• Ya no hay más filtros

     

    Mario Riorda

    Director de Maestría en Comunicación Política (Universidad Austral)  | Pte. Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales (ALICE)  


    “Estas son palabras privadas que te dirijo en público” narraba T.S. Eliot. Cosas que no se decían hoy son la característica visible de la política. De alguna manera resume la actual política sin recato, y peor, muchas veces, la política sin relato.

     

    La política sin recato 

    La política sin recato es la ausencia de límites en el decir. Límites estéticos o límites éticos, da igual. Vale todo. Esta es una visión pesimista. 

    Paul Scott, narrando la traumática salida británica del imperio indio a mitad del siglo pasado, escribía que los británicos “llegaron al final de sí mismos tal como eran”. Aunque él era crítico, esta podría ser, como contrapartida, una mirada optimista: vemos a los actores de la política sin maquillaje, sin pose, sin speech prefabricado, tal como son. Más auténticos, espontáneos. Sin filtro. Ya nada necesita ser tamizado con la orfebre actitud con la que se cuidaba antes a las palabras públicas.

    Y como se dice mucho, también se erra mucho. Se dice mucho porque Twitter te exige hablar a cada rato. Porque Facebook te avisa que hace mucho no has publicado. Porque Instagram te castiga en su algoritmo si no publicás seguido. Porque WhatsApp es la nueva conversación que agobia. La máquina mundial del hablar íntimo -y no tan íntimo- que no tiene descanso ni horario. No cesa.

    Por eso quienes antes pensaban desde la xenofobia, hoy profesan públicamente la xenofobia. Y no se cuidan. No tienen recato. Ser racista suele dar espacio a muchas voces. Votos incluso. Ser homofóbico también. Y potencia agrupaciones de intereses que se sedimentan con firmeza. Defender causas es más sancionar con palabras al que piensa distinto que apoyar mi punto de vista. Insultar es cool. Descalificar es valentía. Sin importar la razón. Eso agrupa. Te convierte en influencer de parcialidades.

    Martijn Schoonvelde, Anna Brosius, Gijs Schumacher y Bert N. Bakker analizaron 381.609 discursos políticos de países europeos. Y entre muchos hallazgos, destaco uno: lo “anti” funciona mejor. Por lo que la negatividad en las redes -que suele ser asfixiante- no es ni más ni menos que la expansión discursiva antinómica que la política ofrece desde sus propios actores en el día a día.

    Quizás la novedad es que ahora hay una escala industrial que es capaz de propagar y segmentar esa discursividad afianzando mucho más las tribus que defienden cada postura. Entonces la batalla ya no es vis a vis entre personalidades políticas sino que, como la violencia en el fútbol, también se enfrentan las hinchadas.

    Sin recato es también la ausencia de coherencia. El hoy vale más que el ayer. No hay sanciones a la contradicción. Políticos y políticas que dan vuelta de espacio en espacio sin sanción electoral porque la identidad partidaria ya no es un activo valioso. Se elogia la traición. Y más se elogia la redención. Acuerdos electorales, especulativos, coyunturales, son teñidos de alta política.

    Sin recato es el ego expuesto. En eventos inesperados y excepcionales donde nuevas capacidades y desafíos se ponen a prueba, los liderazgos quedan expuestos y a la intemperie. Desnudos. Es ahí, donde los y las líderes siempre hacen valer su condición de tal, su instinto de supervivencia y de superioridad. Ya lo afirma el psiquiatra y psicoanalista Otto Kernberg: “La patología narcisista y paranoide severa en el líder conduce a la intolerancia a la derrota”. Pero más. En la clásica obra sobre los modelos de decisión de los profesores Irving Janis y Leon Mann, se describe al individuo como un tomador de decisiones que no necesariamente se comporta como "un animal de sangre fría, una máquina calculadora siempre dispuesta a buscar la mejor solución, sino más bien como un simple mamífero de sangre caliente renuente a tomar decisiones, agobiado por conflictos, dudas y preocupaciones, luchando con incongruentes antipatías y lealtades, y buscando alivio por la posposición, por la racionalización (de lo que quiere hacer y no sabe realmente por qué) o (simplemente) negando responsabilidad por sus elecciones".

    Y todo esto lo vemos hoy, lo comentamos, porque no hay filtro. De nada.

     

    La política sin relato

    También podría entenderse con relatos planos, chatos, chiquitos. Hace muy poquito, un megaestudio de Kayla Jordan, Joanna Sterling, James Pennebaker y Ryan Boyd nos daba una primicia: los discursos son más simples. ¡Vaya novedad! Sí, tremenda, porque confirma tras analizar millones de discursos, textos políticos, intervenciones en las cámaras, 12.000 películas, transcripciones de la CNN y millares de artículos periodísticos que las ideas y los conceptos cotizan a la baja en la política. Que hay menos argumentación. Que los discursos se centran más en las personas y los hechos. Más personas y hechos que dejarían incómodo al mismísimo Pascal, porque las personas políticas ya no piensan para existir, existen en tanto y en cuanto opinan en tiempo real.

    Y además hay menos dudas porque la comunicación política se presenta más segura e intuitiva. La síntesis sería algo así como narrar la cotidianeidad de los hechos y mostrar seguridad en lo que se dice. Una especie de curso de hermenéutica de la realidad donde la verdad no es necesaria.

    El mismo estudio evidencia que los debates políticos -niños mimados de la democracia- son los que han demostrado la caída más abrupta del pensamiento analítico. El show debe continuar. Y no solo continúa, sino que se expande. Las redes son millones de microdiscursos o mejor dicho, de micromonólogos. Incluso, como se demuestra en diferentes estudios, el discurso dominante se infecta de bots en una campaña, y estos pueden crecer a niveles extraordinarios llegando a ser el 25 por ciento de las cuentas totales que interactúan en un proceso electoral. Y aunque el contenido no desborda por fuera de sus núcleos de adhesión, los relatos adquieren deformaciones impactantes, motivadas por las falsedades y los extremos.

    Pero no culpemos solo a las redes. Las redes no son el mensaje, las personas son el mensaje. Solo en Argentina, como ejemplo, de 1119 discursos de los principales políticos de oficialismo y oposición cuyas afirmaciones se constituyeron en noticias desde 2010 a 2018, el 49,86 por ciento de los discursos fueron totalmente falsos, insostenibles, engañosos; el 25,7 por ciento tienen una dimensión de verdad pero no son incuestionables; y solo el 25,73 por ciento de ellos, corresponden a discursos chequeados como verdaderos con datos verificables.

    Analizando campañas presidenciales en América Latina, junto a Natalia Aruguete, demostramos que las referencias a la imagen de los candidatos casi duplican a la política. La presentación de los liderazgos, sus cualidades personales y, sobre todo, sus valores e ideales, resaltando máximas y concepciones que guían sus respectivas maneras de obrar, superan ampliamente las propuestas de políticas en una relación aproximada de 4 a 1. Y además, las campañas son más negativas y esa negatividad, en modo ‘ataque’ está vinculada en su totalidad a ‘hechos pasados’. Ni siquiera hay debate predominante sobre el futuro, sino pura retrospectividad, esto es, discutir el pasado.

    Incluso, la máxima simplificación es cuando los discursos se autodefinen como no-ideológicos porque en realidad, desde la política -que es inherentemente ideológica- lo que se intenta hacer es negar la propia política, lo que en sí mismo es un acto circular, vale decir, un acto meramente político también. Y digo máxima simplificación, porque desde el sentido común no se elaboran argumentos para definir la propia identidad, sino que los discursos son espejos de lo que o de quien se quieren diferenciar. Aquí hay pereza intelectual, ausencia de relato original, y también hay ausencia de recato porque solo la existencia del otro -y su descalificación- justifica mi identidad, mi ser. Así funciona la política sin filtro.