Por Ramón Becco

Plebeyos y elegantes en el largo camino del carnaval porteño

 

 

Aunque la página oficial de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dice que el primer corso porteño se hizo en el año 1869, parece que la celebración venía desde mucho tiempo antes.

 

Por Ramón Becco | Cronista de historias y leyendas populares

 

Un joven de 28 años, llamado  Juan Bautista Alberdi,  allá por el año 1838 escribió en la revista La Moda que por ese entonces el carnaval era una “costumbre antiquísima.” El futuro redactor de la Constitución Nacional si bien no dejó constancia de lo que hoy nadie acierta en encontrar: ¿cuál fue la verdadera fecha de nacimiento del carnaval porteño?

Sin entrar en disquisiciones para saber qué podía ser antiquísimo para Alberdi bien podemos conjeturar que dada las características del juego con agua, los disfraces, el endemoniado baile y los “permitidos” erótico-afectivos, la cosa en Buenos Aires venía de cuando llegaron los españoles.

Traficando fechas los europeos tenían el carnaval en la primavera, pero siguiendo el calendario católico, aquí se convirtió en el fin del verano. Los gauchos seguramente se sumaron al festejo, puede ser que ellos aportaran el juego de mojar, ya que antes de las bombitas de agua se utilizaban las vejigas de animales, que llenas de agua u otros líquidos se convertían en el “vejigazo.” Los esclavos negros le dieron la impronta del baile y candombe y la igualación de clases por unos escasos 4 días  fue una costumbre que los griegos, egipcios y romanos alentaron, imponiendo desde hace más de 2000 años el todo vale carnavalesco.

Pero dejemos que nos lo cuente el propio Alberdi. Osado para la época describió los juegos de mojar al señor o a la doncella.   “Podemos estrellar un huevo –decía Alberdi- relleno de lo que nos de la gana, sobre la frente más dorada, sobre las niñas de los más bellos ojos, sobre la nieve del más casto seno.”

Y como para cubrirse de la picaresca sin ponerse colorado, el joven Alberdi, que por ese entonces se escondía bajo el seudónimo de Figarillo, escribió que la idea de mojar en carnaval venía de “las tradiciones de los liberales abuelos.”

Camino a convertirse en el principal legislador nativo, Juan Bautista pontificaba que “las costumbres son las leyes de leyes” y en la misma nota de la revista La Moda decía indulgente que los huevazos o vejigazos  no podían afectar la moral y las buenas costumbres, total, decía: “¿que se pierde con que las chicas tengan tres días de confianza con los mozos, después del año que se están mirando sin tocarse, como si fueran alfeñiques?”

El permitido, la transgresión que habilita el carnaval  es a fin de cuentas el núcleo central de la celebración.

Y es así que la historia pagana del carnaval resistió a casi todos los intentos de encorsetarla, tanto que el catolicismo romano hizo una adaptación que llega hasta nuestros días.

Le guste a quien le guste, la vida de los ricos y los pobres, durante el carnaval,  se pone patas para arriba. Es una revolución controlada, nunca exenta de revanchas menores y fundamentalmente de libre circulación de los deseos más escondidos.

En el Siglo XX, bajo los gobiernos conservadores sufrió recortes y prohibiciones que se revierten con los movimientos populares. Las dictaduras militares intentaron cercarlo levantando los feriados, pero ni así pudieron vencerlo.

Atrincherado en el barrio cuando viene la mala, no abandona el territorio y, por las dudas, se multiplica en decenas de corsos como una guerra de guerrillas cultural que ataca con colores y bombos, denunciando los pesares  del año que pasó.

Este año de 2018, aunque el carnaval  se celebra los días 12 y 13 de febrero, los corsos porteños se multiplican durante todo el mes, cortando el tránsito en las principales avenidas porteñas.

Las murgas porteñas, tras largos años de pelea, no sólo contribuyeron a recuperar los feriados negados por los dictadores sino que lograron que los corsos y las murgas tuvieran apoyo del gobierno autónomo de la Ciudad. Concursos y talleres de formación se  multiplican durante todo el año por los barrios porteños en escuelas, clubes y plazas que retumban al son del bombo con platillo, ícono del carnaval de Buenos Aires.

Cada año el carnaval permite el lucimiento de más de 100 murgas, consideradas, desde hace años como Patrimonio Cultural de la Ciudad y desfilan en aproximadamente 30 corsos.

Los nombres llaman al debate y la sonrisa. Están los que dan cuenta de la geografía del barrio como  “Gambeteando al alambrado,” los que reivindican algún héroe barrial como “Los goyeneches de Saavedra” o los que resumen su destreza dando cuenta  que están “Acalambrados de las Patas.”

Los Arlequines de la R (por  Belgrano R) se cruzan solidariamente con Chiflados, Desfachatados, Lunáticos, Descontrolados o Viciosos de los suburbios o del centro.

Plebeyos o Elegantes, nombres que se replican dan cuenta cabal de las identidades que afloran  en carnaval. Expresión de los pobres que ratifican su pertenencia poco aristocrática, luciendo brillosas levitas y exageradas galeras ridiculizando elegancias de patrones y señoronas, siempre con guantes blancos que dibujan en el aire, los giros endemoniados de los pasos murgueros.