Por Matías Cerutti

Patrona de patronales

  

Por Matías Cerutti | Viajero, cronista y narrador

 

Entre el 9 y el 18 de agosto de cada año, más de 100.000 personas llegan a Villa de Soto para conmemorar el onomástico del patrono San Roque; aquel que nos libra de las pestes, las epidemias, las falsas acusaciones, las mordidas de perros y hasta de los sobreprecios del infierno inflacionario.

Un mar de pañuelos blancos, el sonido de las campanas y el himno a San Roque señalan el momento cumbre de una celebración que comienza nueve días antes con el rosario de la aurora y que contiene una masiva peregrinación, una enorme carpa de productos regionales, un escenario con espectáculos folclóricos y un cordón de más de 300 puestos comerciales. 

A partir del 9 de agosto empieza la entrada de devotos que llegan de todo el país para venerar al San Roque “grande” que asomará el 18 por la mañana. Mientras tanto, en paralelo a las novenas y al arribo de fieles, comienzan a instalarse las carpas que ofrecerán comidas típicas, productos regionales, ropa, calzado, y todo tipo de utilidades que se presentan con  la caravana de senegaleses y vendedores itinerantes que recorren el país. “Yo voy todos los años”, dice un vecino de una ciudad que dista 150 kilómetros de Villa de Soto. “Consigo todo cinco veces más barato que en cualquier otro lado”, afirma con la devoción que le provoca esta fiesta soteña. “Las fiestas patronales de Soto se dividen en dos”, explica Matías Moreno de Informes turísticos. “La litúrgica y la pagana, que en un momento se mezclan”. Es que, como suele suceder en estos tiempos, están los que vienen a Soto para pedir bendición y agradecer al santo de Montpellier, y quienes se apersonan para  venerar a los senegaleses y sus anacrónicas ofertas.

 

 

Invasión y sometimiento

Lorenzo Suárez de Figueroa y  Hernán Mejía de Mirabal llegaron al valle, que los comechingones habitan desde hace 5000 años, en enero de 1573. Jerónimo Luis de Cabrera los había enviado desde Santiago del  Estero  a “empadronar” pueblos indígenas y a explorar la zona para determinar el lugar propicio para la fundación de la ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía. Los adelantados se encontraron con uno de los asentamientos más poblados del sur y en plena cosecha de algarroba, período de encuentro y diálogo entre los pueblos de los alrededores. En poco tiempo, una vez instalada en Córdoba, la invasión europea desarticuló este sistema de asentamientos que habilitaba espacios comunitarios para la caza, la molienda de granos, la recolección de frutos, parcelas agrícolas, talleres, canteras y fuentes de arcilla. Cabrera encomendó a Tristán de Tejeda la reducción de los pueblos que vivían en el valle, dándole título de posesión de la tierra y de sus habitantes, como si fueran propios. La resistencia de los originarios fue hábilmente sofocada con un viejo, recurrente e infalible truco: se les brindaría “seguridad  y acceso a la iglesia de Dios”.

Tejeda, haciendo honor a su apellido, estableció una fábrica de tejidos donde sometía a trabajar a los originarios desde los seis años. Uno de los caciques de la zona era conocido como Chuto, que significaba “ojos bellos”. El lugar donde se instauró la reducción indígena tomó el nombre de este cacique. Se dice que de Chuto pasó a denominarse Choto y que, por una cuestión de  discreción, derivó en Soto, término que se correspondía con la vasta vegetación que aún caracteriza a la zona.

 

El naufragio de un patrono en disputa

Los  encomenderos tenían la exigencia de llevar un santo de su lugar natal a las reducciones que se les asignaba, pero como en la zona había mucha peste, Tejeda decidió traer una estatuilla de San Roque, que era de Francia. Trajo un santito de madera y lo dejó en la capilla de adobe que habían levantado en la costa del río. En el año 1617 un aluvión  arrasó con la capilla y con el santito, que no fue reclamado por nadie. Una originaria de Bañado de Soto, comuna situada a pocos kilómetros hacia el norte de Villa de Soto, lo encontró y lo vistió con lo que tenía a mano. Cuando en Soto se enteraron, el sacerdote lo reclamó y lo recuperó, pero luego una turba de jóvenes del Bañado entró  a la iglesia y se lo llevó nuevamente. Tras largas negociaciones del patrono en disputa, el sacerdote de Soto, que ya tenía edificada su nueva iglesia, mandó a hacer otra estatuilla, más grande, pero vestida de la misma manera que el ejemplar que quedó en Bañado.  Es por esto que el San Roque de Soto no lleva el típico hábito marrón y negro con el cual se lo identifica tradicionalmente, sino los colores que hacen que muchos hinchas de Boca Juniors se encomienden a este santo antes de jugar una final: azul y amarillo.

 

Una fecha y una historia

A pesar de que para la iglesia católica el onomástico de San Roque es el 16 de agosto, en Villa de Soto se conmemora el 18 de ese mes. Osvaldo Sánchez, historiador soteño, dice que esta fecha se establece a partir de 1935. “En aquel año había en Villa de Soto un sacerdote muy joven de apellido Dávila que durante la novena enfermó gravemente y, como era quien debía sacar al patrono del santuario, esto no sucedió hasta que llegó el obispo el día 18”. El cura, como mucha gente, estaba contagiado de gripe, la peste que por esa época hacía estragos en la zona. La leyenda dice que la salida del patrono el día 18 significó el fin de la epidemia. En esos días el joven sacerdote, de tan solo 24 años, murió. Cuando le llevaron flores al sepelio, una de las coronas que le obsequiaron, tuvo un brote. “Esto provocó que la gente haga un paralelismo con la historia de San Roque, de quien se dice que en una ocasión en el lugar donde apoyó el bastón brotó un peral”, cuenta Sánchez. Por algunos años, hubo gente que se acercaba el 18 de agosto a visitar al curita Dávila en lugar del patrono de la comuna. Cuando la familia del joven sacerdote decidió llevarse los restos a su localidad de origen quedó instalada la tradición de festejar el 18, en lugar del 16 como se hace en el resto del mundo.

 

El santo que murió en la cárcel

Roque era el único hijo de una respetada y adinerada familia de Montpellier, Francia. Sus padres murieron cuando él era muy joven. Dejó la herencia y salió a peregrinar con destino a Roma. En Italia se encontró con una peste terrible que estaba causando mucha angustia y muerte en la población.

Roque se acercaba a los enfermos y  los curaba trazando con sus dedos una señal de la cruz en la frente. Cuando no lograba sanarlos, les brindaba sepultura, hasta que empezó a sentir los síntomas de la peste y se retiró a un bosque. Se dice que justo al lado del lugar donde se tendió para recuperarse brotó un manantial, y que un perro comenzó a asistirlo, lamiéndole las llagas y llevándole todos los días un trozo de pan y comida. El dueño del perro decidió seguirlo para averiguar qué hacía con la comida que sacaba diariamente de su mesa, entonces descubrió al peregrino, lo llevó a su casa y lo ayudó a recomponerse. En cuanto empezó a sentirse mejor, Roque volvió a su Montpellier natal. Estaba demacrado y azotado por la enfermedad que debió superar y llegó con una fisonomía muy diferente a la del joven que había partido unos años antes. Por desgracia, Francia se encontraba en plena guerra y fue tomado por espía. Roque fue a parar a la cárcel y murió allí  cinco años después. Su tío lo reconoció durante el entierro por una cruz que tenía trazada en el pecho.

 

San Roque, San Roque

Villa de Soto es una localidad de 12.000 habitantes  ubicada al noroeste de la provincia de Córdoba, en el departamento Cruz del Eje. Se encuentra a 26 kilómetros de la capital departamental, a 55 de la provincia de La Rioja, a 170 de Córdoba capital, y a 900 de Buenos Aires.

Todavía se aprecia en este valle el bosque de especies nativas que cada enero convocaba a los pueblos precolombinos para la cosecha de algarroba, la elaboración de aloja y el ineludible  festejo. También se conservan el agua cristalina de sus ríos mansos y las abejas que elaboran la particular miel con sabores a algarrobos y mistoles.

Un estudio realizado por la Universidad Nacional de Córdoba ha demostrado que el 83 por ciento de la población del valle de Soto tiene ascendencia originaria. Gran parte de esta zona, a fines del siglo XIX, continuaba siendo liderada por curacas que comandaban comunidades indígenas abiertas a expulsados y fugados del sistema. Los originarios ofrecían refugio a negros y mestizos con los cuales compartían su desgracia y resistencia. En 1885 se sancionó una ley que autorizaba al Poder Ejecutivo a expropiar por razones de utilidad pública los terrenos ocupados por las comunidades indígenas. La división y el remate de las tierras comunales provocaron la disconformidad de un conjunto numeroso de la población porque dejó desamparadas a muchas familias de comuneros.

La ubicación geográfica de Soto, paso obligado de los que bajan de La Rioja hacia Córdoba, ha sido la razón por la que caudillos como Facundo Quiroga o Chacho Peñaloza han pernoctado en esta localidad. Se dice también que aquí se produjeron enfrentamientos entre unitarios y federales.  Ahora, en este agosto, Soto volverá a colmarse de fieles, de pañuelos y de carpas. Seguramente estará a salvo de epidemias y de pestes. Tal vez te cruces con algún perro, quizá te mire, pero difícilmente te toque.