Por Martín Eula

Dejemos jugar a Messi

Leo volvió a la Selección y afronta un nuevo desafío con el deseo de "ganar algo con Argentina". Con un equipo renovado y en constante ebullición, el mejor del mundo buscará lo que se merece nada menos que en Brasil.

 

 

Martín Eula | Periodista  

 

Castelldefels es un barrio tranquilo y muy distinguido ubicado a 25 kilómetros de la zona céntrica de Barcelona. Thiago tiene seis años y, como muchos chicos de su edad en la mayor parte del mundo, miran videos en YouTube como toman la leche durante cada mañana. En esos videos, Thiago observa que a su papá, ese al que le critica jugadas que hace en su club, lo castigan en su propio país, donde Lionel nació hace casi 32 años y que dejó a los 13 porque el club poderoso de la zona donde vive accedió a cubrirle económicamente un tratamiento de una enfermedad hormonal, situación determinante para poder ser lo que quería: jugador de fútbol profesional.

El "por qué te matan en la Argentina" de Thiago a Lionel Messi fue la revelación más impactante que el mejor futbolista del mundo esgrimió cuando, nueve meses después de la eliminación en Rusia 2018, decidió romper el silencio público sobre la Selección, un silencio al que se aferró desde aquel 3-4 contra Francia en San Petersburgo, un silencio que debía quebrar por su condición de capitán y de ser quien es. Pero pocos días después de vestirse de nuevo de celeste y blanco en un durísimo 1-3 con Venezuela y de que le llegaran nuevas críticas por su posterior ausencia ante Marruecos (encima se lo vio en el bautismo de la hija de un amigo ¡qué herejía, por el amor de Dios!), Leo apareció en un programa de radio argentino y dijo todo lo que tenía ganas de decir. Abrió hasta las puertas de su mansión catalana.

"El que no me quiera me va a tener que seguir aguantando un poquito más porque quiero ganar algo con la Selección y lo voy a seguir intentando. Voy a jugar las cosas importantes". A contramano del pedido de familiares y amigos, de la gente que comparte el día a día con él, Messi volvió al seleccionado y se planteó nuevos objetivos con la camiseta con la que no puede coronar, más allá de aquel título olímpico en Beijing 2008. Y el más próximo es esa Copa América que ya golpea las puertas.

De nuevo un torneo en Brasil, de nuevo una posible final en el mítico estadio Maracaná, de nuevo el lugar y el ambiente donde nunca estuvo tan cerca de tocar la gloria deportiva con las manos en la Selección: "Si ganábamos la de Brasil (la final del Mundial 2014), hubiera sido todo diferente. A partir de ahí vinieron todos los quilombos". Maldita final con Alemania, al fin de cuentas, con todas aquellas imágenes imposibles de borrar, desde los argentinos de fiesta hasta los goles fallados, el penal que no le cobraron a Higuaín y el gol de Mario Götze en el tiempo suplementario.

 

Otro equipo

 

Lionel Scaloni fue ayudante de campo de Jorge Sampaoli en el descalabro en Rusia y asumió una función impensada para un novato. Como Diego Simeone, Mauricio Pochettino y Marcelo Gallardo están con proyectos largos en Atlético de Madrid, Tottenham y River, y como a Ricardo Gareca nunca lo llamaron y se quedó en Perú, el exlateral derecho fue entrenador interino en un primer momento y después lo ratificaron para la Copa América en medio de la reprobación de varios de sus colegas justamente por su inexperiencia. La misión fue hacer lo que no se animaron a realizar el Patón Bauza y Sampaoli: una renovación. Y vaya si Scaloni lo hizo.

En ocho partidos que lleva dirigidos, convocó a 53 jugadores (no faltó ninguno) e hizo debutar a 24 en el seleccionado. Nunca formó una misma alineación y puso a siete arqueros distintos. Y cuando citó a Messi, el 10 se encontró con una docena de flamantes compañeros con los que nunca había compartido un entrenamiento. Los Domingo Blanco, Iván Marcone, Matías Suárez, Lisandro Martínez, Gonzalo Montiel, Esteban Andrada, Matías Zaracho y algunos más seguramente merecían una convocatoria por sus rendimientos recientes, aunque poco tiempo antes no se imaginaban vivir y disfrutar algo semejante. "El nuevo soy yo", aceptó el 10, un imán inevitable para el resto.

Ya sin Mascherano, Biglia e Higuaín, quienes anunciaron su retiro de la Mayor y con Agüero entre dudas y rumores de una relación tirante en el técnico, Messi se encontró con un escenario absolutamente distinto. Un detalle: ya no hay almuerzos y cenas en mesas de 6/8 integrantes; ahora, en cada concentración todos comen en una mesa larguísima. En ese contexto hubo conversaciones variadas, y preguntas que Messi les hizo sobre las ligas en las que jugaban y las instituciones que representaban, algo que reconoció el Pity Martínez. El supuesto Club de Amigos le dio paso a un grupo que se mantiene en plena etapa de gestación. "Tanto se habla de los amigos... Uno de mis mejores amigos es el Kun y casi siempre fue suplente", reflexionó Messi en su descarga pública.

La era Scaloni venía bien, con pruebas y decisiones lógicas, oportunidades para muchos postergados, la idea de encontrar una identidad y la conformación de una estructura flamante, que sea el paso inicial con la mira puesta en Qatar 2022. Hasta que desbarrancó justo la noche del regreso de Messi. Un dispositivo táctico fallido, jugadores que puso en puestos en los que no juegan en sus clubes (Lisandro Martínez y Tagliafico son los ejemplos evidentes) y declaraciones posteriores que pudieron omitirse para evitar, justamente, más ruido. "Salteando Venezuela, llegamos bien a la Copa", fue una frase que, además de hacerse meme, se evaluará desde el sábado 15 de junio a las 19, cuando Argentina debute con Colombia en Salvador de Bahía.

Ahí donde estará Messi como guía, líder futbolístico y máxima referencia. Ahí donde sus compañeros deberán jugar por ellos y evitar darle todas las pelotas al 10. Ahí donde habrá que ver qué equipo pone Scaloni, porque cualquiera puede imaginar que Armani, Pezzella, Otamendi, Tagliafico, Paredes, Lo Celso, Di María (si está bien físicamente) y el propio Messi tienen un lugar asegurado entre los 11 de acuerdo a pruebas, manifestaciones públicas y deslizamientos privados del entrenador, pero tampoco es algo que se puede aseverar sin margen de error. Ahí donde estará Leo para afrontar un nuevo desafío con la camiseta con la que quiere ganar algo después de ganar todo como blaugrana.

Estará con una Argentina que ya no es la potencia que supo ser. La "brusca renovación, que debió hacerse antes pero no se hizo", como aceptó Leo, es una de las causas. También que no haya demasiados futbolistas en los principales equipos del mundo. El propio 10, Agüero -si es citado- y Otamendi en el Manchester City, y Dybala -debe aparecer urgente en la Selección- en la Juventus son las excepciones. En los demás gigantes de Europa, los que pelearon y pelean la Champions, no hay compatriotas. Y las jóvenes promesas se van a instituciones y/o ligas no tan preponderantes. Ezequiel Barco y Gonzalo Martínez a la MLS actúan como casos demasiado testimoniales en este sentido. Por eso, el peso de Messi aumenta de manera ostensible, la exigencia que tendrá nuevamente, el ojo inquisidor que lo perseguirá en cada paso. Por todo esto, es una inmejorable oportunidad para que los novatos den un paso adelante y aparezcan.

 

El 10

 

No tenía ninguna obligación de volver. Y de alguna manera, Messi es víctima del recurrente poder de los argentinos por aferrarse a la autodestrucción. Cada vez son menos, lamentablemente, los compatriotas que pueden viajar al exterior pero cualquiera que haya tenido la suerte de hacerlo habrá vivido alguna experiencia en la que la palabra Messi -en el lugar más recóndito en que estuvo- fue la llave para que el local supiera qué es Argentina. Una llave como lo fue y lo es Maradona, o como el Papa. Messi trasciende fronteras, el problema aparece cuando esas fronteras se cierran en nuestro bendito país. Tampoco es que las críticas y hasta cierto rechazo sean el pensamiento de la mayoría: de hecho, es una minoría la que le cuenta las costillas al crack del Barcelona, aunque por más astro que seas y supuestamente no leas ni mires nada para abstraerte, los palos siempre te llegan. Y más todavía si esos palos son repetidos y también impactan contra tus amigos, contra esos jugadores con los que compartiste una década.