Por Alejandro Mareco

Fuego, espanto y muerte para empezar el nuevo siglo

 

El ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, paralizó de pánico y estupor a una gran parte del planeta. Estados Unidos sufría una feroz agresión en su territorio; su respuesta llevaría el fuego de la guerra a Afganistán, Irak y más allá.

 

 

Alejandro Mareco | Periodista

 

Sí, esas siluetas que se arrojaban desde lo más alto que haya llegado alguna vez la desesperación, eran personas; y el viaje hacia abajo era tan largo que la caída parecía durar toda una vida.

O toda una mañana, aquella del 11 de septiembre de 2001. Las impresiones del espanto serían definitivamente imborrables, incluso para quienes asistimos al estremecimiento a tantos kilómetros de distancia.

Luego, y ante la incredulidad de los ojos del mundo, las famosas Torres Gemelas del World Trade Center, símbolos en altura del poderío universal de los Estados Unidos, se desplomaban como si estuvieran hechas solo de polvo.

Millones veríamos esas tremendas imágenes apiñados frente a alguna pantalla encendida en medio del tránsito cotidiano.

Fue uno de esos días señalados, de esos momentos capaces de alcanzar una conmoción simultánea y extraordinaria en la vida del planeta y con los que escasamente suele tropezar el transcurrir de las existencias humanas.

Suceden cada vez que el tiempo común que nos ha tocado vivir nos estampa su ardor. 

En esos días, nuestras historias personales se diluyen en medio del fragor de lo colectivo; es posible que cada contemporáneo de aquel momento recuerde exactamente qué estaba haciendo en esos dramáticos instantes.

Las imágenes eran sobrecogedoras, asombrosas, espeluznantes. Y si costaba creer que fuera posible estar asistiendo en directo al momento en que un segundo avión se incrustaba en la otra torre (justo cuando las cámaras mostraban lo que había pasado en la primera, sin que se entendiera aún lo sucedido) y todo el desastre que siguió, más crecía el estupor cuando se tomaba conciencia de que eso estaba ocurriendo en Nueva York, la capital simbólica de Occidente y el corazón estadounidense.

Por si fuera poco, otro atentado alcanzaría nada menos que a El Pentágono, la sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos, en Washington, la capital política.

Se vendría a continuación un tiempo de paranoia mundial frente al terrorismo, a la vez que una reacción devastadora de los dueños de la mayor fuerza militar llegaría hasta lo profundo de países señalados como guarida de los responsables de los atentados.

El fuego y el humo se multiplicarían entonces por varios rincones del planeta. Menos de un mes después, el 7 de octubre, comenzaba la invasión estadounidense a Afganistán, y el 20 de marzo del 2003, a Irak. Aún las tropas norteamericanas se encuentran en esos países. Más tarde seguirían otros ataques.

“El día que cambió el mundo”, sería la repetida calificación del 11 de septiembre de 2001.

También se hablaba entonces del “choque de civilizaciones” como si los destinos de Occidente debieran imponerse sobre el Oriente islámico para ser. Y finalmente, como una consecuencia del 11-S, se habló del imperio de un “nuevo orden mundial” con la supremacía y guía de Estados Unidos.

Así quedaba inaugurado el siglo 21 para la historia universal. Quedaba claro que tampoco sería un siglo de paz.

 

 El gran miedo 

Acaso no era tanto que el mundo había cambiado, sino que habían caído algunas de sus máscaras, aunque se pondrían otras.

Por lo pronto, el terrorismo de origen en organizaciones islámicas radicales fue un fantasma que recorrió los aeropuertos del mundo, y luego los escenarios públicos, particularmente europeos.

Por primera vez Estados Unidos había experimentado en suelo propio un violento fuego agresivo (la experiencia más cercana era el ataque a la base naval de Pearl Harbor en la segunda gran guerra del siglo 20). Las reacciones de su sociedad y de su gobierno tenían a partir de ese momento la palabra.

“Los 3.000 muertos en los atentados del 11-S son un sinsentido para los norteamericanos, difíciles de borrar de la mente de una sociedad que no comprende porque se ha visto atacada y esperan que su gobierno actúe en consecuencia. Los norteamericanos no entienden el daño que su política exterior o sus relaciones internacionales han generado en otros países. No logran comprender que su visión imperialista y hegemónica ha hecho que los vean como invasores y enemigos que intentan imponer un sistema de valores, el suyo, como únicamente válido”, ha escrito la española Eva Solans Galobart en su trabajo Concepciones críticas del nuevo mundo tras el 11-S.

La pensadora estadounidense Naomi Klein señalaría que el presidente George Bush (hijo) se “apresuraría a jugar con ese miedo para desempeñar el papel del padre protector, dispuesto a defender la patria, y su pueblo vulnerable por todos los medios que fueran necesarios”.

Por su parte, Noam Chomsky, pensador estadounidense, advertiría pronto: “Los gobiernos usan el pretexto de defensa contra el terrorismo para disciplinar a las sociedades y, de esa manera, Estados Unidos aprovechó el ataque terrorista del 11 de septiembre para adelantar su política imperialista”.

Chomsky, además, rechazaría las teorías conspirativas que indicaban que los atentados en realidad habían sido el fruto de un autoataque por parte del gobierno norteamericano, para pasar no solo a la ofensiva mundial, sino también para resolver los problemas internos de su administración.

Muchas voces siguen apuntando agujeros en la versión oficial. Otro de los argumentos apuntados ha sido la relación que unía a la familia Bush con Osama bin Laden, el líder de la organización islámica Al Qaeda que pasó a ser considerado el gran enemigo público y contra el que se lanzó una cacería implacable hasta que fue capturado y matado en una casa en Pakistán casi 10 años después, en abril de 2011.

Por lo pronto, vendrían varios atentados terroristas más, aunque se concretarían en el escenario europeo. Así, se registraron mayúsculos y traumáticos episodios como los de España (2004; 193 muertos) y Londres (2005; 56 muertos), también adjudicados a Al Qaeda. Luego aparecería en acción la organización Estado Islámico y se agregarían más ataques.

“En 2001 el terrorismo radical actuó en el espacio limitado de una zona tribal en la frontera afgano-paquistaní y ahora se extendió por todo el mundo, pero apunta rara vez contra Estados Unidos”, dijo Chomsky en 2016. Advirtió además que los bombardeos de Francia, Estados Unidos y Reino Unido sobre Libia eran parte de la chispa.

 


 

La dramática mañana

Eran las 9.03 de la mañana en Nueva York (una hora menos que en Argentina) cuando millones de personas en el mundo vieron en directo cómo el avión del vuelo 175 de la empresa United impactó contra la Torre Sur del World Trade.

Las cámaras de televisión se habían quedado detenidas allí puesto que, apenas 17 minutos antes, en la Torre Norte había estallado el fuego como consecuencia del choque de otro avión, el del vuelo 11 de la empresa American.

Periodistas y testigos trataban de descifrar qué había sucedido, tal vez un accidente, cuando el segundo avión puso en evidencia que se estaba ante un inmenso atentado terrorista.

A las 9.59 se derrumbaría la Torre Sur, y a las 10.28, la Norte. Cada una tenía 110 pisos. Además, otros cinco edificios del World Trade Center, el hotel Marriot, cuatro estaciones del metro en Nueva York y una iglesia cristiana fueron destruidos tras la caída de las Gemelas.

La investigación del FBI contaría luego que 19 miembros de la organización Al Qaeda divididos en cuatro grupos secuestraron ese día cuatro aviones. Dos impactarían contra las Torres Gemelas en Nueva York; uno contra el costado oeste de El Pentágono, sede del Departamento de Defensa, en Washington, y el último se estrellaría en un campo abierto en Pensilvania.

En total murieron 3.017 personas, incluyendo los 19 terroristas, y hubo 24 desaparecidos. Dentro del World Trade Center fallecieron 343 bomberos, 27 policías y 37 agentes de la autoridad portuaria de Nueva York y Nueva Jersey. Entre los fallecidos hubo 247 latinoamericanos, cuatro de ellos oriundos de Argentina.

El avión que se estrelló en Pensilvania tenía como objetivo la Casa Blanca, pero se precipitó luego de que los pasajeros reaccionaran cuando fueron informados desde tierra de que otros aviones habían sido chocados.

Los que impactaron contra las Torres Gemelas estaban completamente cargados de combustible (unos 90.000 litros), lo que hizo que, luego de estallar el intenso calor las cajas negras de las naves y cientos de personas quedaran incineradas en forma inmediata.

La investigación del FBI, en la que participaron 7.000 agentes y se dice que fue la más grande de su historia, responsabilizó de los ataques a Al Qaeda y a Osama bin Laden.


 

El nuevo orden 

 El terrorismo que siguió como coletazo al 11-S sembró miedo y muerte en las ciudades no solo norteamericanas o europeas.

Mientras tanto, como consecuencia del 11-S, Estados Unidos había “legalizado” como derecho de fuerza otro de los perversos conceptos que haya inventado la sed de sangre: la guerra preventiva. Y entre tanto se desplegaron estratégicamente mentiras gigantes como la que decía que Irak contaba con armas de destrucción masiva (versiones reconocidas luego como “errores”) para proceder a la invasión y su destrucción.

Vendrían luego los ataques a Libia y a Siria. En todas las acciones armadas norteamericanas podía rastrearse la vieja ambición por adueñarse del gran recurso estratégico, el petróleo, que tantas veces encendió guerras presentadas con otros pretextos.

Pero el nuevo orden mundial con el absolutismo norteamericano a la cabeza no se resolvería de acuerdo a lo imaginado. En el globo hay otros protagonistas de peso como Rusia y, sobre todo, China, que le disputa a Estados Unidos la supremacía tecnológica en algunos campos, y el comercio con el planeta, entre otras cuestiones.

En su misión guerrera en Asia, Estados Unidos concentró buena parte de sus energías en los primeros lustros del siglo 20. En tanto, América Latina, en especial Sudamérica, pudo concretar un período de gobiernos progresistas o populares, o “populistas” para algunos, que representaron la posibilidad de mayor distribución y desarrollo.

Frente a la difícil correlación de fuerzas con otros actores sobresalientes del mundo, Estados Unidos volvió la mirada hacia el viejo “patio trasero” y volvió a urdir su trama de influencias para reconstruir su poder en el continente.

Y mientras pasan los años, se reacomodan fuerzas y protagonismos en el planeta y sigue el fuego de la guerra siempre prendido, cada evocación del 11 de septiembre de 2001 volverá a la desgarradora esencia (in)humana de aquellas estremecedoras imágenes.

Ninguno de los que fuimos contemporáneos de aquella dramática y criminal mañana en Nueva York podremos ya quitarnos el espanto de los ojos.