Deportes

Adolfo Cambiaso, hombre de campo y glamour

Precoces con talento, Diego Maradona debutó en la Selección Argentina a los 16 años; Lionel Messi, a los 17. Adolfo Cambiaso jugó su primer Abierto Argentino a los 18. ¿Qué se estaría hablando de Adolfito si éste hubiese jugado al fútbol? ¿Qué se dice de él? Prácticamente lo mismo, sin la popularidad de los anteriores. Si existiera una encuesta apuntada incluso hasta a las clases más populares cuya consigna fuera “nombre un jugador de polo”, la respuesta se caería de madura: Adolfo Cambiaso.

 

Por Martín Eula

 

Este ariano supo llegar al cielo de una actividad exclusiva, reservada para pocos ya sea en la cancha como en las tribunas. Al polo se lo asocia con una elite acomodada, con el glamour, con los artistas, con empresarios extranjeros con mucho dinero. Cambiaso lo bajó a la superficie y se lo mostró a la gente. Con esa acción se ganó el reconocimiento y cariño de muchos, y la antipatía de quienes se sintieron incómodos con esa situación.

 

El mejor polista argentino, sin embargo, no se arrepiente cuando mira hacia atrás.

 

Fue en el 2002 cuando su equipo dejó el blanco habitual para vestirse con la camiseta verde y negra de Nueva Chicago. “Hubo un antes y un después desde ese hecho, guste o no. Ahí se produjo el quiebre entre el fútbol y el polo, la gente tipo nah y la gente más sencilla. Se mezcló muchísimo, hoy no hay tantos prejuicios para ver este deporte, hasta se metió Tinelli y ayudó. Las personas que siguen a La Dolfina cambiaron a partir de ese año. Es otro público, entiende el juego, grita los goles; otra cosa. Entonces, el clima es diferente. Estoy convencido de que los cambios son para bien. Hasta a mí me sorprendió”, confesó hace pocos meses.

 

El sexto Adolfo de una familia cuya tradición es designar a los varones primogénitos con el mismo nombre, nació el 15 de abril de 1975 en Cañuelas, provincia de Buenos Aires, donde sus padres formaron una escuela -La Martina Polo Ranch- del deporte que un inquieto pibe adoptaría luego como parte fundamental de su vida. Esa corriente continua que lo obligaba a estar lejos del sosiego y la quietud lo llevó a practicar surf, tenis y golf. La pasión por la tabla la heredó de papá Adolfo, en su época campeón argentino de surf. Mamá Martina fue, quizá, la que más empujó para que Adolfito convirtiera en arte la acción de pegarle con el taco a una pelota.

 

Su destino como deportista de elite se reñía con el que todo adolescente tiene escrito como mandato. Adolfito decidió largar el colegio. “La escuela no me gustaba para nada, iba por obligación. Fui a la mañana hasta segundo año de la secundaria. Tercero lo rendí libre y los otros dos nunca los hice, por el trabajo. Pensaba todo el día en cómo pegarle a la bocha. A mi viejo nunca le gustó que dejara el colegio, pero me apoyó. De todas maneras, lo abandoné cuando ya tenía nueve goles y contratos en el exterior. No iba a ver qué pasaba con el polo”, contó.

 

Esos nueve goles son la valoración que se les da a los polistas, según sus condiciones. Naturalmente, Cambiaso llegó al máximo (diez) siendo muy joven, con 19 años, batiendo un récord que luego le arrebató Facundo Pieres en el 2005, con la misma edad pero un mes y medio menos.

 

Cambiaso es el máximo goleador del Abierto Argentino, con 868 tantos; ganó 13 veces ese campeonato; le dieron diez Olimpia de Plata y uno de Oro (2014). Suma la barbaridad de 157 títulos en siete países. Porque si bien el polo es argentino -más allá de que sus orígenes se remontan a Asia- como el dulce de leche, en el exterior también tiene atractivo (y hay dinero). En ese sentido, Cambiaso seduce con su calidad y personalidad. Conoció a la reina de Inglaterra, jugó con el príncipe Carlos y para importantes “patrones” entre los que se encuentran el árabe Ali Albwardy, hijo de un jeque de Dubai, que no dudó en invertir 64 millones de dólares cuando vino a la Argentina y se le ocurrió comprar el hotel Four Seasons. O para Kerry Packer, en su momento el australiano con más dinero de su país, fundador del equipo Ellerstina.

 

Adolfo habla de ese mundo que para el resto de los mortales sólo se ve en las películas: “Nunca me mareó porque me pasaba por otro lado. Yo quería hacer mi trabajo y llegar a mi casa. Obvio que lo valoraba porque eso me dio la posibilidad de comprar mis caballos”. Hasta contó una anécdota: “Un día, estaba jugando el US Open en Nueva York y Packer me pidió que nos fuéramos porque el lugar no le divertía. Subimos a su avión y llegamos a Las Vegas. En su suite estaba Elton John, y en 15 minutos lo sacaron para que entráramos nosotros. Era un tipo distinto. A mí lo que me encanta del trabajo es que me dio la posibilidad de conocer gente que admiro y de la que terminé siendo amigo, como David Nalbandian o Gabriel Batistuta”.

 

Las estrellas son polos -justamente- que se atraen. No sorprende que Maradona haya estado parado dos horas viendo a Cambiaso en el palenque de La Dolfina. O que Batistuta lo haya buscado para jugar al polo. O la amistad que Adolfo tiene con Nalbandian, quien hasta ha pasado parte de alguna pretemporada practicando en la cancha de cemento que Cambiaso hizo construir en su campo de Cañuelas.

 

Cambiaso es referencia dentro de los 270 por 150 metros y también fuera del rectángulo. Un revolucionario que apostó por la clonación de caballos para hacerle frente al desafío de mantener un gran nivel de montura, superando al método habitual, el transplante embrionario, que no ha dejado de utilizar: tiene un centro de embriones. Así, Adolfo generó seis fotocopias exactas de Cuartetera, su yegua más famosa y ganadora, con las cuales salió campeón del Argentino 2016. El bonaerense tiene 30 clones de sus mejores originales.

 

El Nº 1 de La Dolfina excede el ambiente deportivo. En el 2001 se casó con la modelo María Vázquez, con lo cual sigue generando que las revistas del corazón lo convoquen para protagonizar sus portadas. Su vida en pareja, la intimidad, su estancia en Washington - en el sur de Córdoba - donde conecta el cable a tierra, sus viajes. Todo llama, todo vende. Sus hijos… De la feliz pareja nacieron Mía (14 años), Adolfo (12) y Mila (7). La mayor y “Poroto” juegan al polo y han compartido equipo con papá. ¿Y qué dice papá de que los hijos sigan sus pasos? “Yo los acompaño, les marco alguna cosita pero no mucho más. Ellos tienen que hacer su propia experiencia. A Poroto le va a costar más porque siempre lo van a comparar conmigo. Pero pienso que sin presiones va a encontrar su lugar”.

 

Dentro de su grandeza, ésa que lo convierte en el mejor de su especie por talento, destreza, iniciativa y carácter, también se destaca el sentido de ubicación, la humildad y las ganas de progresar. Cambiaso es así. Y lo pinta entero una frase marca registrada: “Hay ciertas cosas que uno las tiene incorporadas y no se explican. ¿Cómo hace Federer para ganar tanto? Si le preguntás, no tiene una explicación y nunca la tendrá. Hay algo que tenés o no adentro. ¿Qué tiene Messi? Imposible saberlo. Es un fenómeno y punto. Yo, ¿qué tengo? No sé, juego y trato de ganar. Intento motivarme y ser el mejor en ese momento. Tampoco hay que creérsela, porque jamás avanzarías”. Nada menos. Nada más.

 

Fotos: Gentileza Diario Olé