• Del cielo al infierno

     

    Julio César Grassi volvió a la escena pública después de negarse a dar una muestra de ADN y de presentar una demanda contra su víctima y contra los especialistas y organizaciones que intervinieron en su juicio. Un caso emblemático de pedofilia en la Iglesia Católica argentina.

  • Del jet set al mundo tumbero

     

    Fernando Farré no se resigna a la pena de prisión perpetua que la Justicia le impuso por el asesinato de Claudia Schaefer y sostiene su inocencia con versiones cada vez más inverosímiles. Un crimen que se convirtió en caso testigo de la violencia de género en la Argentina.

     

    Osvaldo Aguirre |Escritor y periodista 

     

    Boca abajo, en el piso del chalet donde acababa de asesinar a su esposa, Fernando Farré alzó la cabeza para enfrentar al fotógrafo. La imagen de su rostro ensangrentado y la mirada encendida de odio se convirtió en un ícono y desde el 21 de agosto de 2015, cuando cometió el crimen, retorna cada vez que una crónica relata su historia, un caso testigo de la violencia de género en la Argentina.

    En un hombre preocupado por su imagen pública, como Farré, las fotografías eran importantes. El álbum donde posaba con Kate Moss, Paris Hilton, Halle Berry y otras figuras del espectáculo mundial probaban su importancia como ejecutivo, así como los retratos con su esposa y sus hijos lo mostraban como parte de una familia feliz. Un maquillaje que disimulaba cada vez con mayor esfuerzo las situaciones de violencia que lo tenían como protagonista y que terminó de descomponerse con el crimen.

    Condenado a prisión perpetua, no se rinde. Todavía espera que la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires revise la sentencia. Es un personaje público que simboliza el horror del femicidio.

     

    De manual

    En el juicio oral y público que se realizó en los Tribunales de San Isidro, la fiscal Laura Zyseskind definió el caso como “un femicidio de manual”. Esa familia modelo había incubado un crimen horrendo. “Mucha gente identifica la violencia de género con la violencia física. La violencia verbal, la violencia económica, no están registradas por las víctimas ni por la sociedad. En el caso de Claudia Schaefer se daban todos los aspectos”, explicó la fiscal.

    Los audios de las conversaciones entre Farré y Schaefer, difundidos durante el juicio, probaron la violencia doméstica. “Vos administrá tu caja de bombachas y tu caja de zapatos y yo me encargo de los bienes económicos de la familia”, “tenés un sueldito de mucama”, decía Farré a Schaefer. “Él escondía bienes, escondía sus cuentas, mientras le reclamaba por el costo de una hamburguesa o por la peluquería a la que ella iba después de un viaje”, recordó Zyseskind.

    Schaefer había planteado su deseo de separarse a fines de 2014 y poco a poco empezó a dar los pasos legales necesarios. El crimen fue el último acto de una serie de intimidaciones, amenazas y agresiones con las que intentó mantenerla bajo su dominio.

    Farré se había desempeñado como ejecutivo de primeras marcas: Carrefour, Coca Cola, Banco Santander, L'Oreal, Avon, Coty. En prisión le sacaría lustre a su curriculum vitae, como si mereciera una atención especial por esos títulos: egresado de la Universidad Católica Argentina, especialidad en marketing en negocios internacionales en la Universidad de Pittsburgh, hablante de inglés, francés y portugués, beca Fulbright. Los presos de la unidad 48 de San Martín observaron que se paseaba con una bata de American Airlines, como resto de su vida de CEO.

    El despido de Coty puso en crisis el imaginario que sostenía su visión del mundo, el estereotipo machista del hombre proveedor y la mujer que se encarga de las tareas del hogar. Claudia Schaefer salía a trabajar, mientras él, según sus declaraciones, tenía que quedarse a cuidar a los hijos. Sin embargo, la fiscalía relativizó su versión como un padre dedicado a su familia, tanto como la carta dirigida a sus hijos que leyó en el juicio, una estrategia para ganarse el favor del jurado que consiguió lo contrario de lo que buscaba.

    Farré, entonces de 52 años, asesinó a Claudia Schaefer, de 44, en el country Martindale, de Pilar. Se habían encontrado para repartirse pertenencias en medio de la división de bienes acordada en un proceso de divorcio. Tenían tres hijos de 13, 12 y 9 años. Esa mañana de agosto de 2015, se convirtió en una celebridad. A expensas de la vida de su mujer.

     

    Farré y Schaefer

     

    La creación de un personaje

    El suceso adoptó el nombre del asesino. Terminó por ser “el caso Farré”, al punto que el nombre y la historia de Claudia Schaefer parecen borrarse detrás de su figura y, en algunas crónicas, comienzan a perderse en el olvido.

    La brutalidad del crimen salió de lo común. Farré mató a su exmujer con dos cuchillos a la vez. Le asestó 66 puñaladas, varias de ellas post mortem, le provocó 74 lesiones y por último la degolló. El médico forense Juan Raúl Cheuquel dijo que varias de las heridas fueron infligidas “no para matar, sino para generar algo cruel”. Ahora, en un nuevo intento por zafar de la Justicia, el femicida sostiene que Schaefer fue asesinada por los primeros policías que llegaron al lugar del hecho.

    Los protagonistas, de clase media alta, encarnaban un tipo de personaje que los medios de comunicación seleccionan con preferencia como tema de noticia. El escenario era un exclusivo barrio provisto de canchas de golf, polo, espacios verdes para equitación y seguridad las 24 horas. El crimen abría las puertas de un mundo habitualmente cerrado a la gente común.

    Los contrastes agregaron otro motivo a la curiosidad pública: del management empresarial a la premeditación de un crimen espantoso, del jet set al mundo tumbero, Farré apareció como un personaje excepcional. Si antes posaba para los fotógrafos en el Caribe o en salones de fiestas, ahora caminaba con la cabeza gacha, llevado del brazo por policías, o asistía a su juicio con la vista perdida en algún punto de la sala de audiencias.

    Por si hacía falta, el juicio ofreció un nuevo motivo de interés. El abogado defensor, Adrián Tenca, se plantó ante los miembros del jurado y les prometió una revelación sorprendente: “Esta es una película de la que ya sabemos el final. Ustedes van a tener que desentrañar la trama que desencadenó el asesinato. De este juicio surgirá una historia oculta hasta ahora, una historia traumática y shockeante que conoció Farré pocas horas antes del crimen y que perturbó su conciencia”, dijo en la primera jornada, el 28 de junio de 2017 en el Tribunal Oral de San Isidro. La promesa terminó en el más trillado de los lugares comunes jurídicos: la versión de que el femicida actuó bajo emoción violenta.

     

    Una causa paralela

    Un año después del crimen de Claudia Schaefer, una mujer llamada Adela Maciel murió en una plaza de Villa Diamante, en el partido de Lanús, después de ser degollada por su pareja. Fue el 7 de junio de 2016.

    Adela Maciel, de 41 años, tenía ocho hijos. El más pequeño, de nueve meses, estaba en sus brazos cuando el asesino, José Aranda, la atacó. Ambos mantenían desde hacía un año, en secreto, una relación sentimental, de la que había nacido la criatura.

    Como el crimen de Claudia Schaefer, el de Adela Maciel se dirimió en un juicio por jurados. El Código de Procedimiento Penal de la provincia de Buenos Aires admite la posibilidad de resolver en juicios orales aquellos casos donde se traten delitos muy graves. El Tribunal se conforma entonces con un juez y un jurado integrado por 12 personas comunes.

    Pero a diferencia de lo que ocurrió con el caso del country, el de la plaza de Villa Diamante apenas llamó la atención de los medios y del público, y en mayo de 2018 los jurados absolvieron a Aranda del cargo de femicidio y sostuvieron que correspondía una condena por homicidio simple.

    La resolución del crimen de Adela Maciel tampoco tuvo mayor repercusión. Pero debió tenerla, porque reveló que el juicio por jurados no es tampoco una garantía para remediar las fallas de la Justicia: los jurados consideraron que no estaba demostrada la relación de pareja y en consecuencia desestimaron el femicidio. Aranda fue condenado a 18 años de prisión.

     

     

    Tumberos

    En junio de 2018, Farré denunció un plan para asesinar al fiscal de San Isidro Patricio Ferrari. El supuesto instigador compartía con él una celda en la unidad penal 48, de San Martín. Era otro preso mediático, aunque menos conocido: Ignacio Pardo Paso, exsaxofonista de Los Fabulosos Cadillacs.

    Un mes después Farré dijo que otro preso lo había amenazado de muerte a causa de la denuncia, por lo que comenzó a ser trasladado a distintas cárceles de la provincia de Buenos Aires hasta llegar a la de Bahía Blanca, donde se encuentra. Sin pruebas ni evidencias más que su propia palabra, pareció un recurso para obtener la prisión domiciliaria.

    Sus denuncias, además, comenzaron a sucederse a partir de un hecho significativo: en junio de 2018, el Tribunal de Casación de la provincia de Buenos Aires confirmó la pena de prisión perpetua por el crimen de Schaefer. La defensa apeló el fallo, y el femicida comenzó a plantear una nueva versión.

    Después de la condena, dio varias entrevistas para la televisión. Reconoció entonces su responsabilidad en el crimen, pero reclamó ser considerado como otra víctima: “Ella me pedía un paso al costado, quería un poco de aire. Yo era una persona enferma, mucho más enferma de lo que estoy ahora. Mi salud mental y física estaba totalmente deteriorada. Tuve dos intentos de suicidio, de los que me salvó Claudia”.

    Con la asistencia de un perito de parte, dijo que “no era él” cuando mató a su esposa: “Lejos de ser premeditado y a sangre fría, ocurre un acto bajo el concepto de inimputabilidad, del que yo no tenía conciencia -argumentó-. No fue a sangre fría, fue a sangre muy caliente”. Insistió en que el crimen fue un episodio irracional y que, como suelen argumentar los femicidas para no confrontar con sus actos, no recordaba nada de lo que había hecho. No sabía si llamarlo emoción violenta, pero se consideraba inimputable, “algo explotó en mi cabeza que me llevó a hacer eso”.

    Ahora sostiene que fue la policía bonaerense la que mató a Schaefer, después de encontrarla herida. Mientras tanto, sumó una nueva denuncia en su contra de las fiscales Carolina Carballido y Laura Zyseskind, quienes pidieron que se investiguen las amenazas de muerte en su contra que habría proferido Farré en la cárcel.

    Con sus penurias de presidiario, la tensión permanente en la que vive con los otros presos -como un reflejo de que no acepta la cárcel y en definitiva el castigo por el crimen- y sus versiones insólitas, Farré sigue siendo un personaje de actualidad. Quizás sea el momento de cambiar el foco y recuperar la historia de vida de Schaefer, para tratar de comprender entre otras cuestiones cómo fue posible que una mujer que había acudido a la Justicia, que contaba con asistencia legal y se encontraba teóricamente a salvo, sucumbiera de todas formas a la violencia de género.

     

    Un epicentro

    Un hecho policial es un epicentro, dice Ivan Jablonka en Laëtitia o el fin de los hombres, un ensayo a propósito del femicidio de Laëtitia Perrais, ocurrido en Francia en 2011: un episodio que muestra en la superficie social problemas y fenómenos que circulan de manera más o menos solapada.

    El crimen cometido por Farré, en ese sentido, expuso el fenómeno del femicidio, pero también las representaciones convencionales que, aun cuando pretenden aportar una explicación, desconocen el problema. El análisis, dice Jablonka, suele ser que un hecho policial horrible exige un monstruo como responsable, alguien finalmente ajeno a la sociedad, y un monstruo debe ser encerrado. Ese simplismo traduce un movimiento de fondo en la sociedad, la necesidad de asignar a todo crimen un responsable ante el cual desviar la propia responsabilidad.

    Pero no hay buenos y malos, ni ángeles y monstruos. Lo inquietante de los femicidios es que, entre otras revelaciones, desarticulan los lugares comunes: se trata de crímenes que, en la mayoría de los casos, ocurren en la esfera familiar, y en consecuencia obligan a examinar las ideas, las creencias y las costumbres socialmente aceptadas que sostienen la violencia.