• Qué puede ocurrir con la inflación

     

     

     

    Por Gastón Utrera| Presidente de Economic Trends 

     

    Durante los últimos 10 años, la inflación ha mostrado en Argentina dos patrones muy marcados, útiles para pensar qué puede ocurrir con ella durante el resto del año.

    El primer patrón es una marcada estabilidad de la inflación en torno al 2 por ciento mensual, independientemente del ritmo de emisión de dinero y del nivel de las tasas de interés.

    La teoría económica afirma que tal cosa no es posible porque la inflación, cuando es elevada (2 por ciento mensual lo es), no puede ser al mismo tiempo estable, porque considera que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno estrictamente monetario. Esto implica que, para mantener la inflación estable en un nivel elevado, harían falta autoridades monetarias muy disciplinadas que mantuvieran estable el ritmo de emisión de dinero, algo contradictorio con una inflación elevada, que da, por el contrario, la señal de indisciplina, y hasta de cierto descontrol monetario.

    En otras palabras, para mantener estable una inflación del 30 por ciento anual se requiere de las autoridades monetarias, siguiendo con el enfoque monetario de la inflación, la misma disciplina que para mantener estable una inflación del 5 por ciento anual; pero, si la inflación es del 30 por ciento anual, significa que las autoridades monetarias no son disciplinadas y, entonces, no resulta razonable esperar estabilidad en la inflación.

    La explicación de cómo es posible entonces, en contra de la teoría, tener una inflación alta y, al mismo tiempo, estable, como efectivamente viene ocurriendo en Argentina (excepto luego de fuertes devaluaciones, como veremos enseguida) es que la inflación, una vez que alcanza niveles elevados, deja de ser un fenómeno estrictamente monetario, ya que se ponen en marcha otros fenómenos, no monetarios, como el proceso circular por el cual salarios suben porque suben los precios y luego precios suben porque suben los salarios, y así sucesivamente, manteniendo elevada, en un nivel relativamente constante, la inflación. Entre otras cosas, esta inercia inflacionaria implica que la inflación se hace muy persistente, resistiéndose a la “medicina” tradicional de aplicar ajustes monetarios para reducirla. Por eso fracasan en Argentina los planes anti-inflacionarios de tipo monetarista.

    El segundo patrón es una aceleración durante los meses posteriores a cada devaluación, como ocurrió luego de las devaluaciones de enero de 2014 (gestión de

    Axel Kicillof al frente del Ministerio de Economía), de diciembre de 2015 (gestión de

    Alfonso Prat Gay) y de abril a agosto de 2018 (gestión de Nicolás Dujovne), efecto que va reduciéndose con el paso de los meses.

    Esto es consecuencia de que, en un país con décadas de inflación crónica, la formación de precios internos termina, tarde o temprano, utilizando al dólar como valor de referencia, haciendo entonces que las devaluaciones se trasladen rápidamente a los precios internos.

    A pesar de este patrón tan marcado, la elevada inflación de 2016 tomó por sorpresa al Gobierno (llegó a casi el 40 por ciento, muy por encima de la meta oficial de entre 20 y 25 por ciento) porque creyó equivocadamente que los precios internos tenían en cuenta un dólar a 16 pesos (por el valor del dólar paralelo) en lugar de un dólar por debajo de 10 pesos (por el dólar oficial), y lo sorprendió nuevamente en 2018 (casi 50 por ciento de inflación, por encima de la meta oficial de entre 8 y 12 por ciento), aunque por otro motivo: creyó que era posible el funcionamiento de un esquema de tipo de cambio flexible sin que se produjeran fuertes subas del dólar en caso de cambio de expectativas de ahorristas e inversores.

    Cuando las expectativas cambiaron y aumentó entonces la demanda de dólares, el esquema flexible generó bruscas subas del tipo de cambio que impactaron fuertemente sobre los precios internos.

    Se trata de errores de diagnóstico que conviene tener en cuenta al momento de mirar hacia adelante. No hay que olvidar que los esquemas de tipo de cambio flexible no funcionan en Argentina (el olvido de 2018), y que las subas del tipo de cambio se trasladan rápidamente a los precios internos (el olvido de 2016).

     

    ¿Y entonces? 

    Estas claves de análisis deberían servir para reflexionar sobre qué puede ocurrir con la inflación durante el resto del año.

    El riesgo de una nueva aceleración de la inflación como consecuencia de una fuerte devaluación es menor desde que, a fines de abril, el Gobierno decidió forzar un cambio en la política acordada con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para el manejo del dólar.

    Había pasado de una política de tipo de cambio flexible (primer acuerdo con el FMI, junio de 2018) a una política de bandas cambiarias (segundo acuerdo con el FMI, septiembre de 2018) entre las cuales el Banco Central quedaba imposibilitado de intervenir comprando o vendiendo dólares (zona de no intervención, es decir, de tipo de cambio flexible) y por fuera de la cuales el Banco Central podría intervenir, aunque de manera acotada.

    Como esto generó una inquietud creciente por la posibilidad de que la dolarización de activos que suele producirse en cada año electoral presionara al dólar y, con él, a la inflación, el Gobierno finalmente decidió imponerle al FMI una nueva política: posibilidad de intervención del Banco Central en el mercado cambiario aun dentro de la denominada “zona de no intervención”, sabiendo que al FMI no le quedaba otra alternativa que convalidar la decisión, porque no le conviene que caiga el acuerdo con Argentina.

    Esta nueva política cambiaria, más discrecional y menos predecible que la anterior, puede ser bien utilizada, para disciplinar al mercado y guiar la evolución del dólar, evitando saltos bruscos y reduciendo la incertidumbre; o puede ser mal utilizada, dando simplemente liquidez a un mercado ávido por comprar dólares a cualquier precio. En sus primeras semanas de funcionamiento sirvió, al menos, para calmar al mercado cambiario, con un dólar más estable que durante los meses previos.

    En la medida en que el Gobierno logre, a través del Banco Central, mantener estable al dólar hasta las elecciones, es natural pensar que la inflación podría regresar una vez más al 2 por ciento mensual, un nivel todavía elevado, pero más parecido al que hemos tenido durante gran parte de los últimos 10 años, compatible con la posibilidad de una recuperación económica.

    Perforar ese 2 por ciento mensual y alcanzar, entonces, una inflación más baja es, en cambio, mucho más improbable, porque implicaría romper el persistente proceso de inercia inflacionaria (salarios que suben porque suben los precios y precios que suben porque suben los salarios), algo que no ha ocurrido en los últimos 10 años, y que se realimenta con cada nueva paritaria. Con aumentos salariales por encima del 30 por ciento este año, la inercia inflacionaria seguramente continuará, aun cuando tales aumentos no permitan todavía que los trabajadores recuperen el poder adquisitivo perdido.

    De tal manera que el escenario más probable es una inflación, como mínimo, en torno al 2 por ciento mensual durante gran parte de lo que resta del año, acumulando así un piso del 37 por ciento anual durante 2019. Una inflación menor al 37 por ciento anual requeriría perforar el 2 por ciento mensual, algo que hoy parece improbable.

    Mirando más allá de diciembre, habría que esperar inflación elevada por varios años, porque superar el obstáculo generado por la inercia inflacionaria requiere algo más que políticas monetarias y suele ser, en el mejor de los casos, un proceso lento.