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El cooperativismo “es una herramienta indispensable para la acción democrática”

 

Un editorial  firmada por el presidente de la Federación de Cooperativas Federadas, Juan Manuel Rossi, habla de “reconciliar la ruralidad” y describe los distintos sujetos sociales y productivos que conviven en el “campo”.

 

 

Editorial: "Reconciliar la ruralidad"

 

Nuestro sector es muy diverso y las organizaciones que lo representan también. Dentro del generoso vocablo “campo” coexisten en el territorio desde agricultores familiares inmersos en economías de subsistencia hasta grandes corporaciones transnacionales y monopólicas. Por eso, los federados, históricamente, acuñamos la idea de que “no todo el campo es lo mismo”.

Cierto discurso hegemónico omite, tramposamente, abismales diferencias. Economía de escala, características productivas, acceso a mercados, niveles de tecnificación, parámetros climáticos, de suelo, etc. En el “campo” además, conviven diferentes sujetos sociales y productivos, con distintos intereses. Como en nuestras propias cooperativas, que parecen tan iguales y a veces son tan distintas. Ni la macroeconomía, ni el clima, ni el sistema financiero o impositivo, afecta por igual a una gran corporación que a una cooperativa agrícola ganadera tradicional, que a una tambera o que a una productora de alimentos elaborados. En nada se parecen las manos de un horticultor con las del CEO de un pool de siembra. Sin embargo estamos todos bajo el mismo ojo observador de la política y de la sociedad.

 

Alguna vez, las diferencias estructurales fueron desplazadas por enfrentamientos imaginarios. Pero no menos reales y efectivos.

En 2008 la revuelta por la Resolución 125 dejó huellas, hasta ahora, irremediables. Una disputa entre buenos y malos que no daba margen para explorar las contradicciones hacia el interior de cada facción. Lamentable episodio de la historia argentina reciente que dejó dos estereotipantes secuelas: la indiferenciación de los actores agrarios -de los que dábamos cuenta-, y la manifiesta enemistad de los unos y los otros.

Aquí, trabajamos con la hipótesis que, desde los actores del sector, no se puede edificar un proyecto sin una reconciliación entre las parcialidades que aún hoy siguen enfrentadas. Es imprescindible reparar tan amañado agrietamiento. Los estructurales y los imaginarios. Enconos fabricados no sólo impiden recomponer el tejido social descompuesto, también relegan la posibilidad de tejer lazos colaborativos propios de la construcción cooperativista.

Tampoco es cuestión de seguir reclamando –ingenuamente- medidas gubernamentales salvadoras. No alcanzará con políticas públicas sin un Proyecto Nacional Agropecuario y Agroalimentario, surgido del consenso de los que decimos estar en la vereda Nacional.

El gobierno anterior no tuvo un proyecto agroalimentario. El actual tampoco, ni lo tendrá el que venga; sin que las organizaciones tomen esa responsabilidad política e histórica. Las entidades del sector tenemos derechos. Tantos como obligaciones. Políticas y éticas.

El primer mojón consensual de todo proyecto estará determinado por las visiones: “con gente” o “sin gente”, en la producción, en las organizaciones y en los pueblos del interior. Es la primera discusión a saldar. De ahí seguirán otros acuerdos, no menos importantes pero subsidiarios.

La condición sine qua non de nuestro proyecto -en el concierto (y desconcierto) del contexto geopolítico- es el alineamiento a un Proyecto de Nación cuya arista demográfica remite sensiblemente a términos de soberanía territorial y seguridad alimentaria. Debe considerarse con responsabilidad social, intrínseca al cooperativismo.

La visión latifundiaria pronostica una agricultura de robots, que empieza a ser visible. Agricultores digitales tiranizados por el imperio del Big Data. Naturaliza un sentido común ordenado desde el materialismo productivo, comercial, tecnocrático. En detrimento de la dimensión social que caracteriza y determina a las cooperativas. Y de las posibilidades verdaderas y perdurables de ser competitivas y competentes.

Permanecer subsumidos en la razón instrumental hará que nuestro movimiento se diluya en los mares de la tecno-ciencia y el fundamentalismo de mercado. Es inherente a nuestra misión ontológica oponerle una razón ética, con orientación a políticas de democratización del uso y tenencia de la tierra, de las cadenas de producción, distribución y consumo, y de la toma de decisiones institucionales.

El cooperativismo es una herramienta indispensable y apropiada para la acción democratizadora, diseñada para el desarrollo sustentable. Con este enfoque es pensable la intervención estructural del Estado, a través de organismos institucionalizados. Pero sin descuidar el rol de las organizaciones de la sociedad a las que pertenecemos. Con los derechos y con las obligaciones que nos caben al variopinto colectivo del agro.