Por Facundo Miño

Bayer: El último libertario

 

Historiador y cronista de luchas silenciadas, escribió dos libros que siguen vigentes casi 50 años después de ser publicados. El exilio obligado por la Dictadura le cambió la vida para siempre.   

 

 

Facundo Miño | Periodista

 

Cuando murió, la Navidad pasada, a los 91 años, era una leyenda del periodismo argentino. En todos los medios de comunicación lo despidieron con necrológicas. También lo homenajearon miles de colegas, un sinfín de medios cooperativos y radios alternativas, organismos de derechos humanos y centros de estudiantes de todo el país. A nadie le pasó desapercibido su fallecimiento.

Osvaldo Bayer era un hombre de ojos claros, barba blanca y pelo canoso que pronunciaba frases punzantes y detallaba datos precisos, sosteniendo la mirada, convencido de lo que decía. Tenía fama de polemista incansable, ganada con total justicia a lo largo de su vida, cosechando adversarios y enemigos al por mayor.

Había nacido en Santa Fe en 1927 pero se crió en Buenos Aires. Sin embargo, su nombre está asociado a la Patagonia al punto de que en un puñado de pueblos de la zona lo consideran un prócer.

Según contó en varias entrevistas en el barrio de Belgrano abundaban los simpatizantes del nazismo. Osvaldo y su hermano iban como espectadores al Club Alemán para ver payasos, equilibristas y bailes típicos regionales sin que su padre (un furibundo enemigo de las juventudes hitlerianas) se enterara. De su adolescencia recordaba cómo eran insultados por muchachos criollos.

–A mí me gritaban “alemán culo de pan”, cosa que me avergonzaba y me daba mucha bronca. Entonces iba al espejo y me miraba atrás para comprobar si era cierto– contaría con una sonrisa.

Autodefinido como pacifista a ultranza, odiaba las armas. Durante la conscripción se negó a recibir instrucción militar. Lo castigaron con una única tarea: pasó 18 meses barriendo y encerando pisos de los despachos de los oficiales. Con la llegada del peronismo decidió irse a estudiar historia en Alemania y vivió de cerca la reconstrucción de posguerra entre 1946 y 1956.

Al regresar comenzó como periodista en el diario Noticias Gráficas y un par de años más tarde se mudó al sur para trabajar en el diario Esquel. Como sus textos defendían a peones rurales, molestaban a los terratenientes. Pronto lo despidieron. Pero además, miembros de Gendarmería le dieron un ultimátum: no lo querían en el pueblo, debía irse en 24 horas. Sería el primer despido pero no el último. “Me echaron de todos lados”, solía recordar.

La experiencia en Esquel sería precursora en el vínculo con la geografía del sur. Poco después fundó La Chispa, “el primer periódico independiente de la Patagonia”. Y luego comenzaría las investigaciones que concluirían con La Patagonia rebelde, un libro colosal en cuatro tomos en el que el historiador denunciaba las mentiras armadas para encubrir la participación del Ejército en la represión de una revuelta obrera, ocurrida en Santa Cruz durante 1920 y 1921.

–Tuvimos 1500 peones fusilados por un gobierno democrático, el de Yrigoyen. Los radicales nunca pidieron disculpas. Cada cosa hemos vivido ¿no?– decía asombrado.

La repercusión fue enorme. Se editó por primera vez en 1972 y todavía hoy se publica con regularidad. El director Héctor Olivera filmó una película con guion del propio autor. Por presiones militares, el final no coincide con el del libro. No permitieron la escena en la que cuatro prostitutas de San Julián, un pequeño pueblo de Santa Cruz, se niegan a atender a los fusiladores y los echan a escobazos. La censura de esos años era muy poderosa.

Durante casi medio siglo cada vez que pisó la Patagonia fue recibido como un prócer. Descendientes de sobrevivientes, de estancieros, de fusilados y fusiladores se acercaban a saludarlo, pasarle datos, contarle anécdotas.

Unos años antes había publicado otra obra emblemática. Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia repasaba la biografía del anarquista italiano que fue uno de los grandes enemigos públicos en la Argentina de los años 20 y también terminó fusilado en 1931, por orden del dictador Uriburu. Tuvo muchos interesados en llevarla al cine.

–Hubo 16 directores que quisieron filmar la película y nadie fue capaz de hacerla. Leonardo Favio me tenía podrido, durante 18 años tuvo los derechos. Me llamaba a la madrugada para que fuera y actuaba algunas escenas. La del fusilamiento era larguísima porque miraba fijo a cada uno de los fusiladores, la hacía durar como media hora. Yo me dormía, pensaba “¿cuándo lo matarán de una buena vez?”.

Finalmente fue Luis Puenzo (ganador del Oscar por La historia oficial) quien compró los derechos en 1998 para transformarla en película. Luego de leer el guion en el que no participó, Bayer lo destrozó en una columna que escribió en Página 12. “Todo es descripto con liviandad y mal gusto. Además de la burla baja, Puenzo traiciona toda la realidad épica que tuvieron los hechos. Rebaja al anarquismo como un par de locos que a veces tiran una frase hecha de la ideología pero en el fondo los describe como unos descolgados sanguinarios (…) Imita a los comunicados oficiales de la época de la Dictadura. Esto no solo hiere a la familia de los protagonistas, sino también al historiador que escribió la verdad basada en centenares de testimonios y documentos de todos lados del acontecer histórico”. Como era de esperar, no se llegó a filmar.

 

La bisagra del exilio

Esos dos libros y -fundamentalmente- la película de Olivera le cambiarían la vida al escritor. La Triple A lo incluyó en sus listas negras, algo muy parecido a una sentencia de muerte. Luego, el golpe militar lo obligó a abandonar el país. Consiguió que la embajada alemana le brindara un salvoconducto. En el aeropuerto de Ezeiza un brigadier le juró que no podría regresar: "Usted jamás va a volver a pisar el suelo de la Patria".

Se equivocaba porque Bayer retornó en 1984 junto a su esposa. Siguió escribiendo: Exilio (en coautoría con Juan Gelman), Fútbol argentino, Rebeldía y esperanza, En camino a la esperanza, Rainer y Minou (su único título de ficción). Fue colaborador de Página 12 desde su fundación y columnista del periódico de Madres de Plaza de Mayo. En 2003 lo declararon “Ciudadano Ilustre de Buenos Aires” y dos semanas más tarde el Senado lo declaró “Persona non grata”, bajo una iniciativa de Eduardo Menem "por haber presentado un proyecto, como ciudadano, de unir las dos Patagonias, la argentina y la chilena, como primer paso para el Mercado Común Latinoamericano". Al historiador estas contradicciones lo asombraban y reaccionaba con una sonrisa. Sin embargo, el recuerdo del golpe militar lo amargaba profundamente.

–La Dictadura nos cambió la vida para siempre. Cuando llegué a Alemania tuve que dedicarme a la traducción en vez de la investigación histórica, y por supuesto cambió la vida de mi familia, porque mis hijos tuvieron que estudiar allá, se recibieron de carreras que acá tienen poco eco. Mis cuatro hijos y mis 10 nietos no volvieron a Argentina. Jamás le voy a perdonar este cambio de vida, de ideales, de una profesión que tuve que suspender durante ocho años.

Pese a todo, no estaba arrepentido de ninguna decisión. Volvería a decir y hacer lo mismo. Como lo que era: un libertario.