Entrevista

Susana Rinaldi: Seis décadas de tango

Por Cecilia Ghiglione

 

 

“Llevo el tango en la sangre” dice Susana Natividad Rinaldi, más popularmente conocida como ‘La Tana’, quien no pudo sortear su segundo nombre por haber nacido un 25 de diciembre.

Intercambiando roles, al poco tiempo de comenzar esta entrevista, la Tana preguntó: “¿Sabes cuántos años tengo?”. Conociendo que cantaba más de 80, sólo me limité a responder que sí. “Tengo 81”, dijo. Más de ocho décadas vividas y seis con el tango. “Me siento una privilegiada de poder cantar en un escenario y poner palabras con la misma frescura que cuando tenía 50 años. Es fantástico”.

 

Sus espectáculos se caracterizaron siempre por un formato unipersonal. ¿Sigue eligiendo hacerlo de ese modo?

Absolutamente. Antes era mucho más. Hacía espectáculos donde hablaba y cantaba. Pero estaban preparados para llegar a un público que hoy difícilmente encuentre, un público ávido de conocer a sus autores populares. En el caso mío siempre he tenido buenos escuchas y, al mismo tiempo, gente muy interesada en saber sobre distintos temas porque mi vida siempre ha estado repartida entre la música, el teatro, la defensa social, lo político. En fin, como debe ser un artista entiendo yo.

 

 

¿Y ese público ha cambiado?

No le puedo decir exactamente como es. Lo único que sé es que el mismo fervor lo he encontrado, por lo menos en Buenos Aires, en los recitales que hice a fines del año pasado en el teatro El Picadero. Tenía la impresión que estaban presentes en el público los abuelos, los hijos y los nietos y eso hace muy bien a cualquier artista porque hay una memoria colectiva que apoya lo que uno dice y canta. Eso es maravilloso.

 

Sabemos que empezó estudiando música, después paso por el Conservatorio de Arte Dramático, debutó como actriz y luego apareció la música otra vez. En este proceso, ¿cómo llega al tango?

Todo empezó porque mi familia decidió que yo tenía que estudiar música y así fue. Mi papá escuchaba ópera y mi mamá compraba discos de tango. En esos años, como sucedió en repetidas veces en nuestra historia, el Conservatorio estaba intervenido permanentemente por los militares, cada uno que venía cambiaba el plan de estudios y yo empecé a agarrarle una bronca a todo eso… Pero mis padres no iban a permitir que dejara de estudiar así que, bueno, no quedaba otra. En todo caso lo mejor que a uno le podía pasar era ir a estudiar música. Pero al otro lado, en la misma casa del Conservatorio, estaba la Escuela de Arte Dramático y casi como un juego con uno de los chicos que iba a teatro, nos tratábamos de Ud. en esa época, surgió el desafío de entrar a la escuela. Y así fue. Entré a la Escuela de Arte Dramático y me encontré con una verdad revelada, con otro mundo, con profesores menos estructurados. En el Conservatorio eran todos muy estructurados, distantes del alumno, en cambio en teatro me encontré con esos maestros entrañables.

 

Cantar en Cuba

Rinaldi fue la primera artista extranjera en cantar en el Palacio de la Revolución ante Fidel Castro. De ese viaje cuenta: “El encuentro fue muy gracioso porque él todavía no usaba lentes de contacto y no veía nada, tenía unos culos de botella así terribles. Yo temblaba, no sabía que iba a pasar hasta que entra Fidel al lugar cuando estábamos ensayando. “Oye tú”, me dijo y me saludó como si nos viéramos todos los días. “¿Dónde vas a poner el piano?” No sé, le dije, de eso se están ocupando los muchachos. “Porque yo creo que sería bueno que lo pongas acá”, dijo Fidel. Yo le digo que eso no dependía de mí y siguió “Porque sino podría ir acá”. A la tercera vez que me preguntó dónde iba el piano le dije en tono firme: Hagamos una cosa, por qué no viene en el momento en que están los músicos y distribuye las cosas como le gusta a Ud. y así quedamos todos en paz. “Yo te digo nada más”, agregó Fidel.

 

 

El primer oficio y con gran repercusión fue la actuación. ¿Cómo aparece nuevamente la música?

Trabajando ya en teatro grabo para los amigos mi primer disco “Mi voz y mi Ciudad” (1966) que llegó a manos de Eduardo Bergara Leumann. Yo siempre canté tangos porque mi mamá los escuchaba y en casa estaba encendida la radio todo el día y ahí se escuchaban tangos, boleros y jazz. A Bergara lo conocía de la televisión y el teatro porque él era un exquisito vestuarista de época, entonces me invita a cantar en lo que todavía no era la Botica del Ángel sino una casa que tenía y había decidido abrir al público. Estás loco, me acuerdo que le dijo. Pero al final fui y estuve como dos o tres meses cantando. ¡Había espectáculos todas las noches. Era maravilloso lo que sucedía! Llegaba gente de todas partes y como Bergara no tenía sillas, tiraba almohadones y el público venía temprano para conseguir uno y ver ahí el espectáculo. Pero en un momento me tuve que ir porque ya tenía contrato para una novela. Pero mirá como es la cosa, un día me llama el dueño de Tucumán 676, otra de las casas de música importantes de ese época, porque resulta que lo habían operado a Piazzolla que tocaba allí y necesitaba un reemplazo por 15 días. Que sí, que no, el hombre creía que era un asunto de guita hasta que al final le dije: No, cantar ahí y que encima salga del hospital y me insulte, no. Claro, nos hemos peleado toda la vida con Piazzolla, éramos tanos los dos… en fin, este señor me convenció y no me dejó ir más. En ese momento estaban ahí el Mono Villegas y el Grupo Vocal Argentino también.

 

¿Cómo fue combinar la actuación, el canto y, dicen los que saben, romper con el estilo machista del tango de ese momento?

De alguna manera esa combinación fue lo que a muchos les gustó y a otros no, porque no ocupé el lugar que el machismo le destinó a la mujer en el tango. Yo no acepté disfrazarme de varón para subirme a un escenario a cantar tangos. Yo no acepté el rol de ´atorranta´ que proponía el mundo tradicional del tango a la mujer o el de sometida. La gente también estaba molesta porque fui la primera en hablar de los autores y compositores que interpretaba, de la poesía y de porque elegía a Manzi, Castillo o Cadícamo. Fue muy duro, me han denostado mucho, pero como yo me sentía tan amparada por el teatro, por lo bien que me iba en ese espacio, que hasta terminaba discutiendo con la gente en los espectáculos. Tenía un amigo que me decía: ¡A mí no me importa lo cantas, yo espero el momento en que te vas a agarrar con alguno!.

 

 

Y después vino el exilio en París por más de 25 años y un regreso en el 83 que no fue tal. ¿Qué pasó en ese tiempo?

Por suerte, ese tiempo me dió un reconocimiento artístico en el exterior. Pero yo no sé que me hubiera pasado si yo seguía acá, con esa gente que iba a ver al Embassy, un teatro chico, o al Odeón. Lo que sí es imperdonable es que yo no haya podido disfrutar de ese público y de decir lo que pensaba sin que eso fuera un problema. Ese público que tuve en esos años, ese público que después desapareció, no sólo entre los desaparecidos por la dictadura sino también por la gran cantidad de argentinos que se fueron del país y no regresó. Yo viví afuera todos esos años. ¿Sabes cuánta gente me vio por primera vez después de un cuarto de siglo? ¿Por qué paso eso? Esa son las cosas que me hacen decir que el exilio es una mierda. También es bueno saber que muchas veces hemos contribuido a eso. Por ahí te dicen, ¿por qué no te vas si no te gusta? Y no, porque yo soy de acá y este es mi lugar y tengo el mismo derecho a decir: esto no me gusta. Muchas cosas habían sucedido cuando regrese como para que el dolor de la gente no impregnada su historia personal y yo no quería aparecer como una artista que había estado alejada sino todo lo contrario.

 

Sabemos que no le escapa a reflexionar sobre el contexto y que el compromiso la llevó a asumir la defensa sindical de los intérpretes o la representación política en una banca legislativa.

Por supuesto que no. Como intérprete popular una debe consolidarse precisamente por eso que le pasa al público contando su historia. Hay grandes reiteraciones en la historia argentina en cuanto a lo social y lo político. Siempre hemos estado aventados como pueblo por vaivenes que nos llevan a creer determinadas cosas, pero siempre esperanzados en que todavía todo el posible.