Por Cecilia Ghiglione

El lenguaje inclusivo en el territorio de las luchas justas

La irrupción en el lenguaje del uso de la e, antes fueron la @ y la x, como una nueva manifestación de los hablantes para referirse a un genérico no masculino que incluya a todes ha venido a encender algunos debates en la sociedad, y en la academia en particular, con posiciones que defienden y otras que critican su utilización. Especialistas hablan de este fenómeno que trasciende lo local.

 

  Cecilia Ghiglione | Redacción COLSECOR

 

Las tensiones entre lo nuevo y lo viejo no son novedosas y en ese tránsito se encuentra el debate sobre lenguaje inclusivo o no sexista agitando posiciones diversas entre quienes lo promueven y sus detractores.  

“Egresades” dicen algunos buzos de los chicos del último año del secundario, “todes” escriben en carteles y en redes sociales los colectivos que se identifican con este cambio, “les diputades” postean  en sus muros algunos legisladores, hace un mes se estrenó para América Latina Pose (FOX app), la primera serie con subtítulos inclusivos. ¿Es moda?  ¿Remite a un espíritu de época? ¿Permanecerá?

Claramente lo que está en juego en esta irrupción no es simplemente el uso de la e, ni el @ ni la x, sino una dimensión política de quienes tienen el poder de nombrar qué es importante.

“Decir que el lenguaje inclusivo es sólo un cambio de letras es reducir el fenómeno”, afirma Elena Pérez, decana de la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). “Incluso en español no siempre la ‘a’ remite a lo femenino y no siempre la ‘o’ a lo masculino. Por eso digo que esta voluntad de usar otra letra en lugar de la ‘a’ o la ‘o’ es un gesto de tipo retórico más que lingüístico, que apuesta a hacer visible una problemática”.

El lingüista y lexicógrafo Santiago Kalinowski coincide en la apreciación del fenómeno. “El lenguaje inclusivo es un recurso de intervención del discurso público que persigue el objetivo de crear conciencia sobre una situación de injusticia o de discriminación”.

¿Cuándo empezó a hablase en lenguaje inclusivo? Es difícil determinar un momento. El más mediático que recordamos fue en junio de este año cuando una estudiante del colegio porteño Carlos Pellegrini habló en TV diciendo “les alumnes” y “les diputades”, durante la vigilia por el debate parlamentario del aborto legal, seguro y gratuito.

“La crítica sobre la codificación del sexismo en la lengua no es nueva y es global”, sostiene Kalinowski que es director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras (AAL). “Hay un desdoblamiento del lenguaje (uso del femenino y el masculino de modo conjunto) que impactó en la Constitución de Venezuela hace 20 años. Si tenemos ese antecedente documentado es porque el debate ocurrió antes”. En toda Europa y el continente americano se está dando una discusión permanente sobre este tema, incluso países como Francia tienen manuales escolares con desinencias inclusivas. Es posible reconocer la utilización del recurso del desdoblamiento del masculino y el  femenino en el lenguaje español hace más de una década.

Si bien muchos ubican este fenómeno entre los jóvenes - son quienes lo usan con mayor intensidad como recurso de identificación - “no significa que sean ellos los que originaron este uso ni los únicos que lo utilizan”, dice Kalinowski. “Sí podemos afirmar que no es un fenómeno popular sino de las vanguardias, y eso no tiene nada de malo”. No se puede decir que la mayoría de los hablantes usen lenguaje inclusivo sino “aquellos que están protagonizando un cambio social o están en la vanguardia de la pretensión de cambiar esa dinámica de poder que está instalada en la sociedad”.

 

Lenguaje sexista

El español en particular utiliza el masculino como expresión de género no marcado para referirse a hombres y mujeres. Es habitual en las notas de los cuadernos de comunicados de la escuelas leer “Queridos padres…” cuando en realidad  están queriendo nombrar a madres y padres;  y en caso de tener  hijas  e hijos, usan “hijos” haciendo justicia con el principio de economía del lenguaje.

En este sentido, Santiago Kalinowski dice que si bien la lengua no determina el mundo, “cada vez que usamos el masculino genérico se vuelve como una especie de refuerzo de esa configuración histórica. Entonces ante alguien que quiere plantear una situación de injusticia, tiene todo el sentido esta intervención sobre esa situación de refuerzo; ese es el objetivo que persigue el lenguaje inclusivo”.

“Yo no me atrevería a decir que la terminación ‘o’ es el emergente del machismo de la lengua”, señala Elena Pérez. “Pero sí puedo decir que la lengua es machista por un montón de razones. Los insultos son una muestra de lo machista que somos. La peor ofensa que se le puede decir a un hombre no tiene que ver con sus cualidades o su honra sino con la parte de la honra que se construye sobre la conducta sexual de su madre o hermana.  Nuestra cultura está pensada en clave masculina”.

Para Kalinowski no resulta convincente la postura de que la lengua “no codificó la preponderancia del macho de la especie” y en este sentido hace su lectura sobre la irrupción del lenguaje inclusivo.

 

La Academia dictamina

Hace unos meses ante el pedido de revisar el lenguaje que adopta la Constitución española se puso nuevamente en funcionamiento parte de las argumentaciones que la Real Academia Española (RAE) viene teniendo ante el uso del lenguaje inclusivo. “Es un error confundir gramática con machismo” señala uno de sus académicos.

En el documento “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” (2012), Ignacio Bosque, miembro de la RAE y catedrático de la Universidad Complutense, advirtió que las guías de "lenguaje no sexista" editadas por instituciones españolas “empobrecen el idioma y sus matices, al pretender imponer el uso de ciertas palabras y restringir el de otras (por ejemplo, cuando se recomienda hablar de ‘profesorado’ en lugar de ‘profesores’), y propenden finalmente a un artificioso distanciamiento del lenguaje oficial y el lenguaje común”.

La decana de la Lenguas de la UNC cree que la funcionalidad de esta “erupción” que es el lenguaje inclusivo no tendrá demasiada incidencia en el sistema de la lengua “sino que la intención es hacer visible una pretensión arraigada en la cultura y justamente creo que por eso ha generado tanto rechazo”.

Los cambios lingüísticos no se diseñan, insiste Kalinowski, y la modificación de una regla sintáctica requiere de mucho tiempo. Pero como el lenguaje inclusivo no es un fenómeno lingüístico sino una intervención en el discurso público que busca un efecto, “no importa que no se vuelva gramatical”.

Según el especialista, las instituciones lingüísticas deberían no pronunciarse categóricamente sobre este fenómeno del orden de la acción política porque precisamente su posición será entendida en los márgenes de esa discursividad y no como una intervención lingüística. “El problema está en no apreciar el fenómeno por fuera de los límites de la lingüística tradicional porque es discursivo”.

Frente a las tensiones que está generando el tema, Pérez entiende que desde los sectores académicos es importante ir generando “pactos” entre las personas que se comunican. “Los alumnos distinguen claramente donde usar lenguaje inclusivo y donde no, es probable incluso que algunos profesores del secundario hasta propongan usarlo. Yo cuando redacto resoluciones digo ‘docentes’ en lugar de ‘los docentes’ como un gesto de decir estoy pensando en esto, no porque me hayan convencido de poner la e sino que estoy acompañando la reflexión y estoy movilizada”.

El debate por el lenguaje inclusivo es en definitiva un asunto político y las resistencias que genera no se deben al apego de los grupos hegemónicos a las buenas formas de la lengua sino al poder. Ojalá la indignación frente a las deformaciones del lenguaje fuese la misma que frente a la discriminación y exclusión.