Relatos de provincia

Catamarca: flores brotadas en el reino de la montaña

 

 

Los altos cerros son el regocijo y amparo constante de un antiguo paisaje que fue capaz de contener la vida y el desvelo de generaciones desde los tiempos precolombinos.

 

Por Julián Capria 

 

Salvo hacia el sur, cuando el paisaje se vuelve casi yermo hasta ser devorado por los salares, el andar y el estar en Catamarca siempre tiene un horizonte de alturas, una montaña que ampara y comanda el paisaje. 

A veces todo parece estar rodeado de cerros y entonces cada pueblo, cada ciudad y aún la capital se sienten, se ven como flores brotadas en las piedras.

“Catamarca es la montaña. Es el encanto de los veranos de la infancia en Las Juntas, en Ambato. Y el de toda mi vida en la capital. La ciudad está en un valle encerrada por la cadena del Ancasti, hacia el este, y del Ambato, hacia el oeste; luego, corona arriba con la Sierra del Gracián. Y más allá está la puna catamarqueña, con Antofagasta de la Sierra como emblema de una belleza conmovedora”. 

El que cuenta es Diego Varela, “Carpincho”, destacado periodista catamarqueño con una larga trayectoria en el diario Ancasti. “En la ciudad, la montaña está muy cerquita, y uno puede mirarla siempre y visitarla cuando quiere. Ese es el tesoro de vivir aquí”, dice.

Catamarca contiene un larga y fecunda memoria del paso de los hombres y mujeres por esas montañas. Ahí, frente a los horizontes de piedra, se afrontó el desafío de afirmar la vida en la aridez. Y donde florece la tierra, florece la gente. Así, la voluntad de los surcos de aguas abiertos bajo la insistencia del sol dio a luz olivares y viñedos, entre otros frutos.

Y también se plantó la historia. “Aquí hubo una muy heroica lucha de resistencia de los pueblos originarios contra la invasión española. Luego, tenemos la inmensa figura del caudillo Felipe Varela”, apunta el periodista del mismo apellido. Varela fue el líder de la última rebelión del interior contra la hegemonía porteña en el siglo 19.

Catamarca fue una gran potencia artesanal que todavía sobrevive a partir de tejedoras y tejedores que sostienen el poncho catamarqueño tramado en hilos, uno de los símbolos de la prenda argentina.

Londres, la población fundada en 1558, cercana a Belén, los domingos de tiempo atrás solía latir como un corazón expuesto al ritmo del clap clap de los telares, en acción en todos los patios. Y aún se sostiene allí la vieja llama artesana, como la de Selva Díaz, una de las más reconocidas tejedoras del lugar que año a año expone en la feria de la Sociedad Rural (este año fue entrevistada por el diario La Nación), en Buenos Aires, y en otras grandes reuniones.

“Hay que saber aprovechar lo que los padres nos dejan. Es una herencia muy antigua, y si no la transmitimos se va a perder. Yo le enseño a mis hijos a tejer. No hay que tener miedo en ser artesano: ¿no es mejor ganarse la vida dignamente que renegar en un empleo por unos pocos pesos?”, nos decía un atardecer guarecida por los contornos de su pueblo. “Siempre que me voy, extraño esta calma”, agregaba.

 

El Sinchal, vestigio de la cultura incáica en Argentina 

 

Cerca de allí se encuentra El Schincal, uno de los sitios arqueológicos más importantes del país. Allí están las ruinas de lo que fuera la ciudad más austral del imperio incaico. El sitio fue descubierto hace poco más de 20 años, pues las ruinas estaban cubiertas por la espesura de los shinquis, un arbusto alto y espinoso. 

Rosa Nieve Ramos nació y creció en el lugar, pero hasta que no vinieron los arqueólogos de La Plata no supo dónde había jugado. “Soy de ascendencia diaguita, como mis abuelos que me criaron. Durante generaciones nadie se había dado cuenta de la existencia de las ruinas”, contaba la mujer que, al cabo de la escuela secundaria, hizo un curso y se convirtió en guía del lugar, declarado Monumento Histórico Nacional.

En Catamarca, además, hay lugares que son queridos aún antes de conocerlos. Suele suceder con aquellos que nos han llegado flotando en una canción. Es el caso de la Cuesta del Portezuelo, que a través de la zamba de “Pollo” Jiménez tantas veces las hemos tenido en la boca y en la imaginación.

Desde allá arriba, no sólo se ven los “mil distintos tonos de verde” sino también rojizos y hasta dorados. Trepado a la cuesta, uno recuerda al niño del relato de Eduardo Galeano que, frente al mar, le decía a su padre: “Ayúdame a mirar”.