Por Gabriel Puricelli

AMLO y la cuarta revolución mexicana

 El 1 de julio, los mexicanos eligieron presidente a Andrés Manuel López Obrador. AMLO, como abrevian todos su nombre, promete “una cuarta revolución”, tras una elección que ratifica que la tercera es la vencida.

 

Por Gabriel PuricelliCoordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.  

 

Tierra de desmesuras, México es aquel lugar que dejó con la boca abierta a los españoles que llegaron con sed de conquista y codicia de oro a Tenochtitlán. Es difícil abarcar el asombro de Bernal Díaz del Castillo en la crónica que relata cómo vieron los recién llegados a la que hoy es la ciudad de México: “Entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan compasada y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no la habían visto”. John Reed pudo capturar la Revolución Rusa en Diez días que conmovieron al mundo, pero nadie puede precisar cuánto duró la Revolución Mexicana que sancionó el fin del régimen autoritario de Porfirio Díaz en 1910 ¿Siete años, hasta la adopción de la Constitución? ¿Nueve, hasta el asesinato de Emiliano Zapata? ¿Diez, hasta que cesó la violencia a gran escala? 

Inconmensurable era la injusticia social con la que la Revolución Mexicana se proponía acabar. Mensurable, pero enorme, es la que persiste un siglo después: más de 53 millones de mexicanos viven hoy en la pobreza, más del 40 por ciento de los 127 millones que habitan el país. El índice de desarrollo humano ubica a México en el puesto 77 entre los países del mundo, apenas dos por encima de Brasil, un país que nunca atravesó una revolución. 

La segunda economía de América Latina, la más pequeña de las tres del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) es exactamente el doble de la Argentina. Ha alcanzado ese tamaño con la explotación de su petróleo, con la integración de su industria automovilística con sus vecinos del norte y con la expansión de la maquila, actividad industrial de ensamblaje con mano de obra mexicana e insumos y tecnología importadas de Estados Unidos. 

“Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, como se dice que dijo Porfirio Díaz, viene a la mente cuando pensamos en la principal actividad ilícita del México de los últimos 15 años: el narcotráfico. A casi 12 años de que el entonces presidente conservador Felipe Calderón le declarara la guerra, los cárteles que se dedican a satisfacer el consumo estadounidense siguen incólumes. La economía narco representa entre el 1 por ciento y el 4 por ciento del producto interior bruto de México. Un cuarto de millón son los muertos por crímenes violentos desde esa declaración de guerra, y le son atribuibles en altísima proporción. Calderón y su sucesor Enrique Peña Nieto se reparten en porciones iguales esos muertos en sus respectivos períodos presidenciales de seis años.

 

Esto es, entre muchas otras cosas, el país cuyos ciudadanos han plebiscitado a AMLO para ser su próximo presidente. La historia del hombre se confunde con la historia reciente de México. Político profesional con un diploma de Ciencias Políticas y Administración Pública, AMLO es un producto de la política mexicana del siglo XX. Iniciado en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la década de 1970, cuando éste era de facto el partido único, dejó su estado sureño de Tabasco natal para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y volvió a Tabasco como delegado del Instituto Nacional Indigenista. Se quedó allí como funcionario luego del gobierno estadual y llegó a ser presidente del PRI tabasqueño. En 1983 cayó en desgracia con el gobierno estadual y se mudó a ciudad de México, donde viejos contactos le consiguieron trabajo en el Instituto Nacional del Consumidor. 

Aunque no participó activamente de la gestación de la Corriente Democrática del PRI, que se opuso al giro neoliberal del entonces presidente Miguel de la Madrid, en 1988 votó en las elecciones presidenciales por el candidato surgido de esa corriente, que había roto con el partido, Cuauhtémoc Cárdenas. Faltando cuatro meses para las elecciones en los estados, Cárdenas le propuso a AMLO ser el candidato del Frente Democrático Nacional (FDN) a gobernador de Tabasco. Esa elección fue su primera experiencia como víctima del fraude y lo expuso a la primera de las derrotas que jalona el camino hacia su victoria. Al igual que contra Cárdenas en julio, en noviembre el PRI adulteró miles de actas para asegurarse de que en Tabasco siguiera habiendo un gobernador del PRI para acompañar al presidente Carlos Salinas de Gortari, presidente tras una elección en la que un tercio de las actas electorales fueron falsificadas para despojar al FDN. AMLO se integró al Partido de la Revolución Democrática (PRD), nacido del FDN, y acompañó las dos campañas sucesivas de Cárdenas, en las que éste sólo alcanza el tercer lugar. 

El gran salto adelante AMLO lo da en 2000, con su elección como alcalde de la ciudad de México, que inaugura una seguidilla de gobiernos de izquierda que nunca se interrumpió hasta ahora. Una gestión municipal exitosa le pavimenta el camino a su primera candidatura presidencial: queda seis décimas porcentuales detrás del candidato del Partido de Acción Nacional (PAN, derecha), Felipe Calderón, en otra elección en la que hay evidencias (a muy pequeña escala, pero relevantes, dada la ínfima diferencia) de fraude. AMLO se autoproclama “presidente legítimo” y monta un acampe en la plaza del Zócalo que durará meses, desafiando el nuevo mandato de los conservadores. Candidato nuevamente en 2012, no puede evitar el retorno del PRI al poder con Enrique Peña Nieto, que lo derrota esta vez claramente. A este nuevo fracaso sobreviene un distanciamiento entre AMLO y el PRD, que desemboca en la creación del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), en 2014. 

Desde esa nueva plataforma, AMLO teje alianzas a izquierda y derecha, y se dedica a una campaña electoral anticipada que lo lleva en cuatro años a recorrer los 2.400 municipios de México y a lograr, 30 años después de la democratización del país, que la izquierda a la que se le arrebató el poder en aquella ocasión, lo alcance finalmente. Con un discurso centrado en la lucha contra la corrupción, con la promesa de que el éxito en limpiarla liberará recursos para un desarrollo con justicia social, AMLO recupera también el discurso nacionalista revolucionario que el PRI usó como prótesis hasta los años 80. Con el 53 por ciento de los votos, es el primer presidente desde 1988 en cruzar la barrera de la mayoría, condición que el Morena y sus contradictorios aliados tendrán en el Congreso. 

La ola de AMLO arrasó al PRI, reducido a un mísero 15 por ciento de los votos, empequeñeció a la derecha tradicional del PAN y deja en la oposición a los viejos compañeros del PRD que no han saltado hacia el Morena. Titánica como ha sido esa tarea, palidece frente al desafío del narcotráfico y frente a la hostilidad del gobierno de Donald Trump que amaga con devolver millones de emigrantes mexicanos a un país cuya economía los exilió. No exagera AMLO cuando habla de la necesidad de una “cuarta revolución”, pues lo que tiene por delante son obstáculos parangonables a los de los tres procesos anteriores a los que se refiere: la independencia nacional, las reformas liberales del siglo XIX y, obviamente, la Revolución Mexicana.