Por Alejandro Mareco

Carnaval, el tiempo de la vieja alegría

 

Por Alejandro Mareco | Periodista

 

El Carnaval tiene diversos modos de expresarse, según las maneras de cada lugar, pero la misma razón esencial de ser. Una dosis de libertad y de permiso para traspasar límites la hacen una fiesta única.

 

 

 

Con los ojos puestos en el impreciso punto donde se miran los recuerdos, Juan buscaba imágenes de sus carnavales para contar. “Las guerras de bombuchas de agua a la hora de la siesta en el barrio… la increíble magia de los corsos, cuando era más pequeño… en resumen, me acuerdo de la alegría”.

Es posible que si cada uno se asomara al rastro personal que ha dejado la palabra-sensación carnaval, alcanzaría a vislumbrar la fórmula de la alegría.

Esa alegría que se ve en colores parece estar hecha con algunos trazos elementales: reír, bailar, jugar, correr, mojar, disfrazarse. Pero el ingrediente principal de la felicidad del carnaval no está presente en la fórmula de otros estallidos: es tan único como esencial a la condición humana.

Hay, en la celebración carnavalera, una dosis de libertad, de permiso para sobrepasar algunos límites, de ilusoria suspensión de rangos y estamentos sociales, de atrevimiento para decir y de desmesura en el disfrute de placeres de la fiesta.

Es una celebración de esas en las que el estado de ánimo de exaltación de la vida es un impulso que llega desde muy lejos en el tiempo. Nos sitúa en una vivencia personal intensa a partir de una energía colectiva que se remonta a miles de años, a lo profundo del camino de la especie que en su monumental evolución cultural vuelve por instantes a un gesto original en su relación con el cosmos, la naturaleza y la existencia de la especie.

No son estos tiempos en los que el carnaval mantenga su universalización pues muchos son los que al cabo de las décadas y los siglos han ido quedando al margen de una situación festiva que alguna vez fue totalizadora.

Los que ya no se suman a la fiesta es porque de una u otra manera ya no son alcanzados por el contagio del viejo espíritu; es que mucho han cambiado la manera de habitar la cultura y de relacionarse entre los hombres, sobre todo a partir de las condiciones que marcan los grandes centros urbanos.

Pero el carnaval sostiene aún una fuerza arrolladora en inmensas multitudes. No sólo a través de las resonantes celebraciones que suelen venir mezcladas con el instinto turístico de algunos lugares, sino porque en muchos escenarios de la simpleza provinciana, de comunidades y pueblos con hondos arraigo de legados culturales, sostiene su efecto primordial.

Y en esas maneras de vivirlo aún pueden verse entre nosotros los viejos rastros de una historia que se cuenta que ya se detectan hace unos cinco mil años en Sumeria y luego en Egipto, en las fiestas de honor al toro Apis, y después en Roma, con las Saturnales.

Los comportamientos orgiásticos en cuanto a la desmesura para  beber, comer e incluso la sensualidad que se remarca en algunas celebraciones con comparsas con bailarinas y bailarines vestidos de modos sugerentes y otras manifestaciones, tienen que ver con la fecundidad, la fertilidad y los mitos de la resurrección cíclica situados anualmente en los advenimientos de la primavera.

Es posible que con esa fecundidad original tengas los juegos con agua. Aunque también se anota que el agua también forma parte del rito que incluye la momentánea abolición de castas o de estamentos sociales. Todos pueden ser mojados, del mismo modo que la harina con que tanto celebran la chaya los riojanos y otras provincias argentinas, es una manera de igualar a partir de todas las cabezas cubiertas de blanco, sin diferencias.

Esa es la clave de la necesaria participación en la celebración de todos los que se asoman a ella. Los ritos llegaban incluso a plasmar la inversión de roles sociales, como que en algunos lugares amos y esclavos intercambiaban roles por unos días. O, por ejemplo, en la Buenos Aires colonial, los negros esclavos tenían la posibilidad de arrojarle agua a sus amos y a cualquier persona.

  

Quitar la carne 

La inversión del orden de las cosas, del orden del poder, es de todos modos fugaz. Según el italiano Umberto Eco, el permiso de violar reglas por unos días en el fondo significaba reforzarlas.

“No hay carnaval posible en un régimen de absoluta permisividad y de completa anomia, puesto que nadie recordaría qué es lo que se pone (entre paréntesis) en cuestión. Lo cómico carnavalesco, el momento de la transgresión, sólo puede darse si existe un fondo de observancia indiscutible (...) Se permite reír justamente porque antes y después de la risa es seguro que se llorará”, escribió.

“Como seres sociales, fabricantes involuntarios y colaboradores de un teatro para el que no pedimos entrar, necesitamos tanto del control que orienta el mundo del trabajo y del descontrol que hace la fiesta”, sostiene por su parte el antropólogo brasileño Roberto Damatta, especialista en un tema que atraviesa la esencia de su país.

“Carnavales y carnavalizaciones sirven para legitimar uniones o entrelazamientos entre los diferentes por medio del canto, de la música y de la danza y, sobre todo, de la risa que disuelve barreras”, dice también Damatta.

Es probable que la celebración haya atravesado los milenios porque su elocuente festividad, su descontrol y traspaso de límites ha representado siempre una válvula de escape, que fue tantas veces combatida pero que no pudo ser erradicada.

La Iglesia Católica no lo admite como una celebración de tono religioso, pero tendió sus lazos hacia ella: la palabra carnaval proviene del latín “carnem levare”, que quiere decir quitar la carne. Eso quiere decir que después del miércoles de cenizas, cuando el carnaval vuelve a ser enterrado hasta el próximo año, comienza la cuaresma, los 40 días de abstinencia que preceden a las Pascuas, a la resurrección de Cristo.

 

La tentación de prohibir la catarsis 

El lunes 12 y el martes 13 de febrero próximos los almanaques argentinos volverán a señalar en rojo los días centrales de la festividad de carnaval. Así es desde hace siete años, cuando en 2011 el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner restituyó los feriados que fueron abolidos durante la última dictadura, la más feroz de todas.

La supresión del feriado apuntaba directamente a los festejos: el carácter popular de la fiesta y su desafío de los límites, más el canto contestatario de murgas y comparsas, resultaban exasperantes para semejante ánimo autoritario.

“No es gratuito que el Carnaval haya sido interdicto por las dictaduras y admitido por la democracia. El Carnaval es la fiesta de la diversidad, el antojo y la violación a la costumbre. Las dictaduras no nos permiten hacer el mal. No podemos optar por él, estamos protegidos del error por un modelo obligatorio de conducta sin alternativas”, ha escrito el escritor argentino radicado en Madrid, Blas Matamoro. También hacía referencia a la dictadura de Franco.

Y agregó: “No hay vida privada, ni en las costumbres ni en la mente del sujeto, en los Estados policiacos. La máscara, que nos oculta la cara, nos pone una cara superlativa, una más-cara, que resulta ser el otro, el desconocido, que llevamos oculto, y que pugna por salir, mostrarse a los demás y a nosotros mismos. Una dictadura no admite este catarsis: todos han de llevar la identidad óptima y permitida, la cual, al ser única, resulta obligatoria”.

La tentación de prohibir esa catarsis, esa válvula de escape que representa el carnaval, siempre estuvo presente.

Ya en 1771, el último gobernador de Buenos Aires antes de la creación del virreinato, Juan José Vértiz, mandó a que los bailes de carnaval se hicieran en lugares cerrados para evitar los desmadres callejeros. Sin embargo, cuando el rey Carlos III al año siguiente le ordenó que los prohibiera ante el pedido expreso que fueron a llevarlo algunos vecinos porteños, los defendió, argumentando que si se hacían en España, bien se podrían hacer aquí. Pero en 1774, el mismo monarca los prohibió por ley argumentando que nunca habían sido permitidos en América.

Pero la historia siguió, y los bailes también. Fue luego el virrey Pedro de Ceballos censuró “los juegos de carnestolendas: en ellos se apura la grosería de echarse agua y afrecho, y aun muchas inmundicias, unos a otros, sin distinción de estados ni sexos”, sostuvo.

Las cosas no cambiaban demasiado, y en 1995, el virrey Nicolás de Arredondo instó en prohibir “los juegos con agua, harina, huevos y otras cosas”.

 

 

Empujón del diablo 

Corsos, desfiles de carrozas, siestas enharinadas o pasadas por agua y las queridas mascaritas que heredan la intención de anonimato que tenían las máscaras que disimulaban las identidades para sumergirse en la fiesta sin cuidados, son parte de las imágenes de felicidad que portan argentinos de distintas generaciones.

En la inmensa variedad argentina, hay muchas maneras de celebrar el carnaval,  claramente diferentes.  Así, en la provincia de Jujuy y otros sitios del noroeste del país, asume rasgos de profunda síntesis entre las costumbres anteriores a la llegada de los españoles y la mixtura que siguió.

En el litoral, en tanto, los grandes corsos y desfiles de carrozas y comparsas en Corrientes o en Gualeguay, Entre Ríos, tioman la influencia del festejo brasileño.

Mientras, en Buenos Aires, las murgas y su manera decidora de analizar la realidad se emparentan con los modos uruguayos.

“La cumparsita”, uno de nuestros motivos musicales que más nos identifican, es un diminutivo de comparsa. Una de sus varias letras, la que escribió Alejandro del Campo, cuenta: “Allá viene alegre y muy bullanguera/ la cumparsita callejera alborotando el barrio va, / los chicos de las casas salen, sonríen las viejitas/ ahí va la cumparsita besando el arrabal”.

Así también, la música folklórica nuestra es una constante referencia al carnaval, al rito, sus ilusiones y la danza criolla como vehículo de aproximaciones.

Pero las sensaciones no siempre son las mismas. Por ejemplo, uno ha visto que el día del desentierro a Saturnina Toritolai, coplera de 70 años, no le alcanzaban los pies para ir de una apacheta a otra a cantar con su caja, en San Antonio de Los Cobres, Salta. Pero también se ha encontrado en Purmamarca con una joven, Daniela Toledo, que sentía algo muy diferente: “No soporto el Carnaval. Los hombres no hacen más que emborracharse y gastar lo que no tienen”.

Es que el carnaval también desnuda abismos sociales. “Vengo desde el olvido/ toro serrano/ Pa' ver si mato penas/ carnavaleando/ Me anda faltando plata/ chicha, coraje/ y un empujón del diablo/ pa' enamorarte”, dice la letra que escribió el Cuchi Leguizamón en “Zamba del carnaval”.

Habla de la pobreza y de la oportunidad de encontrar un destino sentimental y existencial a la vez, en la reunión de carnaval, esos extraordinarios días en los que los corazones galopan.