía argentina. Primero como hijos de familias tradicionales de cada lugar que reafirmaban con sus títulos su protagonismo social, y luego con el gran acceso de los hijos de inmigrantes y de los obreros. 

Es esa Córdoba que quedó grabada como emblema de rebeldía con los trabajadores y los estudiantes en las calles en aquellos ardorosos días del Cordobazo, en mayo de 1969, o antes, en las jornadas de la gran Reforma Universitaria de 1918, cuyo grito libertario se expandió por el continente. 

Y en medio del enorme despliegue de urbanidad de su capital sigue nítidamente presente aquel pasado colonial que materializa el viejo espíritu religioso en las numerosas iglesias, conventos y hasta en el gran legado jesuita que en 2000 se convirtió en Patrimonio de la Humanidad. 

También hay una Córdoba de las postales, con fotos de esos paisajes con encanto que la hizo destino de vacaciones de las familias adineradas porteñas a finales del siglo XIX y principios del 20, y luego, en un gran escenario del turismo nacional. Fue a partir de la instalación de una gran cantidad de hoteles sindicales, a mediados del siglo pasado cuando se afirmaron las rutas y sobre ellas se multiplicaron los autos. 

Son sus valles turísticos los que convocan a multitudes en cada verano: el burrito, las sierras, los ríos y arroyos fueron el viejo emblema de descanso, al que se le sumó desde hace décadas la acción nocturna que asumió su centro en la ciudad de Villa Carlos Paz, convertida en ícono de los veraneos argentinos, como parangón serrano a Mar del Plata y su costa. 

Y el agua, que con cada temporada de lluvias (“en Córdoba, el agua es un fruto de estación”, decían antes) siempre ha sido una bendición o un tormento, que ha marcado una difícil relación con la naturaleza por su escasez o traumática abundancia, también se convirtió en uno de sus atractivos a través de diques y lagos en medio de la montaña.

  

Inmigración y cuarteto 

Las inmigraciones externas e internas han marcado profundamente a la identidad de la provincia. 

A finales del siglo XIX y la primera parte del siglo 20, llegarían sobre todo italianos y españoles. Una gran parte lo hizo a través de la frontera con la provincia de Santa Fe y pasó a Córdoba en busca de tierras disponibles. Otra inmensa porción siguió el camino tradicional: en barco hasta Buenos Aires y desde allí en tren. 

Se presentó entonces aquella provincia, al decir de Alfredo Orgaz, de la bifacialidad. Por un lado estaba el oeste de tradiciones hispánicas y mixtura original, y por otro, el este agrario en el que se mezclaban inmigrantes con gauchos. 

Fue en el tránsito por la mitad del siglo pasado que Córdoba vivió un nuevo sacudón poblacional y que, en consecuencia, dejó su huella en la composición de su gente. 

La causa fue la explosión industrial. La abundante oferta de trabajo hizo que se convirtiera en destino de migración interna de los pobladores del interior de la provincia que se trasladaron del entorno rural a la gran ciudad. Y, sobre todo, que llegara una legión de aspirantes a obreros desde las provincias vecinas y aún más allá, en especial del norte del país. 

Esa reunión de inmigración europea y provincianía argentina con los rostros de sangre americana retratada en pieles cobrizas, sería el punto de fusión sobre el que se asentaría una de las creaciones culturales cordobesas que tanto ha trascendido hacia el interior del país: la música del cuarteto. 

Ese sonido que tiene como referente a Carlos “La Mona Jiménez” y sobre el que se sustentó la estrella de Rodrigo, reconoce su origen en la mano izquierda de una mujer, Leonor Marzano, que sobre el piano marcó el estilo rítmico que luego haría bailar a miles y miles durante cada fin de semana. 

Leonor, que había nacido en Santa Fe y aún niña se mudó a Córdoba con su padre músico, le dio el nombre al Cuarteto Leo, aquel que era una leyenda en los bailes de campo en los que se reunían inmigrantes, hijos de inmigrantes y criollos. El pulso de su mano izquierda le había dado otro latido a la música inmigrante, tarantelas, pasodobles y demás. 

“Mi padre y mi esposo siempre se admiraron de mi manera de tocar. Cuando nos presentábamos en la radio, muchos pianistas se subían al palco para ver de cerca cómo usaba los dedos. A ese ritmo nadie lo hacía y creo que fue una innovación. Por la forma en que me miraban, era como si se hubiera descubierto algo”, recordó alguna vez la mujer, fallecida en 1993. 

Y esa música de paisaje rural, poco a poco fue invadiendo la capital. Fue alrededor de la aurora de los años 70, cuando comenzó a ser asumido como una bandera de identificación, como el sonido de la vida cotidiana por esas inmensas barriadas de trabajadores crecidas al amparo del estallido industrial de mediados del siglo pasado. 

La música tiene otras maneras de ser protagonista en ese corazón mediterráneo. Córdoba también es la que le canta a la luna en cada verano, cuando inundan las noches los festivales y las fiestas. Las guitarras, los bombos y hasta la doma no tienen descanso cuando sopla la brisa del estío y se producen los grandes encuentros de la música popular argentina, como ocurre con sus festivales emblema: Cosquín y Jesús María. 

Que la provincia resulte el gran escenario del canto nacional es el resultado no solo de su posición turística, sino de lo que siempre ha significado para el Interior: un punto de reunión. 

Mientras tanto, la capital y sobre todo las sierras han sido siempre amparo de músicos y pintores que fueron a buscar el paisaje y la calma que alimentara sus inspiraciones, o que encuentran una base de proyección hacia el resto del país. Desde Manuel de Falla, Carlos Alonso, Lino Spilimbergo, Atahualpa Yupanqui hasta Jorge Rojas, Luca Prodan y Julio Paz y Roberto Cantos (Dúo Coplanacu) han encontrado aquí amparo para su arte. 

 

Humor, fernet y esa palabra

Y si hay otro rasgo por el que el resto de los argentinos identifica a los cordobeses, es el humor. “Cordobés, contate un cuento”, suele ser el pedido en otros lugares cuando alguien es identificado por su tonada como procedente de “La Docta”. 

Esta versión de lo cordobés alcanzó su apogeo con la memorable revista Hortensia, que a comienzos de los años 70 fue un fenómeno que llegó a todo el país. 

Edgardo “El Gordo” Oviedo, que era parte del grupo de la revista y luego uno de los más reconocidos profesionales del humor, apuntó ese rasgo como una herencia de los andaluces que vinieron en la conquista, después de haber observado en Andalucía un manejo similar del absurdo, de la fantasía, de bromear sobre el fracaso y especialmente en la capacidad de observación para rescatar un aspecto hilarante. 

“Es la característica típica del cordobés. Es un tipo que está siempre fijándose en lo que lo rodea para generar humor. Tratamos de que la vida cotidiana sea más alegre de lo normal. Y se pone a prueba hasta en los momentos más trágicos de la vida”, dijo alguna vez otro destacado de la risa, el Flaco Pailos. 

Córdoba se considera la patria del fernet con coca, y dice tener la fórmula precisa para prepararlo: 30 por ciento de fernet y 70 por ciento de coca. Ese también es un dato con que el resto del país los identifica. 

Como el uso constante de la palabra “culiado”, que el exboxeador “La Mole” Moli tanto subrayó en sus incursiones por el programa de Marcelo Tinelli. Es un término en el que caben un sinfín de significados y el vehículo de diversas intenciones: puede ser el mayor de los insultos o una suave caricia, depende del tono y la mirada con la que se la dice. 

"Buenas noches Córdoba, hola culiados". Con esa frase se presentó Paul McCartney, el gran ex-Beatle, en su memorable concierto de mayo de 2016. Estaba bajo el cielo del estadio Mario Kempes, justamente el nombre mayor que la pasión del fútbol cordobés le entregó al país para que en 1978 todos los argentinos alcanzáramos la gloria deportiva de ser campeones del mundo.