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"Yo peleo"

Por Fernando Otero

Fotos: Gentileza Olé

-¿Cuándo jugas tu próxima pelea?

-No, nene… Yo no juego, yo peleo.

-Ah… Gracias por el autógrafo.

 

El diálogo, tan breve como puede resultar de un encuentro de ocasión entre un chico y una figura deportiva mundial en la prehistoria de los eventos organizados por firmas comerciales y los contactos virtuales instaurados por las redes sociales, ocurrió, si acaso fue así, una tarde de 1974, a la salida del gimnasio del Luna Park, según la reproducción que entonces hizo la revista Gente. La evidencia fotográfica de la nota permite inferir que el pequeño admirador de no más de 10 años se fue de la cuadra delimitada por Avenida Corrientes, Madero, Lavalle y Bouchard con la satisfacción del propósito cumplido. Carlos Monzón, el otro protagonista de aquella charla, se apegó a su testimonio con la fuerza de quien sigue un dogma. Porque desde el barro y la miseria que le tocó en su origen en San Javier, Santa Fe, construyó con su puños, no con manos de orfebre, un destino que resultó una parábola: esos mismos puños convirtieron en femicida al mayor boxeador en la historia del deporte argentino, al integrante del Salón Internacional de la Fama, el templo de Canastota, en Nueva York.

Porque Monzón siempre peleó con dominio absoluto de sus adversarios, casi sin advertir que la violencia de género, mucho antes de que fuera cuestión de Estado, no pertenecía a la estadística que transformó su registro profesional en una credencial a la altura de los medianos -tal vez el peso que, en el boxeo, representa el biotipo estándar del común de la gente- más reconocidos de todos los tiempos.

Escopeta disparaba hasta barrer una división entera en el mundo, al extremo de no haber dejado rival en pie entre los 72,562 kilos, pero a la vez repartía sopapos a las mujeres que compartieron su vida. Lo supieron Mercedes, Pelusa, su esposa y madre de sus dos hijos, Susana Giménez, la pareja que la sucedió y de la mayor repercusión mediática, y Alicia Muñiz, la última por voluntad ajena. Fue la bella uruguaya, mamá de Maximiliano, la víctima que, como las anteriores, notó rápido la tendencia de Monzón al castigo desparejo. Pero, a diferencia de sus antecesoras, Muñiz no logró establecer la distancia que la protegiera…

Hace 40 años Monzón cerraba una foja de 100 combates con 89 victorias, tres derrotas (con sus vencedores, todos del ámbito local cuando proyectaba su construcción internacional, tuvo revancha), nueve empates y uno sin decisión. Poco más de una década después de su segunda victoria, en Montecarlo, frente al colombiano Rodrigo Valdez, el CV entre las cuerdas se degradaba en prontuario. Y a mitad de los años 90, en obituario.

Hubo, antes y después de cada uno de esos tres hitos, la constatación de que el ascenso y la caída, la aclamación y la reprobación, se resumen en el ámbito deportivo como en ningún otro. Y ese volumen se compone, primordialmente, de letras escritas con guantes de diez onzas.

El deporte de alto rendimiento es una meritocracia basada en aptitudes naturales y adquiridas, en rubros que van de la capacidad atlética y técnica al perfil psicológico. Representa el vértice superior al que se llega luego de escalar desde la tierra firme de la recreación y el esparcimiento, el juego propiamente dicho. Pero, como Monzón disparó con una claridad conceptual que él mismo ignoró, el boxeo lleva otra marca de referencia.

“Yo peleo”, pronunció en pleno apogeo en una categoría que, en su galería de leyendas, contempla a Sugar Ray Robinson, Harry Greb, Jale LaMotta, Marvin Hagler y Bernard Hopkins como las referencias ineludibles por continuidad en sus logros. El detalle excede el enciclopedismo: en una época de apenas dos entidades mundiales y un progreso en escalafón que demandaba paciencia y sabiduría ajenas a las facilidades con las que hoy cualquier principiante se calza una corona que apenas lo legitima como campeón del mundo (regular, interino o de precariedad aún más notoria), Monzón fue el mejor a un campo de distancia en una constante superación.

 monzon 

“No tuve ninguno como él, con la responsabilidad y rigor profesional para asumir la preparación de cada pelea”, admitió Amílcar Brusa, un entrenador que forjó campeones por docena. Monzón fue todo menos dócil: abandonó la escuela primaria para ayudar al sostén familiar con diversas ocupaciones (lechero, canillita, albañil…), le puso el cuerpo a una actividad severa pese a las debilidades óseas derivadas de su modesta nutrición infantil, fue capaz de adiestrarse sin los elementos necesarios para esa rutina, llegó a su primera noche contra Nino Benvenutti después de 80 combates, jamás fue noqueado, desarrolló su campaña de campeón en mayoría de escenarios extranjeros (apenas sumó tres defensas de 14, marca récord hasta que Hopkins la quebró en 2002) y conservó un invicto de casi 13 años (jamás volvió a perder luego de su derrota, la tercera, en su 20ª presentación profesional) hasta que decidió su retiro.

El morocho aindiado, rey de París porque sus exposiciones de más brillo se dieron en territorio francés y el aledaño Mónaco, fue injerto en el jet set mundial, actor en tiempos de ocio (de su protagónico en La Mary surgió el vínculo con Susana Giménez) e inspirador de Alain Delon, quien llegó a patrocinar algunas de sus peleas. Si acaso George Clooney lo hubiese hecho con, por caso, Sergio Martínez, no habría provocado asombro en función de aquel precedente a cargo del actor francés, célebre, fachero y taquillero como ahora lo es el estadounidense… 
Fue nada, todo y otra vez nada, convicto de conducta ejemplar que en virtud de ese comportamiento logró un régimen de salidas transitorias en el curso de los 11 años de condena por el asesinato de su mujer. Se mató en la Ruta 1, en Los Cerillos, cerca de su San Javier, luego de volcar con su auto cuando regresaba al presidio de Las Flores.

 

Junto a Susana Giménez 

 

En una sociedad atravesada por grietas no hay debate acerca de la escisión entre el deportista top, de una dimensión sólo reservada a Juan Manuel Fangio, Diego Maradona, Guillermo Vilas y, como miembros ingresados en el siglo 21, Emanuel Ginóbili y Lionel Messi, y el asesino con agravante por vínculo y género. Una premisa falsa, con rigor lógico, concluye de manera inevitable en el error. Porque el razonamiento debe partir de enunciados verdaderos. Monzón fue un deportista sin molde, irrepetible, y espejo como modelo de superación en su campo específico. Eso no lo redime de sus pecados capitales. A la vez, el peor de sus crímenes, imperdonable para una justicia terrenal, la que debe regir, no debe llevarlo a la hoguera de la negación de sus conquistas previas, ajenas al azar. El lado oscuro, en todo caso, convive con la luz. Carlos Monzón, al cabo, fue de una arcilla imperfecta.

 

Junto a Alicia Muñiz, con quien tuvo a su hijo Maximiliano. Monzón fue condenado a 11 años de cárcel por el homicidio de su exmujer –

en ese tiempo no existía la figura  del femicidio – en febrero de 1988.