Turismo

“Sudáfrica, tierra mágica”

Con su millón doscientos mil kilómetros cuadrados en el encuentro entre el índico y el atlántico, sobre la tierra donde comenzó todo, es un destino magnífico y puede ser recorrida de mil formas. Estas son algunas postales del continente negro para viajeros inquietos.

 

 

Por Paula Hernández
Fotos: Constanza Orlando


Se puede atravesar casi 9 mil kilómetros para tirar la esterilla sobre estas bonitas playas y bañarse en sus aguas cálidas –o frías, hay para elegir-. Pero salvo que sea un surfista experimentado o guste de un baño con tiburones, es mejor ahorrarse las doce horas de vuelo, más escalas y buscarse otro destino en el mapa. Porque Sudáfrica es para andar.

 

No son cinco

 

-¡Allá!- Entre los árboles aparece un largo cuello elevándose por encima de los cuatro o cinco metros, con los binoculares se ven sus manchas marrones perfectamente delineadas: una jirafa con la mirada perdida en el horizonte rumiando, tal vez, unas hojas de acacia. Las primeras lágrimas de emoción empañan el binocular. ¡Qué injusticia! ¿Por qué esta preciosa criatura, el mamífero más alto del mundo, no es uno de los cinco magníficos? El diseño perfecto del rostro blanquinegro de una cebra o los ojos egipcios de un impala saltarín dejan hipnotizado a cualquier turista.

Con sus más de dos millones de hectáreas –la provincia de Tucumán entera- el Kruger es el más popular y más grande, de los 21 Parques Nacionales, 150 reservas naturales estatales y otras cuantas privadas existentes en Sudáfrica. Localizado al noreste, en la franja que limita con Mozambique, es el hogar de los "5 Grandes": Leones, Leopardos, Búfalos, Elefantes y Rinocerontes. Pero también, en el paisaje inconfundible de la sabana sudafricana, habitan a su ritmo y con sus reglas: guepardos, hipopótamos, jabalíes, hienas, babuinos, varios tipos de antílopes, 120 especies de réptiles y más de 500 clases de aves. ¡No te pierdas las aves!

El parque cuenta con una veintena de campamentos y varios alojamientos privados de distintas categorías que organizan safaris diarios. Hay que dedicarle al menos dos o tres días y si bien se puede recorrer por cuenta propia dentro de los horarios y rutas autorizadas, lo mejor es contratar un guía o sumarse a los safaris de los campamentos. Ellos conocen los secretos de la vida salvaje.

Presenciar el desplazamiento ceremonioso de una manada elefantes o el rugido de un león en su selva, es una mágica ofrenda de la naturaleza. Nadie puede irse de Sudáfrica sin vivir esta experiencia.

 

 

Una caminata Salvaje

 

Spelele está enamorado, tiene un niño con esa mujer. Pero no puede vivir con ellos. Comprar un terrenito no cuesta mucho: 100 Rands –poco más de cien pesos argentinos-, un cajón de cerveza, un brandi y algunas bebidas más para el “Rey” de aquellas villas. Los materiales para la casa son gratis –barro, troncos, paja- y la levantan con sus propias manos. Eso no es problema.

Lo que Spelele no puede es comprar vacas. Las once vacas que debe darle a su suegro para llevarse a la mujer que ama. ¡It's very expensive –dice en su tímido inglés de primaria- very difficult!

Spe, tiene 24 años y vive en una de las villas rurales de la Costa Salvaje en la Provincia del Cabo Oriental. Tierras de origen Xhosa, donde se habla la lengua conocida por sus simpáticos chasquidos -uno de los 11 idiomas oficiales- y lugar que vio nacer y crecer a muchos de los líderes negros, como Nelson Mandela.

Él es el guía durante los cuatro días de caminata –de cuatro a ocho horas diarias- entre verdes colinas y playas vírgenes por los 60 km que separan Port St. Johns de Coffee Bay. Una manera distinta de “hacer playa” y la posibilidad de conocer de cerca una de las culturas nativas más importantes de Sudáfrica.

El dolor de pantorrillas es recompensado no sólo por lo maravilloso de los paisajes y la calidez del pueblo Xhosa. Cada tarde al llegar a la villa donde se pasa la noche, una mujer sonriente espera con te rooibos y pan esponjoso con manteca, el agua caliente para un baño rápido –recolectan y potabilizan el agua de lluvia- y las camas listas en un característico rondavel, -casa circular de adobe- . Al caer la noche, se sirve de cena el plato tradicional, que a los argentinos puede resultarnos bastante familiar: un poco de remolacha –¡dulcísima!-, puré de calabaza, papa, espinaca con salsa blanca, una porción de carne –vaca, pescado, cangrejo, pollo- y el infaltable pap. El pap se come en todo el país, es como el arroz o el pan para nosotros, una preparación de maíz blanco con la consistencia de la polenta fría y sabor similar. Tu paladar se sentirá como en casa. ¡Enkosi!

La Wild Coast se extiende 250 kilómetros por el cálido océano índico. Es una región menos promocionada que las ciudades costeras, de aires europeos, hacia el sur por la Ruta Jardín, y por lo tanto con menor infraestructura turística. Pero ese es su valor: playas rústicas, poco concurridas y más genuinas, más africanas.

 

 

Ciudades, las mil y un posibilidades

 

Sudáfrica tiene ciudades grandes, algo caóticas y de fuertes contrastes. Las maneras de habitar el espacio urbano, sus calles, sus mercados, no son muy diferentes a las ciudades bolivianas, peruanas, del norte argentino o a la mismísima calle San Martin entre Colón y Humberto Primo en plena capital cordobesa. El comercio y la vida social se expanden hasta la vereda: debajo de un toldo se puede comprar una fruta, un vestido o hacerse los pies. Hay una peluquería por cuadra, a veces dos.

Lo primero es contratar un citytour para tener una primera referencia. Lo segundo, buscar el lugar más alto de la ciudad para verla en perspectiva: el edificio Carlton Center en Johannesburgo, el arco del Estadio Mabhida en Durban o la cima de la Table Mountain en Ciudad del Cabo.

Johannesburgo no es, como muchos piensan, una de las tres capitales de Sudáfrica, pero si la ciudad más poblada -cinco millones y medio de habitantes- y su principal puerta aérea. El aeropuerto internacional de O.R Tambo es el más grande y de mayor circulación de todo el continente.

Es una ciudad un poco dura, es cierto. Te dirán que no salgas después de las siete, que no tomes taxis, que no andes por allá, que la zona no es segura –te lo dirán en todas las ciudades-. Nada que no les digan a los turistas al llegar a Bogotá, al DF o incluso Buenos Aires. Pero Jo’burg o Jozi, como se la llama coloquialmente, merece una oportunidad. Sus museos y sitios históricos son el principal motivo, no el único.

Maboneng, por ejemplo, no figura en las listas de “10 cosas para hacer en Johannesburgo”. Este barrio de edificios con rostros y coloridos murales es una antigua zona industrial convertida en un polo cultural y social con bares, restaurantes y heladerías, talleres artísticos, locales comerciales, un museo de diseño y una vibrante movida juvenil. Una tarde bien aprovechada.

En las orillas del océano índico se levanta la ciudad de Durban, conocida como la pequeña India en Sudáfrica. A finales del siglo XIX, los británicos trajeron muchos habitantes de la India a trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. Las huellas dejadas en la arquitectura, la cultura y la cocina son palpables en esta urbe diversa y bulliciosa. Una buena oportunidad para visitar una mezquita o un templo hindú.

Aquí vino a parar en 1893 un joven abogado indio: Mahatma Gandhi. Cuentan que las humillaciones sufridas en un tren por su condición racial motivaron el despertar de su activismo político en defensa de sus compatriotas ante las leyes discriminatorias en Sudáfrica. Otro pedazo de la historia de la humanidad.

Mimada por las aguas del índico y el atlántico, protegida por la Table Mountain, Ciudad del Cabo es la más cosmopolita de las metrópolis sudafricanas. Sus museos y edificios históricos, sus playas de agua fría, un precioso paseo portuario, o la vibrante y jovial Long Street donde tomar una cerveza y bailar al son del balafón. El mejor lugar para cargar las mochilas con especias y regalos. La frutilla del postre.


En Sudáfrica el visitante quedará exhausto. Necesitará vacaciones para descansar de estas vacaciones, pero quién le quita lo visitado.

 

En las calles y en los museos, la historia

Negros en la caja de una camioneta volviendo de trabajar, niños negros con sus uniformes escolares correteando por las calles, negros esperando el colectivo, negros manejando el colectivo, levantando un edificio, en la peluquería o lavando autos. ¿Dónde están los blancos que gobernaron este país hasta 1994? Se fueron a los barrios del norte dirá la audioguía del citytour de Jahannesburgo, cuando con el fin del apartheid los negros ocuparon la ciudad que hasta entonces les estaba vedada. Por miedo, por seguridad, porque aún quedan heridas abiertas, la tribu blanca vive detrás de altos muros que finalizan en alambres de púa enrollados o electrificados, en barrios silenciosos y arbolados.

La primera postal de convivencia racial y de la diversidad cultural de Sudáfrica la encontramos en la costanera de la ciudad de Durban: allí pasean las familias negras, musulmanas, hindúes y blancas, comparten el espacio público. Al final del viaje en la cosmopolita Ciudad del Cabo están las mayores expresiones de integración: población mestiza, parejas interraciales y amigos hindúes, negros, europeos, orientales y musulmanes compartiendo la mesa de un bar.

En 1948 se formalizó un sistema de segregación racial que hunde sus raíces en la historia sudafricana y las secuelas están a la vista, aún hoy a 20 años de su abolición.

Sudáfrica tiene museos modernos y didácticos. Sin duda el Museo del Apartheid en Johannesburgo es una parada obligada.

Durante el apartheid todo estaba señalizado: “whites” o “non whites”. Las personas eran clasificadas en categorías según su raza, y en función de eso se establecía por donde podían circular, a qué escuelas y hospitales ir, que colectivos, baños, playas y bancos podían utilizar o no. Donde debían vivir.

En Ciudad del Cabo el Museo del District Six es la mejor forma de aproximarse a la experiencia humana del destierro que vivieron las familias expulsadas a los guetos.

Y desde esta misma ciudad un paseo de media hora en ferry te depositará en la Isla Robben, donde un ex prisionero político te contará en primera persona como era la vida en la cárcel de máxima seguridad en la que Mandela pasó 18 de sus 27 años de encierro.

Así como una parte de la historia se conoce en los museos, otra se va descubriendo en el camino.