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La Pampa, patria del horizonte

 

La celebración del horizonte está presente no solo en todos los rincones sino también en la constancia sentimental de los pampeanos. Y si se alejan del paisaje, el paisaje se queda con ellos como una implacable añoranza. Es una de las provincias más nuevas, declarada así en 1951.

 

Por Julián Capria | Periodista

Bibi González | Ilustraciones 

 

Como el porvenir que siempre está por venir, el horizonte es el rumbo, la meta, ese final que los ojos ven pero al que jamás se llega porque se aleja a medida que vamos hacia él.

Horizonte también es la lejanía con la que se amanece, ese rigor de la distancia que nos hace sentir ínfimos e impotentes frente a las dimensiones de las cosas del mundo y del cosmos.

Si el camino que se transita es una ruta de La Pampa, el horizonte es el límite preciso entre el cielo y la tierra. Con la mirada abierta a todo lo ancho del paisaje: se vuelve revelador, incluso abrumador, pero también infinitamente acogedor.

“El horizonte está con nosotros todo el tiempo. Cuando no lo ves, inconscientemente lo buscás. Si no lo tenés en los ojos, lo sentís presente como una sensación constante en todas las direcciones”.

Belkis Martin, fotógrafa, ha regresado a vivir a Santa Rosa, la ciudad en la que no solo nació y creció sino la que además, acaso sin darse cuenta, le impregnó de llanura el corazón.

Tanto que cuando se mudó Córdoba en busca de esa versión humana del horizonte, que es seguir el rumbo de una vocación, de una pasión, buscó en ese gran escenario urbano de tan irregular superficie y con montañas coloreando la distancia, un lugar con líneas de quietud.

“Mientras estudiaba fotografía, busqué para vivir un barrio llano (Poeta Lugones). Creo que el llano representa cosas esenciales: descanso, seguridad, hogar, estabilidad”, dice.

Y hasta hubo alguna vez que se sorprendió de lo encarnada que estaba su necesidad de llanura: “Me fui de vacaciones a una isla que tenía una montaña en el medio y para ir de una playa a otra había que treparla. Nunca podía hacer un alto y descansar en medio de la montaña; necesitaba llegar a la playa, al llano, para recién relajarme”.

Esas sensaciones que a Belkis le despierta la llanura, siente que también están en la vida y en el carácter de los santarroseños, de los pampeanos.

“Vivir en un lugar con todo el cielo abierto, con la bóveda celeste entera encima de una, da como cierto amparo. Siempre hay algún comentario en las conversaciones que se refieren al cielo, así como a las bondades de la estabilidad, de la certidumbre que genera vivir en este paisaje”.

  

Arpegio de milonga 

La provincia lleva el nombre del paisaje que tal vez es una de las marcas más conocidas de la geografía argentina, y que toma el vocablo quechua para definir el concepto de llanura. Es la palabra que usaban los tehuelches, también llamados indios pampa.

Es el paisaje que comparte con el sur de Córdoba y el oeste de Buenos Aires. A medida que se avanza hacia Cuyo, el suelo comienza a elevarse hasta forjar cerros que superan los 1000 metros de altura; mientras tanto, hacia el sur, la tierra reseca sus días en la desolación de la aridez.

La Pampa es una de las provincias más nuevas, declarada así en 1951 junto a la de Chaco. Entonces se llamó Eva Perón. Antes fue parte de la Gobernación de la Patagonia y luego territorio nacional.

Es posible hacer un retrato musical y revelar los rasgos humanos y culturales que confluyen en ella. Como el que hace un tiempo nos hizo Ernesto del Viso, músico y compositor de canciones y uno de los referentes nacionales del Momusi (Movimiento Musical para Niños).

“Los pueblos originarios fueron barridos, pero quedaron huellas mapuches y ranqueles. Después llegaron los que recibieron las tierras de la Conquista del Desierto y, con ellos, peones que tocaban milongas, vidalitas, cifras, cielitos… Hasta hacheros santiagueños vinieron a trabajar. También llegaron inmigrantes europeos. Pero todavía, aun cuando el hombre trabaje en la esquila y tenga enormes manos con enormes dedos, nadie toca el arpegio de la milonga como un pampeano”.

Volvamos a Santa Rosa. Es una ciudad serena, con aires de vida cadenciosa. “La mirada del otro está siempre presente; en algún punto se encuentran las historias”, dice Belkis. Viven unas 120.000 personas, y muchas se conocen.

El día señalado de la fundación es el 22 de abril de 1892, cuando Tomás Mason, yerno del coronel Remigio Gil y administrador de los terrenos que este adquirió por haber participado en la Campaña del Desierto, presidió el acto en el que se pusieron los cimientos del edificio municipal.

A unas 10 cuadras de lo que es hoy la plaza San Martín, la laguna y el paseo que lleva el nombre de “Don Tomás”, en honor al fundador, es el centro recreativo de la ciudad: una especie de oasis para el descanso y la actividad deportiva.

La gente no se baña en esas aguas que alguna vez estuvieron contaminadas por los desechos. El sitio para refrescarse está a casi 50 kilómetros de la ciudad: es la laguna Uriburu; en pleno desierto, allí sí que estalla el verano pampeano.

La superficie plana puede ser una desventaja cuando se trata del viento. “Tiene ese rigor patagónico y no hay forma de andar en bicicleta cuando sopla fuerte”, cuenta Belkis.

La fotógrafa ha encontrado a su regreso que hay una comunidad estudiantil con muchas inquietudes. Mientras tanto, reconoce un proceso de revalorización de las cosas propias, empezando desde el caldén, el árbol que identifica a la región (está en el escudo de la provincia), hasta el redescubrimiento de poetas como Olga Orozco y Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

“Nací en Santa Rosa del Toay el 3 de diciembre de 1929. Un lunes a las 11 de la mañana. En momentos en que el molino Werner tocaba la sirena, yo nacía. Era costumbre tocar la sirena a esa hora, exactamente a las 11 de la mañana. Y aparecí yo. Sietemesino”, escribió Bustriazo Ortiz.

El molino harinero Werner del que habla fue un corazón de la actividad económica y símbolo de la ciudad. Estuvo 40 años cerrado y en abril pasado volvió a abrirse como Complejo Cultural El Molino, centro municipal con talleres culturales y escuela de cerámica.

 Caballos, trenes, asados 

Toda la provincia tiene a la ganadería, con el sabor único de su carne vacuna, y a la vida de campo, con la doma y la jineteada como una pasión siempre vigente, como de sus emblemas productivos y tradicionales.

“Toda mi vida he trabajado en el campo, en las tareas que hagan falta. Pero lo que más me ha gustado es domar caballos. Domar para amansarlos, porque jinetear en los espectáculos he jineteado poco y por acá nomás”, nos contaba hace un tiempo Rodolfo Figueroa, habitante de la zona rural de Colonia Barón. “Lo que extraño de antes es que se hacía todo a caballo”, nos decía al pie de una camioneta.

Las jineteadas son toda una pasión pampeana y animan los festivales más convocantes, como la Fiesta de Doma y Folklore de Intendente Alvear; la de Ganadería, de Victorica; y la del Caballo y la Tradición, de Ingeniero Luiggi.

Uno de los centros poblados más importantes de la provincia es la ciudad de General Pico. Late aún en ella su viejo y próspero corazón ferroviario: “Es que General Pico está hecho de tren. Imagínese que aquí llegó a haber 1.200 empleados ferroviarios. Tiene además una ubicación muy especial y es un nudo con salidas de ramales para los cuatro puntos cardinales”, nos decía José Omar García, uno de los más entusiastas luchadores por la resurrección de la actividad en la vieja estación.

Pero el tren de pasajeros ya no regresará, al menos por el momento. Es que al final del año pasado el Ministerio de Transporte de la Nación reafirmó que no se extenderá más allá de Chivilcoy “por el costo del servicio”.

General Pico tuvo por unos años el récord Guinness del asado más grande del mundo.  El domingo 20 de marzo de 2011 en el predio de la Sociedad Rural se reunieron más de 80 asadores para asar 13.713 kilos de carne (948 costillares) al estilo pampeano: con 950 cruces de asadores y 25.000 kilos de leña. Asistieron unas 30.000 personas.

 

Amar la inmensidad 

En tanto, hay comunidades nuevas como la villa Casa de Piedra, hacia el límite sur, inaugurada el 30 de noviembre de 2006. Allí, cuando el trazado aún estaba casi desnudo y sus árboles recién plantados, nos encontramos con Marcela “Laly” Robledo, una docente que llevaba consigo la pasión del canto y que fue capaz de desplegarla.

¿Cómo es vivir en un pueblo nuevo? Ella contaba: “A mí me gusta hablar y en los días de los comienzos, mi pobre hija Brisa Candelaria, que tenía un año, tuvo que soportarme sin responder. Con mi marido solíamos poner música a todo lo que daba y salíamos a bailar al patio”.

“Cuando corre el viento, mejor te metés en tu casa. Si mirás alrededor verás que estamos en medio del desierto”, nos decía esa intensa mujer que murió tempranamente a los 45 años, en 2016, pero que antes dejó grabado uno de los himnos de la región: “Y el viento va”, una canción de Carlos Groisman y Oscar García. “La Pampa canta y el viento va en su voz/ Por mucho tiempo lloró lágrimas de sal/ para arrancar sangre del agua y dar/ vida a la paz, por qué al dolor, razón al sol...”.

La celebración del horizonte está presente no solo en todos los rincones sino también en la constancia sentimental de los pampeanos. Y si se alejan del paisaje, el paisaje se queda con ellos como una implacable añoranza.

Miriam Talone se define como alguien que ama la profundidad pampeana. Antes de salir a los caminos con su fina sensibilidad a cuestas y finalmente recorrer tantas regiones a la par de su compañero Mario "Musha" Carabajal, haciendo su propio aporte a la marcha de Los Carabajal, el legendario grupo de folklore santiagueño, bebió la sed de su infancia en el campo abierto en los alrededores de Bernardo Larroudé, al norte de la provincia.

Es un pequeño pueblo de unas 1.500 personas, con aguas termales y vocación campesina, como los padres de Miriam. Ella siente que nada describe mejor el sentimiento que la estremece en su nostalgia de niña en esa inmensidad que la canción “El aguacero” (música de Cátulo Castillo y letra de José González Castillo): “Y la Pampa es un verde pañuelo/ colgado del cielo/ tendido en el sol…”.

“Es esa expansión, esa visión de la naturaleza en la que no tenés nada pero lo abarcás todo, es lo que añoro”, dice. Y deja una imagen que estremece los pinceles del corazón: “Mi casa estaba ubicada entre la salida y la puesta del sol”.