Por Martín Eula

Es leyenda

 

Marcelo Gallardo se transformó en religión para los hinchas de River después de ganarle la madre de todas las finales a Boca y darles la segunda Copa Libertadores en cuatro años. Las razones de un proceso que le va a dejar al fútbol argentino un legado brillante.

 

 

Martín Eula | Periodista 

 

 

"Nací para esto".

Viernes 6 de junio del 2014. La Argentina se prepara para el Mundial y toda la atención mediática gira en torno al equipo argentino que está a punto (nadie lo sabe en ese momento) de ser finalista Brasil 2014. Hace frío y sale un sol remolón en Buenos Aires cuando un hombre vuelve a su club en otra función para poner la historia patas para arriba.

Domingo 9 de diciembre del 2018. La Argentina, de manera absurda, ve por televisión la final de la Copa Libertadores entre los dos gigantes del fútbol argentino que se juega en la fría Madrid. En un palco del estadio Santiago Bernabéu, un hombre disfruta de su obra cumbre ya consumada.

Ese hombre no es otro que Marcelo Daniel Gallardo.

En cuatro años y medio, con un legado que ya es leyenda, rompió todos los paradigmas en River y se transformó en la persona más influyente de la historia de la institución al conquistar la madre de todas las batallas. Porque una final de Copa Libertadores contra el máximo rival es la madre de todas las batallas (deportiva, por supuesto, para que no se interprete como un chorrito de nafta extra en ese fuego temerario y vergonzoso que rodeó las finales).

Mentalidad. Determinación. Inteligencia. Corazón caliente. Cabeza en el freezer. Concentración. No rendirse jamás. Valentía. Prudencia. Calma en medio de cualquier tempestad. Presencia. Hidalguía. Vergüenza deportiva. Y fútbol, porque de esto se trata este bendito deporte: por si algún desprevenido perdió el eje, se trata de jugar y River juega y jugó.

Cuando asumió el Muñeco, River había ganado cinco torneos internacionales. En este tiempo, con él al mando, el club consiguió seis. Hasta aquella mañana de junio del 2014, Boca era más que una piedra en el zapato; ahora, en la Bombonera y alrededores ven a Gallardo y se les pianta un lagrimón después de las cuatro eliminaciones seguidas que le propinó en duelos directos. La última, la del Santiago Bernabéu, claro.

En ninguna de esas series ni en ninguna serie -salvo aquella semifinal de 2017 con Lanús-, River fue infiel a los principios de su líder. Ni siquiera cuando su líder no pudo estar en el banco, como en ambas finalísimas de la Libertadores (la del 2015 con Tigres y la más reciente e inolvidable). Ahí, en su lugar estuvo Matías Biscay, su otro yo, el amigo al que llamó a España para que lo acompañara cuando en 2011 empezó su carrera como entrenador en Nacional de Montevideo. El hijo del exárbitro dejó su emprendimiento en Europa -de bolsos y bijouterie- y ahora hasta escucha canciones que le dedican los hinchas.

Gallardo, además, es un estratega. Su primer River, el del primer semestre del 2014, fue el más brillante en cuanto a juego. Desde entonces, jamás perdió la intención de jugar pero le agregó agresividad y entendimiento de cada situación de la mayoría de los partidos. Y en ese punto hay alguien esencial: Leonardo Ponzio. Desde la primera hora del ciclo, junto a Jonatan Maidana y Rodrigo Mora, el capitán es el Muñeco dentro de la cancha. "Está rejuvenecido, de verdad. Cuando llegamos, era el actor de la película Náufrago, era Tom Hanks porque estaba barbudo, despeinado, demacrado en la cara, estaba mal... ¡Y ahora mirá! Eso es el fútbol, cuando un jugador toma confianza. Y con él y Jony voy a cualquier batalla deportiva", sostuvo el entrenador sobre sus soldados más fieles, sobre sus capitanes para alcanzar la gloria.

Habituado a reinventar a su plantel y equipo durante todo este período, el 2018 no fue la excepción, más que nada en ese verano millonario para el Millonario con la contratación de Lucas Pratto como prenda top: River pagó 14 millones de dólares, una cifra casi obscena para nuestro fútbol ya en ese momento con el dólar a 20 pesos: los goles del Oso en las finales licuaron la discusión y generaron que lo caro se transformase en una transacción más barata teniendo en cuenta la magnitud del logro.

En enero pasado, también, el Muñeco instaló lo de la "guardia alta" porque Mauricio Macri -extitular de Boca- es el presidente de la Nación, porque Daniel Angelici tiene llegada directa a Macri y es presidente de Boca y porque Daniel Tapia es simpatizante xeneize y arribó a presidente de la AFA por -entre otras cosas- la ayuda de Angelici. La guardia alta y la vara más elevada aun. Siempre la sangre en el ojo y los dientes apretados hasta en medio del zafarrancho que rodeó la definición y todas las denuncias, dudas y guerra subterránea y no tanto que alimentaron las mayores miserias desde ambos bandos entre el 2-2 en la Bombonera y el 3-1 de River en España.

"La única manera que tenemos de defender a nuestros hinchas, a quienes les robaron la ilusión de definir en nuestra cancha, es en el campo de juego del Bernabéu. Y estamos preparados para hacerlo", advirtió el Muñeco, apodado Napoleón por el principal relator de las campañas de River antes de viajar a Madrid. Al mismo tiempo, pidió internamente que dejaran de lado la polémica y ese enojo redundara en energía para encarar la revancha.

Ahí, en el momento cúlmine, respetó otros principios básicos que también adornan su mandato. Así tragó veneno tantas veces y tomó decisiones pesadas: mantener la formación de un 0-5 con Boca en un amistoso de verano para ganarle la Recopa Sudamericana 2015 a San Lorenzo; poner a Ponzio por Pisculichi para formar el bloque defensivo con el que eliminó a Boca y ganó la Libertadores 2015; apostar por un desconocido como Lucas Alario para suplantar a Teófilo Gutiérrez en aquella Copa; superar el gris inicio del 2018 con el triunfo a Boca en la Supercopa Argentina; cambiar de acuerdo a las necesidades para eliminar a Racing e Independiente ayer nomás; saltar al vestuario estando suspendido para intentar -y dar vuelta- esa semifinal que parecía imposible en la cancha de Gremio de Porto Alegre, en la casa del anterior monarca de la Libertadores; y llegar a esa definición a la que le sobraron adjetivos frente a Boca. Y ahí mismo, con su equipo 0-1 abajo en el resultado, sacó a Ponzio, puso a Juan Fernando Quintero y el colombiano fue la figura del partido. "Leo sabe perfectamente que acá nadie juega por el nombre", confesó después el entrenador. 

Es la obra maestra de Gallardo, la que lo posiciona como el máximo ídolo de la inmensa historia de River. La que lo debería situar, por si hacía falta algo más, como candidato de fierro para dirigir a la Selección. Pero esa es otra cuestión, una cuestión que está directamente relacionada al origen de "la guardia alta". Es imposible imaginar al Muñeco como entrenador de la Selección con la actual conducción de la AFA: no hay compatibilidad. Así de simple y crudo. Hoy, en este contexto, es una utopía.

Además, Rodolfo D'Onofrio y Enzo Francescoli -el principal impulsor de su llegada- advirtieron que el propio Muñeco les dijo que "iban por más" apenas concretado el 3-1 a Boca. Ese vamos por más incluye un análisis de lo que se viene, la exigencia de un compromiso de parte de todos, la profundización del proyecto infanto-juvenil que apunta a recuperar esa fábrica de talentos de River que había quedado devastada por dirigencias anteriores, el necesario recambio del plantel campeón por las ventas que comenzaron con la salida del Pity Martínez al Atlanta United de Estados Unidos y la misión de encarar con todo la Superliga, la Recopa Sudamericana y la defensa del título en la Libertadores, los objetivos iniciales para el primer semestre de 2019.

A esa exigencia, el primero que debe asumirla y enfrentarla es el propio Gallardo. "Esto es imborrable y eterno. Me siento pleno", dijo después de sacudir las entrañas de Boca una vez más y de brindarle a River la gloria eterna. Una gloria en la que Marcelo Daniel Gallardo no se va a permitir dormir. El "nací para esto" es todo lo que consiguió en cuatro años y medio. El "nací para esto" es ir por más.


 

Las Copas que se vienen

 En este 2019 comenzará una nueva era en competiciones sudamericanas porque por primera vez en la historia, la Libertadores y la Sudamericana se definirán a partido único en sede ya determinadas, como ocurre habitualmente con la Champions y la Europa League. Hay 13 equipos argentinos clasificados que ya conocen a sus rivales.

A la fase de grupos de la Libertadores irán River por ser campeón de la edición 2018; Boca, Godoy Cruz, San Lorenzo y Huracán por la Superliga y Rosario Central por haber obtenido la Copa Argentina. Mientras que Talleres buscará el acceso a alguna zona desde la segunda fase del repechaje. Una participación más federal que nunca con las presencias de los mendocinos, los Canallas y la T. La final de la Copa será el 23 de noviembre en Santiago de Chile.

A la Sudamericana, en tanto, accedieron Independiente, Racing, Defensa y Justicia, Unión, Colón y Argentinos Juniors. Los dos equipos grandes de Avellaneda y los dos de Santa Fe generarán una atención especial para el segundo torneo en importancia a nivel continental, el que conocerá a su campeón el 9 de noviembre, en la finalísima que se disputará en Lima, la capital de Perú.

El gran desafío para todos los equipos argentinos será equiparar sus fuerzas ante el poderío económico de muchos de los clubes de los demás países de Sudamérica luego de que el dólar pegara el salto que pegó en nuestro país, un elemento que sin dudas repercute en las economías de todas las instituciones y en la competitividad.

El desafío de la Conmebol es dejar de lado todos los desaguisados que cometió el año pasado, los que le podrían dar forma a un libro que daría para reír y llorar al mismo tiempo.