Por Carlos Presman

Unas gotitas

 

Carlos Presman | Médico especialista en gerontología, docente y escritor

 

“Más vale prevenir que curar”

                     Refrán popular

 

 

La dueña de casa fue a sacarse sangre con la bioquímica de la esquina. En un pueblo, es casi como ir a la peluquería.

-Che, te cuento que conseguí empleada doméstica, una jovencita que tendrá unos 20 años, viene del campo y es súper solícita, calladita, lo único que dice es “lo que usted mande patrona”, y limpia, no sabés, viene del campo, cerca del paraje Las Peñas, estoy re conforme, espero que me dure y no se me vaya a la Capital. ¿Ya está?

- Sí, cerrá el brazo y esperá unos minutos. Te voy a analizar hormonas tiroideas aunque no te las pidieron, estoy haciendo un curso de eso, que Cacho después te lo agregue al pedido. Me alegro de lo de la empleada, pero fijate si sabe leer, los chicos de esa zona son analfabetos y mirala, porque lo más seguro es que esté embarazada. El sábado pasá a buscar los resultados y nos tomamos unos mates.

En esos días, la señora de la casa confirmó las presunciones de la bioquímica. El sábado no les iban a alcanzar la yerba y las pavas para chusmear sobre la empleada.

-¡Mirá que sos bruja eh! No sabe leer y está esperando un bebé, me lo confesó con orgullosa timidez. Si así sos para los análisis te tendrían que dar el Premio Nobel de Química. Parece que el padre es el sordomudo que vino con ella. Está trabajando de mozo en el bar frente de la plaza. ¿Podés creer un mozo sordomudo? Pero se da maña, lee los labios, tiene una memoria de elefante y es súper simpático. Pasa todas las mañanas a verla antes de entrar a trabajar. Hacen una linda parejita.

-Che, los análisis te dieron todos bien, inclusive los de la tiroides, esos kilos de más son por lo que comés, empezá por cambiar el azúcar por edulcorante si querés ponerte la malla en el verano. El colesterol, una piba de 15. El resto que te lo mire Cacho. De paso, a esa chica vamos a tener que acompañarla y cuidarle bien el embarazo y el bebé. Mandala cuando vos quieras y le hago los análisis de la gestación. Además en el curso nos enseñaron que sacándole unas gotitas al bebé, poniéndolas en un papel de filtro se pueden diagnosticar un montón de enfermedades. La más importante es el hipotiroidismo, que si no lo tratás apenas nacen quedan con déficit intelectual. Terminan como el hijo de la Sofía, medio bobos. ¿Podés creer que una gota de sangre les puede cambiar la vida al bebé y a la familia? Encima se manda así, sobre estos papelitos de filtro, seca, al Hospital de Niños. Ellos después te llaman y le dan el tratamiento. Se llama pesquisa neonatal. Tomá el sobre con los análisis y saludos a la empleada. Y no por agrandada, pero no estaría mal lo del Nobel…

La empleada concurrió a todos los controles del embarazo regularmente y siempre acompañada por su marido. El parto se lo hizo el doctor Cacho en el Hospital Regional de Alcira Gigena con la presencia del esposo. Apenas nació la bebé, le tomaron del talón unas gotitas de sangre que enviaron a la Capital. La bautizaron María de los Milagros, la madrina fue la bioquímica y el padrino el dueño del bar de la plaza.   

Malvina era residente de pediatría en el Hospital de Niños de Córdoba. Salió de 24 horas de guardia y siguió haciendo consultorio externo hasta terminar con la lista de pacientes. Tenía sueño, cansancio y hambre, mala combinación para atender chicos en el mediodía del verano. Ser médico de niños no es lo mismo que tratar adultos, en esa etapa de la vida una decisión puede cambiar definitivamente el rumbo de una persona. Como senderos que se bifurcan, cuanto más temprano el desvío más alejado será el destino final. Además no es sólo el niño; son la madre, el padre, los hermanos, la familia que rodea al pequeño. Y cómo influye la pobreza, más en el hospital público, que cuando llega el paciente ya atravesó varias etapas de la enfermedad y muchas veces es tarde, o además es un desnutrido, o no tiene posibilidades de realizar el tratamiento. Todo eso junto pensaba Malvina cuando la bioquímica entró sin golpear, casi a los gritos:

-Es de la pesquisa, el primero que diagnosticamos, tiene la TSH por las nubes, es del interior, de Alcira Gigena, se llama María de los Milagros Santillán, teníamos un teléfono, así que ya la llamamos y están viniendo para acá. Nos lo mandó la bioquímica que hizo el curso de capacitación. Estamos chochas, el primer hipotiroidismo congénito que pesquisamos después de tantos análisis. 

A Malvina se le fueron el sueño, el cansancio y el hambre. Avisó a su casa que llegaría tarde y se fue rajando al laboratorio a ver la ficha. Allí las bioquímicas y ella vivían una algarabía propia de una fiesta de cumpleaños o festejo de graduación mientras preparaban los nuevos análisis de confirmación diagnóstica, la levotiroxina para el tratamiento y las instrucciones para los padres.

De Alcira Gigena vinieron en el auto de la bioquímica madrina con la preocupación lógica por la salud de la beba. Los cuatro entraron en la consulta, el padre sordomudo podría leer las indicaciones y explicárselas con señas a la madre, la bioquímica se encargaría de los controles mientras la bebé dormía en brazos de su madre después de mamar.

Malvina tenía todo preparado en la consulta. Era su primer paciente con hipotiroidismo congénito y sentía una inmensa responsabilidad. No toleraría un error, así que le dio a la madre todas las indicaciones escritas con mucha prolijidad; mientras le explicaba lo importante que era la medicación y el seguimiento. Sabía que el cerebro de María de los Milagros dependía ahora, no sólo del amor y la lactancia materna, sino de la administración precisa de la hormona tiroidea. La madre, seria, sin aspavientos, comenzó a llorar. Malvina la contuvo aclarándole el excelente pronóstico que tenían los recién nacidos tratados a tiempo.

La madre le aclaró que no lloraba por la enfermedad de su beba sino por la bronca de no saber leer, porque le dolía en el alma poner en riesgo la salud de su hija al no poder descifrar las indicaciones. Testigo del momento, su marido la abrazó, le hizo señas que se quedara tranquila, que él sí podía leer. Después se apoyó ambas manos en el corazón para acariciarle luego la cabeza a su esposa y a su beba. Malvina rehizo todo el papelerío agregando dibujitos para las pastillas y relojitos para el horario. Al terminar la consulta el sordomudo rodeó el escritorio, le hizo señas a la doctora para que se pusiera de pie, la abrazó con fuerza, le acarició la cabeza y le besó agradecido las manos. 

Malvina llegó pasadas las 20 a su casa y durante la cena tuvo que escuchar los reproches de su marido. No entendía cómo se quedaba trabajando después de la guardia por ese sueldo miserable y donde no existían las horas extras como las que tenía él en la Municipalidad.

Ella le contó el caso de María de los Milagros, de la bioquímica madrina, de la madre analfabeta, y de su padre sordomudo. Él sólo acotó que tenía un sueño bárbaro y que estaba podrido de las historias del hospital, suficiente tenía ya con los problemas municipales.

Se fueron a acostar casi a la medianoche. Ella a pesar de llevar casi dos días sin dormir no podía conciliar el sueño, recordaba las escenas vividas y sonreía.

- Y encima ahora no te podes dormir. ¿Me querés contar que te causa gracia?

Ella no le respondió, pero en ese instante hubiera deseado un abrazo como le brindó el sordomudo. Cuántos momentos de nuestras vidas no tienen palabras, se preguntaba Malvina.  

Durante meses y años la familia concurrió puntualmente a los controles y a retirar la levotiroxina que le daban como parte del tratamiento.

Pasaron 11 años, Malvina terminó la residencia y quedó como médica de planta en el servicio de endocrinología del hospital.

Una siesta de verano, mientras terminaba con los últimos pacientes de consultorio externo, la invadieron las mismas ideas que tenía cuando salía de la guardia. Se cuestionaba si valía la pena el tiempo que le daba al hospital y le restaba a su familia, lo injusto del sistema sanitario en donde el médico que más ganaba era el que recibía coimas de los laboratorios o de los aparatos de diagnóstico. De lo perverso del modelo, donde se gana más si el paciente está más enfermo y la prevención no existe porque no se paga; todo eso pensaba cuando ingresó María de los Milagros con la mamá.

Sin decir una palabra, con el respeto de la gente humilde, le entregó un sobre. Malvina lo abrió y sacó una foto donde se la veía en la culminación del ciclo primario. Era la abanderada. Se detuvo en la prolijidad del guardapolvo, la mirada de las escoltas, la sonrisa de felicidad y orgullo. Dio vuelta la foto y las lágrimas le impedían leer con claridad la nota manuscrita del reverso. María de los Milagros Santillán, abanderada de la  Escuela Provincial Domingo F. Sarmiento.  Alcira Gigena.  10 de diciembre 2017.

-Lo escribió mi mamá, doctora. Yo le enseñé.  

Malvina volvió a llegar tarde a su casa, sus dos hijos y el marido la esperaban para cenar. Durante la comida ella les mostró la foto y les contó la historia con lujo de detalles. Su esposo, que escuchó el relato sin mediar palabra, puso la foto en un marco y la colgó en la habitación de los hijos. Se fueron a acostar y esa noche, en silencio, la abrazó.