Por Alejandro Mareco

Hiroshima: la humanidad frente al espanto nuclear

 

El 6 de agosto de 1945 una bomba atómica sobre la ciudad japonesa trajo a la Tierra una versión del Apocalipsis y les mostró a los seres humanos que ya estaban en condiciones de destruirse a sí mismos, mundo incluido. Desde entonces, hemos quedado pendientes de ese frágil hilo, esperando que la voluntad de la guerra sea capaz de respetarlo.

 

Alejandro Mareco | Periodista 

 

"De repente tenía frente a mí una gigantesca bola de fuego. Era al menos cinco veces más grande y 10 veces más brillante que el sol. Venía directamente hacia mí una poderosa llama de un notable color amarillo pálido, casi de color blanco. El ruido ensordecedor vino después. Era el sonido del universo en explosión. En ese instante sentí un dolor punzante que se extendió por todo mi cuerpo. Fue como si un balde de agua hirviendo hubiese sido arrojado sobre mi cuerpo y fregado mi piel".

Shinji Mikamo tenía 19 años el 6 de agosto de 1945, uno de los días más dramáticos en la historia de la especie humana y su evolución en el camino del conocimiento, de la ciencia y de la guerra.

Ese día la humanidad le vio los ojos al fin del mundo y lo hizo a través de las cuencas vacías, quemadas, evaporadas que quedaron ausentes de mirada y de vida en las caras de los habitantes de la ciudad japonesa señalada.

Su desgarrador relato de sobreviviente cuenta una visión intransferible, que solo pueden saber en toda la dimensión íntima del espanto aquellos que fueron capaces de verla.

Tan magnífica había sido la escala de destrucción alcanzada por la bomba atómica, tan retorcidas sus manifestaciones en el aire, en las cosas y sobre todo en los cuerpos de la gente, que no hubo manera de calificar y describir lo que había sucedido sino apelando a una versión del tan temido Apocalipsis bíblico.

Y para aquellos que vieron el estallido sin poder volver a respirar fue tan real como definitivo.

Nunca el ser humano había alcanzado a construir con sus propias manos una versión tan acabada del Apocalipsis.

La especie terminaba de mostrarse a sí misma que era capaz de autodestruirse. Ya de algún modo lo venía anunciando en su febril y cada vez más devastador modo de hacer la guerra, que en las dos infernales grandes guerras del siglo 20 dejó de ser un asunto de combatientes uniformados para involucrar a toda la población, blanco de devastadores bombardeos.

Pero a partir de entonces quedaba claro que era posible acabarlo todo de un solo manotazo. Desde entonces, hemos quedado pendiente de ese frágil hilo, esperando que la voluntad de la guerra sea capaz de respetarlo.

Tras el espanto de los 50 millones de muertos y del infame holocausto que los nazis desataron contra el pueblo judío, la segunda gran guerra del siglo 20 dejaría en escena un mundo diferente.

El gran protagonismo cambiaba de manos: Estados Unidos y la Unión Soviética desplazaban a Europa del centro de decisiones que había tenido por siglos. Eran los nuevos colosos en la lucha por la supremacía planetaria, y de alguna manera la bomba atómica en acción fue el capítulo inaugural y condicionante del enfrentamiento contenido que por los próximos años sería llamado Guerra Fría.

No solo los sordos contendientes sino todo el planeta sabía del inmenso riesgo que representaba una confrontación caliente entre ambos. El terror nuclear hizo su aparición en el planeta y congeló por un instante la sangre de la especie.

 

Sacar provecho de “lo más terrible” 

"Parece ser lo más terrible que se haya descubierto nunca, pero se le puede sacar el máximo provecho". Harry Truman, el presidente de Estados Unidos que dio la orden de lanzar la bomba, dejó escrito esa escalofriante frase en su diario personal. También apuntaba allí: “Hemos descubierto la bomba más terrible de la historia mundial. Es la destrucción masiva predicha en la era de Mesopotamia, después de Noé y su fabulosa Arca”.

En la mañana del 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, un ensayo exitoso puso en marcha la cuenta regresiva para el uso real contra poblaciones japonesas.

Los blancos señalados serían las ciudades de Hiroshima (de unos 400.000 mil habitantes entonces), el 6 de agosto, y Kokura, tres días después. Aunque en este último caso las nubes obligaron a cambiar de objetivo a último momento: así entró Nagasaki (240.000 habitantes) en la historia del horror. En Hiroshima, el día del ataque murieron 100.000 personas, número que creció a 140.000  al final del año. En Nagasaki fueron 74.000.

Lo que se repitió en ambas fueron las desgarradoras escenas. Primero el resplandor, luego el calor que evaporó cuerpos o los dejó humeantes, momificados en el gesto de espanto del final de sus vidas (la temperatura superó los 500 grados), y luego el desfile de los sobrevivientes agonizando, atravesando las calles como fantasmas sedientos que clamaban por agua.

"Mis pies estaban carbonizados y torpes. Con cada paso o algo así, yo tropezaba sin querer un brazo o una pierna y oía a la persona quejarse de dolor. Me sentí como un buitre... cruzar ese puente, dejando atrás a todos esos heridos que iban a morir. Lentamente, con mi corazón rompiéndose en innumerables pedazos, seguí adelante. Hice todo lo posible por seguir exactamente los pasos de mi padre, deseando -y creyendo- que él conociera la ruta hacia nuestra salvación".

Shinji Mikamo derramaría estas memorias en una entrevista con la cadena BBC, de Londres, en 2014. También confesaría que le pidió a su padre, con quien estaba al momento de la explosión (las 8.15 de la mañana), que lo dejara atrás, que lo dejara morir. 

Pero Fukuichi, su padre, le dijo: “¿Te quieres morir? No digas eso con tanta ligereza. En tanto que permanezcas vivo, te recuperarás algún día. Ese día llegará. Solo aguanta un poco”.

En abril de 1945 ya se había rendido la Alemania nazi; solo quedaba luchando Japón frente a Estados Unidos, Reino Unido y China. Unos días antes de los ataques, el 26 de julio se demandó la rendición incondicional de los japoneses, con la siguiente advertencia: “La alternativa es la destrucción inmediata y total".  El gobierno de Japón la rechazó a la espera de que una nueva propuesta dejara al menos a salvo al emperador Hirohito en su función.

Si el ataque en Hiroshima tenía la clara intención de demostrar el inmenso poder destructivo con que ahora contaba Estados Unidos, el segundo venía a decir que no era una sola y ocasional bomba atómica lo que tenía en sus manos.

 

Voces en la radio 

El 15 de agosto se conoció la rendición total: los japoneses escucharon por primera vez en la radio la voz del emperador Hirohito: “El enemigo ha comenzado a emplear una bomba nueva y enormemente cruel cuya capacidad de provocar daños resulta incalculable y que se cobra el tributo de numerosas vidas inocentes".

Truman y los Estados Unidos siempre justificaron el uso de la devastación nuclear para salvar vidas de soldados norteamericanos, que hubieran debido invadir la isla para lograr su rendición. Nunca nadie pidió perdón por semejante aberración.

Quedaba claro igual que era un acto de promoción de su poder frente a la competencia en ciernes con los soviéticos, la declaración de Estados Unidos como el país guerrero más fuerte del planeta.

Además, para invadir hubiera tenido que pedir ayuda a los soviéticos y compartir el cartel; estos por su parte, después del ataque a Hiroshima, le declararon la guerra a Japón y lanzaron una invasión a la isla.

La Unión Soviética pronto llegaría a dominar la tecnología para tener su propia bomba, así como Inglaterra, Francia y China. Esos cinco países (hoy Rusia ocupa el lugar de la URSS), no casualmente miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, fueron los únicos autorizados a contar con semejante arma cuando en 1968 se firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear. India, Pakistán, Israel no se plegaron, mientras que Corea del Sur se apartó en 2003. De los primeros dos países se conoce su posesión de armas nucleares, mientras que Israel no las ha declarado. 

Mientras tanto, hace unas semanas Rusia confirmó su renuncia al tratado sobre misiles de alcance medio y corto, luego de que Estados Unidos hiciera lo propio en febrero último. Esto representa toda una inquietud especialmente para Europa, al alcance de esos misiles.

Mientras estas líneas se escriben, suena en la computadora la emisión de una FM de Hiroshima (a través de la aplicación Radio Garden). Voces chispeantes, llenas de juventud y mañana, se mezclan con músicas en las que abundan artistas e incluso maneras norteamericanas. 

Entonces, regresa la imagen de Shinji arrastrándose por las calles de Hiroshima, perdiendo girones de su carne incendiada. Y a su lado, Fukuichi, su padre, diciéndole: “Ya ha pasado lo peor”.

Y a la vuelta de las décadas, Shinji que ya no culpaba a los Estados Unidos sino a la mismísima guerra. “La falta de voluntad de la gente para comprender a aquellos que tienen valores diferentes, eso es lo que tiene la culpa".

 

El fantasma de Chernóbil 

“Antes del 26 de abril de 1986, el mundo tenía una ilusión de seguridad. Después de esa fecha ya nadie puede tener garantías en el mañana. Los acontecimientos en la central de Fukushima confirmaron esta amarga verdad”.

Esto decía en 2011, al cumplirse 25 años del accidente en la central de Chernóbil, el entonces presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich.

Era un momento particularmente adverso: al tremendo episodio de 1986, la mayor catástrofe nuclear en uso civil de la tecnología que había vivido, se había sumado otro momento dramático en la central de la ciudad japonesa de Fukushima (a pocos kilómetros de Hiroshima), como consecuencia de un terremoto.

La catástrofe y el gran fantasma que sembró Chernóbil acerca del uso de la energía nuclear regresaron a la consideración de las masas a partir de la miniserie de televisión del mismo nombre. Se trata de una creación de Craig Mazin, sostenida en una coproducción entre los canales HBO de Estados Unidos y Sky del Reino Unido. Se estrenó en Estados Unidos en mayo de 2019 y es la gran atracción mundial del momento.

Una calamitosa sucesión de fallas humanas cometidas en el intento de comprobar la resistencia del sistema de refrigeración del reactor en caso de un corte de energía provocó la catástrofe: la temperatura se elevó rápidamente dando lugar a la explosión.

Se estima que en el momento murieron 54 personas, mientras que los efectos posteriores de la radiación y de la contaminación fueron devastadores, aunque las cifras son distintas según las fuentes. La Organización Mundial de la Salud las estableció, una década después, en 9.335.

Mientras tanto, se evacuaron más de 90.000 personas de los alrededores de la central de Chernóbil, que al momento del accidente formaba parte de la Unión Soviética. En Fukushima, en tanto, los daños fueron menores a estos: no murieron personas ese día y estimaciones indican que a largo plazo las consecuencias provocaron 1.600 fallecimientos.

La generación de energía a través de la tecnología nuclear es una de las salidas más concretas y baratas con las que se cuenta a disposición, nada indica que su uso vaya a ser postergado. Hay unas 450 centrales nucleares funcionando en una treintena de países (un centenar en Estados Unidos), mientras que unas 50 están en construcción. 

Argentina, uno de los pocos países en el planeta que tiene la capacidad de construir centrales y exportar energía, tiene tres en funcionamiento: Atucha I, Atucha II y Embalse, que aportan el 6 por ciento de la energía total producida en el país. Mientras, en el mundo el aporte nuclear llega al 11 por ciento.

"Hay todo un mito con la energía nuclear, que genera pestes, monstruos de tres ojos pero estamos ante la energía menos contaminante porque, al no quemar ningún combustible, no provoca combustión”, dijo el subsecretario de Energía Nuclear de la Nación, Julián Gadano, en una nota periodística de Infobae.

“Argentina es un lugar donde las centrales nucleares se gestionan con la seguridad por encima de todo. Chernobyl es una serie muy bien realizada, pero es ficción”, explicó.