• Osvaldo Soriano | La lengua popular

    Criado en pueblitos de provincia, llegó a Buenos Aires para describir con agudeza las paradojas del país mediante personajes imperfectos y bien argentinos. Pese a que pasaron más de 20 años desde que falleció sus libros se siguen vendiendo.

     

    Facundo Miño| Periodista 

     

    La leyenda comenzaba más o menos así. Un muchacho regresaba a Tandil, el pueblo de la infancia y conseguía trabajo como sereno en una empresa metalúrgica. Las noches eran largas, para no aburrirse leía historietas y novelas policiales. Después se animó a llevar una desvencijada máquina de escribir. En una modesta oficina se sentaba a tipear los primeros cuentos de su autoría. El tiempo dejaba de pasar lento y los amaneceres lo encontraban en plena actividad, tratando de dar forma a esos relatos. De allí en más, el resto de su vida, no pudo -posiblemente tampoco quiso- escribir o trabajar durante el día.

    Osvaldo Soriano se hizo aliado inseparable de la noche. Aceptarle una invitación a cenar significaba que muy probablemente el encuentro terminara cerca de las siete de la mañana y ningún bar, bodegón o cantina quedara abierto. Rara vez se despertaba antes de las tres de la tarde; rara vez se acostaba antes de que despuntaran las primeras luces del alba. Así lo describían quienes lo conocieron desde fines de la década del 60, cuando llegó a Buenos Aires, hasta su muerte prematura en 1997, a los 54 años, víctima de un cáncer de pulmón.

    Nació de casualidad en Mar del Plata y vivió en distintos pueblos del interior como Río Cuarto, San Luis y Cipolletti, destinos a donde era enviado Soriano padre, un empleado de Obras Sanitarias. Osvaldo quería ser futbolista y llegó a jugar en ligas regionales pero nunca dio el salto hacia los clubes importantes. Frustrado el sueño con la pelota, ya convertido en un joven, fue empleado en la metalúrgica por un tiempo y luego entró al diario El Eco de Tandil.

    De allí pasó a Primera Plana, la revista más importante del país aunque dejaría de publicarse apenas unos meses más tarde. Soriano peregrinaría por otras revistas y diarios hasta convertirse en un cronista respetado y admirado por sus colegas.

    Cuando se produjo el golpe de Estado de 1976 se exilió en Bruselas y en París. Tres años antes había publicado Triste, solitario y final, la primera novela. No habrá más penas ni olvidoy Cuarteles de invierno fueron obras emblemáticas que salieron en España con muy buenas ventas pero recién tendrían edición en Argentina en 1983, sobre el filo del retorno de la democracia. Fanático de San Lorenzo, buscaba cualquier excusa para llamar por teléfono desde Europa a Buenos Aires cada domingo y preguntar cuál había sido el resultado de su amado club. Mientras tanto, colaboraba con el diario italiano Il Manifesto.

    Pese a vender un impresionante número de libros, el regreso a Argentina con Catherine Brucher, su esposa de nacionalidad francesa, no fue sencillo. Estuvo en distintas revistas sin lograr acomodarse del todo, sin encontrar un lugar hasta el nacimiento de Página 12, diario en el que formó parte de la generación fundadora.  

    –Creo que no se respeta mucho el trabajo que uno hizo afuera. Exiliado si no es una mala palabra por lo menos te pone entre paréntesis- dijo en una entrevista.

     

    Retratar la argentinidad 

    Durante los años 80 Soriano se convirtió en el autor más leído de la época. “Un argentino que escribía como un argentino”, lo definía Adolfo Bioy Casares. “Una sabiduría popular escrita en un idioma absolutamente popular. Se metía bien en las venas de lo que es el argentino y eso es lo que lo hizo triunfar tanto”, afirmaba su amigo Osvaldo Bayer.

    –En el fondo, mis libros plantean por infinitésima vez en la literatura argentina el problema de la identidad. Yo hago historias de tipos como todos. Por eso mis personajes son contradictorios y se parecen tanto a los comunes mortales– explicaba el autor.

    No exagera Soriano, tampoco lo hacen sus colegas. 

    No habrá más penas ni olvido y Cuarteles de invierno retratan la violencia política de la década del 70 desde dos bandos enfrentados dispuestos a matar y morir en nombre de Perón en un pueblo inexistente llamado Colonia Vela. A sus plantas rendido un león cuenta las desventuras de un cónsul argentino en África que está “livianito de papeles”: todos los meses debe pedirle a su par británico que llame al banco para cobrar su sueldo y vive un dilema cuando estalla la guerra de Malvinas. En Una sombra ya pronto serásel protagonista es un ingeniero en desgracia que viaja hacia ningún lado en el medio de la pampa en pleno ajuste menemista.

    Las novelas posteriores, las recopilaciones de artículos y cuentos desperdigados continuaron abordando la misma pregunta obsesiva sobre la identidad nacional, con relatos insólitos y muchísimo humor. Cada libro lo consagraba un poco más. Por entonces lo llamaban “el último gran bestseller argentino”.   

    En 1995 la editorial Norma pagó 500.000 dólares –una cifra enorme incluso en aquellos años- para obtener los derechos de publicación de toda su obra. Vendía. Vendía mucho más que sus contemporáneos. La sorpresiva muerte dejó textos inconclusos y una posterior disminución en la circulación pero nunca fue olvidado.

    De hecho, la editorial Seix Barral compró los derechos por 120.000 dólares en 2003. Resultó un negocio redondo. Entre 2004 y 2016 vendió más de 400.000 ejemplares, un promedio superior a los 30.000 anuales. Sin campañas publicitarias ni exhibiciones destacadas en las vidrieras, se sostiene en el tiempo. En librerías de usados y saldos editoriales, dos décadas después del fallecimiento, sigue en la lista de los autores más solicitados.

    Por supuesto, el mundo académico lo miraba con algo de desconcierto y bastante de suficiencia. Le cuestionaban la estructura simple en las narraciones, le adjudicaban escaso vuelo literario. Se decía que sus historias eran puro hueso, no les sobraba ni una letra. No encontraban valor en esas formas, como si simple fuera sinónimo de superficial. Todo lo contrario.

    Soriano, el narrador popular, el amante de los gatos, el futbolero fanático de San Lorenzo, el amigo de las noches sin fin tomaba distancia de cualquier postura elitista. La descripción que hacía del oficio es sencilla y, a la vez, bellísima.

    –Un escritor está siempre igual de solo que un corredor de maratón. De esa soledad debe sacarlo todo: música celeste y ruido de tripas. Y también la peregrina ilusión de que un día, alguien decida abrir su libro para ver si vale la pena robarle horas al sueño con algo tan absurdo y pretencioso como una página llena de palabras.