Por Martín Becerra

Facebook: tropezón y crisis

La compañía de Mark Zuckerberg atraviesa un periodo de turbulencias como nunca jamás vivió. Escándalos, falsificaciones y sospechas atentan contra su valoración financiera. Su impacto en el ecosistema digital perdurará aun si la empresa cayera al precipicio.

Por Martín Becerra | Profesor e Investigador UBA, UNQ y Conicet

 

La noticia, esperable, no deja de impactar: por primera vez desde su concepción en 2004, Facebook acusó un descenso en el número de usuarios activos en Europa. Si tan sólo se tratara de la moderación de su, hasta ahora, crecimiento vertiginoso representado en 2230 millones de usuarios, el amesetamiento no sería una mala nueva. En sus mercados más rentables y maduros, Estados Unidos y Europa, es lógico que Facebook detenga su crecimiento ya que en la población adulta se acerca a un nivel de saturación estadística (más del 90 por ciento es usuaria de la red). Es una escala envidiable para cualquier otra compañía, sea cual sea su rama de actividad. Lo que para Facebook es estancamiento, para el resto es utopía. 

Pero el escenario es bastante más complejo y se combina con el escándalo de la venta de datos de millones de personas por parte de la red social, con la manipulación canalizada vía Cambridge Analytica en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y del Brexit (entre otras), con el efecto contagio de las fake news, con la falsificación de cuentas para incrementar artificialmente la audiencia de la plataforma, y con la censura privada de cuestiones tan emblemáticas como la foto de la niña del Napalm o la Declaración de la Independencia estadounidense, donde la corporación tiene su casa matriz. Las citaciones recurrentes a Mark Zuckerberg y otros ejecutivos de la empresa por parte de legisladores en los países centrales le agregan pimienta a un combo en el que la palabra “pérdida” (de ingresos, de usuarios, de prestigio) se repite con cada vez mayor frecuencia. Tanto, que la valorización bursátil de Facebook sufre una erosión tan importante como impensada hace un año. 

El periodista Gerrit De Vynck, de Bloomberg, dijo el jueves 26 de julio pasado, cuando las acciones de Facebook se desplomaron en Wall Street casi un 20 por ciento, que “la pérdida de Facebook es de aproximadamente 2/3 del tamaño de la pérdida de mercado total en el Martes Negro de 1929, incluso ajustada por inflación. Ese fue el peor día del terrible mes que terminó con los pujantes años 20 y marcó el comienzo de la Gran Depresión". El tiempo dirá si las desventuras bursátiles de la compañía se reducen a una ralentización de los beneficios que produjo hasta este año o si el problema, como todo parece indicar, es mayor. 

La acumulación de tropiezos se traducen en pérdidas, de tenor y naturaleza distintos, y esa senda conduce a la crisis. Puede que no sea crisis terminal, que el tropezón no sea caída definitiva, pero es una situación de descontrol desconocido por uno de los gigantes tecnológicos globales más exitosos y el de mayor calado. Y las respuestas, prometidas por Zuckerberg y sus voceros, no llegan o carecen de eficacia. Sobre llovido, mojado: las nuevas normas europeas de protección de datos personales son más rigurosas con los intermediarios de Internet cuyo negocio se basa, esencialmente, en la gestión y comercialización de esos datos, restringiendo su discrecionalidad y, en consecuencia, afectando su modelo de negocios. Malas noticias no sólo para Facebook, sino también para Google o Amazon. 

Crisis es el término que usan, con cierto regocijo, los medios tradicionales, que amplifican los traspiés de Facebook y la errática senda que tomó su conducción corporativa. Cada fallido de Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos fue festejado por los editores periodísticos de los principales medios como un guiño a aquel refrán que recomendaba esperar en la puerta de casa que pase el cadáver del enemigo. Aunque los periodistas más lúcidos saben en su fuero íntimo que su casa ya no es lo que era, que Facebook es más bien un “eneamigo” (ya que les aportó tráfico y visitas a sus contenidos) y que no hay nostalgia que pueda reconstruir los medios de su edad dorada. Aún si los tropiezos que por ahora son accidentes de Facebook (no su deceso) se agravaran, el ecosistema digital llegó para quedarse y la aparición de nuevos intermediarios reemplazará, eventualmente, a la compañía fundada por Zuckerberg. 

La crisis de Facebook puede ser una oportunidad para que los medios tradicionales promuevan la discusión pública sobre el destino de los ingresos que produce la circulación de los contenidos que los tienen a ellos como usinas principales, aunque la intermediación de Facebook o Google haya logrado capturar gran parte de su comercialización. Tal vez el saneamiento de varias de las prácticas más nocivas que protagonizó Facebook en los dos últimos años, hoy en pleno proceso de estallido, pueda ser aprovechado por los medios para revisar uno de los nervios más sensibles y menos transparentes del ecosistema digital.