Por Matías Cerutti

Pigüé | La búsqueda del reencuentro en la cueva de los espíritus.

Cerro Curamalal @pitocampos

 

Matías Cerutti | Viajero, cronista y narrador

  

Marcos amanece  y el sol de las nueve le besa los ojos, le lava la cara. Más allá del puente, y del arroyo, Bea y José respiran el aroma de su huerto. José cosecha unas chauchas tan blancas como su barba; Bea se queda mirando el cielo de Pigüé, claro, transparente, tan inmenso como el entusiasmo que siente Marcos ante la inminente visita de Walter. 

Walter es siempre lento para despabilarse, su cuerpo se envuelve y sus ojos se reencuentran con su infancia. Descorre la cortina de la ventanilla del ómnibus que lo ha traído hasta su pueblo; descubre que ama ese lugar. Cuando el colectivo sale de la ruta 33 y encara hacia el paso a nivel, el adoquinado le provoca un cosquilleo que Walter siente  que le espolea el alma. Pasa por el parque municipal y observa una caravana de autos que esperan con las luces de giro titilando impacientes.  Es viernes y el parque está empezando a llenarse  de vecinos. Se estremece al pensar que seguramente sus familiares deben estar encendiendo el fuego para dar comienzo al  ritual gastronómico y festivo. Recuerda que es el cumpleaños de uno de sus primos y se persuade de que habrá función, de que esta noche, los de su sangre, estarán todos allí: en el parque municipal Fortunato Chiaparra; pero Walter no vuelve para verlos a ellos.

Marcos toma la bicicleta y pedalea en dirección a la Huerta Primitivos. Quiere ver a Bea y José para comprarles un malbec y elegir las verduras y hortalizas con las que espera agasajar a Walter. A Marcos lo moviliza visitar a la pareja de horticultores, es la sensación de volver a la tierra. Es como lo que siente Walter cuando regresa a Pigüé, pero en escala. Cuando llega, José está rodeado de niños. A decir verdad, José es un niño más a sus 70 años. Les muestra una azada con rueda que él mismo se fabricó. Los pequeños sueñan con tener un monociclo como ése, y una huerta donde poder usarlo. Beatriz Carames, la profesora de huerta del Centro de Formación Profesional, recibe a Marcos con un mate. Marcos la saluda y se paraliza al ver las lombrices de la compostera. No sabe si es por el color de las californianas, el amontonamiento de anélidos, o el olor de la tierra compostada, pero detenerse en ese lugar es el retorno a un momento preciso de su pasado, su espíritu se muda al instante en que vio por primera vez una compostera; iba a la escuela primaria y con Walter se quedaron apreciando esa fábrica natural de procesamiento de residuos, con el mismo semblante  que tiene ahora un par de lustros después y con un mate en la mano. Eran épocas en que se promovía la separación de residuos en los hogares del distrito de Saavedra, antes del incendio de la planta de reciclaje. De pronto la suave voz que se oye, desde abajo del ala del sombrero del horticultor, lo trae de regreso al aquí y ahora.

–Lo  que les gusta a las lombrices son las semillas de las uvas -dice José mientras levanta la tierra de la compostera,  –todos los años hago 1.200 litros de vino, los desechos los tiro acá y cuando las semillas se empiezan a pudrir a las lombrices les encanta.-

Marcos recorre el huerto, admira el entusiasmo con el que José merodea, interviene y muestra los cultivos. La mañana es un concierto de pájaros que ambientan el espectáculo de la maravilla que se genera cuando la especie humana se embelesa en el acto sublime de relacionarse amorosamente con el entorno. “¿Qué nos pasó?”, se pregunta Marcos que se sabe público, espectador fuera del reparto, que saldrá de la función para volver a su rutina cotidiana, tan distante a ese prodigio cultural.

Llegan más espectadores. Gente que busca el alimento al pie de la mata, como los niños que antes admiraban la azada de José y que ahora se divierten cosechando cherrys con Bea.

Unas décadas atrás, Bea y José llevaban sus cosechas al mercado central, donde eran mezcladas con vegetales que habían sido tratados con agroquímicos y pesticidas. Ahora, cada día es mayor el número de personas que intentan una alimentación saludable y buscan el servicio de productores como Huerta Primitivos.

Marcos vuelve pedaleando, trae colgando del manubrio un bolsón con verduras y vino tinto. Piensa en Walter, que ya lo debe estar esperando en la puerta de su casa. Piensa en Walter cuando pasa por la casa museo de Numa Ayrinhac, aquel pintor al que su familia también le negó el saludo por haber retratado a Evita y Perón. Cuando toma la calle España ya lo ve sentado en el cordón de la vereda jugando con las formas que toma su sombra sobre el empedrado. Se saludan con forzada indiferencia, es que hay como un aire extraño al encontrase así.  Entran y están un rato sin hablar, hasta que Walter dice que se muere por comer aligot.

–Vamos a tener que salir a comprar tomme– responde el anfitrión–.Comemos unas verduritas y esta tarde salimos a buscar el queso, ¿te parece?

El visitante asiente. Ya se relajan y conversan con más naturalidad. Mientras cocinan Marcos le habla de la Huerta Primitivos y de lo que le sucede cuando está en ese lugar. Nunca se sabe hacia dónde puede derivar un diálogo cuando dos personas descomprimen el deseo de encontrarse. Hablaron de los colonos aveyroneses que fundaron Pigüé, de las inclemencias del invierno, del origen de las cooperativas agrícolas, de los monocultivos, del omelette más grande del mundo, de la masacre de la conquista del desierto, de las características de cazadores y recolectores de los antiguos pobladores, y de la etimología de los nombres Pigüé y Curamalal.   

–Cuando vinieron los españoles –comenzó a explicar Walter– el ganado que trajeron se dispersó por toda la pampa. Los mapuches, al haber abundancia, habían aprendido a manejar técnicas ganaderas. Utilizaban las propiedades geográficas de estos cerros, que se encajonan y forman un valle cerrado, esto les permitía hacer la concentración de hacienda y engordarla  para luego venderla en Chile.

-Ah, por eso el nombre del cerro, Cura Malal en araucano quiere decir corral de piedra.

-Pi Hue era para los pampas lugar de encuentro o de parlamentos. Se juntaban en esta zona para hacer los concilios entre diferentes tribus.

-¿En el arroyo Pi Hue?

-Sí, pero yo creo que el verdadero lugar de encuentro era la Cueva de los Espíritus.

Fue entonces cuando los dos se sumergieron en un cómplice silencio. Mientras, un pensamiento compartido les recorría el cuerpo. Habían escuchado muchas historias sobre la Cueva de los Espíritus. Cosas como que en su interior profundo, a 50 metros, se escuchan voces de antiguos pobladores, o que la zona es un lugar sagrado donde los originarios buscaban la trascendencia del cuerpo humano; como un portal del tiempo. Las pinturas rupestres que allí se encuentran plasmadas tienen sin duda origen sagrado, algunos aseguran que tienen relación con festividades del sol y la luna, con la comunicación con dioses, o con la consagración de un encuentro a niveles elevados de espiritualidad. Lo cierto es que ninguno de los dos había visitado esta gruta y toda la conversación había llegado hasta ese punto; sus vidas habían llegado a ese punto. Sentían  la necesidad de salir a volar hacia un nuevo cielo; irse de sus cuerpos.

Consiguieron una bicicleta para Walter y el sábado muy temprano, por la mañana, estaban saliendo para el Cura Malal Grande.

–Por suerte es enero- dijo Walter al notar que a esa hora ya se podía apreciar el amanecer. Cuando pasaban por el paraje La Hornera, vieron un búho que se acicalaba meticulosamente parado en un poste cercano a un galpón. Más adelante, Marcos reconoció la entrada al Monasterio Católico Bizantino de la transfiguración.

-Uno de los hieromonjes de este monasterio hizo un trabajo de recopilación de plantas medicinales con paisanos de la zona y relevó más de 200 especies, identificando sus propiedades- le comentó a Walter sabiendo que se interesaría por acceder a esa información.

-Si volvemos, podemos pasar y preguntar acerca de eso –agregó.

Luego de pasar por la estancia Las Grutas, se entretuvieron viendo como el Arroyo Escondido aparecía y desaparecía del paisaje.  Dejaron las bicicletas y comenzaron a escalar la montaña.

La Sierra de Cura Malal es parte de la formación geológica de Ventania, un cordón montañoso del sureste de la provincia de Buenos Aires, de 180 kilómetros de largo. Estas sierras se formaron al producirse un choque de las placas tectónicas entre la plataforma Patagónica y la de Gondwana, que en ese momento estaban unidas en un sólo continente llamado Pangea. Luego, con la apertura del océano Atlántico, hace 200 millones de años, quedó dividido y es por eso que puede apreciarse la continuación del Cordón de Ventania en el Cordón del Cabo en Sudáfrica y los Montes Ellsworth en Antártida. El plegamiento y fracturamiento sufrido por estas rocas, seguido de la acción de los agentes climáticos, meteorización, erosión y colapsos de rocas, ha dado origen a las cavidades como las que hoy visitan Marcos y Walter.

A medida que se acercaban a la cueva, la ansiedad les hacía temblar las piernas y acelerar el ritmo cardíaco. Predispuestos a encontrar la revelación, el instante trascendental de sus vidas, una respuesta o, al menos, una salida.

Cuando se alcanzan situaciones o lugares que ya fueron sobrepasados por las expectativas puede acontecer que simulemos éxtasis al ver concretarse un acto que fue previamente imaginado, o bien, que se destaquen todos aquellos mínimos detalles que no fueron preconcebidos en los ensayos previos del instante anhelado. El desánimo golpeó a los dos jóvenes de tal forma al ver que sobre los simbolismos centenarios, quizá milenarios, sobresalían nombres como Esther González, Cacho López, o egocentrismos plasmados en frases como Pato 88, o Boquita campeón. Les costaba racionalizar el objetivo por el cual habían llegado hasta allí arriba, pero estaban convencidos de que no había sido para escribir “Marcos y Walter” con un aerosol. No hubo lugar para respuestas cuando Marcos volvió a preguntarse en voz alta, y en nombre de la especie humana, “¿Qué nos pasó?”.