Relatos de provincia

Salta: tierra de aires buenos, zambas y gente chura

Quebrada de la Conchas (Cafayate) 

 

La provincia norteña tiene una profunda huella en la historia y en el canto popular de los argentinos. Con la memoria colonial y la cultura ancestral siempre presentes, propone nuevas luces para sumar a sus tradiciones.

 

Por Alejandro Mareco 

 

“Cada vez que vuelvo a respirar el aire del valle de Lerma o de cualquiera de los valles salteños, siento que es bueno, que hace bien”. Mariana Carrizo evoca sus sensaciones provincianas una medianoche de noviembre en París, mientras cae la lluvia y el frío le trae añoranzas del sol americano. 

“Salta es mi paraíso”, dice, resueltamente nostálgica, con voz húmeda en el WhatsApp. La coplera y cantora nació en el pueblo de Angastaco, en los valles Calchaquíes. Allí pasó su infancia pastora, y hoy es vecina de la ciudad capital, a la que regresa al final de sus constantes viajes en los que expone su arte de profundas raíces.

En la herradura que da forma a la provincia, caben numerosas encrucijadas de montaña, sedientas o fecundas, la mismísima Puna y hasta la sofocante exuberancia del Chaco salteño, bien al norte.

Mientras tanto, en Salta se respiran todavía humores de aquel protagonismo durante la era colonial que la hizo un punto estratégico en el camino al norte, con una sociedad que tuvo varios momentos florecientes, cuyas huellas siguen siendo sencillas de reconocer. Con Martín Miguel de Güemes al frente de sus próceres, los salteños han dejado una huella profunda en la historia argentina.

“La cultura ancestral tiene una presencia fuerte en lo cotidiano de la ciudad”, agrega Carrizo.

Salta, toda, es una de nuestras grandes provincias cantoras, acaso la que más se ha de oír y más ha contado sus cosas. Por eso es que los nombres que asoman en blanco sobre verde a orillas de los caminos, así como los que distinguen los rumbos de las calles de la ciudad capital, ya son nombres argentinos. Cuando uno los ve, enseguida se cuelgan de una melodía que tararea la imaginación o, directamente, los labios.

Desde la calle Caseros de El Cocherito, hasta tomar la salida de la capital hacia Cafayate, uno empieza a anotar con el silbido: San Lorenzo, Cerrillos, El Carmen, La Merced, Campo Quijano, Alemania; y más allá, por los Valles Calchaquíes: Seclantás, Animaná, La Poma. La lista es inmensa; a cada paso entre los destinos salteños, la memoria se despierta con una melodía.

Y el canto, la poesía y el vino suelen ir de la mano, no sólo en las letras de las zambas sino también en historias singulares.” Mirá, changuito, me parece bien que leas balances, si eso es lo que vos haces, pero leé poesía. ¿Sabés por qué? Porque la poesía te va a hacer el corazón más dulce y bueno, y entonces los vinos te van a salir mejores”.

Esas palabras eran las que recordaba Arnaldo Etchart una mañana en un bar de su Cafayate. Se las había dicho en su juventud nada menos que Manuel J. Castilla, el gran poeta asociado a tantas bellas músicas de Gustavo “Cuchi” Leguizamón. La familia Etchart había llevado al lugar la uva torrontés a mediados del siglo 19, y el apellido no sólo es un sinónimo de vino salteño sino también de vino argentino. Arnaldo, que además había creado junto al poeta César Perdiguero el Festival de la Serenata, murió en agosto de 2017.

Entre las tantas cosas que identifican a los salteños hacia afuera, pero sobre todo frente a sí mismos, son las empanadas, verdaderos objetos de devoción que preparan con un estilo inconfundible. Siempre los salteños han sido grandes comedores de empanadas. Nosotros nos cuidamos mucho con el condimento, porque las comen también los chicos, el que quiere picante, que le agregue”, solía decir Edmundo Herrera. Y el picante a base de tomate que hacen los salteños es la otra cuota de sabor de la empanada.

Herrera, con su pequeño negocio llamado El Farito, fue el pionero de las empanadas frente a plaza 9 de Julio, sobre la calle Caseros, la del Cabildo. Allí bajo la recova, se congregaban políticos, poetas y músicos, como el mismísimo Cuchi Leguizamón, de quien había quedado un busto en su memoria. El Farito cerró en 2018, después de casi media siglo, pero las empanadas siguen allí, frente a la Plaza, y en toda la ciudad.

Pero, como siempre sucede, las luces que se apagan en un lado se encienden en otro. Como sucede con la Calle Balcarce, que cerquita del centro histórico se transformó a comienzos de este siglo en un nuevo aglutinador de locales y visitantes, con varias peñas, restaurantes y otros atractivos. “Es la calle de la celebración”, dice Mariana Carrizo.

Mientras tanto, Fidel Puggione, uno de los que encendió la chispa del lugar junto a su hermano Tupac con la peña La Vieja Estación, recordaba. “Nosotros pensábamos que esto se parecía a San Telmo, en Buenos Aires, porque era un lugar marginal pero a ocho cuadras del centro.La gente empezó a venir y algunos clientes nuestros se animaron y armaron sus propias propuestas. Cuando fuimos cinco, decidimos organizar la oferta y publicamos un folleto”.

Mientras tanto, a los salteños de ayer, de hoy y de mañana, si hay algo que no se les quita es lo churo o chura, esa palabra que se dice con ternura. “La manera de ser salteña tiene una calidez bien bonita, bien chura, que viene a ser una mezcla de agraciado, agradable, cándido, amable, simpático…”, dice Mariana Carrizo, mientras imagina las caras de sus pagos desde la medianoche lluviosa de París.