Por Julián Capria

Jujuy, una conmovedora aventura argentina

 

Por Julián Capria

  

El gran Éxodo del 23 de agosto de 1812 lo consagró como uno de los pueblos que más ofrendó a la Independencia. En sus maravillosos y célebres paisajes, se guarecen viejos desafíos humanos.

 

 

El paisaje de Jujuy tiene las formas, los colores, los rastros antiguos, la magnitud y el enigma necesario para sostener un inmenso poder de atracción que lo sitúa como objetivo de la inquietud de miradas de todas partes del mundo.

De tanto en tanto hay nuevos testimonios de ese imán, como la reciente consideración de la revista internacional NatGeo que lo plantó en un ranking como el segundo sitio del mundo más necesario de visitar en 2018.

La gran postal es la Quebrada de Humahuaca y ampara un rincón del hombre que tiene enterrada su raíz en los siglos. Fue declarada en 2003 por la Unesco como Patrimonio natural y cultural de la Humanidad.

Y no se trata sólo de la fascinación pintada que provocan los cerros o de la maravillosa huella de su gente habitando el viejo hogar de piedra, sino de una conexión especial que ese paisaje parece tener con el cosmos.

Es una sensación que de noche se puede volver una revelación muy clara cuando la luz blanda y blanca de la luna se derrama sobre la superficie de la Puna, y el titilar cercano de las estrellas que parecen formar parte del vecindario.

Muchos ojos, millones, han visto el paisaje de Jujuy. Y consta en las memorias de los viajeros argentinos como uno de los tesoros más preciados de nuestros horizontes posibles.

Pero la provincia además es una diversidad de escenarios en el que también caben la inmensidad blanca de las salinas o la verde de la yunga.

Allí, habitando los distintos paisajes está su gente, formando parte de la construcción y la identidad argentina y latinoamericana, que tienen ambas la misma raíz y el mismo sentido y horizonte.

Jujuy es una aventura humana y argentina que conmueve

 

El viejo silencio 

La noche del 23 de agosto de 1812 unos tres mil jujeños abandonaron sus casas y sus calles, prendieron fuego a todo lo que pudiera servir a los españoles y marcharon hacia más adentro de la patria. Entonces, comenzó a quedar trazado el norte argentino...

Jujuy es uno de los pueblos que más ha ofrendado su corazón y su sangre en la causa de la independencia. Tal vez eso aún no fue lo suficientemente reconocido por el resto de los compatriotas.

Es ese pueblo de gesto antiguo. De las piedras altas y de las casas sencillas salen esas caras de cobrizo milenario, forjado por la pertenencia a la tierra y bajo el azote del viento, el calor y el frío y dejan marcas en las pieles donde se escribe la hondura del ayer y se grita el sol del porvenir.

“¿A usted no le gustaría despertarse cada día aquí, con estos cerros?”, nos decía una pastora hace unos años luego de que acababa de cruzar sus cabras y sus ovejas por el asfalto de la ruta panamericana que atraviesa la Puna, en cercanías de la hermosa Purmamarca.

Con ella iba su pequeño nieto que llevaba puesta la camiseta de Boca, y no se preguntaba demasiado la razón. “¿Por qué no?”, decía.

Los chicos de la Puna: tienen pocas palabras y una mirada esquiva, pero cuando miran a los ojos hay algo profundo que proyecta un viejo poder y un viejo misterio.

A veces también los grandes. A propósito, alguna vez, un talabartero de Tilcara se quejaba de cómo se iban modificando las viejas tradiciones. “Entonces, ¿qué hace muchas veces el pueblo para defender su cultura? Se esconde o no quiere hablar y sólo sonríe. No porque sean malos o cerrados, sino porque sus cosas luego se usan mal”.

La quebrada de Humahuaca y la Puna son el escenario señalado para las celebraciones del carnaval como mayor intensidad y profundidad cultural, que más allá de ser un espectáculo para los visitantes, forma parte de lo más esencial de la vida de la gente del lugar.

Entre sus secretos, la Puna guarda el único lugar del país donde es posible encontrar una corrida de toros y un torero: Casabindo. Todos los 15 de agosto se realiza allí una corrida a la que asisten miles de visitantes, muchos de ellos extranjeros.

A veces el torero sale herido, pero el toro no. “Lo primero es sacarle la vincha al toro, y para ello se tienen entre cinco y siete minutos. Pero no hay que tocar al toro ni agarrarlo de las astas”, nos contaba Daniel Aparicio Cusi, quien fuera un repetido campeón y que antes de largarse al ruedo le pidió, promesa mediante,  nueve años de protección a la Virgen de la Asunción de los Cielos.

 

Diversidad de desafíos

Hay historias y desafíos diferentes en otras partes de la bota jujeña .Por ejemplo, en la punta, en la zona de la yunga (“vegetación del cielo”) hay viejas relatos que tienen que ver con la cosecha de la caña de azúcar. En Calilegua, algunos recuerdan aun cuando la zabra se hacía con machete, caña por caña y con ayuda de bueyes. “Cuando llegaron las vacas, igual que a los trabajadores jubilados, a los bueyes los dejaron pastar hasta morir”, se recordaba hace un tiempo.

Calilegua y la contigua Libertador General San Martín fueron escenario de la tristemente célebre “Noche del apagón”. En julio de 1976 se secuestraron unas 400 personas por las tropas oscuras de la dictadura, y muchos de ellos permanecen aún desaparecidos.

Mientras, en un rincón de la suela de la bota jujeña, en Palpalá, durante décadas se guarecieron los sueños grandes de un país de acero.

“Aquí entraban cada día como ocho mil personas que venían de toda la provincia e incluso de Bolivia a trabajar en la fábrica”, contaba un operario de las épocas de esplendor. Esa fábrica era nada menos que los Altos Hornos Zapla.

Entre tanto, en San Salvador, late el corazón jujeño en su marco histórico, político y urbano.

De aquellos tiempos de la épica del Éxodo quedan tesoros simbólicos. Entre ellos, dos Banderas y el sentido rastro de Manuel Belgrano: una original rescatada de Ayohuma, y también la Primera Bandera civil, también creada por el prócer. De alguna manera están allí para cuidar a un pueblo que ha sabido cuidarlas.