Día de la Tradición

La tradición, del origen al destino

n noviembre se celebra el Día de la Tradición, en homenaje a José Hernández, autor del “Martín Fierro”. Es la foto de un momento, pero no el único momento de las cosas: podemos y debemos formarnos tradiciones nuevas.

 

Por Alejandro Mareco

 

¿Cómo hacen las generaciones que se van sumando a una entidad colectiva como la nacionalidad, la patria, para aferrarse a esa noción de pertenencia, a esa porción de identidad que no sólo va más allá de la individual sino que hasta la determina?

Los almanaques, y el nuestro particularmente, están atravesados por fechas en rojo que nos remiten a momentos fundacionales del destino común del que somos parte: desde la Navidad, que además de señalar el nacimiento del cristianismo nos marca el comienzo del Occidente cultural, hasta las fechas patrias, que están ahí para recordarnos nuestro punto de partida como proyecto propio e independiente.

De algún modo, es la misma celebración de la existencia que nos atañe a cada uno cuando festejamos un año más de vida.

Pero estamos hechos de mucho más que de instantes que nos pusieron en el camino de la historia. Son múltiples los ingredientes que amalgaman esta identidad argentina que nos hace reconocernos a través de todos los sentidos.

Símbolos, costumbres, sabores, aromas, colores, sonidos, paisajes….  Muchas de estas cosas están contenidas en el concepto de tradición, ese que en el almanaque argentino está señalado el 10 de noviembre.

Del mismo modo que las fechas fundacionales, la tradición nos remite al contexto de nuestro tiempo original, es decir, a la manera y las condiciones en la que se desplegaba la vida de los argentinos de los primeros años de la patria chica, es decir, a la identidad fragmentada del todo americano, que fue el sol bajo el que se concibieron y se impulsaron las grandes ideas libertarias que llevaron a cabo los máximos próceres.

El Día de la Tradición tomó la fecha del nacimiento del poeta y político José Hernández, autor del “Martín Fierro”, el gran poema popular argentino publicado en 1872.

Con el reconocimiento del valor histórico y literario del poema, que llegó sobre todo a partir del impulso del escritor Leopoldo Lugones que lo puso otra vez a la consideración nacional casi medio siglo después de su publicación, se ungió en realidad a la figura del gaucho como el tipo argentino, ese que incluso nos identificó ante los ojos del mundo.

Es sencillo convenir que la pampa no es el paisaje dominante en la vastedad del país, y que los modos y usos de los argentinos de entonces variaban según la geografía.

Pero el gaucho funciona como un emblema, y los emblemas tienen siempre aspiraciones de representar a la totalidad.

De todas maneras, los usos y las costumbres de esos argentinos originales son generalmente consecuencia de la relación con la naturaleza en un tiempo determinado, y en determinadas condiciones materiales y tecnológicas.

En cada celebración del Día de la Tradición, o en cada acontecimiento o ámbito en que los asuntos tradicionales son los protagonistas, se vuelve a poner en escena ese tiempo, y así como se reviven objetos, comidas, vestuarios, tareas y hábitos de otrora, también se intentan trazar valores a partir de eso.

La celebración de la tradición en estas tierras, entonces, asume los modos del gaucho y de su relación con el medio y sus circunstancias.

 

 

Jinetes, asado, locro

Algunos elementos sobreviven en parte, y otros ya han desaparecido de los repertorios cotidianos. Uno de los símbolos del tiempo inaugural es el caballo, que durante miles de años fue el vehículo de toda la humanidad, una herramienta imprescindible para atravesar las distancias y hacer las cosas de la vida, de la muerte y de la guerra.

En la vastedad de la pampa argentina, su silueta unida a su jinete era toda una figura de lo humano que le toca al paisaje, y que aún sigue siendo inescindible. Su presencia sobrevive en la necesidad de las tareas rurales, por eso es que sostienen antiguas costumbres como la ceremonia de la doma para incorporar cada animal a la rutina de trabajo.

El del domador es un saber hacer muy presente en muchos rincones profundos del campo argentino, y asume visos deportivos cuando se convierte en jineteada. La celebración y la atracción que ejercen esas habilidades atraen a multitudes en numerosas reuniones de fines de semana esparcidas en todo el territorio del interior, y alimentan los festivales de verano, en el que sobresale Jesús María como faro de la consagración.

Y no es las tecnológicas nuevas lo que en estos días pone a esta práctica bajo la luz de los cuestionamientos, sino la expansión de conciencia sobre el maltrato animal.

Los sabores, y los aromas que vienen con ellos, son otros elementos imprescindibles a la hora de marcar una tradición que hace a la coincidencia del gusto a través de generaciones, a lo que el paladar nacional adopta como propio

Los platos populares son pequeños milagros de los pueblos. Están hechos con ingredientes sencillos, de los más baratos (al menos en su origen) y, sobre todo, disponibles en el medio, en lo que la naturaleza ofrece al alcance.

El asado, por ejemplo, es la muestra brutal (y sabrosa) de nuestro recurso más abundante en las pampas, la vaca, al menos en aquellos tiempos en los que los terratenientes los echaban a pastar en sus interminables propiedades y los dejaban que se multiplicaran solos, mientras ellos pasaban su tiempo en Buenos Aires o en Europa.

La carne, antes de la llegada de la  industria frigorífica, era el descarte de lo que se comercializaba: el cuero. Era casi el único alimento que tenían a mano los gauchos, y les bastaba con un poco de fuego y un cuchillo para afrontar el hambre

El locro, en cambio, en su mixtura de aportes que coinciden con la síntesis criolla, es una especie de ¡eureka! en la olla argentina: entre tanto guisado que anda dando vueltas, dimos con el nuestro, acaso no tanto por la originalidad de la mezcla sino con el sabor que regocija al gusto colectivo.

El locro demanda empeño, no se hace de un momento a otro; por eso, necesita una ocasión especial que justifique el esfuerzo.

Y quizá no sea necesariamente el más sabroso de todos los preparados cotidianos que forman parte de la dieta popular, pero su aparición en esas ocasiones especiales lo cobija en la memoria en el mismo cajón donde se guardan los mediodías felices, de mesas amplias, generosas, plenas de vitalidad, de exaltación existencial.

 

Hernández y la eternidad del gaucho 

José Hernández (1834-1886) fue un periodista, escritor y político de convicciones federales, que a la hora de escribir su gran obra, el “Martín Fierro”, hundió su razón y su sentido artístico en lo profundo del pueblo para llegar a dar con el retrato de un argentino profundo, de un ejemplar humano emblemático.

En uno de sus artículos en el diario “El Argentino”, de Paraná, había sostenido:  “La verdadera inspiración se recibe en el pueblo, y metodizada arreglada por los conocimientos del que escribe ofrece y vuelve al pueblo bajo la forma de un artículo u otra (...). La tarea del escritor consiste en dar a las concepciones y sentimientos del pueblo, las formas de que carecen”.

Fue un militante enfrentado a Bartolomé Mitre y a Domingo Sarmiento, y al momento del crimen de El Chacho Peñaloza, el caudillo riojano,escribió en ese mismo diario: “El general Peñaloza ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fuerte por la santidad de su causa, el Viriato argentino, ante cuyo prestigio se estrellaban las huestes conquistadoras, acaba de ser cosido a puñaladas en su propio lecho, degollado y su cabeza ha sido conducida como prueba del buen desempeño de su asesino al bárbaro Sarmiento”.

El significado de Día de la Tradición, desde el mismo momento en que se planteó la celebración y calendarios más tarde, no tiene demasiado que ver con los desvelos del escritor, que a través del personaje denunció el atropello del poder central sobre clases populares y la desventura en la que cayeron los argentinos del país de adentro cuando el puerto impuso condiciones (en ese momento y para la historia que habría de venir), al cabo de tanta sangre derramada en una de las más feroces y largas guerras civiles.

El Martín Fierro (publicado en 1872) es el retrato de la derrota del interior; el canto de la rebelión agonizante frente a la injusticia y el abuso de los que se quedaron con el país. Fue la manera poética de Hernández de sostener en la eternidad argentina la existencia del gaucho derrotado, y acaso fue esa su gran victoria.

 

Destino y horizonte

A veces se confunde con el destino, pero tradición y destino no son la misma cosa.

Las noticias del pasado que nos trae la celebración de noviembre se refieren a una Argentina de personalidad rural, porque la lucha por la subsistencia y la acumulación de riquezas que gestaba un sector poderoso llamado oligarquía, estaba planteada en la explotación de la tierra.

Luego, andando el siglo 20, vendría otra versión de país, el país industrial, que también aportaría otras saberes, como las capacidad de los obreros para desarrollar una mano de obra calificada, que todavía sigue siendo una referencia, por ejemplo en el caso de la industria automotriz.

La tradición alude a un tiempo inaugural, pero los pueblos van creándose nuevas tradiciones, puesto que las generaciones van afrontando desafíos diferente y nuevos modos de asumirlos, así como estableciendo relaciones distintas con el medio a partir de la tecnología.

"Una tradición verdadera no es el testimonio de un pasado muerto, es una fuerza viva que anima e informa al presente", sostenía el músico ruso Igor Stravinsky. Y es en el terreno de la música, por ejemplo, en el que hemos demostrado como pueblo cómo se pueden construir nuevas tradiciones y seguir desarrollando las que tenemos.

Sucedió con el tango, por ejemplo, la gran creación cultural argentina en la que se reunieron diferentes aportes hasta dar a luz un sonido urbano simbolizado por el bandoneón, un instrumento de origen alemán sobre el que nadie había reparado demasiado.

En el folklore, la música del paisaje interior, se ha demostrado también que el legado puede ser un punto de partida. Como ejemplo, bien vale el Cuchi Leguizamón, que tomó el barro original de nuestra incipiente identidad y lo moldeó con las teclas de sus manos hasta alumbrar pájaros de música y echarlos a volar como las palomas de harina de Juan Riera.

La tradición es la foto de un momento, pero no es el único momento de las cosas. Un pueblo nuevo puede y debe forjarse tradiciones nuevas que ensanchen el horizonte de su destino, y le aporte nuevos modos de andar su camino por lo cotidiano, la historia y la cultura.

 

 Ilustraciones: Daniel Pito Campos