Por Dante Leguizamón

The Wire | Nadie hizo algo mejor

 

 

Los tres negocios ilegales más importantes de la humanidad están vinculados, se financian entre sí y son el tráfico de drogas, de armas y de personas. El Estado, por acción u omisión, es siempre parte del negocio.

  

Por Dante Leguizamón | Periodista 

 

La máxima que usted acaba de leer debajo del título es clave para entender el complejo mundo del delito internacional y, aunque parezca mentira, también la gran mayoría de los delitos que ocurren en la ciudad, en el barrio o pueblo donde usted viva. 

Si alguien quiere empezar a descifrar sin fantasías el mundo del delito, tenga esa idea en la cabeza y dedíquese a observar el pequeño mundo en el que vive. Tarde o temprano descubrirá que detrás de las tramas de violencia hay tejidos de pobreza, miseria, intereses y poderes ocultos con los que convivimos cada día. Tejidos que echan por tierra la posibilidad de cambiar el destino de gran parte de la población y muestran que la idea de la meritocracia es otra trampa del discurso capitalista. Esa es la máxima con la que David Simon (periodista) y Ed Burns (policía) pensaron y construyeron The Wire, una serie que además de ser entretenida (los primeros cuatro capítulos cuestan, después es adictiva), es un tratado de antropología y un diagnóstico imperdible de la trama de las sociedades actuales. 

Voy a relatar una de las primeras escenas: un chico de unos dieciséis años camina por el patio de un edificio de monoblocks. Se dirige hacia otros dos muchachos de catorce o quince años. El que llega, si bien es un peón (esto es importante), es sobrino del más importante vendedor de droga del lugar, los que esperan son subordinados de su tío y todos pertenecen al último eslabón de la cadena del narcotráfico: vendedores de droga al menudeo que esperan, en el corazón de un barrio pobre, que los consumidores se acerquen, paguen y lleven la sustancia.

Los dos más jóvenes juegan al ajedrez, pero en realidad usan las piezas como si fuera un juego de damas (tienen las piezas, pero no saben las reglas). El tercero se acerca e intenta explicarles. Todos son negros en una ciudad como Baltimore, Estados Unidos, donde el 80 por ciento de la población lo es.

 

- El rey manda se mueve en la dirección que quiera. No es muy fuerte, pero el resto de los idiotas que están debajo suyo lo cubren. 

Los aprendices -actores y víctimas del narco- observan. Uno comenta que el rey le hace acordar a su jefe, el tío de su interlocutor. 

- Esta es la reina. Ella es lista y rápida. Inteligente y feroz. Se mueve para todos lados y es la pieza que tiene más poder.

 

Los chicos se dan cuenta de que la reina viene a ocupar el rol del lugarteniente del rey. Alguien que en el negocio de la droga debe ser hábil con los números, cruel con el traidor, estratégico con el contexto.

 - La torre se mueve como la mercancía. 

- Pero la droga no se mueve -sugiere uno de los aprendices.

 

- Cómo que no. ¿No tuvimos que mudar todo para acá la semana pasada? ¿Y qué pasó? Cada vez que se mueve la mercancía (la torre) hay que mover otras piezas para protegerla -dice agarrando los peones.

 

La explicación sigue.

 

- ¿Y todos estos tontos de qué sirven? -pregunta uno señalando al peón, o sea a sí mismo.

- Son soldados. Sólo pueden ir hacia adelante y, cuando luchan, pueden moverse en diagonal.

 

De repente la escena es de tres peones del narcotráfico tratando de entender cuál es su rol en el juego y da la impresión de que no lo entenderán nunca. Los chicos tienen un único sueño: el ascenso social que el sistema les impide dentro de la legalidad, porque viven en una ciudad con uno de los más altos índices de pobreza y marginalidad de Estados Unidos. Una ciudad que se encuentra a sólo 52 kilómetros de Washington, el “centro del mundo”. 

- ¿Hay alguna manera de llegar a ser rey? -pregunta uno de los aprendices. 

- No se trata de eso. El rey siempre es rey. Todo permanece siempre igual. Excepto por los peones. Si un peón llega al final del tablero se puede convertir en una reina. 

- ¿O sea que, si llego al otro lado, gano? 

- No. Si atrapas al rey contrario ganas. 

- Pero si llego al otro lado soy el jefe. 

- Sí, pero en el juego (el negocio del tráfico ilegal) la mayoría de los peones muere en el camino. 

The Wire no es fruto de la imaginación. Es fruto de un inmenso trabajo de campo. David Simon era periodista de Policiales del Baltimore Sun y estudiando los crímenes en su ciudad -cuyas estadísticas han llegado a triplicar y cuadruplicar las cifras de muertos del conurbano bonaerense- conoció a Ed Burns, el policía y su dupla como guionista de la serie. 

En el año 2009 la fundación Gabriel García Márquez, también conocida como FNPI (Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano), convocó a 15 académicos de todo el mundo y a quince periodistas de América Latina. El encuentro se llamó “Narcotráfico y violencia en las ciudades de América Latina". En él, los asistentes (entre los que se encontraba el autor de esta nota) debatieron sobre un fenómeno que tiene incidencia práctica en la vida social, económica y política de nuestros pueblos. ¿Cómo narrar la violencia y las tramas del narcotráfico en las ciudades del continente? 

Entre esos especialistas estaban por ejemplo Paulo Lins, autor de la investigación que dio lugar a la película brasileña “Ciudad de Dios”, y Cristian Alarcón, autor de la más minuciosa investigación sobre los narcos peruanos en las villas de Buenos Aires. También Rossana Reguillo, una mexicana considerada la especialista más importante en culturas juveniles del mundo, y Philippe Bourgois, autor de un trabajo de referencia en torno al consumo de crack en Harlem, Estados Unidos. 

A lo largo de una y otra charla siempre surgía una referencia: The Wire, la serie escrita por Simon y Burns. 

The Wire tiene cinco temporadas. En la primera conocemos a los actores del negocio del narcotráfico. En la segunda, el puerto de Baltimore es la escena del tráfico de personas. A partir de allí la historia avanza hasta desnudar tramas tan reales y cotidianas que dan miedo: cómo se manipulan las estadísticas de delitos, cómo un político honesto debe corromperse para llegar al poder, cómo la escuela es el único espacio real en el que, a veces y por momentos, se puede intentar salvar a los menores de la marginalidad, y cómo el periodismo es a veces tan corrupto como los poderes que investiga. 

Si el arte es universal, si la televisión puede alcanzar el arte, si el arte sumado a un buen trabajo periodístico y antropológico explica parte del mundo, este texto más que una invitación a ver una serie, es un pedido: Si usted quiere saber más del mundo en que vivimos: vea The Wire. Nadie hizo algo mejor.