• Ángela Lerena, sabe de lo que habla

     

     

    Su presencia en el campo de juego es una revolución no sólo como referente de la mujer en la profesión sino para muchos chicos que se inician en el periodismo deportivo.

     

     

    Por Cecilia Ghiglione | Redacción COLSECOR

     

    Es periodista deportiva desde los 19.  Ángela Lerena comenzó en TyC Sport, pasó por Fútbol para Todos y hoy es parte de la señal TNT Sport en el nuevo formato del fútbol pago. Su trabajo en el campo de juego es reconocido y valorado por sus pares, su presencia dentro de la cancha,  que parecía acorazada para las mujeres, aporta a la igualdad de género en el trabajo.  

    Como Gisella Trucco, la mujer árbitro que debutó en la primera categoría, Lerena es pionera en trabajar cerca del banco de suplentes en una cancha de fútbol. Con la conciencia clara de su lugar, apuesta a que el género tenga un lugar de mayor calidad en el medio y no como “figura decorativa o adorno”.

    - “Tengo un asiento acá, no se preocupen tanto. Pero miro los partidos parada, soy una chica de popular”, dice en twitter en respuesta a algún comentario de alguien que la vio embarazada trabajando en la cancha. La periodista, que también es dirigente comunista, ex candidata a legisladora y militante sindical, usa la red del pajarito con asiduidad para expresarse sobre diversos temas que se vinculan a la profesión, pero también habla de política, de género y otras discusiones de la caliente actualidad nacional.  Lerena es una figurita difícil en el medio.

    En 2014 se quedó afuera de la transmisión del FPT del mundial de Brasil y esta situación fue criticada por muchos colegas y en las redes sociales. En su lugar fue Titi Fernández. “Me parece un gran error”, dijo el periodista Alejandro Wall resaltando el trabajo periodístico de Lerena en el campo de juego, “con criterio, sin hacer circo y sin repetir en cada partido preguntas obvias”. “Ya vas a tener tu Mundial”, le pronosticó el conductor Daniel Tognetti. Previsora, y depositando confianza en la Selección Nacional, ya compró su entrada para la final de Rusia 2018.

     

    Además de profesional, ¿sos apasionada del fútbol?

    A los 14 me enamoré perdidamente del fútbol pero antes, a los cinco, de casualidad alguien me preguntó de qué cuadro era y yo no sabía. Le pregunté a un tío y me hice de su equipo. En mi familia el fútbol ni siquiera se comentaba, el único deporte era el golf.

     

    ¿Ibas a la cancha?

    Era un drama. Era impensado que una chica de San Isidro nacida en un ambiente de clase media conservadora se cruzara la Capital sola para ir a la cancha. Tenía que rogarle a alguien que fuera conmigo, lo volví loco a mi hermano que era dos años más chico. La primera vez que fui a una cancha tenía 14, no te voy a decir a que equipo fui a ver, pero recuerdo todos los detalles. Después seguí yendo los fines de semana pero siempre vestida con ropa suelta y una capucha que no me sacaba hasta estar adentro entre amigos. De hecho los varones hacían pis delante de mí.

     

    ¿Y  en la escuela cómo era ser futbolera?

    Iba con la camiseta de mi equipo debajo del uniforme, eso implicaba que se burlaran de mí. Me preguntaban si era varón, me decían lesbiana. Me moría de ganas de jugar al fútbol con mis amigos pero no me dejaban, tenía que hacer hockey como todas las chicas. Igual no soy buena jugando fútbol, como en la vida me destaco más por el esfuerzo que por el talento. 

     

     

    Ángela estudió comunicación social en la UBA y cursó también periodismo deportivo. A los 19, cuando la llamaron de TyC Sports, el fútbol la atrapó y fue terminando de construir su identidad alrededor de él. “Siempre trabajé de esto”, dice.

    La primera vez que pisó el campo de juego fue el 8 de marzo de 2012, Día de la Mujer, en el partido que Lanús le ganó a San Lorenzo 4 a 1.  De ese momento recuerda mensajes de apoyo, críticas constructivas y ataques directos por ser mujer.

    “Soy futbolera de toda la vida, pero además soy feminista, tenemos que serlo para desandar las enormes diferencias entre hombres y mujeres en el ámbito laboral y otros tantos espacios”. 

    Lerena entiende que el hecho de ser mujer en esta profesión la pone bajo un sensor especial, como en el viejo Telebeam. “Por ser mujer, todos te van a estar mirando, buscando el error. Cada cosa que no sale del todo bien en un partido me la marcan por twitter. Pero están todos pendientes de lo que hago”.

     

     

     

    RUSIA 2018: “Le tengo fe a la Selección. La historia indica que Argentina siempre ha sido protagonista. Confío en Sampaoli y me gusta el fútbol ofensivo que practica”

     

     Si tuvieras que hacer un resumen de tu experiencia profesional ¿qué dirías?

    En estos 20 años, da medio vieja que lo diga, me di cuenta que es un problema del hombre que le cuesta aceptar a la mujer, no es un problema de la mujer. Si estudias y te formas tenés la misma posibilidad de hacer bien el trabajo de un hombre. Es como que el fútbol es el último reducto. ¡Minas acá no!, dicen…. Y vos venías a invadirle el último bastión y encima, a veces, sabes más que ellos y trabajas mejor. Entonces, el lugar ha sido ocupado con paciencia, equivocándome lo menos posible porque están con la lupa y cada error tuyo es para demostrar que las mujeres no pueden hacer esto.

     

    ¿Qué es lo peor del machismo en una cancha?

    Todavía me pasa que cuando pido un teléfono me dicen: “Te doy el que no tiene mi mujer”, haciendo el chiste de siempre. O que te tiran los perros todo el tiempo, no por mí, sino por ser la única. Me pasó una vez en Córdoba, en la antesala de un vestuario, entraron todos menos yo por ser mujer. Y el tipo me decía: “femeninos acá no”. Fíjate que ni siquiera podía usar la palabra mujer y usaba un masculino para referirse a una mujer. Armé un escándalo porque me aprovecho también de eso. Le dije que iba a denunciar al club y a él por discriminación. Finalmente vinieron los dirigentes y le dijeron: dejála pasar, por favor. Como a la media hora cuando el lugar estaba lleno de familiares y mujeres me acerco y le digo: se te llenó de femeninos. Me quería matar. En realidad te da bronca que todo cueste el triple para que te consideren al nivel del resto. Nosotros sufrimos el machismo y la misoginia desde muchos años, ahora cada vez menos. Si los jóvenes pueden ver que una mujer puede hablar bien de fútbol y le pone dedicación, también ellos van a crecer con una mirada de la mujer más abierta. La pelea hoy ya no es tanto por un lugar, porque cada vez hay más mujeres en los canales deportivos, sino que la pelea pasa por un lugar de prestigio y de calidad. Es importante que las mujeres puedan reafirmar su profesionalismo, que sea un aporte de fondo y no de forma.

     

    ¿MESSI O MARADONA? : “Mi generación es maradoniana. Lo que hizo en el Mundial del 86 no se iguala con nada.

     

    ¿Y qué aporta la mujer al periodismo deportivo?

    Al tener tan poco margen para el error, eso te hace chequear más los datos, ser más profesional. Ese doble esfuerzo no es justo pero te templa el espíritu y te hace más fuerte.

     

     

     

  • Del cielo al infierno

     

    Julio César Grassi volvió a la escena pública después de negarse a dar una muestra de ADN y de presentar una demanda contra su víctima y contra los especialistas y organizaciones que intervinieron en su juicio. Un caso emblemático de pedofilia en la Iglesia Católica argentina.

  • Desarrollo local

     

    Editorial | Revista COLSECOR, marzo 2018

     

    Es el contexto sobre el que trabajan nuestras cooperativas asociadas a COLSECOR. Es el territorio donde hablan los beneficios tangibles que podemos generar como entidad de integración, para que se transformen en hechos que construyan progreso.

    Nuestros pueblos han sido capaces de enfrentar el futuro porque comprendieron que el cooperativismo era la salida de emergencia para sostenerse y poder crecer. No es menos cierto que, desandando aquellas decisiones de solidaridad creativa, no aparecían en el horizonte muchas otras opciones razonables.

    La sensación del deber cumplido de aquellos tiempos nos tiene que dinamizar las capacidades de respuestas ante la actualidad que entraña un peligro mayúsculo: las pequeñas y medianas comunidades se están despoblando. Los grados de afectación del fenómeno se extienden y lo peor es que no hay una discusión publica que nos permita advertir la crisis que ya la tenemos encima.

    Seguramente reviste poca importancia el tema cuando lo que se mira prioritariamente son los grandes conglomerados de personas en Argentina. Mientras se dejen a los pueblos librados a su suerte y no se distingan en el campo de los problemas sociales tanto las causas para corregirlas como los efectos para revertirlos, vamos a seguir en la simplificación de los debates como Nación.

    Tenemos pobreza porque obtenemos pobres avances en educación. Los seguimientos de las políticas públicas con una enorme burocracia estatal vuelven casi imposibles las correcciones permanentes y la comunidad educativa se entumece ante el discurso político correcto porque no puede pasar a las acciones. Explota la inseguridad en las ciudades porque el delito opaca el trabajo y la droga inunda las calles. Nos alejamos de la realidad con adicciones y somos cada día, más violentos. Ninguna de las observaciones que caracterizan el momento son un mundo aparte, todo lo contrario, expresan un sistema de decadencia traumática.

    Es definitivamente más difícil, resolver problemas en las voluminosas magnitudes poblacionales. Mientras no se promuevan los desarrollos de las localidades de menos de cien mil habitantes, vamos a continuar horadando esos pedazos de suelo argentino para que sea tierra de nadie. En simultaneo, la gran mayoría de los argentinos continúan agolpándose en la estrechez de los conurbanos que no permite las libertades y estruja el futuro de millones de ciudadanos.

    No vamos a poder tener una mejor persona si primero no intentamos hacer una sociedad más justa y equilibrada. El cooperativismo representa un modo de organización económica y social que va en esa dirección y el Estado tiene que tender a promover mejores condiciones de integración social en aquellos lugares donde puede haber más eficacia y eficiencia en cuanto a la inversión de los recursos de todos.  

     

  • El Hipnotizador: el goce también está en los juegos preliminares

    Néstor Piccone | Licenciado en Psicología y periodista 

     

    Las cajas de sorpresas tienen un atractivo especial. Aunque algunos puedan sentir fascinación por cada envoltorio la mayoría se deja ganar por la ansiedad y rompe rápidamente las cajitas cada vez más pequeñas en busca del regalo sorpresa.

    Este camino no es el más aconsejable para ver El Hipnotizador, serie original de HBO Latinoamérica, que se puede ver por HBO GO. Aunque todos queremos llegar al final, con esta serie está bueno detenerse en cada trampa, seguir las pistas aunque parezcan mentirosas o esquivas.

    El Hipnotizador tiene ese encanto. Va de menor a mayor y en la sucesión de historias construye “la” historia. En la sucesión de imágenes despliega un sueño que, como sucede en la vida, siempre tiene algún punto de contacto con la realidad, que es donde se goza. El sueño siempre entraña sufrimiento ya que el goce, si lo hay, es efímero.

    “Toda historia, mientras uno la piensa, inaugura un laberinto mental que abre a cada paso nuevas ramificaciones y dudas.” Pablo de Santis, al momento de escribir el prólogo del cómic hecho libro, allá por el año 2010 ya insinuaba el juego que El Hipnotizador algunos años después provocaría en los espectadores de la serie. Plena de ramificaciones y dudas que alientan a buscar el próximo capítulo para cortar la angustia que abre lo desconocido por conocerse.

    El Hipnotizador fue concebido por el maridaje logrado entre el guionista Pablo de Santis y el dibujante Juan Sáenz Valiente. El responsable de semejante encarnación fue Juan Sasturain, director de la revista Fierro, segunda época. De Santis introducía su esperma de ideas en la cabeza de Sáenz Valiente y de ese encuentro nacían cientos de cuadritos de historieta llenos de misterio, suspenso, nostalgia y melancolía.

    Algunos años después aquel juego de hipnosis creativo, por obra y gracia de HBO Latinoamérica, se convirtió en una guía para la serie que lleva el mismo nombre y que multiplica las sombras del cómic en alucinantes imágenes oníricas. Las miradas, el péndulo en movimiento, la sugestión y el mismo texto que el hipnotizador utiliza para introducir en el sueño a sus partenaire: “La hipnosis, señores, no es magia. Es una poderosa forma de la sugestión, es la ciencia del sueño inducido,” dicho lo cual, Arenas, el hipnotizador, moviendo el péndulo de izquierda a derecha, pronuncia el rezo pagano que producirá el milagro del trance: “El sueño llega con los pies ligeros… pero los pasos se hacen más pesados. Y más pesados…”

    La sugestión se hizo poder en el aquel encuentro fundacional, hace de esto miles de años cuando el hombre y la mujer unieron idea, palabra y mirada en una misma acción, con una misma intención: influir en el otro.

    Los egipcios ya hablaban de la cura de sueño. Los romanos y los griegos tenían templos como el de Esculapio o Asclepios e inmortalizaron la serpiente enlazada a una vara en vertical como uno de los símbolos de la medicina. Platón y Aristóteles hicieron escuela con la retórica, la dialéctica, la poética y la búsqueda de la catarsis.

    En América los mayas y los aztecas dejaron huellas en la memoria histórica sobre la palabra que cura a través de un ejercicio de poder que la tiene como señuelo. Aunque ese ejercicio de poder, como todo poder que se precie tuvo enemigos: la inquisición mandó gente a la hoguera por practicar este culto, aunque los árabes lo reivindicaron.

     

    El Hipnotizador tiene buenos actores. María de Medeiros, actriz portuguesa que podemos recordar en Pulp Fiction de Quentin Tarantino. Carla Quevedo, quien fuera Liliana Colotto en El Secreto de sus Ojos de Juan José Campanella y más cerca en el tiempo en la serie El Maestro. Alejandro Awada que hace un paso efímero por la serie y otros que también nos dejan con las ganas de disfrutarlos un poco más como Marilú Marini, Luis Machín, el Chino Darín o Darío Grandinetti. Menos mal que Leonardo Sbaraglia es el protagonista y Daniel Hendler gana en la segunda temporada un coprotagonismo incluyente que nos permite volverlos a encontrar en los próximos capítulos. Excelente actuación, plena de matices y despliegue dramático en Sbaraglia y un Hendler distinto pero efectivo en su rol del hijo del inventor del experimento de Puente Blanco.

    Los escenarios aunque son alucinantes y se construyen en laboratorio hacen pie en territorios reales del departamento Río Negro y Montevideo en la República Oriental del Uruguay.

    Así como en el cómic del 2010, Sáenz Valiente, en un guiño político identificaba a Felipe Domingo Cavallo como un prestidigitador antagonista de Arenas, cargado de perfidia; en la serie la voz de Mercedes Sosa sorprende con un Gracias a la Vida en un momento donde la muerte parece adueñarse de todos los personajes.

     

    La historia de la psiquiatría y el psicoanálisis reconocen un pasado en el que la hipnosis es un buen camino hacia la cura de las enfermedades mentales Dicen que Freud se chocó con el inconsciente humano y la clínica psicoanalítica por haber fracasado como hipnotizador.

    Leonardo Sbaraglia es el hipnotizador-hipnotizado. Su principal dolencia es justamente la contraria del sueño hipnótico, el insomnio.

    En su afán por encontrar la verdad, el amor, o la solución para el sueño perdido El Hipnotizador conocerá el éxito en Finisterra, de donde tendrá que huir perseguido políticamente hasta recalar en la isla de Puente Blanco. Arenas-Sbaraglia lleva en su recorrido el interés del espectador aunque a veces lo deje solo enfrentando los atajos o pistas falsas. Es un camino de 15 capítulos, un trance en el que hay que dejarse llevar al sueño inducido para poder descubrir el secreto de la búsqueda o la búsqueda secreta del amor y la verdad.

    Dirigibles, serpientes, mariposas, relojes, péndulos juegan con pitonisas y prestidigitadores, cantantes desafinados y pianistas perdidos. Personajes que se entrecruzan con médicos, jueces, políticos, policías amorales que no toman demasiado en serio, sublevaciones, protestas o revoluciones de un pueblo que luchando por sus sueños quiere dejar la hipnosis del sometimiento.

    El secreto de El Hipnotizador- hipnotizado está en descubrir si algo de lo que ve y siente es lo que parece.

    En la serie, el bien y el mal juegan a las escondidas. El relato puede quedar en manos de “El coleccionista de días” un apropiador serial que responde a quienes son capaces de desprenderse de 24 horas de su vida, tal vez porque le agobian o no le sirven para nada. En otro momento la historia de El Hipnotizador se recreará en El Archivo de las identidades pasadas, una especie de biblioteca de valijas con recuerdos que perviven en el Cementerio de Equipajes en el sótano del Hotel de los Pasos Perdidos. Hacia allí va Arenas, El Hipnotizador, detrás vamos los espectadores.

    Sin apelar al juego fácil de los zombis, creados para simplificar la existencia de los muertos vivos; El Hipnotizador encuentra un juego más inquietante en esa metáfora y es la interacción entre los Originales y los Renacidos que viven (¿?) en Puente Blanco.

    Con el suspenso de un policial, con la fantasía de una serie de ciencia ficción, El Hipnotizador nos transporta a esos mundos lejanos, pero que están ahí nomás: en nuestra mente, en nuestra historia.

  • Gracias a Dios

     

    No hay razones para creer en Dios. No hay razones para no creer
    en Dios. Dios es indemostrable. En el camino hacia Dios llega un
    momento en que la razón, impotente, se detiene. El que quiera creer
    tendrá que saltar. El salto es la fe. Es un salto sobre un abismo, un
    salto sin red. De aquí que la fe no sea la razón. La razón procede
    por sumatorias que convergen en la demostración de algo. Hay un hilo
    conductor. Nunca aparece el abismo. La razón construye un camino
    seguro, sólido. Dios no es verifcable empíricamente. Ese es el abismo.
    Ahí, si aparece, se necesita la ayuda de la fe. La fe me permite saltar el
    abismo de la imposibilidad empírica.
    Soberanía y poder.   
    J.P. Feinmann

     

     

    Por  Carlos Presman (*)

    ¿Se puede dar misa sin creer en Dios? ¿Se puede ejercer la medicina sin creer en la ciencia? ¿Dios es causa y curación de las enfermedades? ¿Por qué los médicos se creen dioses? ¿Qué sentido tiene la enfermedad si nos vamos a morir? ¿Qué espacio ocupa la religiosidad en los procesos de salud y enfermedad?
    Cuando nací, estoy seguro, mi padre sin decirlo pensó: mi hijo va a ser médico. Mandato o condena que cumplí. Pero por otro lado me dio la libertad de elegir sobre mis creencias religiosas. A pesar de venir de madre y padre judíos, no fui circuncidado, me eduqué en el Colegio Alemán, donde la mayoría era evangelista, y me formé con los scouts católicos del padre Quito Mariani. Yo no era nada, o agnóstico o ateo. Recuerdo que cuando el cura llamaba a mi casa y atendía mi viejo, me llamaba diciendo: “Te llama tu padre…” En la facultad nunca tuvimos clases de filosofía o del espacio que ocupaba la religión en los pacientes. En realidad nunca estudiamos la relación médico paciente. Como profesional siempre encontré cómico el comentario de los pacientes que cuando las cosas iban bien era gracias a Dios y si salían mal era culpa de los médicos. Subyacía en esas frases que Dios era bueno y curaba mientras lo humano era malo y mataba. Estaba clarito dónde estaba el bien y dónde estaba el mal. Sin embargo, las cosas se complicaban cuando los niños padecían enfermedades dolorosas, invalidantes y fatales. En terapia intensiva observaba cómo la religiosidad aumentaba a medida que se aproximaba la muerte. Requerían la presencia sacerdotal justo antes de morir. Curioso lo de la confesión, si el oficio de Dios es perdonar. Con el tiempo le fui dando tanta importancia a las palabras, al lenguaje, como a los datos del laboratorio o a las dosis farmacológicas. Así aprendí el enorme uso de la palabra Dios en la consulta médica. Recuerdo una frase de mi viejo: “Se lee de los libros pero se aprende de los pacientes”. Y ellos hacían referencia permanente a Dios: Si Dios quiere, Dios sabrá lo que hace, está en manos de Dios, que por favor Dios se lo lleve, que Dios lo salve, como Dios manda, que Dios lo bendiga y el clásico, gracias a Dios.

    La historia natural de la enfermedad, o sea, librada a su evolución sin ninguna intervención terapéutica prácticamente no existe. Si antes decíamos que la naturaleza era sabia, ahora conocemos que la naturaleza sabía. Desde Descartes en adelante el avance científico ha permitido erradicar enfermedades, tratarlas, controlarlas y aliviarlas de manera increíble. El hombre y las ciencias médicas cambiaron la historia natural de la enfermedad y con ella de la humanidad. Con los cambios de hábitos de la posmodernidad aparecieron nuevas enfermedades y nuevos abordajes de las mismas. Pensar la problemática salud-enfermedad pareciera prescindir de la existencia de Dios. Sin embargo, como en sendas paralelas, la religiosidad acompañó a las ciencias, y a través de la iglesia influyó sobre las políticas sanitarias: las enfermedades de transmisión sexual, el aborto, la muerte digna, entre otras. Una tensión ideológica atraviesa todavía hoy las ciencias médicas, la iglesia y la religiosidad humana. Cuando en el acto médico hay que arribar a un diagnóstico o a una terapéutica, esas tensiones se corporizan en el paciente; la praxis profesional atraviesa por la cultura de ese momento histórico del enfermo y del médico. Tomar decisiones en medicina implica numerosos desafíos: la dificultad que ofrece el diagnóstico de la enfermedad, el tiempo en la consulta con su modalidad de pago, la tentación al uso irracional de
    la tecnología o los medicamentos, con su obscena rentabilidad, los prejuicios del médico y las creencias del paciente, entre otras. Es habitual en mí que finalizada la consulta y ante la expresión común de los pacientes “si Dios quiere”, conteste: “Va a querer”. Esperaba esa frase cuando cité a control un paciente anciano para el año siguiente. Pero como él no agregaba nada, fui yo quien dijo: “Si Dios quiere…” El paciente me puso cara de serio y extrañado. Sin mediar palabra me contó esta historia: “Vivíamos en Santa Fe, mi padre era shojet  pero hacía de rabino, hasta que fuimos a esa casa. Fue una mañana
    de domingo, con mi hermano menor. Había terminado la guerra. En el living, el amigo de mi padre había armado un museo doméstico del holocausto, o shoá, como le decía. Objetos, cartas, ropas, dibujos infantiles, fotos. Recorrimos mirando sin hablarnos. Conmovidos, asustados, dolidos. Al salir a la vereda, mi padre nos puso a mí y a mi hermano uno al lado del otro. Él se paró al frente, se agachó y mirándonos a los ojos, sentenció: Vieron… Dios no existe.”
    En ese mismo instante recordé la frase de Primo Levi: “Existe Auschwitz, por lo tanto no puede existir Dios” y me quedé pensando por qué había dicho “si Dios quiere”. Como es habitual en mí, cuando el silencio del dolor se hace insoportable salgo con el humor. “¿Conoce el cuento del cura al que Dios iba a salvar? Resulta que en la ribera del Paraná, un sacerdote, ante la inminente creciente, le pide a Dios que lo ayude y él le responde que lo va a salvar. El río crece, el cura se sube al techo y viene una lancha a rescatarlo. El sacerdote agradece pero aclara que Dios lo iba a salvar. El río sigue creciendo y el cura asciende al campanario. Una segunda lancha viene a rescatarlo. El padre insiste en que Dios lo va a salvar. La subida de las aguas obliga al sacerdote a sentarse en la punta de la cruz de la iglesia. Por fortuna una tercera lancha acude a rescatarlo, pero el cura repite obstinado que Dios se había comprometido a salvarlo. El Paraná siguió creciendo y el padre murió ahogado. Como buen sacerdote, va al cielo y lo recibe Dios. El cura aún mojado, le plantea el reclamo. Por qué le había dicho que lo iba a salvar. Dios lo mira decepcionado y responde: tres lanchas te mandé, tres lanchas…” El viejo sonrió y me dijo: “Con la medicina pasa lo mismo”. Cuando se fue, me quedé pensando en su respuesta. Cuántos pacientes por creencias religiosas no se dejaron salvar por las “lanchas” médicas que significan la cirugía, la quimio o radioterapia, las vacunas o los antibióticos, los trasplantes, o tantas opciones de efectividad terapéutica científicamente demostradas. La creencia fue más poderosa que la opción médica. Si bien es cierto que los médicos nos creemos Dios, no es menos cierto que Dios no ejerce la Medicina. La palabra cura evoca al sacerdote y al verbo curar. De la medicina se dice que es un sacerdocio. Trampas del lenguaje.
    Faltaría a la verdad si no consignara los pacientes que por su religiosidad evitaron conductas diagnósticas y terapéuticas fútiles, gravosas o se salvaron del encarnizamiento terapéutico. Las creencias que impidieron el avasallamiento tecnocrático, de lucro e inhumano. El desafío asistencial médico es incorporar a la consulta la religiosidad del paciente. Tenerla presente a la hora de tomar las decisiones clínicas. Considerar, no sólo la condición biológica, psicológica y
    social del paciente, sino también su espiritualidad, su creencia, su Dios.
    El sentido de este texto no es rebatir o validar la existencia de Dios, simplemente aceptar que la religiosidad forma parte de la mayoría de los pacientes y que su presencia se agiganta en situaciones límites de vida o muerte. La fe del paciente puede resultar una herramienta poderosa a favor o en contra de su salud. El desafío médico, aunque parezca un contrasentido, es hacer un abordaje científico y racional de ese aspecto tan humano como es creer en Dios.
    Ojala así sea. Y si no, como dicen mis pacientes, ¡que sea lo que Dios quiera!

     

    (*) Médico especialista en gerontología, profesor, escritor  

     

     

  • Juan Falú, nuestra entrevista del mes

    Tucumano, guitarrista, compositor y docente. Todos estos adjetivos le caben a Falú. También el de escritor, aunque se empeñe en aclarar que escribe como toca la guitarra, “de oído, sin escuela y en versiones libres”. 

  • La empresa social

     

     EDITORAL | Revista COLSECOR

     

    Las organizaciones asociadas a COLSECOR son empresas sociales que tienen el reto de integrar en un único objetivo la eficiencia económica y el bienestar social. La realización de este binomio que podríamos traducir como “eficiencia y solidaridad” no es de ninguna manera una utopía. Es decir, las cooperativas poseen una racionalidad económica, lo que implica una búsqueda por organizar del mejor modo posible elementos materiales, ecológicos y sociales para crear valores de uso.

    Esta racionalidad comprende una idea de eficacia, que refiere a la consecución de los objetivos, y también de eficiencia, en cuanto a la utilización de los recursos de los que se dispone. Sin embargo, advertimos que el sentido que le damos a estos términos no es el mismo que tienen en una empresa con finalidad de lucro, y en consecuencia debemos reconocer y vigorizar desde la Fundación un modelo de gestión que responda genuinamente a los valores y convicciones del sector.

    En la empresa lucrativa la eficiencia se vincula con una utilización de los recursos que permite maximizar la acumulación y rentabilidad del capital invertido, precisamente porque se trata de una empresa organizada por el factor capital y éste es el que condiciona sus objetivos. En cambio, en el caso de las cooperativas, la eficiencia supone un uso adecuado de los recursos colectivos para satisfacer en calidad y cantidad oportuna las necesidades de los agentes que cooperan: sus asociados, trabajadores, dirigentes y las comunidades de las que son parte.

    En las organizaciones de la Economía Social, quienes trabajan, dirigen y gestionan la empresa no lo hacen en subordinación del capital, sino que se los debe integrar en la medida de lo posible comprometiéndolos con los objetivos de bien común o bienestar general que procura la entidad.

    En este contexto, cabe introducir la siguiente pregunta: ¿de qué manera podemos incluir significativamente a estos hacedores? En primer lugar, diseñando espacios y mecanismos de participación efectivos que singularicen el modelo de gestión cooperativa y lo diferencien claramente de una matriz lucrativa.

    Cuando hablamos de un modelo de gestión nos referimos a un esquema o un marco de referencia edificado a partir de los principios, ideas, conceptos y herramientas generales que hacen a la identidad o al núcleo fundamental de una organización. Estos modelos son los que permiten desempeñar las acciones necesarias para poder alcanzar los objetivos.

    En una cooperativa el modelo de gestión supone la realización de una solidaridad recíproca. Es importante que esto no quede en un plano declaratorio de principios: la aplicación de una solidaridad recíproca al modelo de gestión demanda un sistema de implementación, reconocimiento y evaluación, que efectivamente valore los esfuerzos por llevar adelante una gestión con estas características.

     Por otra parte, para poder implementar una gestión solidaria, cuando las organizaciones adquieren cierta escala es necesario crear unidades intermedias de cercanía entre el equipo de trabajo, la dirigencia y los asociados.

    Es decir que el crecimiento de las organizaciones se tiene que corresponder con un desarrollo de las actividades de proximidad que sensibilice sobre los valores cooperativos, involucre activamente a las personas en la gestión del proyecto colectivo y permita una viva retroalimentación desde y hacia la comunidad.

     Asimismo, una gestión cooperativa debe procurar una recuperación o compensación justa para todas las partes interesadas de los aportes invertidos, tratando de evitar inequidades, privilegios y jerarquizaciones.

    En síntesis, desde la Fundación impulsamos una gestión social y económica en el cooperativismo que, además de validar su carácter de empresa, también tenga muy presente el objetivo de satisfacer necesidades y aspiraciones económicas sociales y culturales de la ciudadanía en general y los asociados en particular. 

  • La Independencia, nuestro coraje original

    La conmemoración de aquella declaración inaugural es un candil que vuelve a encenderse cada vez que llega el mes de julio. Son días también para reflexionar dónde estamos parados, qué hicimos y qué hacemos con aquel legado.

  • Migrantes: más allá de las fronteras

    A través de una serie documental, Canal Encuentro presenta a distintas comunidades extranjeras que habitan el país desde su propia experiencia en estas tierras.

  • Tips para votar

    Mario Riorda

    Director Maestría en Comunicación Política de la Univ. Austral 

    Pte. ALICE (Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales) 

     

    Comenzaron las elecciones, o muchas de ellas. Repletas de cosas típicas que funcionan como ritos. Candidatos y candidatas que presumen conocer las necesidades de la gente. Viejos temas que se hacen nuevamente presentes y se tornan urgentes; movilización de los grupos de simpatizantes; diferencias entre postulantes y los medios que sirven de canal para potenciar esas diferencias. Algunas esperanzas cada tanto aparecen en la ciudadanía junto con mucha frustración o desconfianza que producen grandes distancias entre las promesas y las aspiraciones.  

    Hay veces que la coherencia suele desaparecer. Búsquela en los partidos. Ya lo decía Angela Merkel, la canciller alemana, cuando afirmaba que de las marcas como Levi´s o Coca Cola se puede “aprender que la política debe ser congruente. Nuestros programas tendrían que ser coherentes o identificables… su identificación y confiabilidad es lo que hace al valor de una marca”.

    O bien en las personas, el verdadero motor del voto. Es más fácil juzgarlas a ellas. Puede ser una virtud o un problema, pero la personalización cada día es mayor y aquí pierden terreno, no las ideologías, sino los partidos políticos. La transmisión de la comunicación política tiene una propensión a acentuar la parte desempeñada por individuos. Las campañas electorales son hoy un verdadero ejemplo de prioridad del personalismo como principal motivador del voto. Se personaliza el suceso y se privilegia al portador del mensaje antes que al grupo que representa. 

    Pero el problema es que quién se crea el o la mejor, antes que generar expectativas, debería generar ideas, con o sin o propuestas específicas. Una campaña no necesariamente debe valerse de propuestas, pero sí de valores dominantes como argumentos fuerza que connoten qué quiere decir y desde qué plataforma simbólica habla. Y esto aún reconociendo que la imagen es importante aunque no es sólo un concepto visual, sino la construcción y fusión de muchos elementos y que tiene un mediano plazo para gestarse. La sumatoria de sus discursos, de sus posicionamientos, de su historial, además de su cara, harán una imagen de quién se crea mejor. Y desde allí, como un sentimiento, incluso difuso, es de donde aflora la ideología como paraguas para tratar de entender major cómo piensa cada persona.

    En contextos de poblaciones grandes, la imagen de las candidaturas se puede construir mediáticamente -no desde cero- y sí es factible modelarla gradualmente. Pero en contextos locales menores, la imagen personal está asociada a un conocimiento prácticamente directo de cada candidato con sus electores, por lo que no se pueden desconocer los atributos personales que preexistan y rara vez se premian a las imágenes forzadas. Y esa imagen tiene nuevas exigencias. Una de ellas es la de comprender un nuevo estilo de narrativa que los medios imponen: decir mucho diciendo poco. Se da una tensión constante entre los temas que los equipos de campaña intentan imponer y los que los medios de comunicación reflejan. Obvio, más lo que la ciudadanía quiere creer. 

    Y los equipos de campaña tienen serios desafíos porque el intento de ser noticia de modo constante que una campaña electoral exige, suele aparejar serios riesgos: confundir a la gente ordinaria; confundir iniciativa política con dar solamente buenas noticias y aumentar las expectativas con promesas irrealizables; tentarse de radicalizar al extremo las críticas hacia el adversario; creer que simplificar el discurso es tener un único eslogan y única propuesta y actuar con cabeza estrictamente publicitaria y despolitizada.

    Por eso hay que tomar distancia de las campañas para analizarlas. Muchas campañas piensan más en el eslogan que en un mensaje coherente. Suelen olvidar los mensajes para los ciudadanos priorizando el ego. Algunas ofrecen eslóganes a modo de victorias que parecen más bien de utilidad de los candidatos o en beneficios del partido, antes que del propio ciudadano. También, abusan demagógicamente recostando todo su mensaje en el “pueblo”. De uno u otro modo, el egocentrismo es dominante en los discursos. Y otras veces un localismo que de tan endogámico elimina las diferencias. Significativa fue una contienda electoral de hace varios años en Salvador de Bahía, Brasil, donde los cuatro candidatos usaron el nombre “Salvador” en sus eslóganes: “Salvador en el corazón” (PDT), “Para no parar Salvador” (PFL), “Salvador para toda la gente” (PT), “Salvador, ciudad madre, educación y trabajo” (PSB).

    También hay otros datos de las campañas. Es contundente el predominio de la negatividad. Negatividad es diferencia. Marcar distancias con contrincantes. La pura adversarialidad. La negatividad suele alimentar el debate cívico, especialmente frente a hechos que es necesario que se hagan públicos. Una duda que existe es ¿cuál es más perjudicial para la democracia, una campaña híper positiva que genere amplias expectativas; o una campaña con negatividad que haga debatir sobre hechos que deban tomar estado público por su trascendencia?. Esta respuesta debiera generarle paciencia si ve mucha crítica cruzada. Al menos, algo de lo que se quieren mantener tapado se destapa y no siempre es tan malo que como uno cree. 

    Si sólo fuesen campañas puramente positivas, la cuota de expectativas sobredimensionadas aumenta exponencialmente. Por eso desconfíe de las campañas ideales, bellas, prolijas, pero hipócritas desde lo político. Probablemente ya no haya espacios para campañas “políticamente correctas”. En la política sin filtros, la autenticidad es lo que prima. Es la marca temporal que define a la política hoy. Campañas imperfectas pero creíbles. Con menos maquillaje, con menos producción.

    Y dentro de los deberes del buen votante, rescatar y comparar los puntos de encuentro tanto como la diferenciación entre adversarios es interesante. Esto que técnicamente se denomina “comparación explícita” –en el capítulo de la negatividad electoral– es un modo eficaz para tener más información. En todo caso imponga desde su pensamento ciertos límites. El límite de la negatividad en una campaña electoral es la difamación sobre hechos irreales. También todo ataque denigrante que deje huellas históricas imposibles de obviar. El límite está dado también por la necesidad futura de generar consensos. ¿Ud imagina qué acuerdos de gobernabilidad podría generar un candidato que haya desacreditado a todos sus adversarios políticos en una campaña? 

    Ganar no debiera ser causal para descuidar la gobernabilidad. Analizar el nivel de coherencia –en la forma de pensar– que garantice gobernabilidad futura, así como una relativa solidez en los grandes trazos políticos es un lindo imperativo para decider el voto. Todo esto sumado a que el largo plazo importa. Y mucho.

  • Un nuevo lunfardo digital

    Por Martín Becerra (@aracalacana)

      

    Quienes asimilan el impacto revolucionario de la irrupción de Internet en las sociedades contemporáneas con el que tuvo la imprenta hace más de cinco siglos aluden, en general, al cambio radical de la cultura y, consecuentemente, de la noción espacio-temporal, que supone la progresiva masificación de una tecnología que se impone como medio privilegiado para la producción, el almacenamiento, la difusión, el acceso y el uso social del conocimiento. Hay, no obstante, otra comparación posible sobre la que se ha estudiado menos, y que refiere a los cambios de géneros, de formatos y de modalidades de edición de contenidos culturales. 

    En los siglos siguientes al invento de la imprenta de tipos móviles de Johannes Gutenberg no sólo fue ampliándose el acceso social a la lectoescritura y, por lo tanto, al uso –tanto privado como colectivo- no controlado de modo directo por la mediación institucional de la Iglesia y del Estado (que en muchos casos coincidían), sino que fueron diferenciándose los géneros y formatos, dando lugar a una verdadera eclosión de nuevas formas de narrar. La imprenta fue un big bang para la cultura. 

    La distinción entre literatura, historia, periodismo y crónica se fue haciendo cada vez más nítida y ya en el siglo XVIII es una realidad. Mientras que en los siglos anteriores eran géneros confundidos en un mismo relato, la necesidad de ofrecer productos diferenciados a públicos también cada vez más específicos fue estableciendo límites entre los propósitos de una publicación y sus funciones sociales. Se comenzaban a producir textos para el aprendizaje, otros para la conmemoración y el conocimiento del pasado, otros para anoticiarse sobre hechos del presente y otros, ficcionales, para el entretenimiento. Unos estaban orientados a las clases populares, otros a los sectores medios y altos. Así, las transformaciones técnicas acompañaron y complementaron transformaciones culturales. 

     

     

    La organización del discurso en géneros es mucho más que una diferenciación del propósito de los textos, pues organiza las formas sociales de producción y circulación de conocimientos y predispone a autores y destinatarios a una suerte de contrato de lectura respecto de las reglas de juego que tiene el material que los vincula. Los propios idiomas son reflejo del cambio paulatino de ese vínculo. Cuando a fines del siglo XIX y principios del XX la Argentina recibió masivas migraciones de distintos países de Europa, el español criollo se fusionó con el aporte de otras culturas dando lugar a un lunfardo que diferenciaba la lengua hablada en estas tierras respecto de la que se practicaba en otros países de América Latina. 

    Internet representa una nueva sacudida histórica que altera las inercias sostenidas durante siglos acerca de las reglas de juego de la información y los discursos sociales. Las formas de hablar (el nuevo lunfardo digital), de relacionarnos con otros y de acceder y usar los contenidos sufren en la actualidad una metamorfosis que opera con espíritu rebelde, que es irrespetuosa de las tradiciones y que incuba nuevas modalidades de información y entretenimientos. Asistimos a la infancia de esta nueva transformación que conmueve las certezas de las viejas industrias culturales y de los medios de comunicación modernos y cuya potencia apenas podemos por ahora intuir.