Por Carlos Presman

No lo soñé

 

Dr. Carlos Presman | Especialista en Medicina Interna 

 

 

 

Sólo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa

de lo que llamamos el presente y la realidad.

Alejandro Dolina

 

 

Fue un 25 de diciembre, es la única certeza que conserva mi memoria. La Nochebuena había estado más colmada de comida que de regalos. En casa ya somos todos grandes y las preferencias mutaron de los objetos a la gastronomía: cerdo y cabrito, todo tipo de ensaladas, pan dulce, helados, garrapiñadas y turrones. ¡Y vaya si bebimos! Cerveza, vino rosado, tinto, champagne, whisky.

El timbre del consultorio sonó en mi cabeza como una trepanación sin anestesia. Abrí los ojos y confirmé lo tan temido. Eran las seis de la mañana del domingo 25 de diciembre. El timbre sonaba reiteradamente con cadencia de desesperación.

En esos instantes uno se pregunta por qué carajo no estudió literatura o filosofía. Me senté en la cama, me vestí y me puse la chaquetilla de médico. Solo esos mínimos movimientos y ya estaba empapado en sudor. El alcohol y el calor, pensé. Sentía el juramento hipocrático clavado como un puñal en la nuca, la culpa de haber comido y chupado como para sobrevivir la próxima centuria hibernando y la intriga preocupante de por qué el paciente requeriría mis servicios a esta hora y con tanta urgencia.

Abrí la puerta sin preguntar quién era. Mi cara de asombro y angustia cosechó la primera respuesta a la consulta sin que pudiera abrir la boca.

—Sí, doctor, soy Papá Noel, pero no puedo dar un paso más, me falta el aire y me duele el pecho. Me estoy muriendo…

—Pase y siéntese en la camilla.

Caminó jadeante, y a gatas pudo subirse para sentarse y apoyar la espalda en la pared. Se sacó el gorro y se secó la transpiración. Respiraba con la boca abierta, como queriendo tragarse el oxígeno.

Busqué el estetoscopio que me colgué al cuello, y agarré el tensiómetro. Mientras me dirigía a la camilla me asaltaron los peores pensamientos. Papá Noel se moría en mi consultorio y para colmo en Navidad.

Es increíble la velocidad mental que se adquiere en situaciones límites. Mi cabeza emigró vertiginosamente a las peores fantasías mediáticas que horadaban mi cerebro conservado en alcohol:

El diario La Voz del Interior en tapa: Papá Noel fallece en Córdoba capital. Fue asistido por un médico local en estado de ebriedad. Crónica TV: ¡Último momento! Médico judío y borracho asesina a Papá Noel en la capital cordobesa. Clarín: El Gobierno nacional tampoco garantiza el derecho a la salud. Papá Noel fallece en un consultorio por no contar con terapia intensiva. Página 12: Médico agnóstico termina con el mito capitalista de Papá Noel. El Gobierno anunciaría regalos navideños para todos.

Me senté a su lado y le tomé el pulso; la frecuencia cardíaca en irregularidad absoluta era una evidente fibrilación auricular de 130 a 140 latidos por minuto. Le tomé la presión arterial: 210/120. Le pedí que respirara hondo por la boca y le ausculté la espalda. Ambos pulmones, en sus dos tercios basales, llenos de líquido. El diagnóstico ya estaba hecho: edema agudo de pulmón por emergencia hipertensiva. Le hice un diurético (furosemida) endovenoso y le puse un vasodilatador (nitritos) sublingual. No es bueno comenzar la historia clínica por el tratamiento pero la urgencia así lo impuso. Cuando pudo respirar tranquilo recabé más información. Era hipertenso de larga data, diabético tipo dos por la obesidad (diabesidad), fumador, sedentario y tenía el colesterol elevado.

En minutos que me parecieron eternos la tensión bajó a 140/90 y la frecuencia cardíaca a 100, recuperando el ritmo regular. Orinó unos dos litros y ya sin tanta agitación pudo caminar hasta el escritorio para que le escribiera las indicaciones.

—Este trabajo es insalubre, doctor. Está bien que se trabaja un día al año pero vale por los otros 364. Para colmo, en la selección de personal ponen como condición pesar más de 120 kilos. No se crea que soy el único, antes éramos un montón en todo el mundo pero ahora nadie quiere agarrar. Andá a ser Papá Noel a Irak, Medellín o Villa Libertador. Hace un calorón bárbaro, te quieren comer crudo. Y es difícil armar el sindicato porque la sede está en Nueva York y como andamos de rojo en seguida te tildan de comunista y estás al horno. Te rajan y no te contrata ni la lotería de Unquillo para el gordo de Navidad. Por eso escasean cada vez más los noeles. Los jefes están pensando en un casting por la tele: “Papanoeleando por un sueño”. O un reality show que sea cruza de “Gran hermano” con “Cuestión de peso” que llamarían “Grande Pa”.  Se ve que los tipos están desesperados. Imagínese el escándalo y las renuncias en cadena de noeles que hubieran tenido si me moría. Además…

—Tranquilo Noel, ya está mejor. Igual debería cuidarse un poco, comer con menos sal, menos cantidad, hacer ejercicio, dejar de fumar.

—Disculpe doctor, ¿usted recibe órdenes de O.S.P.N., la obra social de los Papá Noel?, porque salí sin un mango y a esta hora los regalos los repartí todos.

—Relájese, no me debe nada.

—Mire, estoy tan agradecido que le dejo el gorro oficial y el año que viene paso el 24 a la tardecita con algún presente para sus hijos. Muchísimas gracias.

 

Ni bien traspuso la puerta de mi consultorio, me saqué la ropa y de inmediato me fui a dormir de nuevo. Al apoyar la cabeza en la almohada sentía que la colocaba en una morsa que ajustaba sin reparos.

Me desperté el domingo a la siesta con una resaca increíble; en realidad me despertaron los 40 grados a la sombra.

Con mi familia nos fuimos a la pileta y almorzamos las sobras del 24, allí les conté que a la madrugada había atendido a Papá Noel. Nadie me creyó y yo tampoco insistí mucho en convencerlos. Recordaba la consulta con lujo de detalles pero la mirada incrédula de mi familia me introdujo cierta duda.

El lunes por la tarde atendí en mi consultorio, como de costumbre. En el escritorio había un gorro rojo, del estilo de Papá Noel.