Por Alejandro Mareco

Vacaciones, la otra manera de vivir

La idea de un tiempo placentero, distendido y lento regresa con cada verano. La palabra vacaciones suena como tocada por una varita, aunque se trata de un concepto que tiene una larga historia cultural y social.

 

 

Por Alejandro Mareco | Periodista

 

Andar liviano de ropas, con los pies sin aprietos y la piel, casi toda la piel, al aire. Atravesar los días con el tiempo laxo, sin apremios ni apuros; con los minutos largos para demorar los sabores en la boca, para jugar al juego que más nos gusta, para disfrutar de los afectos con la risa y las caricias fáciles. Y dejarse estar sin pensamientos, con los pies en el agua o tendidos bajo el sol, con la mirada perdida en el horizonte infinito que queda más allá del mar, o sobre el cielo que está del otro lado de las montañas.

Sí, hay otra manera posible de vivir: las vacaciones.

La palabra “vacaciones” es de esas que suenan como tocadas por una varita: es la idea misma de un tiempo placentero, distendido, lento y en reposo, algo así como lo contrario de la forma en la que sobrellevamos la larga rutina de un año: tensos, concentrados, apurados y agotados.

“Necesito unas vacaciones”, dice una frase que tantos repetimos tantas veces al año cuando el aliento ardoroso de los días nos dejan sin aliento. La invocación es por unos generosos momentos de plenitud, libres de presión y de opresión.

Pero no sólo se trata de un período de descanso para el alma y el cuerpo, es decir, de estar tirado sin hacer nada, entregados al “dolce far niente” (dulce hacer nada), en posición horizontal y con el cerebro desconectado.

El otro condimento al que va indisolublemente la idea de vacaciones es el viaje, es decir, estar a distancia del escenario habitual, en otra parte y en medio de un paisaje inspirador, cambiando por completo la lógica y el sentido de la rutina.

Ni estar tirado sin hacer nada ni viajar para hacer esto o aquello como nociones separadas hacen a la idea de vacaciones. En el imaginario general, y como para muchos argentinos cansados del trajín, se  necesita de ambas cosas para construir la ilusión de otra manera de vivir.

Mientras tanto, como siempre sucede, las cosas que sentimos como tan naturalmente parte de nuestras vidas, de nuestras necesidades y de nuestros modos de satisfacerlas, las vacaciones tienen una historia cultural y también una social.

 

Primeros veraneos 

Un dato de referencia del principio de esta historia lo ubica al emperador Adriano, en la Roma del siglo II. El hombre del gran poder de entonces no sólo se hizo una villa de descanso en Tivolli, sino que los caminos de uso comercial que mandó a construir para unir la capital del Imperio con Galia, hoy España, comenzarían a ser usado por familias patricias y funcionarios que en los veranos empezaron con la costumbre de escapar hacia las playas. El agobiante calor de Roma y la presencia de mosquitos que contagiaban la malaria y otras enfermedades, cuentan, fungieron como estímulos para la incipiente costumbre del “veraneo”.

Esas rutas quedaron en desuso en la Edad media, pero las vacaciones harían su propio camino al andar. Durante mucho tiempo serían una prerrogativa de los sectores más altos de la sociedad. En el siglo 19, por ejemplo, los aristócratas franceses salían de sus fastuosas residencias de París con rumbo a las playas del norte, en la región de Champagne. En su larga caravana de carruajes, llevaban un plantel de sirvientes, más caballos, mascotas e incluso al médico de la familia.

De una modo similar llegaban las familias de la oligarquía porteña cuando se trasladaban a las sierras de Córdoba dispuestas a pasar los tres meses del verano en hoteles como el Edén, en La Falda, y el Sierras, en Alta Gracia: O al Hotel Bristol, si iban a las playas de Mar del Plata. La diferencia es que llegaban en el ya vigente ferrocarril, desde los finales del siglo 19.

El tren fue el medio de transporte que con su capacidad de derrotar las distancias trasladando a gentíos completos. Entonces, la posibilidad de viajar comenzó a ampliarse para otros sectores de la sociedad, sobre todo la clase media.

Es decir, apareció en la escena la posibilidad del turismo como fenómeno masivo. La tecnología nueva lo hacía posible, y todo se pronunciaría aún más con la irrupción del automóvil, ya en el albor del siglo 20. Con él, la fiebre de abrir caminos de fácil tránsito, incluso asfaltados, avanzaba en todas las direcciones, incluso hasta el mar o al corazón de la montaña.

A finales del siglo 19, en Europa comenzaron a aparecer las guías de viajes, de algún modo un comprobante de la presencia de un nuevo hábito que luego asumiría la definición de “industria sin chimeneas”, por el inmenso movimiento de dinero que era capaz de generar, y de entregar a los sitios señalados como destino.

La famosa Guía Michelín, que comenzó a ser distribuida en forma gratuita con el comienzo del siglo 20 _exactamente en 1900_, estaba totalmente emparentada con el automóvil y la posibilidad de emprender viaje. De ese modo, alentaba a los automovilistas a viajar y a gastar gomas.

En nuestro país, jugarían un papel importante en la promoción del auto y de los viajes la tarea de asociaciones civiles como el Automóvil Club Argentino y el Touring Club.

El próximo salto vendrá cuando en las legislaciones laborales empiezan a reconocerse el derecho de las vacaciones pagas y se alientan a los trabajadores a viajar. Pasa en algunos países de Europa luego de la primera gran guerra del siglo 20, pero el turismo recién se afirmaría después de la segunda guerra.

 

 

Cantando, los argentinos se conocen a sí mismos  

En enero de 1961, en la calle principal de Cosquín, la misma que también era la ruta que atravesaba el valle de Punilla con rumbo hacia el norte del país, se levantó un muro. Pero esta vez, no había sido hecho para separar sino para reunir.

Es que éste tenía como misión hacer que amenguaran la marcha los viajeros que pasaban rápidamente por la ciudad todavía temerosos de respirar aire impregnado de tuberculosis, puesto que durante medio siglo el lugar había sido el destino de cientos, quizá miles de enfermos. Llegaban portando el temible mal en soledad, y en busca de lo que se consideraba el bienhechor aire serrano.

Con ese muro, Cosquín, que aspiraba a un destino nuevo, no sólo quería disipar los viejos fantasmas sino también que invitaba al país a cantar. Así nacía el Festival Nacional de Folklore, que se convertiría en un lugar de encuentro nacional: argentinos provenientes de todas las provincias mostraron sus músicas regionales y conocieron la de los demás.

Los grandes festivales de cultura argentina que tuvieron como escenario a Córdoba, vendrían montados en ese auge de la sed de miles de argentinos de pasar sus vacaciones en el bello paisaje del corazón geográfico nacional.

Representaron una manera de conocerse entre sí de los habitantes de las distintas provincias, y no sólo en cuanto a la música y a los versos que daban cuenta de los modos de vivir en los diferentes paisajes, sino también personalmente. Es decir, por primera vez, un salteño podría mirarse a los ojos con un sanjuanino, y encuentros así.

Esto es lo que también venía sucediendo desde hacía unos años a partir de los nuevos caminos y rutas, de los autos y los costos más accesibles para viajar y del turismo social, a través del  cual miles de trabajadores se reunían con otros en una de las colonias que hacían posible unas bien baratas vacaciones.

Fue así, en esos lugares donde se almorzaban tres platos y postre, con espacios para el deporte y la recreación, que argentinos de distintas procedencias comenzaron a verse las caras.

 

 

La conquista de las vacaciones 

En Argentina, el 23 de enero de 1945, a través de un decreto de la Secretaría de Trabajo y Previsión de la Nación, a cargo del entonces coronel Juan Perón estableció el derecho de los trabajadores a gozar de un período de vacaciones pagas. A partir de entonces, y mediante un programa oficial del peronismo de acceso al turismo social, multitudes de argentinos comenzaron a desplazarse por el país cuando llegaba la estación señalada: el verano.

“Para los trabajadores se trató de una reivindicación muy importante, hay un proceso de conquista de las vacaciones como un bien anhelado por la sociedad al igual que la adquisición de la casa propia”, afirma Elisa Pastoriza, en su libro “La conquista de las vacaciones”.

De algún modo, el concepto de “veraneo” sostenidos por las familias adineradas que podían trasladarse hacia un centro de recreación natural y demorarse los tres meses de la estación, cambiaba por el de vacaciones.

Las nuevas multitudes en vacaciones se dirigen a los mismos centros que ya tenían una infraestructura lista, y contribuyen a desarrollarla aún más, como pasa con Mar del Plata y lugares de las sierras de Córdoba. Las colonias de vacaciones de los gremios se multiplican, para el encuentro de trabajadores venidos de todas partes que así comenzaban a conocer el país.

De alguna manera, esa nueva presencia social en los centros de veraneo también se haría parte de la grieta de entonces, acaso la grieta de siempre.

 

“Habría que analizar hasta donde todo el odio que la oligarquía le tenía a Perón se debía a las leyes y disposiciones en favor de los trabajadores o, pura y simplemente, a que les llenó Mar del Plata de ‘grasas’ y ‘cabecitas negras’. Además, los sindicatos empezaron a comprar hoteles, los hoteles de la oligarquía, nada menos: así, por ejemplo, el Hurlingham fue adquirido por la Confederación de Empleados de Comercio (…) Era el acabose”. Lo dice Norberto Galasso en el “Perón, formación, ascenso y caída (1893-1955)”.

Sí, el sencillo acto de armar los bolsos y salir a disfrutar de unos venturosos días de verano, están impregnados de una historia cultural y social. Como el acto mismo de tomar sol a destajo para luego poder lucir cuerpos con la piel con el color del bronce.

Si uno se fija en las fotos de las veraneantes de hace un siglo, las verán excesivamente cubiertas de ropa para el propósito de refrescarse en la playa. No sólo se trataba de los mandatos morales que ordenaban cubrir el cuerpo, sino también con el prejuicio de que una piel bronceada se identificaba con aquellos que atravesaban sus jornadas de trabajo al sol, es decir, que eran campesinos o tenían oficios al aire libre.

Vestidos o desvestidos, las vacaciones son al fin otra manera de vivir, otra manera de reír. Lo sabemos todos los que alguna vez nos hemos asomado a esos días de minutos largos.