• “La polarización gira al centro y el progresismo está desbaratado”

     

     

    Diego Genoud| Periodista

     

    Dice que la fórmula de los Fernández busca salir de la polarización con una opción de apertura “centrista” y marca con preocupación que las alternativas no aparecen. Afirma que, de la centroizquierda y el progresismo que tuvo cierto protagonismo durante los años del kirchnerismo “ya no quedan sino restos”. Socióloga, investigadora principal del Conicet y autora de una decena de libros, Maristela Svampa forma parte del grupo de intelectuales que rechazan el “desastroso” rumbo de la Argentina gobernada por Mauricio Macri, pero no adhieren al cristinismo.

    Remarca que, con la llegada de Cambiemos al poder, la discusión fue tomada por los economistas y los medios clausuraron por completo el debate sobre el extractivismo, la megaminería y la soja transgénica. “El retroceso es enorme y el cierre es total. Ahora se defiende el avance del capital sobre los territorios y se coloca a los indígenas en el lugar del enemigo interno”, dice.

    Sin embargo, no parece desanimarse. Después de escribir “Chacra 51, regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking”, está preparando, junto al abogado ambientalista Enrique Viale, un trabajo sobre la Ley de Glaciares que la Corte Suprema revalidó en junio pasado. 

      

    –¿Qué modelos se enfrentan en estas elecciones? ¿Hacia dónde cree que va el escenario político?

    –La fórmula Fernández-Fernández funciona como un llamado a la despolarización y obliga a otros sectores políticos a hacer una señal en la misma dirección. No es casual que el gesto sea leído como una oportunidad de oxigenar una sociedad que arrastra con hartazgo los efectos tóxicos de la polarización, junto con la peor crisis económica desde 2001. Es una opción centrista, una promesa de gobernabilidad para poner fin a la espiral de lo hiperconfrontativo. Macri, por lo desastroso de su gestión y su ceguera de clase, no tiene un imaginario conservador positivo como propuesta alternativa. Lo único que ofrece es antikirchnerismo en estado puro, lo que el oficialismo presenta una y otra vez como un “populismo irresponsable”, sinónimo de corrupción, mayor riesgo país y retorno al conflicto y a la venganza. El escenario político se ha inclinado al centro, por razones políticas (polarización) y económicas (la crisis). Pero el costo es la ausencia de horizonte progresista a la vista, como programa alternativo. Ni Lavagna encarna ese campo, ni tampoco la centroizquierda que acepta la polarización y elige ir como furgón de cola del kirchnerismo.

     

    –¿Por qué no se pudo -ni antes ni ahora- desbaratar la polarización y dar paso a otro cosa?

    –Es la trampa típica del populismo. Si uno mira la historia de América Latina, los tiempos de populismos siempre son de fuerte incomodidad para los sectores de izquierda. Porque no es que uno rechace por completo toda la gestión: hay elementos positivos y otros sumamente negativos. Uno está en contra de esa idealización y de ciertas políticas de Estado que tuvieron que ver con el pacto con el gran capital, como el que hubo con el capital extractivo y en algunos casos con el capital financiero. La incomodidad está justificada, lo cual no quita que haya habido una expansión de la frontera de derechos.

     

    –¿No hay falencias propias en los que no adhieren ni a un modelo ni al otro?

    –La llamada centroizquierda o izquierda no tuvo la capacidad -no tuvimos la capacidad- de abrir y generar esos otros espacios. Fuimos absorbidos por la dinámica de la polarización, donde no había margen para otras opciones. Y todavía estamos entrampados en esa dinámica.

     


    “La centroizquierda y el progresismo están desbaratados. Ya no quedan sino restos de todo eso. No tuvimos la capacidad de abrir y generar otros espacios. Fuimos absorbidos por la dinámica de la polarización y todavía estamos entrampados ahí”.


      

    Los restos del progresismo 

     

    –La sensación es que si Cristina hubiera decidido directamente no competir, la oportunidad se hubiera planteado para el PJ alternativo y no para el progresismo.

    –La centroizquierda y el progresismo están desbaratados. Tenían fuerza en el 2008, 2010 y hasta 2011 creo yo. Hoy en día todo eso está sumamente fragmentado. ¿Qué es lo que queda de esa fuerza que tuvo cierta potencia detrás de Proyecto Sur, inclusive en algún momento con Stolbizer? Ya no quedan sino restos de todo eso. Varios están llamando a un frente de unidad como Pino (Solanas) y va a costar rearmarlo porque la derecha no solo ha deslegitimado a los progresismos realmente existentes: ha deslegitimado a todas las izquierdas, en toda América Latina. Hay que rearmarse desde un espacio común, tratar de tender puentes entre las diferentes izquierdas. Y yo creo que eso solo podría hacerse si se abre el juego y no se ubica a Cristina Fernández de Kirchner como la única posibilidad de cambio.

    Fotos: Juan Casas

     

    –Algunos sectores de aquel progresismo también confían en Lavagna.

    –Lavagna puede ser una salida no neoliberal dentro este infierno que nos toca vivir. Hay mucha gente que tiene expectativas en eso. Todo lo que rompa con la dinámica de polarización abre un nuevo escenario y se puede pensar en términos de gobierno de transición. Pero me temo que alguien como Lavagna también puede hacer un pacto de élites, que puede ser bastante negativo.

     

    –¿Cuál es su discusión con Solanas?

    –No tengo discusión con Pino. La última discusión que tuve fue cuando se juntó con Lilita Carrió y yo me opuse. Lo respeto mucho, creo que tiene una visión de país y un proyecto sumamente interesante, algo que tienen pocos políticos en Argentina. Al mismo tiempo, es un gran artista. Pero me parece que estamos empobreciendo la política si hablamos de un frente de unidad en apoyo a Cristina.

     

     

    El lenguaje de la era Cambiemos 

     

    –¿Cuál es el rol y la tarea de los intelectuales en esta coyuntura?

    –Desde el año pasado, empezamos a trabajar en el Espacio Autónomo de Pensamiento Crítico con Beatriz Sarlo, Horacio Tarcus, Rubén Lo Vuolo, Roberto Gargarella y Pablo Alabarces, entre otros. Creo que los intelectuales no tienen el poder o la capacidad de interpelación que tuvieron en su momento el Club Socialista y más recientemente un grupo como Carta Abierta. Tampoco el que tuvo el Club Político Argentino o que pudimos tener nosotros también al inicio, desde Plataforma.

     

    –El intelectual no tiene ni el lugar ni la influencia de otros tiempos.

    –No lo tiene, sobre todo porque entramos en una coyuntura de crisis económica. La agenda la fijan en gran medida los medios y ya no buscan más la voz de los intelectuales, salvo dos o tres que aparecen en televisión, interpelados constantemente. Lo que buscan ahora son economistas. No se trata más de pensar la Nación, el futuro: se trata de ver cómo salimos de esta coyuntura económica.

     

    –Vuelve a hablarse de riesgo país y endeudamiento.

    –Bueno, ese es un tema también interesante para analizar: cómo en tres años cambió el lenguaje político y cómo se diluyeron los conceptos que atravesaron el ciclo progresista. ¿Quién hubiese pensado que la Argentina iba a volver tan rápido al FMI? No es el único país, volvió Ecuador también. Ajuste, tarifazo, riesgo país, FMI. Todos esos vocablos que formaban parte del lenguaje político-económico de los años 90, ahora están otra vez en el centro. Y eso no te permite pensar en la política.

     

    –¿Y qué quiere decir que hayan regresado tan fácilmente?

    –¿Qué quiere decir? Que creo que la salida del ciclo progresista fue catastrófica. El kirchnerismo obturó la posibilidad de otra salida con un candidato que estaba lejos de ser progresista.

      

    La clausura del debate

     

    –¿Qué cambió en materia de extractivismo, del kirchnerismo al macrismo?

    –Lo que hay es una continuidad y una profundización del modelo extractivo. Vaca Muerta lo sintetiza: creada por el kirchnerismo, ha sido profundizada en clave neoliberal por el macrismo. La mayor diferencia es que ahora, de manera mucho más desembozada, se defiende la lógica del capital y se desdibuja todo aquello que tenga que ver con la lógica de derechos. El lenguaje de derechos humanos, que era un espacio de disputa con el kirchnerismo no está más en la agenda pública. Se ve con los mapuches, se los criminaliza y se los coloca en el lugar del enemigo interno. De lo que se habla es del avance del capital en los territorios, vistos como territorios extractivos, que han sido “usurpados” por indígenas.

     

    –El acuerdo YPF-Chevron en Vaca Muerta, en cambio, fue muy cuestionado en los medios.

    –Los medios se han cerrado por completo a la discusión. No hay más lugar para la disonancia en grandes medios como Clarín, donde yo antes publicaba. El retroceso es enorme y el cierre es total. Periodistas que les daban espacio a los asambleístas de Famatina y Andalgalá, ahora hacen apología de la megaminería durante 20 minutos o media hora en el prime time de la televisión. No se habla más de los riesgos y se banaliza todo.

     

    –¿Por qué cree que funcionaba distinto durante el kirchnerismo?

    –A ver… había más espacio en los medios hegemónicos, les convenía en la medida en que se suponía que eso atacaba la base del kirchnerismo. En realidad, ellos nunca dudaron del modelo extractivo: siempre apostaron a él. Pero, además, en el mismo gobierno kirchnerista había una apuesta por la frontera de derechos y se sentía incómodo ante la violación de derechos colectivos. La cuestión ambiental aparecía como un punto ciego, no conceptualizable. ¡Para estos no! Para ellos es claro que lo único que importa es el avance del capital en esos territorios. Con el kirchnerismo había un debate, no saldado, pero había un debate.

     

    –Macri quiere además avanzar con un proyecto minero en Chubut, el primer lugar en que se le dijo “no” en 2003 a la megaminería.

    –Hay una obsesión particular con Mendoza y Chubut. En las dos hay un activo militante importante y una ley que prohibe la megaminería. En Mendoza, se aprobó por decreto el fracking y quieren revisar la ley, pese a las resistencias. En Chubut, de la mano de Bergman, que es un virtual ministro de Minería, existe el Proyecto Navidad, uno de los proyectos de plomo y plata más grandes del mundo. La empresa que es Pan American Silver nunca se fue, hizo una apuesta muy grande y encontró la oportunidad de avanzar en la asociación con este gobierno, sobre todo después de la muerte de Das Neves. Seguro van a insistir después de las elecciones.

     


    “No hay más lugar para la disonancia en los grandes medios. El retroceso es enorme y el cierre es total. Periodistas que les daban espacio a los asambleístas de Famatina y Andalgalá ahora hacen apología de la megaminería en el prime time de la televisión. No se habla más de los riesgos y se banaliza todo”.


     

      

    El discurso del desarrollo

     

    –¿Qué pasa hoy con las comunidades en Vaca Muerta?

    –Hay graves problemas. Están operando en un territorio donde hay 20 comunidades declaradas y no reconocidas. Hace poco hubo un juicio por “usurpación” contra la comunidad Campo Maripe y el juez declaró que hay derechos de los pueblos originarios que son reconocidos por nuestra Constitución, que deben ser tenidos en cuenta y que la cuestión debe salir del Derecho Penal, que es lo que buscan las empresas -incluida YPF-, las corporaciones y el Gobierno. Hay que sacarlo del ámbito penal para pasar al ámbito civil. Lo más importante en este momento para mí es que se cuestiona la viabilidad económica financiera de Vaca Muerta. Desde 2013 venimos diciendo que el fracking necesita una masa de subsidios enorme y tiene un bajo rendimiento energético. Ahora, eso mismo lo dicen los investigadores asociados al establishment y se publica en el Wall Street Journal.

     

    –En su último libro cuenta un cruce con un miembro de la familia Sapag que defiende el fracking. ¿Cómo se discute con los que hablan en nombre del progreso?

    –Yo hago ciencias sociales críticas y creo que se trata de problematizar. Es necesario desmontar el discurso del progreso y el desarrollo como discurso del poder. Vengo trabajando mucho hace tiempo sobre eso.

     

    –¿No es más difícil cuando retorna la crisis y se asocian los proyectos extractivos con la posibilidad de trabajo?

    –No es fácil, es muy difícil. La gente quiere progresar y quiere crecimiento económico. Ahora bien, cuando efectivamente se encuentra frente a una situación de confrontación, ante la expansión de las fronteras petrolera, minera, sojera; ante la posibilidad de una megarrepresa, los impactos de la contaminación industrial en la cuenca Matanza-Riachuelo, que se han constituido en todos los casos como zonas de sacrificio, la gente lo piensa desde otro lugar. Y ahí sí, la gente se demuestra mucho más sensible y piensa en términos más concretos y toma partido por la vida. Para que esto se constituya en un problema público, la gente tiene que experimentar esa dimensión que tiene que ver con el daño y el sentimiento de injusticia.