Por Carlos Presman

Gracias a Dios

 

No hay razones para creer en Dios. No hay razones para no creer
en Dios. Dios es indemostrable. En el camino hacia Dios llega un
momento en que la razón, impotente, se detiene. El que quiera creer
tendrá que saltar. El salto es la fe. Es un salto sobre un abismo, un
salto sin red. De aquí que la fe no sea la razón. La razón procede
por sumatorias que convergen en la demostración de algo. Hay un hilo
conductor. Nunca aparece el abismo. La razón construye un camino
seguro, sólido. Dios no es verifcable empíricamente. Ese es el abismo.
Ahí, si aparece, se necesita la ayuda de la fe. La fe me permite saltar el
abismo de la imposibilidad empírica.
Soberanía y poder.   
J.P. Feinmann

 

 

Por  Carlos Presman (*)

¿Se puede dar misa sin creer en Dios? ¿Se puede ejercer la medicina sin creer en la ciencia? ¿Dios es causa y curación de las enfermedades? ¿Por qué los médicos se creen dioses? ¿Qué sentido tiene la enfermedad si nos vamos a morir? ¿Qué espacio ocupa la religiosidad en los procesos de salud y enfermedad?
Cuando nací, estoy seguro, mi padre sin decirlo pensó: mi hijo va a ser médico. Mandato o condena que cumplí. Pero por otro lado me dio la libertad de elegir sobre mis creencias religiosas. A pesar de venir de madre y padre judíos, no fui circuncidado, me eduqué en el Colegio Alemán, donde la mayoría era evangelista, y me formé con los scouts católicos del padre Quito Mariani. Yo no era nada, o agnóstico o ateo. Recuerdo que cuando el cura llamaba a mi casa y atendía mi viejo, me llamaba diciendo: “Te llama tu padre…” En la facultad nunca tuvimos clases de filosofía o del espacio que ocupaba la religión en los pacientes. En realidad nunca estudiamos la relación médico paciente. Como profesional siempre encontré cómico el comentario de los pacientes que cuando las cosas iban bien era gracias a Dios y si salían mal era culpa de los médicos. Subyacía en esas frases que Dios era bueno y curaba mientras lo humano era malo y mataba. Estaba clarito dónde estaba el bien y dónde estaba el mal. Sin embargo, las cosas se complicaban cuando los niños padecían enfermedades dolorosas, invalidantes y fatales. En terapia intensiva observaba cómo la religiosidad aumentaba a medida que se aproximaba la muerte. Requerían la presencia sacerdotal justo antes de morir. Curioso lo de la confesión, si el oficio de Dios es perdonar. Con el tiempo le fui dando tanta importancia a las palabras, al lenguaje, como a los datos del laboratorio o a las dosis farmacológicas. Así aprendí el enorme uso de la palabra Dios en la consulta médica. Recuerdo una frase de mi viejo: “Se lee de los libros pero se aprende de los pacientes”. Y ellos hacían referencia permanente a Dios: Si Dios quiere, Dios sabrá lo que hace, está en manos de Dios, que por favor Dios se lo lleve, que Dios lo salve, como Dios manda, que Dios lo bendiga y el clásico, gracias a Dios.

La historia natural de la enfermedad, o sea, librada a su evolución sin ninguna intervención terapéutica prácticamente no existe. Si antes decíamos que la naturaleza era sabia, ahora conocemos que la naturaleza sabía. Desde Descartes en adelante el avance científico ha permitido erradicar enfermedades, tratarlas, controlarlas y aliviarlas de manera increíble. El hombre y las ciencias médicas cambiaron la historia natural de la enfermedad y con ella de la humanidad. Con los cambios de hábitos de la posmodernidad aparecieron nuevas enfermedades y nuevos abordajes de las mismas. Pensar la problemática salud-enfermedad pareciera prescindir de la existencia de Dios. Sin embargo, como en sendas paralelas, la religiosidad acompañó a las ciencias, y a través de la iglesia influyó sobre las políticas sanitarias: las enfermedades de transmisión sexual, el aborto, la muerte digna, entre otras. Una tensión ideológica atraviesa todavía hoy las ciencias médicas, la iglesia y la religiosidad humana. Cuando en el acto médico hay que arribar a un diagnóstico o a una terapéutica, esas tensiones se corporizan en el paciente; la praxis profesional atraviesa por la cultura de ese momento histórico del enfermo y del médico. Tomar decisiones en medicina implica numerosos desafíos: la dificultad que ofrece el diagnóstico de la enfermedad, el tiempo en la consulta con su modalidad de pago, la tentación al uso irracional de
la tecnología o los medicamentos, con su obscena rentabilidad, los prejuicios del médico y las creencias del paciente, entre otras. Es habitual en mí que finalizada la consulta y ante la expresión común de los pacientes “si Dios quiere”, conteste: “Va a querer”. Esperaba esa frase cuando cité a control un paciente anciano para el año siguiente. Pero como él no agregaba nada, fui yo quien dijo: “Si Dios quiere…” El paciente me puso cara de serio y extrañado. Sin mediar palabra me contó esta historia: “Vivíamos en Santa Fe, mi padre era shojet  pero hacía de rabino, hasta que fuimos a esa casa. Fue una mañana
de domingo, con mi hermano menor. Había terminado la guerra. En el living, el amigo de mi padre había armado un museo doméstico del holocausto, o shoá, como le decía. Objetos, cartas, ropas, dibujos infantiles, fotos. Recorrimos mirando sin hablarnos. Conmovidos, asustados, dolidos. Al salir a la vereda, mi padre nos puso a mí y a mi hermano uno al lado del otro. Él se paró al frente, se agachó y mirándonos a los ojos, sentenció: Vieron… Dios no existe.”
En ese mismo instante recordé la frase de Primo Levi: “Existe Auschwitz, por lo tanto no puede existir Dios” y me quedé pensando por qué había dicho “si Dios quiere”. Como es habitual en mí, cuando el silencio del dolor se hace insoportable salgo con el humor. “¿Conoce el cuento del cura al que Dios iba a salvar? Resulta que en la ribera del Paraná, un sacerdote, ante la inminente creciente, le pide a Dios que lo ayude y él le responde que lo va a salvar. El río crece, el cura se sube al techo y viene una lancha a rescatarlo. El sacerdote agradece pero aclara que Dios lo iba a salvar. El río sigue creciendo y el cura asciende al campanario. Una segunda lancha viene a rescatarlo. El padre insiste en que Dios lo va a salvar. La subida de las aguas obliga al sacerdote a sentarse en la punta de la cruz de la iglesia. Por fortuna una tercera lancha acude a rescatarlo, pero el cura repite obstinado que Dios se había comprometido a salvarlo. El Paraná siguió creciendo y el padre murió ahogado. Como buen sacerdote, va al cielo y lo recibe Dios. El cura aún mojado, le plantea el reclamo. Por qué le había dicho que lo iba a salvar. Dios lo mira decepcionado y responde: tres lanchas te mandé, tres lanchas…” El viejo sonrió y me dijo: “Con la medicina pasa lo mismo”. Cuando se fue, me quedé pensando en su respuesta. Cuántos pacientes por creencias religiosas no se dejaron salvar por las “lanchas” médicas que significan la cirugía, la quimio o radioterapia, las vacunas o los antibióticos, los trasplantes, o tantas opciones de efectividad terapéutica científicamente demostradas. La creencia fue más poderosa que la opción médica. Si bien es cierto que los médicos nos creemos Dios, no es menos cierto que Dios no ejerce la Medicina. La palabra cura evoca al sacerdote y al verbo curar. De la medicina se dice que es un sacerdocio. Trampas del lenguaje.
Faltaría a la verdad si no consignara los pacientes que por su religiosidad evitaron conductas diagnósticas y terapéuticas fútiles, gravosas o se salvaron del encarnizamiento terapéutico. Las creencias que impidieron el avasallamiento tecnocrático, de lucro e inhumano. El desafío asistencial médico es incorporar a la consulta la religiosidad del paciente. Tenerla presente a la hora de tomar las decisiones clínicas. Considerar, no sólo la condición biológica, psicológica y
social del paciente, sino también su espiritualidad, su creencia, su Dios.
El sentido de este texto no es rebatir o validar la existencia de Dios, simplemente aceptar que la religiosidad forma parte de la mayoría de los pacientes y que su presencia se agiganta en situaciones límites de vida o muerte. La fe del paciente puede resultar una herramienta poderosa a favor o en contra de su salud. El desafío médico, aunque parezca un contrasentido, es hacer un abordaje científico y racional de ese aspecto tan humano como es creer en Dios.
Ojala así sea. Y si no, como dicen mis pacientes, ¡que sea lo que Dios quiera!

 

(*) Médico especialista en gerontología, profesor, escritor