Por Matías Cerutti

Arata, jardín de Gente

Al noreste de la provincia de La Pampa, este árido y generoso pueblo nos invita a conocer su vergel de personajes que conviven en la diversidad.

 

 

Matías Cerutti | Viajero, cronista y narrador

 

Arata se encuentra a 100 km hacia el norte de Santa Rosa de La Pampa, a 12 km al oeste de la Ruta Nacional 35.  Como la mayoría de los pueblos de esta zona, Arata nació el día en que fue inaugurada la estación de tren, pero no llevaba ese nombre.  Esta estación se llamaba Nahincó, que significa “agua retirada”, haciendo referencia a la dificultad de conseguir el líquido elemento en la zona.  Dado que más al sur, en el departamento de Toay existía una localidad llamada Naicó, para evitar confusiones, unos meses más tarde se cambió el nombre por el de Arata, en homenaje a Pedro Narciso Arata, célebre químico argentino (1849-1922), que además de otros antecedentes, fue autor de obras científicas y profesor honorario de la Facultad de Medicina de Buenos Aires.  Paradójicamente, el Dr Arata era recordado por haber conseguido agua potable en la facultad de agronomía de la Universidad de Buenos Aires, donde fue por muchos años el rector. Ahora, esta zona antes conocida por su falta de agua lleva el nombre de alguien que supo conseguirla.

 

 Maruca

María Teresa de Aurelli de Norverto está parada delante de la biblioteca que acaba de regar; como hace todos los días desde hace cuántos años. Como hace también con el museo y la historia.

Tiene unas ganas bárbaras la Maruca; tiene una cruz en el medio y unos ojos que se comen el olvido a mordiscones.  Tiene un libro en el museo que se parece al Aleph,  desde el cual se puede acceder a cada rincón de cada instante del desenmarañado universo aratense.  

Maruca tiene muy claro eso de que hay que regar todos los días. Como una ofrenda. Como un oxímoron.   En esta tierra de aguas lejanas se riega, se hidrata artificialmente el estímulo por la vida.  Aunque sea un riego de agua seca.  Para placebo de las musas, se riega.

Tuvo cinco hijos y siempre estuvo participando en la cultura, la política y la educación de su pueblo.  Ella asegura que simplemente trató de acompañar a su marido, Edgardo, en las actividades que él emprendía.  Pero no es difícil darse cuenta que es mucho más que una buena compañera;  Maruca es una gestora, una precursora de las mujeres activas del siglo XXI.

Siente gran admiración y agradecimiento por Angel Norverto Tellez de Meneses, quien fuera director de la escuela, que ahora lleva su nombre, y  fundador de otro pueblo pampeano, Carro Quemado.

Maruca tiene un montón de información sobre el reconocido artista plástico Sergio Grass.  Abre un libro en el que Sergio recuerda el sepia del cielo pampeano y los primeros oleos cosechados en Arata.  Hay un poema en el que Sergio, ya siendo un reconocido pintor Naif, regresa a las flores de su infancia para observar a las mujeres que, en una de esas ocasionales y venturosas  noches con episodios pluviales, salen, en camisón,  a verificar que el agua del techo desemboque en el aljibe, para darse el lujo de gastarla en humedecer una plantita. Porque este árido pueblito de La Pampa, dice Sergio Grass en su homenaje, “tuvo siempre una flor”.

 

El pintor de las cosas simples

Sergio Grass nació en Arata y vivió en este pueblo hasta la edad de comenzar el colegio secundario.  Estudio en Buenos Aires y comenzó una carrera como actor de teatro, hasta que a los 40 años una exposición de Van Gogh lo conmovió tanto que decidió dedicarse a la pintura. Descubrió su estilo en el  arte primitivo modero, y a pesar de no volver a vivir nunca más a La Pampa, en cada uno de sus lienzos  hay un continuo retorno a esa infancia de campo, a esos cielos  sobre las estaciones de tren, a  los árboles y  las flores, que nunca faltaron en Arata. 

 

El pollo y el gallego

El  antónimo  Arata  no trajo solución inmediata  a la cuestión hídrica, pero sí pareciera que ejerció influencia en el estímulo para la actividad agroganadera de la zona. Las vacas y el monocultivo se encargaron de consolidar el paisaje  monocorde del paraje Nahincó.  Sin embargo, así como las señoras que  rememoraba Grass se encargan de que no faltaran flores, y las mujeres como Maruca dedican energía y entusiasmo a las instituciones de su pueblo, en Arata se riega la convivencia, la tolerancia y la concordia; lo que aflora es la diversidad y el respeto.

Después de una larga charla con Maruca, la visita al museo, la casa de la cultura y la biblioteca popular, fui a verlo a Javier Jaime, el pollo. Al Pollo me lo presentó Kike, el gallego, cuando vio que me andaba haciendo falta un corte de cabello.  El Pollo tiene su peluquería y gran parte de su anecdotario en Arata.  Historia brava la del pollo. Si Maruca representa el compromiso, la responsabilidad y la constancia, el pollo es su antítesis. Aficionado a consumir todo tipo de estupefacientes y bebidas alcohólicas, paseó por varios centros de rehabilitación y tuvo sus períodos lejos de Arata. Ahora, mientras acomoda mi cabeza buscando el ángulo apropiado frente a los espejos, me cuenta que en otras épocas dentro de esa peluquería pasaban cosas que mejor ni imaginarse, pero que  ahora sabe que hay un Dios. 

El gallego escucha, y le gusta ver a su amigo en estas condiciones.  Lo ha visto años atrás en un estado calamitoso abandonando el pueblo para buscar rehabilitarse.  Pero Kike, el gallego, no comparte las ideas religiosas de su amigo.  Kike tiene tatuado en la espalda una versión personal del escudo de Arata.  Ahora vive en Santa Rosa y es cantante de una banda punk llamada Moloko.  “humanos fabricados en la iglesia de dios, reprimidos violentados hasta la sumisión”, grita en uno de sus temas. Así como Maruca admiraba la labor pedagógica de don Angel Norberto, el gallego siente fascinación por los movimientos anarquistas pampeanos de los años ’20 y siente rabia al mencionar que en este pueblo se reprimió y  asesinó a los estibadores Sanchez y Farías en febrero de 1923.

El pollo y el gallego intercambian opiniones.  Son posturas muy difíciles de consensuar.  Un abismo separa sus concepciones de iglesia, Dios y libertad.  Hablan también de Carancho y Cacique, dos vecinos poetas que también desprenden sus pensamientos y experiencias desde el folclore y la rima gauchesca.  Esta vuelta no tendré tiempo de conocerlos, pero me resultan una muy buena excusa para volver a Arata; lugar de aguas lejanas, que mantiene fresco y  surtido su jardín de gente.