Relatos de provincia

Corrientes: una eternidad de río que siembra música a su paso

 

 

Es la más grande de las provincias mesopotámicas. Su pulso vital y cultural está marcado por ese viejo espíritu que fluye. El chamamé y el acordeón le dan su sonido. Es, además, la patria chica de José de San Martín.  


Por Alejandro Mareco

 

Ese río que pasa como un espejo debajo del cielo gris de un domingo de nubes, es el mismo que fluye en la naturaleza como la sangre en las venas. No se ha detenido jamás y acaso su viaje sea parte de una versión posible de la eternidad.

Estaba allí cuando las mujeres y los hombres florecieron en sus orillas y se animaron a verlo pasar sobre la faz de la vida devorándose todo el paisaje, mientras ellos se quedaban en la costa, prisioneros de su tiempo de vivir y del magnetismo de ese fluido gigante, estremecedor.

Cuando la naturaleza se expresa así, con esa potencia, la gente se vuelve devota de su inspiración. Por eso, en las costas del Paraná, los correntinos han forjado su sueño y también su canto, su identidad, su cultura.

Entonces, basta dejarse llevar por el torrente de sus notas y enredarse en sus remolinos para sentir cuánto río cabe en el fluir del sonido de un acordeón correntino, bien chamamecero.

Corrientes es un río de notas y acordes que viajan con la misma cadencia del agua que pasa frente a sus costas. Y aunque el gran abanderado de la música de la provincia, el que contagió el gusto de bailar amarradito a todo el país, Tránsito Cocomarola se valió de un bandoneón, el acordeón es el más emblemáticos de sus instrumentos.

Y en el barrio Florida de la capital, sobre la avenida Maipú, todavía está en pie el viejo taller de luthería de Roque Luis Librado González, el hombre que acompañó durante 18 años a don Tránsito, y compuso algunos de los temas queridos de ese tiempo, como “Marejada” y “Siete árboles”. Y cuando el abanderado murió (1975), Roque abandonó su carrera de músico profesional y se recluyó en su tarea de transformar a los acordeones y dotarlos de otra dimensión sonora. Incontables figuras pasaron por su cada.

Todo comenzó cuando era muy joven. “Tenían un instrumento limitado y quería más sonoridad. A riesgo de destruirlo, le agregué una hilera más de botones y pasé de 21 notas a 36, dos menos que la del bandoneón”, nos decía el hombre que atravesó la barrera de los 85 años de vida.

Corrientes es la más grande de las provincias mesopotámicas. Antes de los españoles fue en su mayor parte territorio guaraní, llamado entonces Taragüí por una especie de lagartija muy abundante en el lugar.

Los ríos Paraná y Uruguay, más otros cursos internos, así como esteros y lagunas, el decididamente espíritu húmedo de sus paisajes se refleja también en los frutos que produce su tierra (arroz, yerba mate, té, cítricos, algodón). En el verde de sus pasturas también hay lugar para la ganadería y es además forestadas; en 2019, la superficie de bosques cultivados ascendió a 516.771 hectáreas 

Y entre tanta agua, al norte de Corrientes, se extiende la inmensidad de la represa Yaciretá, el gran complejo hidroeléctrico fruto de una obra compartida entre Argentina y Paraguay tomando las aguas del Alto Paraná. 

En la ciudad de Ituzaingó está el centro administrativo. Allí está, Sonia Bustamante, guía de visitas para recorrer y conocer, una mujer con historia de represas. Nacida en Córdoba, tenía dos años cuando su padre la llevó con toda su familia a El Chocón, Neuquén. Y unos años después, recalaron en Ituzaingó.

“Llegamos en 1982, un año antes de que empezara la obra. No fue sencillo para el pueblo asimilar la llegada de tanta gente, entre los que había varios extranjeros, ya que dos empresas europeas, una italiana y otra francesa, participaba de la obra. Pero poco a poco la integración se fue dando, recordaba de sus días de adolescencia.

Corrientes, además, está profundamente marcada por la historia. Entre otros hitos, es nada menos que la patria chica de José de San Martín. Yapeyú fue el lugar señalado para dar a luz al Libertador (1778), y allí se conservan aún restos de la casa natal, convertida en museo.

“Uno ve cómo la gente se emociona, incluso hasta el llanto. Es muy fuerte. Nosotros, los yapeyuanos, que estamos parados sobre la historia, no tenemos una dimensión precisa del sentimiento de los visitantes. A través de la expresión en los rostros, apenas si podemos calcular lo que están sintiendo”, nos decía hace un tiempo José Ramón Lugo, quien fuera guía del lugar y luego asumiera destinos políticos en el pueblo.

Mientras tanto, por la esencia correntina, el viejo río no deja de regar los días y la memoria. Es que necesita pasar para seguir estando ahí, donde la gente se queda y traza su vida, generación tras generación.