Por Alejandro Mareco

América Latina en otra hora ardiente y dramática

 

 

 

 

Las protestas multudiarias en Chile y el golpe de Estado en Bolivia, le ponen fuego a la vieja disputa entre las aspiraciones a sociedades más justas y la preservación de los privilegios de las élites.

 

Por Alejandro Mareco

 

América Latina vive horas conmocionantes, como escenario de luchas populares y de intereses que han llevado su ardor a la escena pública hasta desbordar el cauce de la democracia.

Mientras Chile cumplía tres semanas de históricas y masivas protestas en las calles, en las que las multitudes parecieron despertar de un letargo de décadas para salir a reclamar a viva voz por una sociedad más igualitaria, este domingo 10 de noviembre la espiral de violencia que venía creciendo contra el gobierno de Evo Morales terminó consumando un golpe de Estado en Bolivia.

Fue a la manera de los años más oscuros de la región durante la última parte del siglo 20, pues las fuerzas armadas se unieron a la oposición y presionaron de un modo elocuente y que se creía ya sepultado en el pasado, para que el mandatario de origen indígena y sindical presentara su renuncia, al cabo de casi 14 años de gobierno. 

El detonante se adjudicó a los cuestionamientos a las elecciones realizada el 20 de octubre último, en los que el Tribunal Electoral le adjudicó una victoria del 47,08% de los votos frente al 36,51 de Carlos Mesa. Luego, una auditoría de la Organización de Estados Americanos (OEA) señaló irregularidades en los comicios. Mientras tanto, la violencia fue creciendo frente a los ojos de una policía también declarada en rebeldía. 

En un subcontinente en el que caben el largo conflicto venezolano, la profunda crisis económica de Argentina, la revuelta política en Ecuador y un Brasil sacudido por la liberación de Lula, las dos situaciones más extremas se viven en Chile y en Bolivia. Se trata, paradójicamente de los países que mostraban los mejores números y de alguna manera promocionaban respectivamente las posibilidades de dos modelos antagónicos, una versión neoliberal y otra populista. 

Lo que está en escena, y es el meollo de la tensión política e histórica del momento, es la distribución de la riqueza planteada como espejo. En Chile se reclama un reparto más igualitario; mientras que en Bolivia buena parte de la reacción tiene su origen en el rechazo a la distribución que ha mejorado de un modo gigante los indicadores sociales, con la consecuente erosión de privilegios en algunos de los sectores más poderosos.

Los números de Evo Morales son los más exitosos de la región y significaron una profunda transformación social de Bolivia, que rescató de la pobreza a más del 25 por ciento de la población.

 

 

Chile desigual

“No supimos entender que había un clamor subterráneo de la ciudadanía por lograr una sociedad más justa, más igualitaria, con más movilidad social, más igualdad de oportunidades, menos abusos”.  Las palabras son del presidente chileno Sebastián Piñera, en una entrevista concedida al diario El País.

Aunque no deja de señalar injerencia extranjera en la revuelta, reconoce el punto central de la demanda popular. Hasta se plantea la posibilidad de reformar la Constitución nacional sancionada en 1980, en plena vigencia de la dictadura de Augusto Pinochet, que dejó montada una democracia tutelada hasta aquí intocable.

Al comienzo de las protestas, un audio la propia esposa de Piñera, Cecilia Morel dirigida a un grupo de amistades pertenecientes a la elite chilena, ponía las cosas al desnudo.  

 

 

Está claro que la protesta no reconoce un objetivo que se resuelva con cambios de ministros y acaso ni siquiera con la renuncia del mandatario de Chile, sino que es contra el modelo y los sistemas imperantes desde hace casi medio siglo.

Mientras tanto las fuerzas represivas chilenas renovaron las credenciales de su vieja vocación. Los episodios de protestas dejaron por lo menos 20 muertos, unos dos mil heridos y cinco mil detenidos.

 

Violencia, amenazas y renuncias

“Estoy renunciando para que mis hermanas y hermanos, dirigentes, autoridades, del Movimiento al Socialismo, no sean hostigados, perseguidos, amenazados", dijo Evo Morales, acorralado por un reguero de fuego amenazante que llegó hasta la casa de sus familiares. 

 

 

A los opositores no les alcanzó que llamara a elecciones: no se saciarían hasta verlo caer. 

"A la comunidad internacional, sean de Naciones Unidas, sean de la OEA, de la Unión Europea, embajadores: digan la verdad sobre este golpe de Estado. Difundan que ser de izquierda, ser indígena, ser antiimperialista es nuestro pecado", afirmó.

Lula, por su parte, recién salido de prisión, dijo: “Es lamentable que América latina tenga una élite económica que no sabe convivir con la democracia y la inclusión social de los más pobres”.

Aun cuando a partir de la profunda grieta abierta en todo el subcontinente, algunos celebran el golpe y otros prefieren vestirlo de otra lógica, los hechos representan en sí mismo un profundo retroceso democrático. 

Se corre el riesgo de que este modelo pueda propagarse por una región con intereses sociales y políticos tan encontrados, en especial cuando se tiene en cuenta que la condena de los países vecinos no es unánime.

Esta vez, a los golpes blandos disimulados como salidas instituciones que se realizaron, por ejemplo, en Paraguay contra Fernando Lugo, y contra Dilma Rousseff, en Brasil, les sigue el caso boliviano con participación abierta del Ejército y las fuerzas de seguridad que permitieron, además, episodios de violencia y amenaza contra familiares para quebrar a los gobernantes.

Entre tanto, la vieja injerencia de Estados Unidos en América latina se torna aún más presente. En retroceso de otros escenarios del mundo en los que ya no se asume como única potencia, en estos tiempos se ha abocado a despejar el continente de otras influencias e intereses para alinearlo con su visión y conveniencia. La OEA, que nada dijo de la situación de Chile, se ha convertido en un ariete de esta estrategia.

Desde que Europa la vio, hace más de cinco siglos, los recursos naturales de América han sido objeto de la codicia extraña, muchas veces en conexión con las elites regionales, algunas formadas desde la colonia misma. 

La democracia no siempre ha dado respuestas, pero es el camino que los pueblos tienen para intentar sociedades más justas. Por eso, permitir que sea atropellada es abrirle la puerta a los viejos monstruos que han devorado la vida y los sueños de generaciones de latinoamericanos.