Por Dante Leguizamón

La cordillera, el mal, el poder y sus misterios

La película de Santiago Mitre llega a HBO. Una lectura de la política que se esconde tras una, a veces, indescifrable trama de poder y suspenso.

 

Dante Leguizamón |Periodista

 

Ricardo Darín y Dolores Fonzi viajan en un auto oficial. Son padre e hija. Él, Hernán Blanco, es el presidente de la Argentina y está en Chile en el marco de una cumbre de presidentes sudamericanos. Ella, Marina Blanco, está en Chile porque está enferma y su padre quiere tenerla cerca, quizás controlarla. En realidad, viajan solos por La Cordillera y se dirigen a un bar porque él acaba de salirse del protocolo. Unos kilómetros antes, le pidió a su chofer que se baje y los deje seguir sin custodia. De repente, una charla tensa comienza a convertirse en un diálogo cómplice de esos que —a veces sin sentirnos del todo cómodos— todos los hijos tenemos, tuvimos o podríamos tener con nuestros padres.

Los Blanco entonces, empiezan a reírse de sí mismos. De su apellido, de la campaña que llevó al padre a la presidencia.

—“El auto blanco de Blanco”.

Dice Marina y empieza a citar las frases publicitarias que alguna agencia utilizó para llevar a su padre al poder. Frases hechas, vacías que en sí mismas se contradicen con el mensaje.

—“El color de la victoria es Blanco” —vuelve a decir la hija y no se detiene—. “Con Blanco, no hay trabajo en negro”, “sin números rojos, votá Blanco”.

El padre le pide por favor que pare. Que no lo haga reír.

—No me hagas esto.

Pero ella insiste y profundiza en la imagen que ha llevado al presidente a esa cumbre donde el poder parece serle esquivo a un hombre que llegó a gobernar el país con una fortaleza que ahora lo hace parecer casi un inútil. La de ser simplemente un hombre común.

—La que más me gusta es esta: “No votes en blanco, votá Blanco” —dice Marina, ambos se ríen—. Se mataron con esa. “Argentina, celeste y… Blanco”.

Sigue ella y ambos empiezan a cantar el jingle de la campaña: “Un hombre como vos que quiere lo mejor. Como vos, un hombre como vos. Un nuevo amanecer, como vos, un hombre como vos”.

La Cordillera, filmada en 2017 por Santiago Mitre, apareció este mes en HBO después de un paso por diferentes festivales que elogiaron el trabajo de Ricardo Darín y despertaron un sinnúmero de discusiones sobre el mensaje detrás de una película en la que, inclusive, muchos llegaron a preguntarse si realmente hay un mensaje o al menos una trama descifrable. Con el subtítulo “El poder no tiene límites”, fue producida por K&S Films y La Unión de los Ríos (ambas argentinas) más el aporte de la francesa Maneki Films y la española Mod Producciones. Se trata, a entender de quien escribe, más de un disparador sobre posibles interpretaciones que de una obra dispuesta a mostrarnos lo que amenaza: una mirada profunda sobre la alta política y sus entretelones o una supuesta historia de fantasía y suspenso.

Inclasificable sería la mejor palabra para definir la trama de La Cordillera, pero como esta columna ya ha demostrado que no teme a las interpretaciones y se ha animado a resolver hasta desafíos filosóficos en ocasiones anteriores, no le vamos a esquivar a la responsabilidad en el asunto.

 

La Cordillera, una película de Kramer & Sigman Films, La Unión de los Ríos, Mod Producciones, Maneki Films,

Arte France Cinéma, Movistar+ y Telefe con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).

 

Protagonistas: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Érica Rivas, Christian Slater, Gerardo Romano, Elena Anaya

Dirección: Santiago Mitre.

Guion: Mariano Llinás y Santiago Mitre.

Género: drama, suspenso

Calificación: apta mayores de 13 años

Disponible en HBOGO COLSECOR Play-

 

Ahí vamos. Tras la escena del auto entre el presidente Blanco y su hija surge en este espectador una idea que lo retrotrae a una anécdota de Jorge Luis Borges al hablar de su ceguera. Nos atrevemos a parafrasearla, pero puede leerse en el libro Siete noches, donde el escritor argentino dicta siete conferencias, una de las cuales está destinada a la ceguera.

Para Borges, los videntes nos equivocamos al pensar que los ciegos están condenados a ver en un eterno color negro. “Es uno de los colores que más deseo volver a ver”, dice y narra algo que se presenta como condenablemente triste. El ciego no ve negro, sino que en su vida queda atrapado en “ese azul desganado, que los ingleses llaman gris” que los condena a ver “sólo formas borrosas” delante de sus ojos.

Decimos esto porque la sensación que trasmite La Cordillera es la de la “grisitud” (si es que esa palabra puede existir). La sensación de que los Blanco y en particular Hernán Blanco no llega a ser presidente por ser un hombre honesto como sugieren las narrativas publicitarias, sino justamente porque es “un gris”. Porque su presidencia y su rol en la política lejos de ser blancos o negros, tienen ese “azul desganado que los ingleses llaman gris”.

La película se mueve en dos planos nunca definidos, nunca del todo concretos. Por un lado, el hombre gris que es Blanco y que en la práctica lejos está de representar al hombre común, se encuentra ante el gran desafío de su gestión. Un desafío que, en la cumbre de la que participa, puede —debe— permitirle mostrar que es capaz de estar a la altura de los hechos. Un desafío que lo enfrenta a una compleja trama internacional (nunca del todo intensa) que lo puede transformar en un cipayo o un revolucionario o, simplemente en lo que parece ser: un gris.

El otro plano es más difícil de describir y es el que contiene a su hija donde, por fuera de la política, utilizando las herramientas narrativas del cine de suspenso o de intrigas psicológicas, la historia enfrenta a Blanco a la posibilidad de que se sepa de él que, lejos de ser un blanco e inclusive lejos de ser el gris que parece, quizá sea un ser oscuro que esconde algo en su pasado.

La película tiene muy buenas actuaciones. Además de Ricardo Darín son muy interesantes los trabajos de Dolores Fonzi, Gerardo Romano y Érica Rivas. Hay una actuación breve y precisa de Christian Slater. La estrella de Hollywood no participa de la cumbre, pero está detrás y en su rol también tiene un color, el color verde de los billetes de dólar y el color indefinido de la tentación. Las imágenes del film son impecables (los paisajes naturales ayudan) y la fotografía resulta contundente. A modo de sorpresa, también cuenta con el debut de Marcelo Longobardi en el papel de un periodista que cuestiona a Blanco, como quien opera contra el presidente descontando que el verdadero poder está en otro lado y es a él al que vale la pena tributar (nada nuevo).

Una de las mejores escenas es protagonizada por Darín y la actriz española Elena Anaya, una periodista que tiene acceso a todos los presidentes sudamericanos presentes en la cumbre. Allí se perfila otra de las tramas latentes en el relato y que quizás sea uno de los mensajes que quiere enviar Santiago Mitre al espectador. Es una afirmación clara: “El mal existe y no se llega a presidente sin haberlo visto cara a cara en, al menos, una oportunidad”, le dice el presidente Blanco a la periodista cuando ella le pide una reflexión y Blanco muestra que quizá él mismo es el mal que representa al poder.

Para finalizar, nos atrevemos a plantear algunas preguntas: ¿Y si el poder fuera aburrido? ¿Si los poderosos tuvieran vidas grises atadas a convenciones e imposibilitadas de modificar nada porque todo está determinado por otros poderosos? ¿Si lejos de ser eso que tanto parece excitarnos e impresionarnos, cuando vemos a los políticos desesperados por alcanzarlo, el poder fuera simplemente chato e inclusive inútil? ¿Si fuera de ese color azul desganado?

Si fuera así, La Cordillera sería una gran película.