Por Matías Cerutti

Voces y poemas de Justiniano Posse

 

Retazos de la historia y personajes del pueblo donde nació y creció el mundialista Martín Demichelis, desde la palabra y la poesía de algunos de sus habitantes.

 

Matías Cerutti | Viajero, cronista y narrador 

Pito Campos | Ilustraciones 

 

En julio del año pasado, los descendientes de José Marcellari se juntaron en un salón de eventos de Justiniano Posse para festejar un nuevo aniversario de la llegada de la familia al país. En 1906, don José había llegado desde Macerata junto a sus hijos Nicolás, Juan y Luis. Fue el primer desembarco de la familia en Argentina.

–Mi abuelo es Nicolás Marcellari, que vino a la Argentina desde Italia con sus dos hermanos y su padre– cuenta Adriana mostrando las fotos del álbum familiar que se exponen en el salón de La Arboleda–. Eran barcos que llegaban repletos a Buenos Aires. Los que podían, trabajaban en el puerto un tiempo y luego se iban a trabajar la tierra a Santa Fe o a Córdoba. Mi abuelo, que tenía 16 años, estuvo un tiempo y se volvió a Italia con su padre. Allí se casó y vio nacer a Eduardo, mi papá. Cuando mi abuela estaba embarazada de mi tío Humberto, mi abuelo se volvió a la Argentina y se instaló aquí, en lo que más adelante se conocería como estancia “La Josefa”. Con el tiempo mandó a llamar a mi abuela que se vino con mi padre y mi tío, a quien mi abuelo todavía no conocía. Aquí nacieron mi tío Carlos y mi tío Marcelo que murió hace un mes y medio.

El salón contiene a los Marcellari de varias generaciones. Sentados frente a largas mesas se reencuentran los descendientes de Nicolás, Juan y Luis. Mientras se escucha una guitarra y un bandoneón que afinan y prueban sonido para animar el evento, Adriana muestra fotos de Don José y su esposa María, del abuelo Nicolás con la abuela Teresa, de su padre y su tío Humberto cuando vivían en Italia, y de la casa donde nacieron los tíos Carlos y Marcelo. El dúo musical se larga con “Desde el alma”. Sentado junto a su primo Pablo, don Carlos, de 88 años, me espera para conversar sobre los primeros años de Justiniano Posse.

 

Carlos y Pablo

–Al pueblo lo veo bien– dice Pablo–. Nosotros hace nueve años que estamos aquí. Antes estábamos en el campo, pero ahora que uno es grande y empieza a tener problemas de salud, acá estamos tranquilos. 

De fondo suena un pasodoble, Pablo ha tomado la palabra con entusiasmo, en su mirada se advierte que el encuentro familiar le sienta bien. Cuenta que la zona rural ha cambiado mucho en los últimos años.

–Yo criaba chanchos en el campo, después lo dejé a mi hijo y me vine para el pueblo. Antes de venirme se estaba dejando la cría de animales para trabajar solo la agricultura. El campo antes estaba más poblado y había un boliche que se llamaba San José, íbamos a jugar a las bochas ahí. En la esquina del campo había una escuela, a la que fueron mis hijos. A mi mujer la conocí en un casamiento acá en Posse. Cuando éramos chicos veníamos al pueblo; nos traían. Vivíamos acá cerquita a siete kilómetros. Mi papá tenía un auto grandote. Me acuerdo que una vez, para el carnaval, le corrió toda la capota para atrás y nos vinimos todos a dar vueltas por el corso.

Su primo Carlos, con la mirada hacia adentro, asiente las palabras de su primo, confirmando presencia y predisposición para exteriorizar recuerdos, toma la posta y continúa:

–A mí me gustaba el fútbol. Alguna vez jugué para Teniente Origone, en tercera. Acá hay dos clubes y la gente venía mucho a ver los partidos, pero en el campo también había fútbol; la gente no podía venir al pueblo y en el campo había boliche, cancha de bochas y fútbol. Acá en este pueblo, el 90 por ciento eran descendientes de italianos, era todo agricultura, no había industria, las chacras eran más o menos mixtas. La diversión que tenía la gente eran los boliches. A veces venían los circos, los parques, las compañías de teatro; y la gente iba.

–¿Te acordás del cine Pauloni? – pregunta Pablo.

–Sí, era un cine con una máquina muy buena… había de todo, como todo pueblo de campaña. Nosotros íbamos a los bailes. Acá se bailaba tango y pasodoble. Ahora ya no, pero yo bailaba tango. El tango había que bailarlo, eh. Había que tener una habilidad, un porte. Me acuerdo que en la Primera Guerra Mundial en las filas del ejército francés, aprendían a bailar el tango. Era algo nuevo que había que aprender, y había que bailarlo bien. La letra del tango no es cualquier pavada como ahora… bla, bla … no, no, había una historia.

–Claro… claro– comparte su primo.

–A mí me gustaba la orquesta de Canaro, que nunca vino, pero sí vino Feliciano Brunelli. D’Arienzo vino a Monte Buey, y ahí fuimos todos. Esas orquestas venían porque la gente iba a los bailes. Desde el campo veníamos porque era música popular: el tango, el pasodoble, el vals. Con la particularidad de que el italiano es muy alegre. Una tía de mi cuñada, que estaba en Canadá, se casó con un oficial canadiense y se fue para allá. Ella decía que es como acá: el italiano es agricultor, es médico, es mecánico, porque el italiano se adapta a todo porque el italiano responde donde lo pongan. Y la tía decía, con humor: ¡hasta es mafioso y todo! Me hubiera gustado viaja, pero hace 60 años que me casé, uno tiene sus cosas que cuidar y antes era más difícil que ahora viajar. Igual, siempre estuvimos en contacto con parientes. Mi papá se mandaba cartas con los otros hermanos que se habían quedado en Italia. En el campo, hasta que uno tenía 10, 12 años, hablaba italiano. El que se hablaba en nuestra familia era el cercano a Roma, los que están al sur tienen su dialecto y los del norte, los piamonteses, tienen acento francés.

También recuerda:

–A mi papá le llegaba el diario italiano por correo. Cuando yo empecé a ir a la escuela aprendí a leer en italiano con esos diarios. A la escuela veníamos acá al pueblo y vivíamos en la pensión de la escuela. Era difícil, pero ahora hay más facilidades, los hijos de los colonos pueden ser médicos o ingenieros. Este es un país donde se puede estudiar una carrera, por eso viene mucha gente de afuera a estudiar porque acá es gratis. No es como en Norteamérica, ahí hay que pagar, eh; eso es muy bueno: que todo el mundo tenga la oportunidad. Yo nací acá pero mis hermanos más grandes, Eduardo y Humberto, nacieron en Italia. A veces íbamos al río. Al Carcarañá o a La Boca, que es la desembocadura del Saladillo. En esta zona se vive bien. Recién ahora, en los últimos años ha empezado a haber problemas con el agua. Las napas han subido mucho y se inunda, no sé cuál será el motivo. A mí me sabía decir Pérez, del Hotel España, que tenía un pozo de siete metros y tenía el fondo seco. Ahora noooo.

 

 

Agricultor y cooperativista

Ricardo Rosso tiene 69 años y también es descendiente de italianos. Su padre era hijo de piamonteses y fue uno de los fundadores de la cooperativa La Possense.

-Este pueblo es un emblema del coopertivismo. En una época había tres cooperativas agropecuarias. Sumando la eléctrica y el banco teníamos cinco cooperativas conviviendo en un pueblo de menos de 8.000 habitantes. Las cooperativas eran independientes una de otras y se daba una sana competencia, pero llegó un momento en que se hizo necesaria la integración. Al principio esta alianza fue resistida por cooperativistas viejos, pero luego empezó a dar sus frutos y hoy gran parte del progreso de Posse se da gracias a esa integración; por ejemplo ahora se está asfaltando con capital netamente cooperativo.

Yo soy de Posse, pero viví en el campo hasta los 13 años. Iba a la escuela rural Nacional 345, allí tuvimos un gran maestro, Honorato Laconi.

 

“La escuela de campo su mayor amor”

Testimonio de María Teresa Laconi, hija del maestro Honorato.

-El padre de Honorato había decretado que uno de sus hijos sería sacerdote y el otro militar. Por eso entra al seminario cuando termina el secundario, pero pronto se da cuenta de que quería formar una familia, entonces lo deja y estudia magisterio. Cuando comienza a trabajar como maestro pide un traslado para el sur del país, pero lo trasladan al sur de la provincia y llega al pequeño poblado de Justiniano Posse para trabajar en la escuela de campo que distaba a 12 kilómetros del pueblo. Se iba todos los días en bicicleta. Junto a otros profesores fundaron el colegio secundario donde dieron clases ad honorem hasta que salieron los aportes provinciales. Le gustaba mucho escribir y publicaba poemas y textos en revistas de educadores que se editaban en la ciudad de Córdoba. Tuvo seis hijos, cuando estaba por nacer la séptima hija una inspectora le dijo que no podía tener dos direcciones, la del campo y la del pueblo. Como dejar una dirección le complicaba la economía familiar, rindió para inspector y se trasladó a Córdoba con toda su familia donde llegó a ser Director General de Escuelas Primarias y siguió siempre participando en la comunidad y escribiendo. Cuando estaba por terminar su libro de poemas le dio un infarto y murió un mes más tarde, tenía 64 años. Dos de sus hijos decidimos terminar el libro y lo publicamos. Su mayor amor ha sido siempre la escuela de campo, ser maestro en escuela de campo. Allí era feliz, mirando la pampa, contemplando los árboles, viendo a los chicos jugar al aire libre; gozaba con ello.

Lejos de su querida escuela de campo y de Justiniano Posse, Laconi pasó los pesados años de la Dictadura militar en la ciudad de Córdoba y tuvo que padecer la detención por cinco años de uno de sus hijos.

 

Homenaje de un veterano de guerra

José Luis Alarcón es uno de los seis excombatientes de la guerra de Malvinas que residen en Justiniano Posse. El pasado 1 de abril ha presentado oficialmente su libro “Grabadas a Fuego”, selección de poemas sobre Malvinas. Es el décimo libro que publica Alarcón. Anteriormente ha editado un libro testimonial sobre su experiencia en la guerra, libros con cuentos para niños y otras obras poéticas entre las que se encuentran el himno a Justiniano Posse y un poema dedicado a Honorato Laconi.

-Yo no lo conocí personalmente a Laconi –cuenta José Luis- pero es una de las grandes personalidades que hubo acá en el pueblo y después de leer su libro “Pampa, cielo y trigo” me decidí a escribir un poema en su memoria.

 

EL MAESTRO SUEÑA VOLVER

En memoria de Honorato Laconi


Debió dejar nuestro pueblo

donde dio todo de él

donde realizó los sueños

educar y hacer el bien.

 

Debió dejar los alumnos

a los que inculcó volver

y viajar a la gran urbe

de este suelo cordobés.

 

Allí el maestro Laconi

sueña y sueña con volver

y se enferma de tristeza

porque no lo puede hacer.

 

Primero están los hijos

formarlos es su deber

por ellos el sacrificio

Sin duda que ha de valer.

 

Pero el corazón añora

aquellos días de ayer

la nostalgia lo devora

ante cada atardecer.

 

¡Ay mi Justiniano Posse!

Quisiera verte otra vez…

Y mi escuelita de campo

Solar de tanta niñez…

 

¡Ay mi pampa y sus trigales!

Que en tantos versos nombré

Si no regreso bien sabes

Que jamás te olvidaré.

 

El Vasto y manso paisaje

Que ama con todo su ser

Es lo que evoca el maestro

 Y sueña…sueña volver.      

 

José Luis Alarcón