MARCA(S) DE AGUA

Hace un año el centro del país vivió situaciones críticas por el avance de los ríos sobre las poblaciones, o de “las ciudad sobre los ríos”. Entre las provincias más afectadas estuvo Córdoba, donde hubo más de 2.000 evacuados, oficialmente ocho personas perdieron la vida y un pueblo entero debió ser evacuado. El agua tampoco dio tregua en el Litoral meses atrás.

Osvaldo Barbeito, geólogo de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), es una de las personas con mayor trayectoria en el estudio de catástrofes naturales. Con su vasta experiencia en investigaciones y trabajos en el terreno, sale de los lugares comunes para explicar las inundaciones en Córdoba en febrero del año pasado y expone entre las principales causas la falta de planificación y la memoria.

“Las marcas y la impronta están en el territorio”, explica Barbeito que tira por tierra la hipótesis de las lluvias excepcionales como causa de las inundaciones. El científico de la UNC entiende que factores como el deterioro de la forestación nativa, la agricultura sin prácticas de conservación del suelo y el avance de las zonas urbanizadas que impermeabilizan el terreno son importante causas de los desastres,  pero agrega que “estos aspectos han tenido mucho menos valor que la condición natural en los casos que me ha tocado participar”.

Las formas de habitar el terreno explican las inundaciones y “todas eran factibles de predecir”, explica el geólogo. “Los datos históricos muestran que esos lugares siempre se han inundado” y mencionó como ejemplo lo sucedido en la localidad cordobesa de Idiazábal.

“Si ves el pueblo en una imagen satelital no lo podes creer. Está  sobre una depresión, siempre se va a inundar. Lo único que se me ocurre es que alguien donó esas tierras para fundar el pueblo porque no servían para producir. Es una zona naturalmente inundable”.  

En relación a lo sucedido en las Sierras Chicas, el cordón montañoso ubicado al noroeste de la capital cordobesa, Barbeito explica que ahí se ha ocupado hasta “el lecho histórico del río, que se inunda en crecidas extremas”, poniendo en evidencia el avance de “las ciudades sobre los ríos”.

Sobre el desastre social, ambiental y económico ocurrido el 15 de febrero de 2015 en esta zona, un estudio científico de la UNC (2014), encabezado por Alicia Barchuk, puso el alerta sobre los riesgos en esta cuenca hídrica. El avance de la urbanización y la pérdida de dos mil hectáreas de bosques nativos en los últimos siete años,  son indicados en el informe como variables del desastre. Pero el aspecto más importante para explicar las pérdidas humanas y materiales son las construcciones cercanas a las orillas de los ríos y arroyos. “Debemos implementar un nuevo uso de la tierra planificado estratégicamente y esto depende del compromiso de toda la sociedad y de las acciones de gestión de las autoridades”, señala Barchuk.

 

 

Idiazábal tras la inundación / Foto: Ricardo Cortés (2015)

 

Todo un pueblo bajo el agua

Idiazábal está a 232 kilómetros al sureste de la capital cordobesa, en plena zona agrícola. Este lugar donde viven 1.400 personas,  fue uno de los más afectadas durante los temporales que azotaron a la región centro del país hace un año. 35 manzanas,  de las 45 que tiene el pueblo, quedaron bajo el agua. Casi toda la población debió dejar su casa.  

La inundación del 26 de febrero no fue la primera que soportó el pueblo. Como dice un colega, en Idiazábal son “los campeones de la inundación”, cada vez que Argentina ganó un mundial se inundaron.  En 1978 y 1986. Por eso, cuando el agua entró al pueblo en 2014, los cabuleros tenían esperanza en el triunfo.  Con lo que sucedió en 2015, parece que la racha se cortó definitivamente.

El miércoles 26 de febrero el agua entró al pueblo “por arriba y por abajo”, relatan los locales para referirse a los 350 milímetros que cayeron en pocos días y al agua  que vino de los campos lindantes  arrasando con todo.  El arroyo San José, que atraviesa el pueblo en el sector sur, alimentado por canales a los que la autoridad les hace la vista gorda, se convirtió en un río bravo. El agua subió sin pausa en la madrugada, entraba por las puertas y brotaba de los resumideros. Muchos se vieron obligados al exilio. Y ahí se quedó, quieta, por más de 10 días pudriendo todo lo que tocó. Lo poco o mucho que cada uno tenía en su vivienda y lo que no se puede volver a comprar: los recuerdos, las  fotos y las cartas, algunas de amor.

Un año después de aquel suceso, recorriendo el pueblo en una siesta caliente, llama la atención que casi no hay registros del  barro ni del agua que tapo a Idiazábal.

“El pueblo en sí se recuperó muy pronto, más rápido de lo que creíamos. Bajaron las aguas, volvimos a casa, sacamos lo poco que nos había quedado para tirarlo. Lo único que quedó son las paredes”, dice Carlos Fenoglio que padeció la inundación en su casa, en su negocio y en la cooperativa eléctrica que preside.

Dentro de las casas situación es diferente. En la pequeña oficina de Carlos están los vestigios del agua en las paredes. En el edificio de la cooperativa el olor a humedad persiste. ¿Cómo será trabajar acá todos los días? Carlos comenta que la gente que viene de afuera “siente la humedad” pero ellos parece que se han acostumbrado.

En la sala donde está el equipamiento de los servicios de televisión y telefonía amurados al piso, nada se pudo salvar. “Hoy estamos funcionando con equipos prestados”, agrega Fenoglio. 

Cruzando la calle, frente a la cooperativa, está la casa de Delia Fiore en plena refacción. Como si nos conociéramos desde siempre, abrió la puerta y nos guió por cada rincón. En la cocina, en las habitaciones y en el comedor el machimbre añejo no resistió la inundación. Todo huele a humedad. Con ayuda de la familia, Delia está recuperando la cocina donde no le quedaron ni los muebles.  El día que el agua entró a su casa se fue a Villa María donde vive su hija. “Yo quería venir a ver cómo estaba la casa y tanto insistí que me trajeron. Pase por el frente en un tractor”.  

 

 marcas de agua

Campos sobre ruta provincial Nº 6 entre J. Posse y Ordoñez (Córdoba) 


Con preocupación Carlos dice que “hasta el día de hoy no sabemos de dónde vino el agua que nos inundó. Desde febrero pasado, la gente del pueblo ha tenido cientos de reuniones con funcionarios provinciales e ingenieros especialistas para “tratar de evitar que Idiazábal se inunde nuevamente”. El pueblo está construido sobre una antigua laguna de retención y los pobladores son conscientes de esa situación. La pregunta recurrente es: “¿volveremos a inundarnos?” La respuesta  parece ser: “no sabemos”.

Con todo el pueblo evacuado, el Gobierno provincial hizo muros de contención y canales para desagotarlo. Estas obras eran permanentemente reclamadas del municipio al Estado provincial porque no contaban con fondos para encararlas. Se hicieron con el agua al cuello. 

“Hace poco llovieron 80 milímetros y no pasó nada”, dice Carlos con relación a las obras.  De todos modos “la gente está muy sensible, cuando llueve de noche se ven las luces encendidas de las casas”.

“Acá se necesitan otro tipo de obras  porque nuestro problema se lo estamos pasando a localidades vecinas. Es lo que nos pasa a nosotros, nos mandan el agua de arriba y hay que arreglárselas. El gran problema es que no hay plata. De nada sirve que te manden herramientas si no tenés para pagar el combustible y a los obreros”.

  

15F   contexto febrero

“Fue un tsunami que cayó del cielo”, declaró el entonces gobernador De la Sota cuando sucedió la tragedia de las Sierras Chicas. El 15F, como los vecinos decidieron llamar a ese día trágico, marcó un antes y un después en toda la región de las Sierras Chicas. Las inundaciones no sólo alteraron el paisaje sino la existencia de mucha gente que perdió todo, incluso la vida. 

Ese domingo 15 de febrero, tras una intensa lluvia que llegó a los 300 milímetros, el agua que bajó por la cuenca se tragó todo lo que estaba a su paso llevándose también la vida de ocho personas presas de la correntada. Río Ceballos, Unquillo, Mendiolaza, Villa Allende, Salsipuedes, La Granja, Agua de Oro, Jesús María y Colonia Caroya  sufrieron graves daños en viviendas e infraestructura.  Las pérdidas fueron millonarias, muchos debieron reconstruirse desde el mismo barro que los tapó.

Valeria Prato es de  Unquillo.  La vivienda que habitaba con sus cuatro hijos y su compañero está a tres metros del arroyo y a  70 cm por encima del terreno. “Ese día por adentro de mi casa pasaron los dos metros de agua que había en la plaza y lo que venía por el arroyo”. Valeria, que es psicóloga, cuenta que el 19 de diciembre de 2009 ya había entrado un milímetro de agua a la vivienda, pero como no fue tan grave se quedaron. Este año, mientras sacaban el barro de las habitaciones de la casa su hija le dijo: “Si ya nos inundamos, ¿por qué no nos fuimos antes?”.  El comentario fue suficiente para levantar lo poco que les quedó y mudarse a otra zona. “Nosotros pudimos hacerlo,  pero hay mucha gente que sigue viviendo en su  casa, cerca del río”.

contexto febrero

Con el paso de los meses, resueltas algunas urgencias y ante la ausencia de las ayudas estatales prometidas, los habitantes de las Sierras Chicas no se quedaron con la imagen del “tsunami que cayó del cielo” y alzaron su reclamo.

Una lágrima negra pintada en el rostro como señal de luto fue el símbolo que unió a todos los vecinos en el reclamo para que no vuelva a ocurrir lo del 2015. El reclamo se colectivizó a través de la Asamblea Permanente de las Sierras Chicas, formada con representantes de todas las localidades,  que durante todo el año que pasó hizo visible la situación en la que quedaron los inundados. Fueron los encargados de llevar los reclamos hasta la puerta misma de la casa de Gobierno provincial pidiendo por soluciones definitivas.

Pasados los primeros días de la tragedia, “cuando cada uno pudo empezar a mirar para afuera, nos dimos cuenta que íbamos  a transitar esto con los capitales que teníamos”, dice Valeria que es integrante de Tagua, una organización cultural que trabaja en las Sierras Chicas desde hace 15 años. “Para nosotros el trabajo comunitario siempre había sido una herramienta para transformar distintos tipos de conflicto”.

Apelando a la experiencia del trabajo en el terreno, desde Tagua empezaron a pensar en un dispositivo para poder entender lo que les estaba pasando. “Como a los dos meses de la inundación, empezamos a ver que las marcas del agua ya no se notaban y había que esforzarse para verlas. A su vez, uno no quería estar marcado para siempre y teníamos la necesidad de que nuestra casa esté limpia y ordenada”. De esa tensión surge Marca de Agua.

Las marcas devinieron en imágenes con los protagonistas y un encuentro vecinal para potenciar lo vivido que se plasmó en una intervención fotográfica que recorrió diversos espacios.

“Cada uno resignificó ese momento y usó la marca en su propia vivienda para lo que la necesitaba. No queríamos que fuera una muestra lacrimógena sino mostrar que hay algo de fortaleza y que ahí estamos siendo sujetos y no objetos. La inundación nos tomó, nos pasó y nosotros algo estamos haciendo con eso en términos propositivos”.