Nelson Mandela

Un nombre para iluminar a la condición humana

 

En octubre de 1993 recibía el Premio Nobel de la Paz, después de 27 años en prisión por luchar contra el apartheid. Luego, sería el mentor de la reconciliación sudafricana.

 

Por Alejandro Mareco 

 

“¡Dejad que una nueva era amanezca!”. Nelson Mandela, el hombre de raza negra que hasta hacía apenas tres años antes era el preso político más célebre del mundo, cerraba con esa apelación a un mañana luminoso sus palabras para recibir del premio Nobel de la Paz, en 1993.

El 15 de octubre de ese año su nombre fue señalado por la máxima distinción del mundo occidental - tantas veces centro de polémicas en el rubro de la paz - junto al de Frederik de Klerk, el presidente sudafricano que lo había liberado en 1990. 

 

Juntos trabajaron hasta alcanzar el final del “apartheid', el infame régimen de segregación racial impuesto para privilegio de la minoría blanca y desgracia de las mayorías negras de aquel país. Fue uno de los mayores insultos a la condición humana, justamente en el continente donde había nacido la humanidad.

“Este debe ser un mundo de democracia y respeto de los derechos humanos, un mundo liberado de los horrores de la pobreza, el hambre, la privación y la ignorancia, aliviado de la amenaza y el azote de las guerras civiles y la agresión externa y sin la carga de la gran tragedia de millones forzada a convertirse en refugiados”.

Este párrafo de aquel extraordinario discurso confirma la profunda revelación que cabía en su mirada. Está destinado a quedar grabado en la conciencia de la especie, sobre todo si se tiene en cuenta que hoy siguen cabalgando los mismos jinetes de nuestro eterno apocalipsis.

A la hora del Nobel, Mandela (“Madiba”, el apelativo cariñoso que provenía de su clan) tenía ya 75 años, de los que había pasado 27 en la cárcel. Nunca sería un prisionero más: las cadenas y los barrotes que lo encarcelaban solo parecían subrayar su aureola. Es que Nelson Mandela, dondequiera que su corazón latiese, siempre sería un hombre libre.

 

 

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El hombre de la reconciliación  

Nació 18 de julio de 1918 en la aldea de Mvezo, y aunque el hecho de ser parte de la élite negra de su país le permitió acceder a estudios universitarios, también padeció el atropello blanco.

Hay hombres que vienen a este mundo con el pecho abierto, dispuesto a dejar entrar el rayo de la claridad. Lo que vivió y vio Mandela cuando ya era abogado fue una inequidad tan desembozada como inaceptable. Por eso, sus más profundas convicciones de igualdad, justicia y libertad lo llevaron a militar en el Congreso Nacional Africano (CNA), partido del que se convirtió en dirigente.

Finalmente, en libertad, le quedaba la tarea más generosa e inspirada de su vida: la reconciliación. Para lograrla, debía convencer a sus seguidores que los enemigos no eran los hombres blancos, uno por uno, sino sobre todo el concepto de la superioridad blanca que enarbolaban.

“Nuestro pueblo ha muerto innecesariamente. No queremos un baño de sangre. Porque la única sangre que correrá será la del hombre negro”, dijo, y sus viejos y nuevos compañeros de lucha comprendieron su mensaje.

Tuvo la maravillosa lucidez de reconocer que nuestro peor enemigo no son simplemente los otros hombres y mujeres, sino sobre todo los conceptos políticos y culturales que hacen que la libertad y la dignidad queden arrasadas en la naturalidad de los días.

En 1994 sería elegido presidente en las primeras elecciones multirraciales de la historia de su país, y gobernó durante un lustro. Se asomó en público por última vez en la clausura del mundial 2010, realizado en su país. Murió el 13 de diciembre de 2013.

En la existencia de Nelson Mandela está la imprescindible promesa de que todos podemos ser mejores. Por eso, cuando en el mundo amanezca una nueva era al cielo de la justicia y de la libertad, su nombre se elevará sobre las melodías que honren la condición humana.