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Hernando, tierra de héroes

Además de contar con varios veteranos de guerra, la localidad de Hernando es, en proporción a sus habitantes, una de las ciudades del país con más pérdidas humanas por la guerra de Malvinas. Esta es la historia de Fabricio y Horacio, dos amigos que dejaron su vida en la batalla de Pradera del Ganso.

 

Por Matías Cerutti | Viajero, cronista y narrador

Pito Campos | Ilustraciones

 

Fabricio Carrascull, Horacio Giraudo y Eric “Quito” Langer llevaban dos días a bordo del rompehielos Almirante Irízar sin saber hacia dónde se dirigían. Fabricio y Horacio eran de la localidad de Hernando, provincia de Córdoba; Quito, también cordobés, había nacido en Villa María. Dos meses atrás, los hernandenses habían conocido a Langer en Río Cuarto, cuando realizaron la revisación médica para incorporarse al Ejército Argentino. Desde allí los trasladaron hacia la localidad chubutense Colonia Sarmiento donde comenzaron a recibir instrucción especial. El 28 de marzo de 1982 les dieron armamento de fogueo, abrigo, munición de guerra y los equiparon. Les anunciaron que formarían parte de la Compañía C de Regimiento, los subieron a unos camiones y los llevaron a Comodoro Rivadavia; de ahí a Puerto Belgrano desde donde zarparon con destino, para ellos, incierto. “Dios ha querido que ustedes sean protagonistas de la historia”, les dijeron. Entonces se enteraron de que eran parte de la Operación Rosario, y de que serían los encargados de recuperar las Islas Malvinas, en manos de los usurpadores británicos desde hacía casi 150 años. Sintieron orgullo; las hermanitas perdidas, de las que tanto les habían hablado en la escuela, volverían a casa, y ellos serían los actores principales de semejante gesta.

Muy diferente sería el caso de otros protagonistas de esta contienda. John Geddes, cabo de la Compañía C del Regimiento británico 2 de paracaidistas, un experimentado soldado con siete años de batallón, acudió inmediatamente a la convocatoria, a pesar de no saber ni siquiera de la existencia de aquellas “Falklands” que tanta aventura prometían.

Los primeros días en las islas repatriadas habían sido bastante tranquilos para estos tres cordobeses que, mientras custodiaban una escuelita y un aeródromo en el pequeño poblado Ganso Verde, se contaban sus vidas, diseñaban su futuro y se sacaban fotos con una camarita que les había dejado el padre de Fabricio durante una fugaz visita, cuando todavía estaban en Colonia Sarmiento.

Habían llegado hasta esa instancia por sorteo. Dos meses antes suponían que luego de cumplir con la “colimba” en Río Cuarto volverían a sus casas y a sus cosas. Ninguno de los tres pasaba los 20 años, y como aquel gaucho que 100 años atrás se consolaba cantando al compás de una guitarra, no se imaginaban que aquello no sería servicio: sería “jugar a la suerte con una taba culera”.

La feliz idea de que todo se resolvería diplomáticamente comenzó a opacarse el 1 de mayo, cuando los Sea Harriers ingleses sobrevolaron la zona y bombardearon por primera vez el aeródromo. A partir de aquel día las bombas, las sirenas, los gritos, el humo y el fuego coparon la escena y las posibilidades de que algún proyectil impactara sobre sus cuerpos se habían vuelto una ecuación tan azarosa como la coincidencia de los últimos tres números de DNI con la bolilla que los alistara en el Ejército. Esta delgada línea entre la vida y la muerte era cosa natural por esos días. Las conversaciones ya no redundaban en planes a largo plazo, se limitaban a las especulaciones de lo que llegaría de las encomiendas que enviaban sus familias: soñaban con una caja con ropa de abrigo, comida y alguna que otra foto.

El 27 de mayo los británicos desembarcaron en el Estrecho de San Carlos y comenzaron a avanzar hacia el sur. El amanecer del día 28 marcaba el límite de tiempo previsto por los ingleses para lograr su objetivo de hacer posesión de los poblados de Darwin y Ganso Verde. Buscaban combatir por la noche, confiados en que estaban mejor preparados para dar ese tipo de batalla. Desde su posición, Quito y Fabricio veían las luces de bengalas que iluminaban la noche de la isla mientras sentían que las bombas de artillería pasaban por sobre sus cabezas.

 –Soldados, en nuestras capacidades están las posibilidades para ejecutar este esfuerzo final y tratar de recomponer esta difícil situación. Estoy seguro de que el desempeño de todos será acorde a la calidad humana de cada uno de ustedes y a la preparación militar de que disponen– arengó el teniente Estévez antes de salir a dar combate.

Había amanecido. Los ingleses, si bien no habían logrado el objetivo en los tiempos previstos, seguían avanzando. Estévez dio la orden de avanzar en cadena y el enemigo, que no estaba a más de 300 metros, abrió el fuego. Los soldados argentinos se arrojaron cuerpo tierra. Todo se volvió confuso, aterrador, violento e interminable.

 -Cabo Castro, me hirieron en la pierna, pero no se preocupe, continuaré reglando el tiro de la artillería –gritó el teniente Estévez mientras se arrastraba para llegar a su posición, inmediatamente lo vendaron y cuando asomó la cabeza para organizar la artillería un disparo le dio en la cara y lo mató.

-Soldados, el teniente está muerto, me hago cargo –gritó el cabo Castro y continuó con la misión ordenada, hasta que fue alcanzado por una ráfaga de proyectiles trazantes que quemaron su cuerpo por completo. Llegó el turno de Fabricio.

-Camaradas, me hago cargo del mando de la Sección, nadie se mueve de su puesto, economicen la munición, apunten bien a los blancos que aparezcan –gritó Carrascull por la radio y continuaron la batalla.

Horacio cayó herido y Quito escuchó a Fabricio quejarse de un disparo.

El soldado Eric Langer encendió su último cigarrillo y se lamentó: pensaba que no podría cumplir con la promesa de acompañar a su hermana en la cena de egresados.

 

2009

 Han pasado muchos años desde aquel último cigarro. Ocurrió un milagro y Eric volvió con vida de la guerra de Malvinas. Horacio había muerto la madrugada siguiente a la batalla de Pradera del Ganso mientras esperaba ser evacuado y era atendido por sus compañeros. Su cuerpo, junto al de Fabricio, permaneció 10 días a la intemperie y luego fue sepultado con otros caídos en combate en una fosa común bajo el rótulo soldado argentino solo conocido por Dios.

Luego de años de larga procesión interna, Quito decide volver a las Islas. Lo hace en compañía de su esposa y otros veteranos de guerra. Alquilan un jeep y con gran dolor recorre el territorio donde vivió los momentos más traumáticos de su vida. Llega al pequeño cementerio improvisado donde se encuentran los cuerpos de sus compañeros y les pide perdón. Les agradece por su amistad, les dice que se siente privilegiado por haber combatido junto a verdaderos héroes como ellos y llora; llora como nunca antes lo había hecho.

Al dejar el cementerio, Quito se siente tranquilo, como si hubiera recuperado la paz. El caos en el que estuvo inmerso su espíritu desde aquella mañana de mayo de 1982 parece alejarse. Algo comienza a cerrarse, siente que ahora sí lo acompañan la fuerza, la entereza y el valor para mirar a los ojos de los padres de sus amigos. La sensación es la de un reencuentro sanador, vuelve a estar con los chicos como en aquellas horas en que se sacaban fotos para algún día mostrárselas a sus familiares y hacerlos sentir tan orgullosos como se sentían ellos mismos.

Solo le falta algún objeto material, un emblema que represente la certificación de ese gran paso. Cuando regresan al poblado para devolver el vehículo alquilado, el kelper que los había atendido una semana antes los espera con una ansiedad que se le escapa por los ojos. Al verlo entrar a Eric el hombre rompe en llanto y pone sobre la mesa copias de las fotos que Fabricio llevaba sin revelar en el bolsillo de su pantalón el día en que se terminaría recibiendo de héroe. Ahora sí Eric Langer cierra el círculo y vuelve a Córdoba con las imágenes que testimoniaban su reencuentro.

 

Epílogo

-Los ingleses se repliegan, bien, los hemos detenido y los obligamos a retirarse. ¡Viva la Patria! -gritó con alegría, Carrascull, al ver la maniobra inglesa.

En ese momento, un preciso disparo, quizás del mismo tirador especial que eliminó a sus jefes, le quitó la vida. Habiendo cumplido con su misión, sin jefes, agotadas las municiones y transportando sus muertos y heridos, la Primera Sección de Tiradores Especiales se retiró hacia sus posiciones iniciales, habiendo cumplido con la misión.

El soldado aspirante a oficial de Reserva Carrascull fue condecorado post mortem con la medalla al “valor en combate” por su participación en "un contraataque nocturno para posibilitar el repliegue de efectivos propios al ser puestos fuera de combate su jefe de Sección y el jefe de Grupo por el fuego enemigo, y por hacerse cargo del equipo de comunicaciones para dirigir el fuego de la propia artillería”. A fines del año 2018, en el marco del Plan Proyecto Humanitario Malvinas, la Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación comunica la identificación positiva de Fabricio Edgar Carrascull, que se convierte de esta manera en el soldado argentino número 104 en ser localizado en el cementerio de Darwin. Meses antes, su amigo Horacio Lorenzo Giraudo ya había sido identificado por el mismo organismo. Ambos héroes tienen una calle con su nombre, un monumento en la plaza central y el recuerdo permanente de los 15.000 habitantes de Hernando.