Salud

Política y longevidad

El envejecimiento poblacional es un éxito colectivo que depende de la organización y la cultura de una comunidad. La longevidad es la resultante de la vida en sociedad.

*Dr. Carlos Presman

Se ha calculado que vivir solo, aislado, disminuye en diez años la existencia. La tan conocida, como egoísta, frase del “sálvese quien pueda” resulta una falacia si se quiere vivir 100 años. Es común escuchar que relacionarnos socialmente con nuestros semejantes nos hace más humanos; pues bien, parece ser que no solo la ética y la humanidad se contagian, sino también la salud y la sobrevida.

En poblaciones con integrantes muy longevos se encontró como denominador común su participación activa en la sociedad. Cuando estas personas llegan a la edad de adultos mayores, son realmente incluidos en su comunidad, se les otorga beneficios especiales, se los respeta, se los involucra en proyectos, se los consulta y se los venera por su sabiduría. Al ser ellos un grupo vulnerable, como los recién nacidos, las políticas sanitarias que se apliquen sobre ese colectivo tienen un alto impacto en la expectativa de vida. Por ello es que resultan fundamentales las políticas que promuevan una cultura de inclusión hacia los adultos mayores, que van desde las condiciones de hábitat hasta los servicios de salud; sin desatender la vinculación social de los ancianos con sus seres queridos y sus vecinos.

La expectativa de vida es un parámetro estadístico que solamente valora la edad a la que pueden acceder los habitantes de un determinado contexto geográfico. Es una medida que nos informa la cantidad de años que vive un grupo de personas, pero nada dice sobre cómo se viven esos años, sobre la “calidad de vida” que le espera a esa población.

Hace un tiempo se incorporó el concepto de “vivir sin discapacidad”; es una expresión que nos habla justamente sobre las condiciones de vida en los últimos años. La diferencia entre “vivir bien” y “sobrevivir con enfermedades invalidantes” se denomina expectativa de vida ajustada a la discapacidad, y representa de manera más fidedigna los años bien vividos. De modo más claro y simple se podría llamar: esperanza de buena vida. Los técnicos estadísticos deberían levantar la vista de sus tablas y computadoras para dialogar con los ancianos, escuchar sus historias y sus relaciones con la cultura local.

La esperanza de buena vida varía enormemente entre los diferentes países, en distintas regiones de un mismo país e incluso dentro de una misma ciudad. No es lo mismo nacer en una villa miseria y desarrollarse con carencias en condiciones de marginalidad, que arribar al mundo en un centro asistencial cinco estrellas y crecer con todos los servicios. Hemos aprendido que para llegar saludables a edades muy avanzadas, además de la biología (carga genética), influyen las condiciones socioculturales y la asistencia de los servicios de salud que abarcan el embarazo, el nacimiento, la infancia, la adolescencia y la adultez. Cuidar la vida desde el inicio, por ejemplo: otorgar a la población vacunas gratuitas, es una decisión política que repercute de manera directa en la expectativa y en la calidad de buena vida.

La posibilidad de vivir 100 años, conlleva una cantidad de variables, y la mayoría de ellas son afectadas por las políticas públicas.

La política, entendida como el quehacer de hombres libres en función del bien común, involucra al poder del estado en la distribución de la riqueza. La economía, subordinada de la política, influye de manera importante sobre la salud y la expectativa de vida. Mirado el mundo globalmente, la esperanza de vida entre los países ricos es 16 años mayor que la de los países pobres. Conviene nacer y vivir en un sitio pudiente si se quiere llegar a los 100 años. Sin embargo, cuando comparamos la cantidad de dinero por habitante o porcentaje del PBI que cada país destina a la salud, podemos comprobar que un gasto mayor no se correlaciona con una mayor longevidad. Por ejemplo, EE.UU gasta cuatro veces más en salud que Canadá y la esperanza de buena vida es dos años menor (70 y 72 años respectivamente). Otra comparación, pero entre países pobres, Cuba destina la mitad del dinero que Etiopía y la expectativa de vida ajustada a invalidez es de 65 y 34 años respectivamente. La cuestión, no es sólo cuánto dinero se destina a la salud, sino cómo se invierte, en qué se gasta y a quiénes beneficia. En general, el 90% del gasto en salud se orienta al sector de las prestaciones médicas (clínicas, medicamentos, tecnología), las que representan apenas un 10% en términos de esperanza de vida. Podríamos afirmar que así como el dinero no compra la felicidad pero cómo ayuda, tampoco compra la longevidad pero cómo ayuda. En definitiva, la política y la economía influyen en la salud mediante el poder de regular la distribución y la manera de aplicar los recursos para las condiciones de vida en una población. Podemos concluir que participar es mejorar la expectativa de vida, la longevidad es un éxito colectivo.