CUPO FEMENINO: A 25 AÑOS, PERSISTEN LAS DESIGUALDADES

En noviembre se cumple un nuevo aniversario de la sanción de una ley nacional precursora en el mundo, que trajo conquistas importantes para la participación de las mujeres en política y abre nuevos desafíos ante la discusión de la reforma política y electoral.

* Revista COLSECOR
Por Cecilia Ghiglione  

 En Argentina las mujeres han ido conquistando espacios en materia de igualdad en la vida pública e institucional. Apenas hace 70 años ni siquiera tenían derecho sufragar, en noviembre de 1951 votaron por primera vez (la ley 13.010 se promulgó en 1967) y 40 años después se estableció la norma que fijó un piso mínimo de 30% de candidatas en las listas de los partidos políticos para cargos electivos nacionales. Esto abrió el camino para que hoy las mujeres representen un 36% en Diputados y un 40% en el Senado de la Nación.  En los municipios el porcentaje es menor, apenas alcanza el 10%.

Para tener un mapa del terreno que han ganado las mujeres a partir de la participación política, recordemos que María Estela Martínez de Perón fue la primera presidenta del país y también del mundo, después vendrían los mandatos consecutivos de Cristina Fernández de Kirchner. A nivel provincial, el distrito más grande de Argentina está gobernado por una mujer, María Eugenia Vidal. Claudia Ledesma Abdala en Santiago del Estero, Lucía Corpacchi en Catamarca, Alicia Kirchner en Santa Cruz y Rosana Bertone en Tierra del Fuego son otras mujeres al mando de gobiernos provinciales. Mónica Fein en Rosario y Verónica Magario en La Matanza conducen municipios populosos.

Esta tendencia que señala una mayor participación política de las mujeres,  también tiene su correlato a nivel mundial. El año pasado se asistió a un récord de líderes con 27 mujeres en los cargos más importantes en sus países, según la ONU.

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Una norma innovadora

Argentina sancionó en noviembre de 1991 la ley 24.012 de cupo femenino, la primera de este tipo a nivel mundial. Su certificación fue el resultado de “una discusión transpartidaria” que las mujeres de diferentes bloques lograron instalar en la agenda pública, explica Lucía Martelotte del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).  “Si observamos que luego de la vuelta a la democracia, la participación de las mujeres no superaba el 6%. Después de la sanción de la ley de cupo hubo avances y el resultado es concluyente en las Cámaras donde la representación política aumentó   siendo significativo el número alcanzado en el Senado que tiene un 40% de bancas ocupadas por mujeres.

Según explica en diversas publicaciones la politóloga e investigadora del Conicet, Mariana Caminotti, esta herramienta de “discriminación positiva” ha favorecido “la emergencia de voces expresivas de perspectivas sociales novedosas que instalan nuevos temas en la agenda parlamentaria, particularmente en materia de igualdad de género, defensa de derechos y cuestiones sociales”.

Pero a 25 años de la sanción de la norma, tanto Caminotti como otros analistas señalan que todavía el país no ha avanzado hacia una paridad en las listas de representación política.

Martelotte observa que “aquello que la ley planteó como piso se está convirtiendo en un techo y que las mujeres deberíamos ocupar el 50 % de las listas”. La investigadora sostiene que hoy en Argentina está ausente del debate el tema de “la paridad” y esto preocupa en un contexto donde se discutirá una reforma política y electoral en el Congreso en estos meses. “Hemos observado que en las propuestas presentadas, el tema de la participación de las mujeres y la equidad de género está totalmente ausentes”. 

 





La gobernadora M. E. Vidal y la legisladora M. Stolbizer fotografiadas por La Nación en la cocina, reforzando la división sexista del trabajo



El fenómeno de la subrepresentación

Quienes estudian las tendencias sobre los avances de las mujeres en cargos ejecutivos, ministeriales y legislativos en el mundo y especialmente en América Latina, señalan que todavía persisten “obstáculos de múltiples dimensiones que causan desigualdades”.

Las mujeres que deciden participar en política suelen tener menor tiempo y contar con menos recursos que los varones, la presencia del acoso sexista muchas veces pesa sobre éstas, lo mismo que las propias estructuras y dinámicas partidarias donde no reciben el mismo trato que sus pares hombres, explican en los informes.

Martelotte cuenta que uno de esos impedimentos  es lo que suele llamarse “techo de cristal”, son trabas no formales que tienen que ver con estructuras o con la cultura misma.  “Algunas parlamentarias relatan que las decisiones más importantes no se toman en las sesiones sino que los acuerdos y estrategias se tejen, por lo general, en horarios fuera de lo establecido para el trabajo. Para las mujeres tener la conciliación familia-trabajo y poder participar de esos espacios de decisiones es difícil y terminan relegadas. Generar una organización del trabajo más equitativa nos parece fundamental”.  

Se suele relativizar la presencia de las mujeres en política con el argumento de que para ocupar espacios no es relevante el género, sino que “sean los mejores”. Un estudio reciente del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de Argentina señala que a las mujeres se les demanda mayor capacidad para el mismo puesto ocupado por un varón.

La división sexual del trabajo todavía ubica a las mujeres en “la responsabilidad del hogar” y al hombre en el ejercicio de la política. Al respecto no se impulsan políticas de corresponsabilidad en las tareas de cuidado de los niños, por ejemplo, con las licencias paternales; no existen guarderías en los ámbitos de trabajo y los horarios de las sesiones deliberativas suelen ser extensos.

 

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Victoria Donda (LdS) fue criticada por algunos sectores al amamantar a su hija en plena sesión del Congreso

 

 

La cultura y la educación también hacen su aporte a esta discriminación ya que se espera de las mujeres un rol maternal o de sostén de familia que no parece compatibilizar con la mujer en el poder público.

Los medios también colaboran en la reproducción de estereotipos. El caso de la gobernadora María Eugenia Vidal es un ejemplo dentro del discurso mediático donde se le ha consultado con frecuencia si no siente culpa como madre al trabajar tanto y no poder estar con sus hijos. Seguramente pocos le han preguntado lo mismo a su exmarido que también es político, hoy al frente de la intendencia de Morón. 

Según Mariana Chudnovsky, doctora en Ciencia Política de la Universidad de San Andrés, es habitual la aparición de “micromachismos” como formas de comportamiento que ponen a la mujer en inferioridad de condiciones. Más allá de coincidir o no con el término “micro”, ya que en definitiva todas son conductas machistas, Chudnovsky señala por una lado, “una estrategia de reconocimiento de los rasgos masculinos de la mujer que alcanza el poder o, por el contrario, el desplazamiento del foco hacia lo estético: que si hizo dieta, que si cambió el look, etc encubriendo con este halago la descalificación”, señala. “En eso radica la complejidad y el éxito” que reproducen la desigualdad de género.

No sólo hay que hacer un análisis cuantitativo de los indicadores de participación sino cualitativo, dice Martelotte, pensando en el lugar que ocupan esas mujeres. “Hasta 2013 ninguna mujer había sido jefa de un bloque mayoritario. Fue la diputada Juliana Di Tullio (FpV) la primera.  Las mujeres en las Cámaras sólo presidían bloques unipersonales o muy pequeños. Uno de los argumentos que se utiliza en contra del cupo es que esas mujeres no entran por mérito. Y lo que vemos es al revés, las mujeres que llegan tienen las mismas o mayores credenciales educativas que sus pares varones. También vemos que en las comisiones que se le asigna a las mujeres también se reproduce la división sexual del trabajo y son asignadas a salud, cultura, educación o familia. Mientras que hay menos mujeres en infraestructura o presupuesto”.

Desde ELA sostienen la necesidad de avanzar en la igualdad de género e instalar en el debate público la idea de  la “paridad” en las listas, pensando en la reforma política. Está claro que esta desigualdad no se soluciona con sólo con un mayor protagonismo de las mujeres sino “que es necesaria una propuesta que implique una transformación social para alcanzar a una sociedad más igualitaria entre varones y mujeres.