Oficios | Por Facundo Miño

Entre navajas, peines y tijeras

 

Usar barba se puso de moda y no distingue clases sociales, ámbitos laborales o edades. ¿Quiénes se encargan de darle forma a esa tendencia y cuáles son sus herramientas?

 

 Facundo Miño | Periodista 

 

–Cuando veías por el centro a una persona con el pelo largo o con barba, era seguro que también tenía zapatillas. En esa época el 99 por ciento de la gente andaba de traje. Hasta para ir al cine, se ponían saco y, por supuesto, zapatos.

Juan Rodríguez se refiere a los usos y costumbres de la sociedad cordobesa durante la década del 60 cuando se inició en el mundo de la peluquería. Hoy tiene 68 años, el pelo canoso prolijo y arreglado, está impecablemente afeitado y lleva una chaquetilla celeste. Se toma un respiro en la agenda diaria para contarle a COLSECOR cómo viene la mano en esta moda.

Rodríguez comenzó como cadete en uno de los grandes salones de la ciudad cuando tenía 10 años. Miraba con curiosidad, tratando de no perderse detalle. Aunque ya ensayaba con amigos y vecinos, recién en 1965, cinco años después de ser contratado, tuvo su primer cliente real en aquel trabajo. Otra época, otros tiempos, otras costumbres.

–Antes los que tenían barba eran “crotos” o hippies. Quizás los arquitectos, los  estudiantes de Bellas Artes o la gente de la bohemia también se la dejaban pero los demás se afeitaban cotidianamente, todos los días o día de por medio. Hoy está de moda porque la impusieron los futbolistas pero estoy seguro de que el 90 o 95 por ciento de la gente la usa por “vagancia”, solamente porque no tienen ganas de afeitarse– sostiene.

La peluquería está ubicada a una cuadra de la plaza San Martín y se llama R.R. porque con su hermano –fallecido hace algunos años- colocaron las iniciales de su apellido: Rodríguez. Una foto encuadrada, en blanco y negro, los muestra en su juventud, peine y tijera en mano. El local es pequeño, con vista al exterior y cortinas que otorgan discreción. Una mampara lo divide en dos partes: una más chica para el lavado, otra para el corte propiamente dicho. Hay dos espejos; un mueble con herramientas, máquinas, productos para el cabello, alguna foto familiar; una bandera argentina y una estampita de San Cayetano.

Juan atiende un celular antiguo con ringtone monofónico y confirma el horario a un cliente sin necesidad de revisar ningún papel. A cada visitante le entrega un almanaque 2019 con el nombre de su negocio y la leyenda “salón masculino”. Cada elemento, cada gesto, cada detalle refuerzan la idea de sobriedad clásica. Muchos de sus clientes son bancarios, abogados, profesionales que se hacen una escapada durante el día o van antes de comenzar la jornada laboral. Por eso atiende de lunes a viernes desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde.

–El “lunes peluquero” no existe más. Todo eso cambió. Antes decíamos que si en una fiesta una persona no tenía talco en el cuello, ese que ponemos nosotros después de cortarles el pelo, era “deshonroso”. Lo decíamos en broma pero era una señal de que esa persona había estado en la peluquería. Era sagrado trabajar los sábados porque los hombres que tenían casamientos, cumpleaños o festejos venían ese mismo día pero ya no; si pueden, vienen una semana antes. Los fines de semana directamente cierro – explica.

Durante mucho tiempo ir a la peluquería era un símbolo de estatus, había que tener dinero suficiente para confiar en el criterio y en el pulso de quien rasuraba con navaja. La aparición de afeitadoras domésticas y descartables implicó la gradual competencia con la comodidad de la propia casa. La tarea del barbero fue menguando hasta quedar casi como una excentricidad de algunos pocos. Para Rodríguez esa práctica hogareña derivó en un desconocimiento de la tarea.

–Hay un montón de gente que no se sabe afeitar y cree que puede usar la máquina debajo de la ducha. Y no, no, ¡no!– enfatiza y arruga la frente–. Pierde el filo, dura menos, se reduce la vida útil. Se necesita espuma para aflojar. No hace falta agua caliente, es recomendable que esté tibia pero sobre todo se necesita humedad para abrir los poros y ablandar el pelo. Con 30 segundos de aflojar bien ya alcanza.

Con 58 años en el rubro, la palabra de Rodríguez adquiere un peso específico que está avalado por la experiencia. Dice que la llegada de los shoppings cambió toda la dinámica comercial en el centro (“quedó devaluado”) porque no hay posibilidades concretas de competir. Le alcanza con mirar desde lejos y unos pocos detalles para reconocer la antigüedad de cualquier peluquería.

–Desde hace 25 o 30 años fueron apareciendo las unisex. ¿Por qué? Porque las mujeres gastan más dinero. Ahora brotaron las peluquerías y barberías para hombres porque cortarles a las mujeres no es tan sencillo como parece, se necesita conocimiento y experiencia, hace falta dedicación, hay que manejar las tijeras. En cambio para los varones jóvenes alcanza con saber usar un poco la máquina. Si encontrás una exclusiva de “caballeros y niños” es casi seguro que tiene más de 30 años.

Enseguida se ocupa de señalar que el cambio de época no es ni positivo ni negativo, simplemente es distinto. A sus clientes, a sus sobrinos, a quienes le pregunten les recomienda mucha práctica. Ponerse un día fijo y cortar siempre en esa fecha.

–Si lo hacés con regularidad el pelo tiene siempre el mismo tamaño y es más fácil trabajarlo. Hay que amigarse con el espejo, animarse a probar y practicar, practicar, practicar. La barba te cambia el estado anímico.

 

 

Coquetería masculina

Hasta hace un tiempo, Cynthia Bosio trabajaba en un comercio mayorista. Se entretenía cortándoles la barba a su papá y a su hermano con una tijera común y corriente. Llamaba la atención la prolijidad del resultado final. Entonces no tardaron en sugerirle que hiciera un curso; después, los instructores del curso le sugirieron ser capacitadora de un instituto pero ella prefirió ser empleada. Luego fue cuentapropista, volvió al rubro mayorista y finalmente, hace tres años, se instaló en la peluquería Peinate que Viene Gente.

Sentada en un sofá pegado a la puerta de calle, está aburrida. De fondo suena música electrónica pero ella no le presta ninguna atención. A la siesta los clientes no son tantos, hoy el salón está vacío.

–No podés tener ningún error, tenés que ser detallista. En la mujer, como tiene más cantidad, una equivocación se puede disimular mejor, quizás pasa desapercibida. En la barba un cortecito extra directamente te cambia la fisonomía de la cara– asegura.

Cuenta que los estilos clásicos demandan alrededor de 20 minutos y los más complejos rondan los 40. Lo más complicado es el “degradé”, un rebajado progresivo que combina pelo en distintas alturas escalonadas.

Se levanta del sofá, camina algunos pasos y abre un cajón para mostrar sus herramientas indispensables. Saca una navaja, una patillera, una rasuradora y una máquina de afeitar. Después va hacia otra mesita y señala aceites, ceras, shampoo y cremas. Destinados particularmente al mercado masculino, son productos muy utilizados para conseguir una apariencia que no se consigue sin manos especializadas.

Dice que todavía cuesta la convivencia entre varones y mujeres dentro del local.

–A ellas no les gusta estar arreglándose los pelos rodeadas de hombres. Y al revés tampoco, ellos suelen esperar que haya más varones para sentarse y relajarse.

 Cynthia va hasta una habitación del fondo y trae un pequeño bolso con amplia variedad de tijeras: una microdentada simple autoafilable que se va afilando con el uso; otra de pulir que utiliza para sacar las marcas, una tercera de estilo navaja que deja el corte más parecido a una máquina; y una cuarta que suele emplear para entresacar volumen. Dice que las redes sociales y los tutoriales por Internet le facilitan descubrir nuevas técnicas y que los propios clientes más osados traen alguna foto de Instagram. Esos, los curiosos y arriesgados, son ideales para experimentar.

–Es un mimo que se hacen a sí mismos, estar bien prolijos. No se lo pueden hacer ellos en sus casas y vienen para que yo me encargue. Acá hay muchos varones coquetos. Algunos vienen cada dos semanas. Igual, ojo que ahora empieza a ponerse de moda dejarse únicamente el bigote.

 

Estilo europeo

Un elemento distintivo que identifica a las barberías es un cilindro que combina azul, rojo y blanco y se coloca en la entrada. Algunas versiones indican que esa marca viene heredada desde la Edad Media cuando los barberos cumplían también el rol de cirujanos, según parece, por su habilidad en el manejo de  navajas. Las casas que se dedicaban a esas actividades solían dejar las telas manchadas con sangre en postes y árboles. Aunque mitológica y poco creíble, esa es la explicación que más adhesiones obtiene. Así, cada color tendría un significado específico: el blanco representa los vendajes, el rojo la sangre y el azul las venas.

Manchester, el negocio más renombrado del rubro en Córdoba, tiene, por supuesto, el poste tricolor en la fachada. Es un salón largo y espacioso, con varias habitaciones. En la recepción hay una radio a válvula, un viejo teléfono de discado con cable al lado de un posnet que sirve para los pagos electrónicos o con tarjeta de crédito y una notebook. Un empleado ofrece bebidas para tomar, algunos clientes esperan sentados en sillones y sofás mientras revisan sus celulares. Suena rock británico en los parlantes. Las paredes blancas tienen varios percheros y  un sinfín de cuadros con pinturas y fotos de peinados clásicos. Sobresale uno en particular que no hace juego, Maradona en el Mundial 86. Los precios de cada servicio están colocados en una pizarra (corte, 330 pesos; barba, 250; niños 300).  

Toda la escenografía da un aire retro de una meticulosa búsqueda por generar un ambiente distendido, propio de otra época. José María Lasa es uno de los dueños y señala que tratan de recrear una atmósfera que se asemeje a los años 30,40 y 50, la edad de oro europea.  Lasa tiene 33 años, trabajó en distintas peluquerías hasta que en 2015 se lanzó –junto a un socio- con un emprendimiento personal.

Ayudado por el auge del estilo hipster (sucesor del metrosexual, de estética cuidada y con barba trabajada como elemento distintivo), decidió probar y armar un espacio en el que le gustaría ser atendido.

–Cuando abrimos la mayoría de la gente no sabía lo que era conceptualmente una barbería. Tuvimos que enseñarles a nuestros clientes qué servicios incluía. Pensamos en un estilo muy tradicional. Usamos toallas calientes, sillones reclinables, muy en la vieja escuela. La única diferencia es que usamos navajas de filo descartable por una cuestión de higiene y de modernidad-dice Lasa.

Para ser atendido hay que solicitar turno con antelación porque la demanda es alta. La clientela tiene una franja etaria bastante definida: entre 20 y 40 años. Varios reservan turnos fijos y regresan cada 15 días.

 Los empleados usan una chaquetilla negra con el nombre de la empresa en el pecho. Uno está de bermudas pero la mayoría usa jeans. Casi todos tienen el pelo rapado a los costados, a tono con la época.

José María explica que en realidad esos peinados son adaptaciones con pequeños detalles nuevos pero ya existían en las décadas del 30 y del 40. Dan un aire varonil y requieren poca tijera y mucha máquina. Algo similar ocurre con las barbas. Dice también que esta novedad generó un impensado mercado de productos orientados a la estética de los hombres: cremas, aceites, fijadores, pomadas ya no son tan raros en el lenguaje cotidiano. Cree que no es solamente una moda sino una búsqueda más profunda.

–El que se dejó el bigote y le gustó, probablemente se lo deje toda la vida. Cuando encontrás tu estilo, lo mantenés. El oficio del barbero es ayudarte a descubrirlo pero, sobre todo, a sentirte cómodo con la estética que elegís.