Por Martín Eula

Delpo, en el patio de su casa

 

Martín Eula |Periodista

 

Juan Martín del Potro regresa al US Open nueve años después de haberlo ganado con apenas 20 años. Sus grandes rivales y las sensaciones de un torneo muy especial para la Torre de Tandil. 

Musculosa y pantalón negros. Vincha y muñequeras amarillas. Medias blancas.  Zapatillas blancas y negras. Esos 1,98 metros despatarrados por el piso de un estadio que se rendía a sus pies. Cara de pibe de 20 años, cuerpo de gigante, un apellido apenas conocido y una derecha que se metía definitivamente en la historia del deporte argentino. Fue el lunes 14 de septiembre de 2009 cuando Juan Martín del Potro venció a Roger Federer en la final del US Open.

El tenis, ese deporte en el que jugás -según reconocen los propios tenistas- contra tu rival y contra vos mismo en una puja permanente, en el que el físico y la cabeza van aferrados de la mano, se sacudió con aquella batalla que duró cuatro horas y seis minutos. Sí, cuatro horas y seis minutos a palazo limpio contra el inigualable y distinguido reloj suizo que venía de ganar cinco veces seguidas el último Grand Slam del año. Pero el por entonces jovencito argentino superó a Pico Mónaco, a los austríacos Jürgen Melzer y Daniel Köllerer, al español Juan Carlos Ferrero, al croata Marin Cilic y al bestial Rafael Nadal (con un notable triple 6-2) para acceder a la definición, en la que se impuso por 3-6, 7-6, 4-6, 7-6 y 6-2.

 

Las lesiones y operaciones en sus muñecas cortaron la explosión de Delpo justo después de tocar el cielo deportivo con sus largos dedos. Pero el tipo está de vuelta y de hecho el año pasado volvió a vencer al gran Roger y sólo fue detenido por Nadal, quien lo derrotó en las semifinales.

Justamente, los problemas físicos también han impactado contra los cuatro grandes en distintos momentos de los últimos tiempos. La exigencia del calendario que ellos mismos critican y el inexorable paso de los años menguaron a Federer, Nadal, Novak Djokovic y Andy Murray. Ellos generaron un magnetismo que recorrió el planeta y popularizó todavía más a un deporte de naturaleza elitista. De no haber sido por lo que sufrió afuera de la cancha, Del Potro se hubiera metido a fondo y de manera constante en la lucha con ese póker estelar. Porque tiene jerarquía, golpes, tenis, destreza, perseverancia y mentalidad para hacerlo.

La victoria sobre el suizo en cuartos de final en 2017 sirve como ejemplo testimonial. Fue la mejor actuación del argentino en un torneo que se transformó en su torneo predilecto desde 2009. Porque no pudo jugar en 2010, 2014 y 2015, cayó en tercera ronda (con Gilles Simon) en 2011, perdió en octavos de final (ante Djokovic) en 2012, fue eliminado en segunda ronda (por  Lleyton Hewitt) en 2013 y no pasó de octavos (frente a Stan Wawrinka, luego campeón) en 2016. Sí, en las últimas dos ediciones lo eliminaron los que después levantaron la copa en el estadio Arthur Ashe. Ahí volverá Del Potro, a un lugar en el que se siente local no sólo por la siempre bulliciosa presencia de argentinos.

Los 37 años de Federer, los 32 de Nadal y los 31 de Djokovic y Murray ya abrieron el escenario a una nueva generación. Ellos elevaron la vara a la estratosfera aunque emergen un par de nombres con peso propio: el alemán Alexander Zverev y el austríaco Dominic Thiem. El desafío es permanecer, ni más ni menos. Competir con los mejores y sostenerse en un nivel de rendimiento en la máxima exigencia. Y los grandes torneos son el marco ideal para demostrarlo. De ninguna manera, claro, se puede obviar a Cilic, al búlgaro Grigor Dimitrov, al sudafricano Kevin Anderson (finalista el año pasado), al belga David Goffin y al estadounidense John Isner. Como así tampoco a ese pequeño luchador que es el argentino Diego Schwartzman. Todos, en definitiva, buscan esa zanahoria que es meterse entre quienes han dominado el tenis masculino por 15 años.

 VILAS ABRIÓ EL CAMINO

Escribió poesía. Leyó a Neruda, Vinicius de Moraes, Servan-Schreiber y Rimbaud. Escuchó el álbum completo Radio-Activity de Kraftwerk. Aislado, sin contacto con el mundo exterior, casi sin diálogo ni siquiera con el rumano Ion Tiriac, por entonces su coach, y con un entrenamiento a conciencia.

Guillermo Vilas llevaba 35 victorias seguidas sobre polvo de ladrillo y así se preparó para lo que fue el último US Open que se jugó sobre esa superficie, la edición 1977 (desde el año siguiente, el torneo pasó a las pistas duras de Flushing Meadows). Y ahí, Willy saltó un nuevo peldaño de esa cadena que lo llevó a ser el número uno del mundo aunque el ranking dijera lo contrario. 

"Al igual que antes de ganar Roland Garros, me aislé. El objetivo era conseguir mi segundo Grand Slam y no me aparté de esta meta en ningún momento", recordó el marplatense en septiembre pasado, en una entrevista con el sitio de la ATP World Tour, cuando se cumplieron 40 años de aquella epopeya: fue el primer argentino en conquistar un torneo semejante.

Los españoles Manuel Santana y José Higueras, el sudafricano Raymond Moore y los estadounidenses Gene Mayer, Víctor Amaya y Harold Solomon fueron víctimas de aquella preparación. Hasta llegar a la finalísima con el enorme Jimmy Connors. "En todas las rondas pude tener el dominio y sólo pensaba en llegar al segundo domingo", explicó Vilas, quien no cedió sets hasta la semifinal con Solomon. "No quería desgastarme mucho con el fin de guardar energías para la definición con Jimbo".

"El día previo me sentía muy nervioso porque no estaba convencido de la táctica para enfrentar a Connors. De hecho, la noche previa apenas pude dormir un par de horas. Yo tenía una idea sobre cómo jugar y Tiriac pensaba otra. Durante el partido, me gritó: 'Si seguís así, vas a perder. Cambiá ya'. Ahí entendí que tenía razón, obedecí y se abrió el partido".

Tanto se abrió, que ganó 2-6, 6-3, 7-6 y 6-0.

"Cuando terminó, corrí a saludar a Jimbo y entró mucha gente a la cancha. Al último punto lo recuerdo como algo nebuloso porque no fue del todo normal". Lo claro es que el gran Willy allanó un camino que más adelante siguieron otros compatriotas.

Por eso es tan valioso aquel logro de Del Potro con apenas 20 años y por eso, también, se repite el lamento por esas lesiones que lo detuvieron de manera tan inoportuna.

Tanto en 2016 como en 2017, luego de ser vencido por los campeones, dejó el Arthur Ashe ovacionado por casi 24 mil personas, que de pie se rompieron las manos para despedirlo. "Siempre ha sido realmente muy lindo para mí jugar en ese estadio. Tengo montones de sensaciones cuando camino por los pasillos, al cruzarme con los fanáticos, cuando veo tantas caras conocidas, y de veras que es un torneo que disfruto muchísimo cada año. Lo mejor es recuperar sensaciones que me acercan al 2009, cuando gané el campeonato", dice y recuerda el propio Juan Martín.

Ya con casi 30 años, hecho un hombre, la Torre de Tandil posee un magnetismo muy particular que se potenció definitivamente puertas adentro de la siempre examinadora Argentina cuando fue medallista olímpico en Londres y Río de Janeiro y, más que nada, cuando comandó al equipo que levantó la ansiada Copa Davis en 2016, esa “Ensaladera de Plata” tan esquiva.

Por eso, su figura es una tentación para distintas marcas nacionales, su vida íntima se socializó con su relación con Jimena Barón, sus habituales presencias en la Bombonera generan un imán especial y sus partidos levantan el rating de ESPN y los clics en los portales deportivos: muchos de sus encuentros postergan, de hecho, alguna noticia referida a River o a Boca, los máximos polos de atracción en el deporte nacional.

El US Open es un torneo especial para los argentinos en singles: Guillermo Vilas fue camepón en 1977; Gabriela Sabatini, en 1990 y Del Potro, hace nueve años. Y ahí está Delpo, listo para ingresar a un lugar que es como el patio de su casa pero se ubica en el parque Flushing Meadows, en Queens, Nueva York.

 

BELLEZA, GABY

 "Fue el día más emocionante de mi carrera".

Fue el sábado 8 de septiembre de 1990 en Nueva York, una ciudad en la que disfrutaba caminar, ser una más en sus calles y sentir el calor de miles de latinos que la apoyaban. Una pelota picó sobre la línea, levantó los brazos, saludó a la alemana Steffi Graf y corrió para abrazarse con su hermano Osvaldo y su coach Carlos Kirmayr. Gabriela Sabatini ganaba el US Open, ni más ni menos, el único título femenino para el tenis argentino en Grand Slam.

Gaby hizo un campeonato fantástico sacándose de encima a la estadounidense Kathy Jordan, a la francesa Isabelle Demongeot, a la belga Sabine Appelmans, a la checa Helena Suková, a la soviética Leila Meskhi y a la estadounidense Mary Joe Fernández. Es cierto que se le abrió el cuadro con las caídas de Martina Navratilova y Monica Seles, tanto como que desplegó un tenis que sedujo por su prestancia no exenta de potencia. "Cuando le gané a Mary Joe me di cuenta de que podía ser  campeona, me concentré en conseguirlo y por suerte pude lograrlo ante una gran rival", recuerda.

Mantuvo disciplina y rigor durante las dos semanas de competencia con cenas en algún restaurante italiano y entradas en calor, previas a los partidos, con fútbol-tenis y unos llamativos pantalones multicolores que, por supuesto, dejaba en el vestuario a la hora de entrar a jugar. Y desde su retiro en 1996 no volvió a ver aquella victoria por 6-4 y 7-6 ante esa germana que era su sombra negra. Eso no significa que haya olvidado algo de lo que ocurrió aquella tarde gloriosa.

Hoy el circuito femenino de tenis no tiene figuras tan convocantes a excepción de las volátiles hermanas Williams. La última edición la ganó la estadounidense Sloane Stephens, muy lejos de generar lo que generaban Sabatini y todas aquellas grandes jugadoras. Esa Sabatini que es la única sudamericana en haber logrado el Abierto de Estados Unidos.