Por Dante Leguizamón

Cromañón. La tumba del rock

 
La tragedia de Cromañón dejó 194 muertos y todavía, 13 años después, sus víctimas esperan Justicia. Una trama de desidia, tragedia, heroísmo y… ¿Justicia?

 

Por Dante Leguizamón | Periodista, Córdoba 

 

El día 30 de diciembre de 2004 la banda de rock Callejeros cerraba una serie de tres recitales en República Cromañón, un local ubicado en la calle Bartolomé Mitre 3058 de once, en la ciudad de Buenos Aires. Por entonces había pocos lugares en la ciudad de Buenos Aires habilitados para recibir a tanta gente. Cromañón permitía el ingreso de unos 1500, aunque dicen que ese día no había menos de 3000.

El control de acceso era responsabilidad de los integrantes de la banda. Los asistentes eran revisados y cacheados. Inspeccionaban ropa, zapatillas, carteras, bolsos, riñoneras. El objetivo era evitar que ingresaran con pirotecnia, pero muchos podían pasar sin control.

Cromañón pertenecía a un histórico de la noche porteña, el empresario Omar Emir  Chabán. La organización del recital estuvo a cargo de Chabán y los miembros del grupo incluido su manager, Diego Marcelo Argañaraz.

Chabán los había apoyado desde sus inicios y la banda había realizado varias presentaciones en Cemento, otro local explotado por él. Todos sabían que en el lugar no había control. La banda tenía a su cargo la impresión y venta de las entradas, el control de la recaudación, la contratación del personal de seguridad y la publicidad; Chabán decidía cuándo se abrían las puertas y en qué forma ingresaría el público. También era responsable de las condiciones de seguridad.

Las ganancias eran repartidas en un 70 por ciento para Callejeros y un 30 para Chabán, que tenía como encargado del lugar a Raúl Alcides Villarreal.

Esa noche, minutos después de las 22:30, Chabán se acercó a la cabina de sonido y a los insultos se dirigió al público diciendo que había en el lugar más de 6.000 personas, que no había ventilación y que, si se producía un incendio, iban a morir todos.

 

 

La tragedia

Cerca de las 22.50 Callejeros subió al escenario. El cantante, Patricio Santos Fontanet tomó el micrófono y le dijo al público que le hicieran caso a Chabán y no tiraran bengalas porque podían “morir todos”. En un video que puede verse en Internet,  Fontanet, pregunta:

-¡¿Se van a portar bien?!

El público le responde que sí. Fontanet vuelve a preguntar y empieza el primer tema. También las primeras bengalas y la pirotecnia. Mientras Callejeros sigue tocando, la media sombra del techo comienza a arder. El fuego avanza y algunas brasas caen mientras empieza a verse un humo espeso y tóxico. La media sombra se convierte en una lluvia de fuego. Aunque no lo saben, la tragedia está por comenzar justo en el momento en que en el video se ve al saxofonista advirtiendo lo que ocurre hace que la banda deje de tocar. En la investigación judicial que cimentó el juicio se especificó que la mayoría de las puertas de egreso estaban cerradas. Lo mismo ocurría con la salida alternativa de emergencia. Así comenzaron a generarse amontonamientos y avalanchas que dificultaron la evacuación. Todo se complicó porque instantes después de comenzado el incendio se cortó la luz.

 

 

 

Relatos

“La gente gritaba: `Loco, mañana es Año Nuevo’, ‘Yo quiero salir’, ‘Tengo un hijo’, ‘Mamá ayudame’”, cuenta Mauge, una chica que tenía 16 años aquel día. Su testimonio forma parte del libro “Generación Cromagnón”, excelente reconstrucción realizada por el sitio LaVaca.Org.   [Libro completo para descargar]

Es sólo uno de los relatos de aquella noche donde queda en evidencia la impresión de muchos de que lograron sobrevivir dejando a otros detrás o, literalmente, pisando los cuerpos de los que no tenían fuerzas para escapar.

En el mismo libro se encuentra el relato de Sonia que estaba en el sector vip. Desde ese lugar llamó por celular a su madre: “’Nos estamos quemando, te quiero un montón’, le dije. Pero no entendía nada y me decía: ‘Salí, salí’”.

Sonia cuenta cómo logró sobrevivir: “Yo era una de las muertas. Me quise tirar por la baranda, pero nunca llegué. Me desmayé. El que me sacó a mí se llama Roberto, un chico de más de 40 años que salía de trabajar, pasaba por ahí y se puso a ayudar”.

Muchos chicos cuentan que la única manera de salir fue sumarse a una especie de avalancha humana. Mientras caminaban sentían las manos de los que habían caído y pedían ayuda. Además de las irregularidades en el edificio (falta de sistema de extracción de aire, falta de grupo electrógeno, agregados en el predio que no figuraban en los planos y complicaban la circulación, ventanas que habían sido tapiadas, rejas con candados y varias cosas más) tampoco existía en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires una mecánica de reacción ante estas contingencias. En el libro citado se destaca el testimonio de Matías y Eliana, dos de los muchos héroes de aquella noche. Matías es músico, bailarín, poeta y presentador de la Murga Malayunta: “El humo te adormecía, te llevaba. Me estaba como desmayando y uno que venía atrás me dice: ‘Flaco, si te querés morir, morite, pero a mí dejame salir’”.

Matías reaccionó y logró llegar hasta la puerta: “Llegué a la salida con los shorts en los tobillos: los iba rompiendo cuando caminaba. Tenía un pantalón corto rojo, del Manchester United y una remera negra de La Renga, las topper blancas, y calzoncillos grises. Me subí los pantalones y me hice un nudo con el elástico para ajustarlos”. El problema fue que Matías había quedado en juntarse con su novia y los amigos pero cuando llegó, no había nadie.

“Me cruzo con otra amiga que me dice: ‘No encuentro a Darío’. Le digo: ‘Va a venir para acá, pero aguantá que voy a buscarlo’. Llego hasta la puerta, sale una piba y pum: se desvaneció ahí. La levanto, veo una ambulancia en la esquina, me acerco y arranca. Me pongo adelante con la piba en brazos. El chabón toca bocina y le grito que primero suba a la piba. Empecé a patearle la ambulancia. Baja una mina, pero estaba totalmente desbordada. Le pegué un cabezazo al parabrisas. Viene un chabón y le paso a la piba: ‘Sostenela porque falta mi novia y un montón de gente’ le digo y se la dejo. Me voy para la puerta”.

Eliana también logró salir así que cuando Matías volvió de dejar a esa otra chica la vió a cinco metros de la puerta: “Salí para la otra esquina, no veía a Matías ni a los chicos. Lloraba de desesperación. Y de golpe él me abrazó. Pero yo no veía nada, estaba como ciega”, dice. No había tiempo para lamentarse así que Matías volvió a buscar a los otros amigos que faltaban y comenzó un periplo en el que no sabe cuántas vidas salvó.

“Me acerco a la puerta y lo veo saliendo a Maxi. Se le habían caído los pedazos de la mediasombra, lo quemaron los chispazos. Uno miraba alrededor y no había bomberos, ambulancia ni defensa civil. Los amigos se fueron encontrando y empezaron a organizarse para llamar a las familias pero como el horror seguía y la ayuda no llegaba, decidieron seguir ayudando: “Llegamos a la entrada y una mujer nos dice: ‘Mi hijo está en una silla de ruedas’. ‘Tranquila, ahí lo traemos’. Le dije y me hice bien el nudo con el elástico del short. Nos paramos en la puerta. Dijimos: ‘A la una, a las dos, y a las...’, pegamos un respirón y entramos. No sé si nos dábamos cuenta de lo que estaba pasando. Nos miramos y pensamos: ‘Hay que entrar, algo hay que hacer’. Había montones de personas apiladas estirando la mano gritando: ‘Sacame, sacame’. Empezamos a tirar, empezamos a sacar. Sacábamos, y los íbamos llevando para la esquina. Me acuerdo que a una piba la tuve que tirar de los pies para traerla para mi lado. La alzo y la llevo para la ambulancia. Llego y un chabón se me para adelante y me dice: ‘Bajale eso, bajale eso’. Era porque la piba estaba desnuda de arriba, se le había quedado la remera en el cuello. ¡Se le veían las tetas, ése era el problema! Y yo le gritaba: ‘Pelotudo, ¿no ves que se está muriendo? Dejame pasar o te mato’. Ahí sentí esto: la chica se me estira para atrás, y le sale todo negro de la nariz. Estaba muerta. Te digo la verdad: me di cuenta porque una vez tuve que sacrificar a mi perra, y se estiró así”.

Eliana recuerda: “Se estiraban y les salía todo negro de la nariz a los chicos”. Cuando Matías regresó se encontró con Darío que le dijo que había encontrado a su hermana y la había podido sacar. Juntos volvieron a ingresar: “Saqué a un pibe que no sé cómo hice, porque era gordito, re-pesado. Justo llegan los bomberos, había pasado un montón de tiempo. Un pibe le dice a un bombero: ‘Dame la máscara’ y el tipo le contesta: ‘No, es mía’, pero tampoco la usaba para entrar. Yo llevaba al pibe ese, lo pongo en el piso, un bombero le tira agua y dice: ‘Mantenelo así, con las patas para arriba’. Y me sentía al pedo, como que no podía estar haciendo eso porque el chabón estaba volviendo en sí, pero había otra gente para sacar. Era la puerta del estacionamiento”.

Matías dejó a ese chico con otros y volvió a seguir ayudando: “Al principio era ir hasta los que estaban tirados cerca de la puerta y agarrarlos. De a poco llegamos a los que estaban en la segunda puerta. No pasabas adentro porque estaban como apilados. Era entrar y salir, entrar y salir. Los llevaba para la esquina donde hay un puente, no para el lado de Plaza Once. Pero me acuerdo la imagen de ver todos pibes tirados así... solos. Empezamos a sacar para el otro lado porque ahí llegaban ambulancias”.

Eliana y las amigas armaron un cordón humano para llevar pibes a la ambulancia. Chicos menores de 20 años organizados ante el desorden total de los responsables.

 

 

Complicidades

En la causa trascendió la responsabilidad del comisario Carlos Rubén Díaz, Subcomisario de la Policía Federal con quien Chabán tenía un acuerdo económico. Díaz dejaba pasar las contravenciones que –de ser castigadas- hubieran evitado la catástrofe. Aunque quienes llegaron a juicio fueron funcionarios de segunda y tercera línea de la ciudad, el episodio marcó –en términos políticos- el fin de la carrera del ex fiscal Aníbal Ibarra, cuyo mandato como Jefe de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fue revocado.

 

 

La trama judicial

El proceso judicial tuvo un complejo recorrido. En primera instancia sólo se condenó a Emir Omar Chabán a 20 años de prisión. Al mánager de Callejeros, Argañaraz y al Policía Díaz a 18. También a dos funcionarias municipales a dos años de cárcel.

En el caso de los otros acusados, el Tribunal Oral Criminal 24 absolvió a los músicos. En 2011 la Sala III de la Cámara de Casación Penal modificó la carátula y el tribunal fijó nuevas penas. Un año después, Casación volvió a corregir la sentencia.

El resultado fue el siguiente: Patricio Fontanet que había sido absuelto, fue condenado a 7 años de cárcel. Eduardo Vásquez, el baterista, a 6 años. Maximiliano Djerfy, guitarrista, fue condenado a 5 años, igual que el bajista Christian Torrejón y Elio Delgado, el otro guitarrista. Lo mismo ocurrió con el saxofonista Juan Alberto Carbone. También el escenógrafo fue condenado, en su caso a 3 años. El cambio en las condenas estuvo relacionado a Diego Argañaraz, el mánager, que vio reducida su pena de 18 a 5 años y a Chaván cuya pena se redujo de 20 a 10 años y 9 meses (murió en la cárcel el 17 de noviembre de 2014). Raúl Villareal que había sido condenado a 1 año de prisión, recibió una condena más amplia, de 6 y el policía Carlos Díaz pasó de una condena de 18 a otra de 8 años de prisión. Las funcionarias en tanto, vieron incrementadas sus condenas en algo más de un año y Gustavo Torres, director general de Fiscalización y Control de la ciudad, que había sido absuelto, fue condenado a 3 años y 9 meses de prisión.

En los tiempos previos al juicio se activaron no menos de 1.500 civiles por un reclamo total de indemnizaciones de 750 millones de pesos.

Uno de estos casos tuvo sentencia en agosto de 2017. La Ciudad de Buenos Aires fue condenada a pagar un millón de pesos en concepto de indemnización por "daño moral y psicológico" a una víctima. La sentaría jurisprudencia ante las otras demandas. Dicha resolución condena a la ciudad y la Nación a hacerse cargo cada una del 35 por ciento del monto total. El resto deben afrontarlo Callejeros y los organizadores.

Aquel episodio dejó 194 muertos. En su gran mayoría chicos menores de edad. Repasar la trama de esta historia invita a pensar cuánto aprendimos y, sobre todo, cuán seguros estamos que algo así no pueda volver a ocurrir.